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Eugenio de Andrade o la crispación del silencio

Susana Giraudo

Argentina



PRIMERA PARTE

 Me encontré con Sousa Braga en el café Calipso de la ciudad de Oporto, cuna del vino espirituoso y los poetas profundos. Una amistad de varios años de intercambio de cartas, de esas añoradas cartas escritas en papel y enviadas vía aérea, se había cimentado con la poesía de por medio. Y fue ese día en que Sousa me preguntó “¿Qué experiencia querrías vivir antes de abandonar Porto?”
Sin pensarlo mucho contesté “Conocer a Andrade”.
Y así, por la voluntad de un amigo complaciente, pude estrechar la mano y saborear un oporto celestial con Eugenio, como le dicen allá al gran poeta.
 
 Hablamos de pocas cosas. De mi vida y la de él, de la familia y de la poesía y su realidad. Después, se produjo un momento especial, emotivo, en el que el silencio tenía la palabra. Y así, en medio de ese silencio, intercambiamos libros. Y él siguió hablando, con su palabra suave y serena, dando la sensación de estar en permanente contemplación de la vida, de los seres que lo rodean y de los que viven en sus recuerdos. Dijo, con la mirada perdida en la costa que entraba sin pudores por su ventana “La poesía, si no fuera el lugar donde el deseo osa fijar el norte de los ojos, sería la más innecesaria de las ocupaciones”.
 Sonríe con melancolía y sigue” La poesía me acercó a Borges. Fue en Marruecos, en el año 1984, con motivo de un Congreso Internacional.
 Siempre ocupado con sus charlas y conferencias, Andrade debía cumplir con una entrevista. De modo nos despedimos, pero cuando salí a la calle, sabía que leería sus libros con voracidad.
 Unos meses más tarde, recibí en mis manos un volumen dedicado completamente a Eugenio , “El amigo más íntimo del sol”, en el que se registran bellamente pasajes de su vida y obra.
En él, volví a encontrar la referencia de sus encuentros con Borges y me pareció que entre este hombre y nuestro gran Georgie, ( tal vez por aquello de “ Portugueses los Borges...) había una cercanía colmada de pasiones y visiones en común.
Dice Andrade “Lo veía a él avanzar sin ningún miedo. Sabía que el laberinto de sombras por donde caminaba a mi encuentro era el de los versos de Blake, y los ojos calmos donde el tigre demoraba los suyos, eran míos, multiplicados por no sé qué espejos. Comí con Borges y la tarde se adormecía dentro de mi, con el sonido de esa voz profunda, a la que la ceguera aumentaba la hondura // Tiger, tiger, burning bright/ in the forest of the night // , y coincidía con la cantilena del muezim llamando para la primera oración”.
“Por la mañana, Borges me preguntó
-¿Oyó al
muezim?
- Lo oí, más fue una pena tener que interrumpir la contemplación del tigre.
-Curioso, también yo soñé con él, esperándome a las puertas del desierto.
Desde el tigre de la alquimia chinesca y de las leyendas budistas, al de su sueño,
siempre allí estuvo, con ojos fríos”.
“No respondí, sin coraje para decirle que no era lo mismo, que en el mundo había, por lo menos, dos tigres: el mío tenía ojos claros, y ardían”. (*)
 Este comentario, de una belleza estremecedora, pone de manifiesto la visión que Eugenio de Andrade tiene de Jorge Luis Borges.
 Por esa razón, aquel día, cuando salí de su casa, donde la ciudad de Oporto lo ha alojado rindiéndole un homenaje merecido, supe que ahondaría en la vida de ese hombre admirable, de ese poeta capaz de escribir “Cuando volví a Alentejo,/ las cigarras ya habían muerto./ Habían pasado todo el verano, transformando la luz en canto./ No sé de destino más glorioso”.


SEGUNDA PARTE

 Póvoa de Atalaia, año 1923, nace en Portugal Eugenio de Andrade. Sus primeros estudios los realiza en Castelo Branco, para luego completar su educación en Lisboa y Coimbra. En 1946, en Lisboa, ingresa en los Servicios Médico-sociales, para luego ser trasladado a Oporto, donde vive desde entonces.
Pertenece a la generación de poetas que desarrollan su obra en medio de las luchas colonialistas y la presión de un gobierno totalitario. Estos hechos puntuales de la historia de Portugal, crean un clima duro y difícil para la creación y el arte.
 La cultura está condicionada y los poetas recogen en su alma todo el sufrimiento y la penuria del pueblo, cumpliendo de esta manera con su destino natural.
Asimismo , Andrade, paralelamente a su actividad como funcionario público, teje palabra a palabra una obra sustancial para la literatura portuguesa actual.
“Soy hijo de campesinos, pasé la infancia en una de aquellas aldeas de la Beira baixa que prolongan el Alentejo y, desde pequeño, de abundante conocí el sol y el agua. En ese tiempo, que no fue solo de pobreza por estar lleno del amor vigilante y sin fatiga de mi madre, aprendí que pocas cosas hay absolutamente necesarias. Son esas pocas cosas que los mismos versos aman y exaltan. La tierra y el agua, la luz y el viento, se consustancian para dar cuerpo a todo el amor del que mi poesía es capaz”.
Hombre sencillo, sabe de cosas ricas y densas, cosas que hablan sobre el hombre, sus deslumbramientos y espantos, lo que lo llevó a desarrollar uno de los trabajos poéticos más prestigiosos de la poesía de su país.
Eterno perseguidor de la sencillez y la trasparencia, despoja la palabra de cualquier elemento superfluo y desecha asimismo cualquier tipo de conceptismo barroco. Para Eugenio de Andrade, el acto poético es el empeño total del ser hacia una revelación. Este fuego de conocimiento que es también fuego de amor, en el que el poeta se exalta, se consume, es su moral. Y no hay otra.
El señala que la rebeldía del poeta se nombra en una triple dirección: “Fidelidad al hombre y a su lúcida esperanza de serlo totalmente; fidelidad a la tierra donde hunde sus raíces más profundas y fidelidad a la palabra que en el hombre es capas de la verdad última de la sangre, que es también la verdad del alma”. (**)
La poesía de Andrade está exenta de alineación ideológica (lo que no significa en modo alguno que de ella no se puedan sacar ideas), evita el discurso, fluye, por así decirlo de palabra en palabra, constituyendo cada poema en una unidad breve en la que la imagen, la dicción y el ritmo se conjugan perfectamente.
En su poema “Mujeres de Negro”, puede percibirse una crispación, una sensibilización especial al decir: “Hace mucho que son viejas/ vestidas/ de negro hasta el alma./ Contra el muro/ se defienden del sol de piedra/ al fulgor./ Se ocultan al frío del mundo./ ¿Aún tienen nombre? Nadie/ pregunta, nadie responde./ La lengua, piedra también.”
Eugenio de Andrade escribió su primer libro hace más de cincuenta años y reniega de él, como suele suceder, al punto tal que lo ha retirado del mercado. Llama a su poesía de entonces “versos de aprendizaje”. Siete años después , publica “Las manos y los frutos”, obra que se mantiene como uno de los referentes fundamentales de la poesía actual.
De esos versos, el espíritu atento de Victorino Nemesio habla de una “estética de desprendimiento y síntesis”. Dice Andrade sobre estas palabras “ Una tal estética, puede más que aproximarse cada vez mejor a un lenguaje sustantivo, magro, seco y tornarme odiosa todas las formas de exhibicionismo, comenzando por las culturales”.
 “Nacido en tierras donde la luz de la noche era de aceite y el pan tenía el color de las piedras, todo exceso me parece una falta de gusto, todo lujo, una falta de generosidad”
 Jorge de Sena dice en un comentario sobre Andrade “Las emociones tensas y contenidas de entusiasmo erótico, la melancolía estoica ante lo que se pierde y se desvanece, una vivencia vegetal y de aire libre, un frescor de mañanas, un ardor de estilo, un fluir de noches silenciosas entre el cielo y la tierra, en que los cuerpos se alargan y se acoplan en una desnudez sin vergüenza o contrario de ella. Todo eso será después mucho de la poesía de Eugenio de Andrade que surge en su obra en estado de milagro momentáneo”
Una larga lista de títulos jalonan sus cincuenta y tantos años con la poesía. Entre ellos podemos enumerar “Corazón del día”(1958), “Mar de septiembre”(1961), “Antología breve”, “Memoria de otro río”, “Escritura de la tierra y otros epitafios”, “Blanco en lo blanco”, etc
En toda su obra se dan las constantes que al leer su poesía cualquiera puede apreciar: poemas breves, puros como chispas, impregnados de concentración y desnudez.
Y como quién quiere dar un anticipo para incentivar al lector a la lectura de Andrade, lo entrego en pequeñas dosis, tales como su poema Kérkira “Como ese olor a lino/ que solo los hombros acariciados tienen/ la tierra es blanca y desnuda”
O el que dice: “Gusto de estos palomos, de estos niños./ La eternidad no puede ser sino así: palomos y niños inventando/ la luz incomparable de la mañana/ el lugar inocente del poema”.
Me pregunto luego de admirar una vez más a este poeta ¿Habrá alguien capaz de resistir la tentación de conocerlo?

Bibliografía:

(*) Los nombres del mar- Angel Campos Pampano
(**)Uma cigarra a transformar a luz em canto - Roby Amorim 

Este artículo tiene © del autor.

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