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Violencia en Argentina (XIII): El lenguaje de la violencia

Carlos O. Antognazzi

Argentina



Las fotos del destrozo de la Legislatura (16/07/04), cuando el Gobierno desatendía el tema de la seguridad, resultaron similares a las de Plaza de Mayo (31/08/04), cuando el Gobierno había modificado su política de seguridad. Entre un hecho y otro mediaron sólo 46 días. Hubo heridos, detenidos, caos y confusión. En una primera lectura se podría pensar que nada cambió entre un hecho y otro. En una segunda lectura se comprende que si en julio, frente a la Legislatura, el Gobierno dejó hacer (o hizo tarde), ahora, en Plaza de Mayo, el Gobierno utilizó balas de goma además de los consabidos gases lacrimógenos. Sin embargo hasta un día antes, e incluso con posterioridad a los hechos del 31/08, Kirchner sostuvo que la policía no iría armada.

El lenguaje de la violencia

Las fotos del destrozo de la Legislatura (16/07/04), cuando el Gobierno desatendía el tema de la seguridad, resultaron similares a las de Plaza de Mayo (31/08/04), cuando el Gobierno había modificado su política de seguridad. Entre un hecho y otro mediaron sólo 46 días. Hubo heridos, detenidos, caos y confusión. En una primera lectura se podría pensar que nada cambió entre un hecho y otro. En una segunda lectura se comprende que si en julio, frente a la Legislatura, el Gobierno dejó hacer (o hizo tarde), ahora, en Plaza de Mayo, el Gobierno utilizó balas de goma además de los consabidos gases lacrimógenos. Sin embargo hasta un día antes, e incluso con posterioridad a los hechos del 31/08, Kirchner sostuvo que la policía no iría armada.

Esta contradicción demuestra que la realidad, cuando es ignorada, se encarga de objetar ciertos discursos. La realidad se impone. Raro que no lo sepa el Gobierno, cuyo líder de otros tiempos sostenía, apropiándose sin pudor de palabras de Aristóteles (que a su vez luego serían reelaboradas por Hegel), que «la única verdad es la realidad». Es probable que el Gobierno haya comprendido, tarde, que las protestas violentas que alteran el orden público no pueden permitirse, porque hacerlo, como se ha venido haciendo hasta ahora, es funcional a la anarquía que pretende imponer un grupo reducido de inadaptados sociales, para quienes la democracia es fuente de irritación antes que de concordia.

Si el Gobierno lo ha aprendido, sería importante que consecuentemente modificara su discurso: no decir que ahora va a reprimir a los díscolos que propicien actos de violencia contra edificios y/o personas, sino que va a hacer cumplir la ley, bajo cuyo alcance todos los habitantes del país nos amparamos y protegemos.

Fascismo de izquierda

El caos del 31/08 tuvo lugar poco después de que Juan Carlos Blumberg promoviera la tercera marcha por la seguridad y cambios en la política oficial. El filósofo argentino Tomás Abraham señaló que «el fascismo no es sólo un régimen histórico-político, es una actitud frente a la vida comunitaria», y que «cuando el proceso social es concebido como una jungla en la que prima un método inapelable de selección», se está ante «el fascismo de derecha». Pero que cuando «la cara de la justicia se quita las vendas de los ojos e ilumina a una vanguardia esclarecida que habla en nombre de lo que debe querer la gente», se está ante «el fascismo de izquierda» (Miedo y fascismo argentino. Revista Noticias, 28/08/04. p. 89). Se establece así una singularidad: tanto la izquierda como la derecha pueden ser afines al fascismo. Esto es tanto más paradójico cuando la izquierda, tradicionalmente, lo ha criticado y ha pretendido distanciarse de él.

En cierta medida es lo que ocurre con Blumberg, que es criticado por cierta izquierda por considerar que está apoyado por la derecha. Pero al menos hasta la tercera marcha Blumberg ha sabido esquivar los zarpazos de la derecha para acercarlo a sus filas. Ruckauf no volvió a aparecer junto a él. No deja de ser ilustrativo que esa izquierda que lo atacó justamente por la presencia de Ruckauf guardara silencio cuando éste dejó de acompañarlo. Como he sostenido en artículos anteriores, hay silencios que dicen más que las palabras. ¿Habrá que recordar otra vez que exigir el control de armas y celulares no es de “izquierda” o “derecha”, sino una medida de sentido común tendiente a favorecer a la sociedad en su conjunto y no a un grupo minoritario? Quienes critican a Blumberg deberían ver Bowling for Columbine, el despiadado documental de Michael Moore.

Ese fascismo de izquierda es el que denunció Carlos Gabetta al señalar que «algunas izquierdas dinamitaron desde adentro las promisorias asambleas populares nacidas en diciembre de 2001» (Progresismo desorientado. Le Monde Diplomatique, Cono Sur, julio 2004). Más allá de algunas actitudes conscientes, lo que inunda a la sociedad es la desorientación: ni el Gobierno termina de resolver el tema de la inseguridad, porque consintió que se incrementara a niveles insospechados en cualquier país civilizado, ni los ciudadanos saben cómo hacer valer sus derechos.

La confusión

Se ha permitido que Raúl Castells y su esposa Nina Pelozo deshicieran a su antojo las más elementales reglas de convivencia, llegando al extremo de jugar con un falso encarcelamiento político. Si bien es cierto que ambos son emergentes de un sistema de exclusión que los alimentó e impulsó, no es menos cierto que sus manifestaciones son una muestra de la anarquía antes que de la razón, y en muchos casos, como en la toma de empresas extranjeras y del casino de Resistencia, un delito.

En su confusión (aunque sea una confusión astuta, destinada a sus seguidores, ya que él mismo sabe que miente) Castells equipara a Kirchner con Videla, pasando por alto el hecho de que él puede hacer lo que hace justamente porque estamos en democracia, y que jamás hubiese llegado a donde llegó con Videla en el poder. Sus seguidores no comprenden que está preso por haber extorsionado al casino, y no por sus manifestaciones. Presos políticos hubo durante el proceso, no ahora. Poco favor le hace a la democracia este galimatías plagado de falsedades.

Separar la paja del trigo es el deber de todo intelectual serio. No se puede alentar el equívoco sin volverse parte del sistema criticado, o sin desear, en lo profundo, que impere el caos por sobre el orden. El cambio de actitud del Gobierno, al dejar de explicar cada acción y al cerrar simultáneamente las críticas de la sociedad es saludable: un Gobierno debe gobernar, no debatir con los gobernados. Pero si el silencio se convierte en autoritarismo también puede ser una forma sutil de la violencia. El camino entre un extremo y otro es sinuoso y arriesgado. De la forma en que el Gobierno elija hacerlo depende que la sociedad lo apoye o no. Kirchner depende tanto de las encuestas como del apoyo real de la sociedad.

La mala izquierda (o el fascismo de izquierda, para utilizar la categoría de Abraham) fomenta la confusión y es favorable a la derecha clásica. La distancia entre esa izquierda y la derecha tradicional se diluye, porque el fin último es el mismo en ambos casos, aunque aparenten recorrer caminos diferentes: el desorden. Así D’ Elía no vacila en equiparar a Blumberg con el Ku Kux Klan y en justificar su asalto a la comisaría 24, o Hebe de Bonafini festeja el derrumbe de las Torres Gemelas, llama a destruir comisarías y a atacar a los «jueces corruptos que quieren levantar penas contra nosotros» (La Nación, 30/06/04, p. 10).

No deja de sorprender la religiosa Marta Pelloni, de actuación ejemplar en el caso María Soledad, cuando sostuvo que Blumberg se ocupa «más de las leyes que de los derechos humanos». Repite sin analizar lo que sostiene la mala izquierda. No puede desconocer, dada su participación en Catamarca, que los derechos humanos (o los “derechos” a secas) suponen una estructura legal que les permita ser. Sólo puede haber derechos humanos si hay leyes que los contemplan y, por ende, los amparan. Su expresión reticente contribuye a esa maraña de violencia verbal que anida en la argentina actual.

Es cierto que en ocasiones hay leyes para fomentar la barbarie en detrimento de las libertades públicas, pero no es el caso. Nadie puede aducir que establecer un control efectivo sobre los teléfonos celulares o la venta de armas es alentar el delito o menoscabar los derechos humanos.

Blumberg comete errores porque ocupa un lugar que no le compete; y lo ocupa porque el Estado lo ha dejado vacante. Como ingeniero textil probablemente nunca habría salido de su fábrica si el Gobierno no hubiese permitido que asesinaran a su hijo. Blumberg es una víctima y un emergente, y los errores que comete, como enfrentarse con asociaciones defensoras de los derechos humanos o sus dichos poco felices sobre el caso Bordón, no logran empañar su anhelo final: una sociedad en donde todos, y no sólo unos pocos, puedan vivir en paz.

Quebracho

El grupo Quebracho no vacila en manifestarse públicamente con una violencia inusual que reniega del régimen democrático. Fernando Esteche, Raúl Lescano, Leonardo del Grosso y Roberto Moreno, que conforman su dirección organizativa, sostienen que su objetivo es «construir la unidad, provocar la crisis, legitimar la violencia popular» (La Nación, 05/09/04. p. 10). Reconocen que «no son una organización de lucha armada. En la Argentina no están dadas las condiciones para eso» (de lo que se deduce que una vez que consigan implementar la crisis sí estarían dadas las condiciones, y entonces se pasaría a la lucha armada).

Se definen como «nacionalistas, antiiemperialistas, peronistas de izquierda», y consideran «que la violencia en manos del pueblo no es violencia, es justicia», con lo cual se ubican por fuera de las leyes elementales para vivir en paz. Ninguno de los cuatro ha explicado cómo sería una sociedad en donde “el pueblo” confunde violencia con justicia. Es probable que de llegarse a ese estado ideal que propician lo primero que establecerían, como ha ocurrido con todas las dictaduras, es una férrea reglamentación para determinar hijos y entenados y poder delinquir tranquilos ellos solos, marginando a los demás.

Vale detenerse en otro postulado: «Si en determinada circunstancia entendiéramos que nuestra participación es conveniente para la causa popular, participaríamos». Es decir que reconocen que sus actitudes no son convenientes para la causa popular, y que por eso no participan en política, por ejemplo, para que en elecciones libres ese pueblo al que dicen representar los elija. La arrogancia linda con la intolerancia. Esto es fascismo de izquierda, o fascismo a secas. Se erigen en representantes de un pueblo que los ignora y, como lo saben, no avalan el debate político ni las elecciones. (Todo paralelo con la Cuba castrista no es casualidad).

Por último, que se definan como «peronistas de izquierda» retrotrae a los 70, cuando Montoneros asolaba el país con secuestros y atentados ante la mirada en principio complaciente de Perón. Montoneros y ERP, arrogándose un estatus conferido por ellos mismos (y por lo tanto antidemocrático y contrario al Estado de derecho) orquestaban los mal llamados “tribunales del pueblo” para juzgar y asesinar en nombre “del pueblo”, una entelequia de la que jamás quisieron hacerse responsables como partido político porque actuaban desde las sombras y la clandestinidad.

Quebracho anhela refrendar esos caminos. ¿No ha transcurrido el tiempo para estos muchachos, ya no imberbes pero, igual que aquellos, inmaduros? Legitimar la violencia para alcanzar la crisis no garantiza la equidad social, sino más violencia y desigualdad. Devorar al caníbal para poner fin al canibalismo es absurdo. El fin no justifica los medios. No haberlo aprendido después de la barbarie que devastó al país es, más que cínico, una vulgar canallada.

Santo Tomé, agosto/ setiembre de 2004.

© Carlos O. Antognazzi.
Escritor.

Publicado en el diario “Castellanos” (Rafaela, Santa Fe, Argentina, el 24/09/04). Copyright: Carlos O. Antognazzi, 2004.

Este artículo tiene © del autor.

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