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Violencia en Argentina (XV): El alcance de una disculpa

Carlos O. Antognazzi

Argentina



Una vez asumida la histeria argentina hay cosas que no deberían sorprender. Pero siguen llamando la atención, y cada tanto nos damos contra la pared del “descubrimiento”. Hace un tiempo el presidente de la República Oriental del Uruguay, Jorge Batlle, sostuvo que «los argentinos, desde el primero hasta el último, son una manga de ladrones». Rápidamente surgió el escándalo y el reproche de la dirigencia argentina, y el presidente uruguayo pidió disculpas y lloró en cámara para mostrar cuánto se había equivocado.

Más diplomático, pero no menos inoportuno, el diario inglés para el que trabajaba envió a la Argentina a V. S. Naipul, hoy Premio Nobel de Literatura, para que descubriera «qué era el peronismo». Naipul escribió un libro sobre la base de las investigaciones que realizó (The return of Eva Perón with The Killings in Trinidad, 1980), pero, obviamente, no llegó a conclusiones taxativas. En todo caso los suyos fueron resultados coyunturales, es decir, de valor restringido. ¿Cómo pueden establecerse definiciones cerradas cuando Perón compró los ferrocarriles a los ingleses y Menem, del mismo partido e invocando al líder extinto, entregó las empresas del Estado al mejor postor?

Hay algo que no cierra en el peronismo, que es como decir que algo no cierra en la Argentina, porque si bien la mitad más uno no es necesariamente peronista, la gran mayoría de los argentinos sufre de alguna cuota de infantilismo que no augura nada bueno. No se trata solamente del enano fascista, siempre dispuesto a saltar al menor síntoma de agresión. Es más bien una patología hipocondríaca, donde se reacciona ante cualquier crítica, sin ponerse a pensar que muchas de esas críticas no sólo provienen de personas serias, sino que además están señalando con claridad nuestros problemas.

Violencia en Argentina (XV):
El alcance de una disculpa

Una vez asumida la histeria argentina hay cosas que no deberían sorprender. Pero siguen llamando la atención, y cada tanto nos damos contra la pared del “descubrimiento”. Hace un tiempo el presidente de la República Oriental del Uruguay, Jorge Batlle, sostuvo que «los argentinos, desde el primero hasta el último, son una manga de ladrones». Rápidamente surgió el escándalo y el reproche de la dirigencia argentina, y el presidente uruguayo pidió disculpas y lloró en cámara para mostrar cuánto se había equivocado.

Más diplomático, pero no menos inoportuno, el diario inglés para el que trabajaba envió a la Argentina a V. S. Naipul, hoy Premio Nobel de Literatura, para que descubriera «qué era el peronismo». Naipul escribió un libro sobre la base de las investigaciones que realizó (The return of Eva Perón with The Killings in Trinidad, 1980), pero, obviamente, no llegó a conclusiones taxativas. En todo caso los suyos fueron resultados coyunturales, es decir, de valor restringido. ¿Cómo pueden establecerse definiciones cerradas cuando Perón compró los ferrocarriles a los ingleses y Menem, del mismo partido e invocando al líder extinto, entregó las empresas del Estado al mejor postor?

Hay algo que no cierra en el peronismo, que es como decir que algo no cierra en la Argentina, porque si bien la mitad más uno no es necesariamente peronista, la gran mayoría de los argentinos sufre de alguna cuota de infantilismo que no augura nada bueno. No se trata solamente del enano fascista, siempre dispuesto a saltar al menor síntoma de agresión. Es más bien una patología hipocondríaca, donde se reacciona ante cualquier crítica, sin ponerse a pensar que muchas de esas críticas no sólo provienen de personas serias, sino que además están señalando con claridad nuestros problemas.

Una “ofensa” dudosa

Ahora le tocó el turno al flamante canciller chileno, Ignacio Walker, reconocido académico y político. El 06/05/04 Walker publicó un artículo en el diario El Mercurio, de Chile, titulado Nuestros vecinos argentinos, en donde decía, entre otras cosas, que el «verdadero muro que se interpone entre Chile y la Argentina no es la cordillera de los Andes, sino el legado del peronismo y su lógica perversa». Definió al peronismo como un partido con «rasgos autoritarios, corporativos y fascistoides», y precisó: «Digamos que desde que Perón se instaló en el poder, en 1945, el peronismo y el militarismo se han encargado de destruir sistemáticamente a la Argentina». En cuanto a Kirchner, sostuvo que «se encuentra empeñado en cuidar su único verdadero capital político: su popularidad, que bordea el 60 por ciento».

Cabe recordar que cuando Walker publicó este artículo Argentina estaba ignorando unilateralmente el protocolo gasífero de 1995, lo que provocaba un serio problema energético en Chile. Pero hay en las palabras de Walker datos que trascienden el malestar para calar hondo y aproximarse con bastante certeza el «fenómeno peronista». Tradicionalmente Argentina ha incumplido sus acuerdos, sea para vender armas a Ecuador cuando simultáneamente era quien garantizaba la paz de ese país, sea cuando se trata de honrar la deuda externa. No sólo ignora los convenios internacionales, sino que ni siquiera respeta los acuerdos de parte entre argentinos: recordemos que Duhalde, siendo Presidente, respaldó a los bancos y no a los ahorristas.

El enojo del Gobierno por el artículo de Walker resulta una hipocresía más de las que el peronismo ostenta a menudo. Kirchner exigió una disculpa. Sostuvo que el texto «me ofende en lo personal; es ofensivo para el peronismo y, además, ese artículo destila argentinofobia» (La Nación, 02/10/04. p. 08). Joaquín Morales Solá, en general cauto en sus columnas dominicales, defendió al Gobierno: «El artículo de Walker es realmente agresivo y erróneamente analítico. Criticar el militarismo de otro país desde Chile -o desde cualquier nación sudamericana- revela un escaso equilibrio intelectual. Walker omitió además advertir a su presidente sobre ese conflicto potencial» (Enfados de Kirchner con Lagos, Solá y Rato. La Nación, 03/10/04, p. 21). En el mismo diario, el 07/10, Morales Sola insiste con que el artículo «fue agresivo y desafortunado», y habla de «las injustas palabras de un intelectual» (p. 08).

Morales Solá parte de una base errónea al establecer que la crítica al militarismo desde Chile o «cualquier nación sudamericana» supone «escaso equilibro intelectual». ¿Desde dónde, entonces, según su criterio, habría que elaborar las críticas cuando un ciudadano latinoamericano no es proclive al militarismo? ¿Hay que mudarse a Europa, acaso? ¿O no hay que criticar? Argumentando de otra forma, se podría decir que para Morales Solá el equilibrio intelectual se alcanza cuando no se hacen críticas al militarismo. Hipótesis curiosa, sin duda, que sugiere más de los intereses del columnista de La Nación que del canciller Walker.

El circo criollo

Resulta extraña esta defensa de Morales Solá, porque más allá de la crítica de Walker al peronismo, el chileno no está diciendo nada que los mismos peronistas no expresen a diario y hasta no asuman de vez en cuando, como el diputado nacional Pedro González a fines de setiembre (cfr. El tema es la equidad. Castellanos, 08/10/04). Por lo demás, Walker no es el primero, ni ha de ser el último, en vincular al peronismo con el fascismo. Quien primero estableció en los hechos, ya que no sólo en sus dichos, la cercanía entre ambos, fue el mismo Perón, que no perdía oportunidad en declararse públicamente admirador de Mussolini, y que remedaba a su manera los fastos del poder de la Alemania nazi.

La demora en sumarse a la Segunda Guerra Mundial no fue por una actitud pacifista de Perón, sino porque hasta último momento éste especuló con que Hitler saldría victorioso. Cuando perdió la guerra Perón estableció un lazo fraterno con la Cruz Roja Internacional y el Vaticano para “salvar” a los jerarcas nazis. Es por eso que un buen grupo de genocidas (330, según Uki Goñi en su libro La verdadera ODESSA de Perón) encontró en Argentina una tierra piadosa. Todo contribuía para que pasaran desapercibidos: los buenos oficios del peronismo, entonces en el poder, que solucionaba cualquier trámite con rapidez, y la mala memoria de los argentinos. Cínico y contundente, Perón ni siquiera balbuceó las “razones humanitarias” con que la Cruz Roja y el Vaticano se llenaron la boca (y presumiblemente los bolsillos, si nos atenemos a la costumbre del reino de este mundo). Al contrario, tener cerca a sus ídolos lo enorgullecía. La suya fue una decisión tomada por principios, no por compasión. Que años después el peronismo apoyara el Plan Cóndor no sería más que otro paso en la misma dirección (cfr. Elogio de la kakistocracia vernácula. El Santotomesino, setiembre de 2004).

Algo que llama la atención es que el Gobierno reacciona ante las críticas extranjeras, pero no ante las internas, que plantean lo mismo. Esta suerte de hipocresía oficial empaña las acciones de Gobierno, y hacen pensar que algo no funciona en nuestros representantes. ¿Cómo puede entenderse que el Gobierno no reaccione cuando Barrionuevo reconoce que el peronismo debe dejar de robar dos años para salvar el país? ¿Cómo no reacciona cuando Manzano se jacta de robar para la corona? ¿Cómo no reacciona cuando Rodríguez Saá anuncia divertido el default y entona en el Congreso la marcha peronista? ¿Cómo no reacciona cuando en los noventa el partido apoyó el remate escandaloso del país a manos de Dromi, María Julia Alsogaray y Menem? ¿Cómo no reacciona en la provincia después de los muertos de 2001 en Rosario y de los que dejó la inundación de 2003 en Santa Fe, o los que dejó la masacre de Ezeiza, sobre la cual el Gobierno peronista de entonces se negó a investigar?

Si un extranjero critica esta conducta, el Gobierno peronista monta en cólera. Pero si lo señala un argentino, guarda un ominoso silencio. Es hora de reconocer que el peronismo es lo que tantos analistas dicen: una horda fascistoide, autoritaria, patotera y en buena medida iletrada, que sólo trabaja para perpetuarse en el poder y así seguir delinquiendo. Y pido disculpas; sé que Pedro González lo expresó mejor, y que nadie del partido osó siquiera sugerirle que se calle porque había periodistas y grabadores presentes.

Una pulseada inútil

Miguel Pichetto, presidente del bloque de senadores nacionales del PJ, firmó un proyecto de rechazo a las declaraciones de Walker, aduciendo que «abreva en una bibliografía carente de objetividad alguna y pontifica sobre la Argentina con una soberbia ignorancia» (sic. El Litoral, 06/10/04, p. 06). Pichetto incurre en la mendacidad.

Si hay peronistas “buenos” en el partido tendrán que comenzar a demostrarlo rompiendo el silencio corporativo que los envilece, porque a esta altura el que calla otorga, y nadie puede argumentar que desconoce lo que pasa. El único que no sabe que el río crece es Reutemann, y sobre él tampoco se expidió el partido. Si el peronismo no se renueva está destinado a seguir siendo lo que parece ser: una asociación (i) lícita antes que un partido político. Y para renovarse son los mismos peronistas que hoy callan por temor quienes tienen que comenzar a tomar distancia de los exabruptos de sus pares y posicionarse en otro lugar. «Mejor que decir es hacer», aseguraba Perón. Hasta que eso no ocurra esos peronistas buenos serán parte de la farsa mayor del partido, y su silencio seguirá siendo funcional al circo criollo de la hipocresía y el cinismo.

Walker se disculpó dos veces, una en Chile y otra en una nota publicada en Clarín. Su disculpa sonó forzada por las circunstancias, y su alcance es parcial, sólo para los oídos del Ejecutivo local. Nadie cree en esas palabras, y se refuerzan, en cambio, las del artículo de mayo (que nadie recordaría si no es por el malestar de Kirchner y su consecuente bravuconada). En la práctica Kirchner no puede objetar los nombramientos de otro país. Lo más viable sería dejar que todo se diluya. Pero es Walker quien gana y el Gobierno argentino quien pierde una pulseada inútil. Sólo Kirchner y su partido pueden enojarse ante la cristalina claridad del artículo de Walker, y tratar de ocultar la verdad con enfados o decretos.

Sólo a los ignorantes les es dado, en pleno posmodernismo, seguir creyendo en los cuentos de hadas y considerar vestido con su mejor ropa al rey del cuento. Pero el rey está desnudo, y lo sabemos. ¿Hasta cuándo decidirá ignorarlo el Gobierno ó, más precisamente, el partido peronista?

© Carlos O. Antognazzi.
Escritor.

Santo Tomé, octubre de 2004.

Publicado en el diario “Castellanos” (Rafaela, Santa Fe, Argentina, el 15/10/04). Copyright: Carlos O. Antognazzi, 2004.

Este artículo tiene © del autor.

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