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PRESENTACION EN LIMA DEL POETA CHILENO LUIS ARIAS MANZO

Carlos Garrido Chalén

Perú



DISCURSO DE PRESENTACION EN LIMA DEL POETA CHILENO LUIS ARIAS MANZO POR EL POETA PERUANO CARLOS GARRIDO CHALÉN

22.09.04 

Antes los oculistas decían, que existe una clave universal, que es la clave de todos los dogmas con las que se podía abrir todas las tumbas del antiguo mundo, hacer hablar a los muertos, volver a ver en todo su esplendor los monumentos del pasado y comprender los enigmas de todas las esfinges.

 Sostenían un alfabeto jeroglífico y numeral manifestado por caracteres y por una serie de ideas universales y absolutas. Y hablaban del cuaternario simbólico, figurado en los misterios de Menfis y de Tebas por las cuatro formas de la esfinge: el hombre, el águila, el león y el toro, que guardaban correspondencia con los cuatro elementos del mundo antiguo figurados: el agua por la copa que tiene el hombre o el acuario; el aire, por el círculo o nimbo que rodea la cabeza del águila celeste; el fuego, por la madera que le alimenta; el árbol que el calor de la tierra y el sol hace fructificar, por el cetro en fin de la realeza de la que el león es el emblema; la tierra por la espada de Mithara, que inmola todos los años el toro sagrado y hace correr con su sangre la savia que fructifica todos los frutos de la tierra.

 Cuando el soberano sacerdote cesó en Israel, cuando todos los oráculos del mundo se callaron en presencia del Verbo hecho Hombre, aparecieron los vates o vaticinadores y la literatura se encumbró, a despacho de los filósofos herméticos, a ser oficio para el asombro. Y la poesía se convirtió en la llave de las cosas ocultas y de las cosas descubiertas. Ya no era necesario el urim y el thumim, que significaban lo alto y lo bajo, el oriente y el occidente, el si y el no, signos que figuraban en Jakin y Bohas, las dos columnas del Templo de Salomón y tampoco los theraphims o signos figurados.

 Ya no era necesario esa mujer alada, la venus urania de los griegos, revestida del sol coronada por doce estrellas, sentada y teniendo en el extremo de su centro el globo del mundo, ni ese soberano, cuyo cuerpo representa un triángulo recto, y las piernas una cruz, que era la imagen del Atanor de los filósofos. Ahora el tipheret, es decir el idealismo y la belleza, tiene otra estructura. Ya no necesitamos entonces ese carro cúbico de cuatro columnas, con cortinajes azulados con estrellas, que llevaba a un triunfador coronado de un círculo, sobre el cual se elevaban e irradiaban tres pentagramas de oro.

 La prudencia ya no es mas un mero sabio eremita o capuchino, que se envuelve completamente en su manto, apoyado sobre su bastón, llevando de si una lámpara y tampoco la fuerza, ayer representada por una mujer coronada que cierra sin esfuerzos las fauces de un león furioso. La muerte que ciega cabezas coronadas en un prado en donde se ven crecer hombres han sido reducida a simple motivo; y la temperancia, que fue un ángel que tiene el signo del sol en la frente y en el pecho el cuadrado y el signo del septenario, que vierte de una copa a otra las dos esencias que componen el elixir de la vida, tiene otra nomenclatura en una poesía que se ha librado hasta de si misma, pero no para ser heredera del macho cabrío de Méndez o del Baphomet de los templarios con todos sus atributos panteístas, sino para ser reina de la tierra y de los cielos.

 Ahora los literatos no nos afincamos en una torre fulminada por el rayo como la de Babel, en donde el salvaje Nemrod que la construyó, se precipita desde arriba hasta el fondo de las ruinas. Ya ahora no hay un genio que toca la trompeta y los muertos salen de sus tumbas, ni la luna es un cangrejo en el agua remontando hacia tierra y un perro y un lobo le aúlla por un sendero que se pierde en el horizonte sembrado de gotas de sangre. Ya el poeta no es un hombre vestido de loco, que marcha al azar, cargado con un zurrón que lleva a la espalda y que, sin duda, está llena de descubierto lo que debieran ocultar, mientras un tigre que le sigue le muerde el talón y hasta la sombra, sin que él trate de evitarlo.

 Reclamamos un tiempo nuevo para la literatura y para el escritor. Para el Poeta y para los que aman la poesía y al Poeta. Para la inteligencia militante y la inteligencia amante. Para la inteligencia creadora. Ya no nos interesa quizás que cada número, multiplicado por una clave, dé otro número que, explicado a su vez por el ocultismo de claves inventadas, complete una revelación filosófica y religiosa contenida en cada signo. Ahora lo que nos importa es la iniciativa y la libertad creadora. Un nuevo tiempo para amar en libertad y con libertad sin que el espíritu se extravíe.

 Ahora ya no nos sustentamos en el velo de todas las alegorías hierática y místicas de los antiguos dogmas, a través de las tinieblas y de las bizarras pruebas de todas las iniciaciones, sobre las carcomidas piedras de los antiguos templos o la ennegrecida faz de las esfinges. Tampoco en los extraños emblemas de los antiguos libros de alquimia, ni en esa filosofía oculta que quiso ser la nodriza o la madrina de todas las religiones, la palanca secreta de todas las fuerzas intelectuales y la llave de todas las oscuridades. Ahora Dios es nuestro fiel testigo y la poesía y la literatura, una hermosa alternativa para un tiempo nuevo, porque viniendo de Dios puede mandar en su nombre sobre los elementos, aprehender el lenguaje de los astros y la marcha de las estrellas y hacer un milagro con la historia.

 Nuestra literatura, la literatura de hoy, ya no se sustenta en las homilías de Crisóstomo ni en los prestigios de Cagliostro. No se oculta en parangones para librarse de las apasionadas agresiones de un amor ciego, ni se envuelve en nuevos jeroglíficos para disfrazar sus esperanzas. La jerga de la alquimia solamente interesa a los oscuros iluminados del pasado, pero no a los que creemos que la literatura entró ahora a una siglo nuevo para redescubrirse a sí misma bajo nuevos correlatos.

 Luis Arias Manzo, es en ese sentido, parte inequívoca, de esa nueva expresión que ha tomado las conciencias para humanizar la vida, que ha hecho suyos los verbos más sensibles de su pueblo para plantear nuevos esquemas, nuevas pretensiones, a una literatura nacida en el dolor y en la esperanza, germinada en los sueños más fecundos, en ese amor que todo lo describe y sobresalta, porque es germen y es semilla, es siembra y es cosecha.

 Dueño y portaestandarte de un vocabulario animado por la intensidad y la ternura, Luis Arias Manzo, ha conseguido en tres libros: Agualuna en el 2002, Mil años de Amor en el 2003 e Instantes en el 2004, resolver los viejos enigmas del materialismo y la espiritualidad en un mix en el que la narración y la poesía se concatenan para generar un producto distinto, que sólo un hombre de entraña y de raza como él, ha podido generar.

 Sus tres libros son un despertar a la espiritualidad y la esperanza, y como Cristina Castello, nuestra amada Cristina lo dice en Instantes, son un alegado por la causa de la humanidad y una declaración de principios que excluye neutralidades. Es un arrullo ético, axiológico, y un llamado a la resistencia contra lo que mata la vida, resistencia como la de Prometeo ante el suplicio.

 Luis Arias Manzo, no nació por generaciones espontánea. Se hizo hombre en el dolor y el sufrimiento. En ese cisma doloroso que lo separó con violencia de su madre y de su tierra. Lágrimas de angustia y de pesar por esa Patria ensangrentada, le cuadricularon el alma, y en esa catarata dolida, en ese enfrentar a la desgracia, en ese poblarse de las sombras de los muertos y desparecidos por el régimen de terror que dinamitó su Patria, se fue haciendo juntando todas las partes en que el dolor le fragmentó el alma, el escritor, el poeta que hoy le cuenta a la existencia sus trajines.

 Sin querer, ese pinochetismo que la historia condena por su crueldad destructora y que ahora ni sus adlátares pueden defender por indefendible, le hizo un bien a su vida, porque el exilio, si bien es un rompimiento de la propia existencia, es un obligar a la sobrevivencia que enseña a no morir y que estremece. Y es ese no morir y ese invitar a la sobrevivencia, los que a la vez que contagian y obligan a la solidaridad, los motores para entender el fragor de la batalla y la necesidad de la victoria.

 Es esa necesidad de juntar todas las partes hechas añicos por el exilio, lo que obligó a Luis Arias Manzo, a enarbolar las banderas de la identidad y la consecuencia. Los muertos de su pueblo eran sangre de su sangre. Y el canto de la rebelión se hizo dinamita en el martirio. Aún tenia 17 años y la dictadura de ese pinochetismo cruel y sanguinario lo confrontó con una realidad que llenaba su entraña de rebeldía insondable. Pero lo bueno de todo es que no lo ganó el odio. Que levantó su puño rebelado, es cierto, pero no lo ganó la malsanidad de un sentimiento infraterno. La tenebrosa dictadura de su Patria, lo partió en partes desiguales, lo llenó de dolor y de tristeza, le hizo hilachas acaso su corazón, pero no le quitó la capacidad de amar y ser amado, de sentir y ser sentido, de explorar en el territorio del alma qué hacer frente al infortunio, cómo reaccionar frente a un exilio que le pintó paisajes que nunca pensó recorrer, que jamás soñó vivir, pero que le abrieron sendas de fraternidad de otros puños, de otros hermanos combatientes al final de la batalla.

 Para entender a Agualuna, Mil años de amor e Instantes, hay necesariamente que hacer esa digresión. Porque el exilio es un complejo fenómeno de influencia. Lo que es una especie de castigo por el desarraigo que implica, por ese romper con la familia, con los propios, con la tierra y la cotidianidad, es al final un integrar que crea nuevas formas de triunfo y de conquista. Sobre todo en el espíritu, en el alma, en el corazón, en la vida.

 Agualuna , Mil años de amor e Instantes, son su vida misma, pero también la vida en la que podríamos identificarnos todos. 

 Son su propio caminar en conceptos de búsqueda y la exploración de su gente, de su pueblo, de nuestros pueblos, de nuestro continente, y de este mundo depredado irracionalmente por la desgracia.

 Frente a una sociedad fatal que se desmorona, que apesta a muerto, infestada por la falta de solidaridad e infidencia, agredida por políticos que han idiotizado su lenguaje generando un vacío de alma que nos aprisiona y desmoraliza, la actitud de escritores como Luis Arias Manzo, nos devuelve a la esperanza; pero también nos confronta con una visión distinta de las cosas, con una manera de amar curiosa, pero válida. Pero es que, qué es el amor, sino una manera que cada cual inventa, según su circunstancia. Es ese invento de cada quien, el que acaricia las almas, que se arrulla en el canto del infinito, que se abre a la dulzura de las cosas, y que apunta a un destino luminoso, porque proviene de Dios y en Dios encuentra su sentido.

 En ese que Luis Arias Manzo llama “El Infinito y Misterioso territorio del amor”, se fundamentan por eso sus tres obras que hoy presenta. Obras escritas con un estilo inédito, con calidad y con entraña, enseñando el corazón sin disfraces ni mezquindades, para ser acaso, como el mismo reclama, esa llama fuerte que enciende la vida.

 Quiero por eso agradecer a los organizadores de este evento y a mi entrañable amigo combatiente LUIS ARIAS MANZO por permitirme esta noche el honor y el privilegio de estar aquí en esta fiesta de la literatura y de la espiritualidad.

 Agualuna , Mil años de amor e Instantes, son ahora nuestros en el mejor sentido de la palabra, porque provienen de un hombre de corazón y manos limpias, de la sensibilidad poblada de esperanzas de un poeta que habla por las mayorías oprimidas, por los pueblos rebelados, por los corazones que luchan por el amor, la libertad y la justicia. Y que hoy ha hecho alianza con nosotros los poetas y escritores de esta América Viva y del Planeta mismo, para defender la vida.

Carlos Garrido Chalén

Poeta Peruano
Premio Nacional de Poesía
Presidente Ejecutivo de la Unión Hispanoamericana de Escritores

garridochalenpoeta1@hotmail.com

Este artículo tiene © del autor.

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