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Cultura en Argentina (VI): El malestar en la cultura

Carlos O. Antognazzi

Argentina



Como su jefe Torcuato Di Tella, la subsecretaria de Cultura de la Nación, Magdalena Faillace, sufre de incontinencia verbal. En países más serios, o directamente civilizados, la sucesión de gafes podría haberle costado el puesto. Aquí el Gobierno la apaña. Es tan escaso su interés por la cultura que se despreocupa por lo que los funcionarios de la cartera hacen o no para ganarse el sueldo, pagado con el dinero de los contribuyentes.

Es probable que Faillace sufra también de otros trastornos, a juzgar por sus explicaciones y su nivel de argumentación a la hora de aclarar entuertos y deslindar responsabilidades. Quizá la cercanía con su jefe no sea inocua; recordemos que Torcuato se jactó de que ni a él ni al Gobierno al que representa le importan la cultura. Una declaración de principios que no pasó desapercibida, pero que tampoco provocó los cambios necesarios para evitar que se repita el bochorno. Y el hermano de Torcuato, Guido, terminó su gestión regalando ositos de peluche a los malvinenses y propiciando las poco delicadas «relaciones carnales» con Estados Unidos.

El malestar en la cultura

Como su jefe Torcuato Di Tella, la subsecretaria de Cultura de la Nación, Magdalena Faillace, sufre de incontinencia verbal. En países más serios, o directamente civilizados, la sucesión de gafes podría haberle costado el puesto. Aquí el Gobierno la apaña. Es tan escaso su interés por la cultura que se despreocupa por lo que los funcionarios de la cartera hacen o no para ganarse el sueldo, pagado con el dinero de los contribuyentes.

Es probable que Faillace sufra también de otros trastornos, a juzgar por sus explicaciones y su nivel de argumentación a la hora de aclarar entuertos y deslindar responsabilidades. Quizá la cercanía con su jefe no sea inocua; recordemos que Torcuato se jactó de que ni a él ni al Gobierno al que representa le importan la cultura. Una declaración de principios que no pasó desapercibida, pero que tampoco provocó los cambios necesarios para evitar que se repita el bochorno. Y el hermano de Torcuato, Guido, terminó su gestión regalando ositos de peluche a los malvinenses y propiciando las poco delicadas «relaciones carnales» con Estados Unidos.

Quizá el problema sea la cercanía con el poder, que vuelve estúpidos a los funcionarios que lo frecuentan sin el correspondiente antídoto. Esto, claro, si se considera que la estupidez no es innata y puede adquirirse sin receta en el mercado.

Teléfono descompuesto

La nueva vergüenza se llama «III Congreso de la Lengua». No felices en el Gobierno por haber hecho propia la impugnación a la dotora Nélida Donni de Mirande, avanzaron luego con Gabriel García Márquez. De no haber mediado la contundencia de José Saramago, el ninguneo habría pasado poco menos que desapercibido, porque a la anomia del Gobierno se le suma la de ciertos intelectuales. Tiene razón Saramago cuando se pregunta cómo puede ser que nadie haya alzado su voz a favor de García Márquez, en especial esos que «opinan de todo». Máxime cuando la razón esgrimida off the record fue similar a la utilizada contra Mirande: no habría sido invitado por el «alboroto» que provocó su participación en el I Congreso, en Zacatecas, cuando abogó por la simplificación de la ortografía (pero García Márquez no era original: ya Alonso de Nebrija, autor de la primera gramática castellana y la primera gramática romance, había propuesto lo mismo).

El imbecilismo elevado a razón de Estado es un gusto que nos damos sin ruborizarnos. Lo curioso es que luego nos quejemos de los costos. Todo este revuelo del III Congreso podría haber quedado en la “cocina” del mismo, pero trascendió gracias al viejo truco del teléfono descompuesto. Si hasta daría la impresión de que se está parodiando una historia de García Márquez, justamente, en donde de tanto pasar de boca en boca la noticia de que algo terrible va a ocurrir en el pueblo al final termina ocurriendo.

A la suposición de Faillace en la Academia Argentina de Letras le siguió una aseveración que llegó a España, en donde Saramago la leyó en la prensa y la amplificó. Con razón, porque nadie bien nacido tolera la impugnación de un colega por “pensar diferente”. Y menos de un Premio Nobel. Y si bien García Márquez reaccionó con humor y bromeó por teléfono con Víctor García de la Concha, presidente de la RAE, Saramago insistió con que debe haber una explicación del Gobierno argentino «para que no nos tomen de tontos» (La Nación, 17/09/04, p. 14). La Academia Argentina de Letras fue clara: sólo se ocupa de los invitados nacionales al Congreso, no de los extranjeros. Con lo cual tangencialmente se apuntó a Faillace y sus declaraciones fuera de lugar.

El problema, entonces, no es que se invite o no a una persona (que, de paso, ya participó en el I Congreso), sino que se argumente que puede no haber sido invitada por su forma de pensar. Eso es lo grave, y más cuando esa suposición parte de la Subsecretaria de Cultura de la Nación. La soltura y liviandad con que se manejó Faillace hace sospechar que tiene profundamente incorporado el concepto de que es lícita la impugnación o marginación del Congreso por las ideas políticas y/o sobre literatura. Sus declaraciones en el caso Mirande, refiriéndose a los «amigos que se invitan a la fiesta de cumpleaños», fueron elocuentes.

Al final Saramago estará en el III Congreso, pero hay otros que no, y puede leerse entre líneas que la razón, más allá de las explicaciones, está en la confusa organización. No vienen Mario Vargas Llosa, Christ Crommett (presidente de CNN en español), Antonio Muñoz Molina, Álvaro Mutis, Guillermo Cabrera Infante, Alberto Manguel. Y desde aquí ya no participarán Santiago Kovadloff ni Ana María Barrenechea. Hay otros argentinos, en cambio, que se pelean por un lugar en el cónclave y guardan silencio sobre estas irregularidades, con lo cual están diciendo más de lo que seguramente dirán en sus (políticamente correctos) discursos.

Nuevas propuestas

Hubo un anuncio insólito a mediados de setiembre: se había organizado el «Fondo de Cultura y Mecenazgo», que comenzaría a desempeñarse con 40 millones de pesos y que, en la práctica, se constituiría en un nuevo Fondo Nacional de las Artes. La idea pertenecía a Fernando Sabsay y Daniel Herrendorf, ex funcionario menemista, y contaba con un buen grupo de intelectuales de primer nivel entre sus adherentes. Claro que esto es Argentina: esos intelectuales fueron los primeros sorprendidos al ver sus nombres en la prensa, porque se dieron a conocer antes de la reunión en donde se les explicaría en qué consistía el Fondo. Un matiz que resultó importante porque cuando se supo que detrás de los fondos estaría la Universidad Provincial de La Punta, bajo la égida de Rodríguez Saá, y que dichos fondos no eran del todo claros, el mismo Sabsay anunció a la prensa que se retiraba del proyecto (La Nación, 17/09/04, p. 15). El «Fondo de Cultura y Mecenazgo» murió a las 48 hs. de su anunciado nacimiento. Ni siquiera pudo abrir los ojos.

Más allá de lo que implica hacer anuncios de esta magnitud y en este contexto sin revisar previamente de dónde surgirán los fondos y si éstos son lo suficientemente transparentes como para embarcar en el proyecto a un grupo de intelectuales serios y de trayectorias comprobadas, la vergüenza no deja de ser un síntoma de nuestra idiosincrasia.

En la convocatoria del año 2003 la Fundación Antorchas anunció que se retiraba del país. Igual destino tuvieron las sedes de Chile y Brasil. La explicación fue que ya no había apoyo para su mantenimiento. Quienes tuvimos relación con la Fundación sabemos de su respeto por el trabajo intelectual y de la seriedad con que se encaraban las ayudas y las becas. Es incomprensible que ante este anuncio ninguna voz se alzara para reclamar el apoyo necesario, si bien aparentemente se trató de una decisión irreversible de la cúpula directiva a la que nada se podría haber agregado. De la misma forma llamó la atención el proyecto del «Fondo de Cultura y Mecenazgo», porque lo más lógico sería que antes de construir algo nuevo se procurara apuntalar, por ejemplo, a la Fundación Antorchas o al alicaído Fondo Nacional de las Artes, instituciones que, desde el ámbito privado o el oficial, han trabajado de manera transparente durante años.

Lo que perdura luego de estos vaivenes es la sensación de cosa hecha a las disparadas, sin la debida maduración. A nadie parece importarle el apoyo solicitado a los intelectuales y el evidente uso y abuso para crear expectativas y generar prensa. El Gobierno avanza en la (des) organización del III Congreso con la sutileza de una aplanadora. ¿Puede ocurrir otra cosa considerando quiénes están al frente de la estructura política? ¿Alguien le pidió explicaciones a Di Tella luego de su exabrupto sobre su desinterés por la cultura? Fue citado por la Comisión de Cultura de la Cámara Baja y discurseó sin aclarar nada. O mintió, porque sostuvo que este Gobierno «está haciendo una verdadera revolución cultural, que excede el ámbito de la Secretaría de Cultura» (sic. La Nación, 10/06/04). Salvo que Di Tella haya utilizado el término revolución en su acepción más simple, «movimiento de un móvil que, recorriendo una curva cerrada, vuelve a pasar sucesivamente por los mismos puntos», según el Larousse (o sea, repetir una y otra vez los yerros de siempre), no se comprende qué quiso decir.

El subdesarrollo

Si hay algo que diferencia a los países desarrollados de los subdesarrollados es la capacidad organizadora. Seriedad, responsabilidad, cordura, son características que conforman esa capacidad. Las idas y vueltas, los dobles discursos, las suposiciones, las aseveraciones, los trascendidos, ocurren en todas partes del mundo, y más cuando se trata de organizar eventos complejos. Pero en los países serios esas situaciones son manejadas y resueltas con discreción, y en países como el nuestro se convierten en la apoteosis de la cursilería. La otra diferencia importante es que en los países civilizados los cargos son ocupados por personal idóneo, mientras en la Argentina los puestos son ocupados por amigos del Presidente, antiguos condiscípulos, hijos de alguna amante a la que hay que mantener o contentar, sobrinos y parientes varios, todo según el viejo sistema de la dedocracia. ¿Cuántos cargos por concurso en el ámbito específico de la cultura hay en este momento en la Argentina? ¿Y en la provincia?

La falacia del amiguismo es la bandera que portan todos los presidentes, sean de facto o democráticos. Los estudiantes de Diplomacia aguardan que alguien los convoque. Y mientras esperan ven cómo las embajadas son ocupadas por políticos cuyos conocimientos de diplomacia son mínimos o directamente inexistentes. Nuestro país otorga las embajadas como premio por los servicios prestados, no como el referente y puesto de avanzada de la Argentina en el extranjero. Descuidar la imagen es un costo que seguimos pagando. Si la seriedad no es la norma hacia dentro, ¿cómo esperar que sea la norma de afuera hacia nosotros? ¿No nos permitimos enviar como embajador a Paraguay a Rubén Cardozo, cuya principal referencia laboral para el puesto fue ser almacenero y puntero político? ¿Y que, además, se dio el lujo de dejar el tendal de deudas en Asunción?

La falta de cultura política es la norma. Y esa carencia que terminamos pagando entre todos, además del silencio de buena parte de la población, es lo que irrita y nos ubica en el lugar en que estamos.

© Carlos O. Antognazzi.
Escritor.

Santo Tomé, octubre de 2004.

Publicado en la revista “Hoy y mañana” Nº 46 (Santa Fe, Argentina, octubre de 2004, p. 10-11), y en el diario “Castellanos” (Rafaela, Santa Fe, Argentina, el 22/10/04). Copyright: Carlos O. Antognazzi, 2004.

Este artículo tiene © del autor.

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