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LA PRIMAVERA ANATÓMICA

Rosana Cortez Noguera

Argentina



Primavera

 

La primavera anatómica se tapa con un aire denso y tenebroso.
La luna oculta y esquiva cobija a los árboles todavía desnudos.
El asesino camina solo, a través de su plaza cómplice; mientras sus víctimas, que no conocen el silencio, no adivinan aun del peligro que acecha en cada uno de sus pasos...
 
Una primavera fría, esa luna que ilumina los árboles, las casas y los autos.

El asesino camina solo por una plaza.

 

II


La lágrima, segura, se arriesga para saltar a la noche. Una noche cálida, donde es reconfortante sentarse a mirar las estrellas. El hombre decide salir. Un pálido recuerdo lo atormenta, como si aquel hecho hubiera sucedido en un momento cercanamente anterior. Comienza a caminar.
- La calle sigue súbitamente triste- pensó, y las luces de los autos lo perturban como miradas obscenas. Avanza una cuadra, otra, y lentamente se detiene ante una confitería.
El hombre, atormentado, mira fijamente una caja en forma de corazón, mientras una voz en su conciencia le reprocha una y otra vez la existencia anterior de sangre ajena en sus manos, y los fantasmas de sus víctimas gritan su culpa. Desfalleciendo por tanto remordimiento, el hombre comienza a temblar. Gotas de sudor invaden su rostro.
 
Luego, el silencio.

Las luces pegan en su cara en una omisión de su propio pasado, como si la paz llegara en un instante ante la cercanía de una brisa lúgubre de apasionamiento...

Y luego, el llanto.

Llanto que desnuda su alma partiéndola en dos, desde su nada oculta.
Perseguido en pensamientos, el hombre llega a un bar. Se sienta. Amor perdido en la esperanza de saberse útil, frases lineales que su mente insana asemeja cóleras. Y aún tratando de tranquilizarse mientras bebe su whisky, recién hervido en frutas, decide volver. Regresar al pasado; antaño que le trajo risas y paz a su corazón.

Decidió su marcha. Su respiración, como un tren en marcha, lo hacía transpirar más, luego de haber cometido tantos crímenes. Pero quizá, su propio temor es el que lo hace valiente. Valiente por su propio temor y la agonía hiriente después de haber causado tanto daño...

 

III


La primavera anatómica se tapa con un aire tenebroso...

La luna oculta sangre derramada en cada rincón del salón. Y luego del aullido anterior, el silencio. Ropas de color bronce ocupan el pedestal de un prócer que algún día fue venerado, y que hoy a pesar de su desdicha, encierra un secreto que jamás se transmitirá. 

Vestida de seda, vaho en la penumbra, una sirviente, primavera en huesos, ocupa su mejor espacio. Hilarante después del acto inmediatamente pasado, trota entre los trastos de la cocina, embebida en whisky, disfrutando de una soledad ansiada, con su embriague que escapa el alivio de las culpas.

A través de las casas un mito aun viviente comienza a corregir viejos desvíos, ambulando solo mientras araña sus labios. Proclama ella para sí toda su justicia, dedicándose el sabor de los líquidos conseguidos. Primavera victoriosa, ya que por fin, pudo desenmascarar al hombre de quien probo su justicia.

Trastos al fin, dejados de lado por la lejanía. Amores y desamores. La primavera anatómica, por fin decide salir, a la búsqueda de otro ser incógnito y culpable, para desenmascarar su anterior crimen; mas la soledad que alumbra en sus ojos la hacen sentir mas bella y escalofriante.

¡ Ay de quien en su camino la encuentre!

Sólo una muerte eterna la acompaña;
por ser ella, la esperanza en quienes los amantes ponen toda su fe
sin saber siquiera que es ella quien mata sus corazones.
Los convierte de victimarios
y, asimismo
en víctimas de una soledad encarnizada...

Este artículo tiene © del autor.

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