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IDEAS FUGAS

Para Ibalhú, la Maga

Fernando Vargas Valencia

Colombia



(Para Ibalhú Rodríguez, pregonándome ilusiones desde su Taller de Magia)

I.
De lejos, el bandoneón de Piazolla. Una nota perseguida tras la grandilocuencia del bar perdido en nuestra memoria, en esos lugares crueles donde la infamia no tuvo historia, donde los huesos se arrojaron al mar, como botellas de alguien que en la isla, del otro lado, nos reclama.

II.
Un cigarro tras otro, Piazolla y la insolencia macabra de los brindis que hacen los hombres y las mujeres del mundo amarillo, otro cigarrillo tras uno, tras los labios dibujados de la mujer que nos sorprende con sus miembros entregados a la gran noticia, a la necia esperanza de no ser iguales a lo equidistante, al silencio macabro de Astor que toma aire para gritar que sí, que estamos vivos, que partimos sin regreso, que somos el viaje de alguien que nos camina en redondo, intentando arrancarnos de esa extraña libertad de sentirnos derrotados.

III.
La brevedad se disipa, las sombras recorren la sangre buscando el licor ligero, los violines y sus suicidas pretensiones de araña y de golpe seco en los labios (y tú, Maga, tú te sonreirás despacio mientras tú, mientras yo... ¿Pero por qué no seguir escuchando nuestras pieles sordas y sus engendros de latido?).

IV.
Ahora, que los gatos estén acicalándose en el tejado no es algo que en el fondo me corresponda, pero qué noche, ¡qué noche!, hay un piano tras el cielo protector, hay un golpe de abeja en tu seno, Maga, hay un silencio que no quiero dañar con mis palabras necias (perras negras) con mis disipadas ansias de surcarte toda, de romper todo cuanto niegue tu vitalidad.
Y tú te sorprendes de que te lo haya dicho.

V.
Hace frío y me toco yo mismo los brazos para comprender que es el frío connatural a los gatos y a los maullidos del Bandoneón. Pero el piano insiste en llamarte, ah si sos del mañana que alguien traerá en óleos y acuarelas, el árbol eterno de aquel que aprendió a asumir su voluntad como algo apenas probable. Como algo que creció en nuestra, memoria testaruda de fósiles, en nuestra olvidada conciencia de dinosaurios.

VI.
Lentamente recorro tu sangre canalizada en vino y piel. La copa se va derramando con una extraña voluntad que le atribuye mi mano, que le atribuye tu risa anclada en el éxtasis infame de ser tú misma, desnuda, renovada. El vino cae y un dolor de arteria salta como un sapito negro en tu vientre y se desliza, buscando tu centro, tu Imperio que goza del fuego que lo consume.

VII.
Y la naranja que fuma sigue midiendo al tiempo en humos y cenizas, en el silencioso ajetreo del condenado a muerte. Y el tiempo, “ese gris compadre”... Se van quedando sin fuerza los sonidos y la vida es el relato de un idiota que se espanta con su propia voz.

VIII.
Primero, las cuchilladas. Uno a uno, los miembros de Julio Naranjo van viéndose derrotados por el filo trashumante. No puede verse más metafísica que la del gemido cruel de los miembros derrotados. Uno a uno, van saliendo gritos del latido que se va apagando, que se va perdiendo en el grito. Los miembros, apenas sostenidos por un hilo cruel de azar y contingencia, se van revolcando en la máquina que inventamos para no olvidar que nacimos inventados. El último cigarro quedó sobre la pupila del enemigo, sobre su boca entreabierta, mirando al cielo. Sobre la máquina lograda en una especie de insistencia en no lograr nada.
Los buenos hombres se han tomado nuestras casas. Nos han disgregado como una luz atravesada por una maquina de venenos atroces.

IX.
El abuelo, ese ser enamorado y tibio. Extraordinario. Juegos, canciones, humor. El abuelo, ese ángel regordete que habla de la vida como de sí mismo.
Tanta vitalidad en una sola mano. Tanto misterio en el silencio con que sus ojos transfiguran los retazos de color y líneas que son el mundo.
El abuelo, ese ser desordenado.
Esa insistencia en la no insistencia.

X.
Se dice que hay que terminar en el número diez. Decir algo, excusarse si quiera. Parafrasear a algún despistado que nos despiste con su silencio (“Me duele una mujer en todo el cuerpo”, “me duelen las manos de tanto no tocarte”).
Pero alguien está planeando romper algo sólido. Atravesar las ventanas con un sonido exagerado. Alguien planea irrumpir tu silencio con otro silencio al que le pasará lo mismo en un círculo exageradamente decimal. En un combate que nadie parafraseará porque sí, porque no.
Por inconcluso,
(Por exageradamente hermoso).

(c)Le Profetus (Fernando Vargas Valencia).
Bogotá, Colombia.

Este artículo tiene © del autor.

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