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Violencia en Argentina (XVII): La falsa opción del voluntarismo

Carlos O. Antognazzi

Argentina



El cogito cartesiano no cuenta con adeptos en la pampa húmeda, y nadie piensa para luego ser (o hacer). Aquí más bien se piensa poco o nada. Así nos va. Zigzagueado entre dos aguas, siempre dispuestos pero poco capacitados, los argentinos deambulamos por la vida como si desde el extranjero nos debieran favores o pleitesía, y como si para crecer bastara el deseo de hacerlo. Y en función de ese hálito hacemos las cosas más inverosímiles. No sólo por ignorancia, se entiende, sino también por maldad. El producto final es inverso al pretendido. La fórmula es «a más voluntarismo menos profesionalismo». Que puede traducirse como «a más voluntarismo más pauperización». O «más cretinismo», a secas.

La falsa opción del voluntarismo

El cogito cartesiano no cuenta con adeptos en la pampa húmeda, y nadie piensa para luego ser (o hacer). Aquí más bien se piensa poco o nada. Así nos va. Zigzagueado entre dos aguas, siempre dispuestos pero poco capacitados, los argentinos deambulamos por la vida como si desde el extranjero nos debieran favores o pleitesía, y como si para crecer bastara el deseo de hacerlo. Y en función de ese hálito hacemos las cosas más inverosímiles. No sólo por ignorancia, se entiende, sino también por maldad. El producto final es inverso al pretendido. La fórmula es «a más voluntarismo menos profesionalismo». Que puede traducirse como «a más voluntarismo más pauperización». O «más cretinismo», a secas.

Pensar con la cabeza

En Argentina hay un exceso de voluntarismo que menosprecia y margina, con el magnánimo apoyo del poder, a los profesionales. El sicoanalista y filósofo Guillermo Maci señala el dislate: «Lo que yo llamo la “ley del corazón”, por la que pretendemos hacer lo mejor posible para todos y, en rigor, hacemos lo peor para todos, porque en lugar de pensar las cosas en términos de acción, de planeamiento, de política social, de política de Estado, se piensa en función de apariencias, de salvar el momento, de lograr buenos resultados en las encuestas. La paradoja sería el desfase entre lo que se aparenta y lo que se es» («Somos un país narcisista». Entrevista de Carmen María Ramos. La Nación, 09/10/04, p. 12).

Ayudar por ayudar (o figurar), sin la capacidad necesaria y sin una estructura que contemple un proyecto a largo plazo, con una clara idea de a dónde se quiere llegar, es dilapidar esfuerzos y fomentar la inercia del desamparo: durante la inundación de 2003 en Santa Fe los “especialistas” de Reutemann y Álvarez brillaron por su ausencia porque no sabían qué hacer ni cómo. Los muertos pudieron evitarse si en lugar de amigos había profesionales. La política en serio, con mayúscula, es otra cosa, aunque muchos “políticos” mediocres consideren que demagogia y ganar votos es suficiente. Ningún Gobierno lo ha aprendido. Todos han nombrado a dedo, prescindiendo de la forma más transparente (y democrática) que es el concurso. La cultura política de un país se revela en situaciones como ésta.

De la misma actitud voluntarista participa el asistencialismo (también el ambiguo tópico “cultura popular”). Se trata de dos manifestaciones de una misma concepción: dejar para mañana lo que no puedo (o no quiero) resolver hoy. Así es como sufrimos la vigencia de planes asistenciales que surgieron hace años como una respuesta coyuntural, de apremio. Estos planes han derivado a su vez en el clientelismo: son utilizados por políticos inescrupulosos para mantener una estructura de corrupción que les posibilite mantenerse en el poder (cfr. La trama en la oscuridad. Castellanos, 13/08/04). ¿Cómo es posible que estos planes sigan vigentes años después de haberse implementado? Y fundamentalmente, ¿cómo es posible que se incrementen, y que los sucesivos Gobiernos sean presionados y toleren el chantaje sistemático de los piqueteros? Podría argumentarse que los Gobiernos lo aceptan porque eligen el mal menor, lo que resulta una falacia en el largo plazo. No sólo porque en el largo plazo «todos estamos muertos», como ironizaba Keynes, sino porque esa situación de respuesta coyuntural, extendida en el tiempo, termina por diluir su sentido primigenio para convertirse en lo que Natalio Botana llama «la emergencia perpetua» (La Nación, 07/10/04, p. 21).

Si bien Botana argumenta sobre el riesgo de los superpoderes, se puede extrapolar y comprender que el problema que se ha enquistado en la Argentina responde a la característica de un sistema. El fallo de la Corte Suprema de Justicia sobre la pesificación es un paso más en esta senda.

El sistema siniestro

Toda situación de emergencia tiene un límite intrínseco, más allá del cual la emergencia degenera. El límite se corresponde con la emergencia, es connatural con ella. En literatura se dice que el límite del análisis está determinado por el propio texto analizado. Más allá de ese límite ambiguo se corre el riesgo de destruir el texto para convertirlo en otra cosa, que ya no es lo que el autor escribió y sí, en cambio, lo que el crítico desea hacerle decir. La política, la economía, la organización de un país, no difieren demasiado de este axioma que enaltece el sentido común y determina algo esencial: el límite ético de toda acción.

Establecer planes sociales para contener la posibilidad de un estallido es correcto y funciona sólo si paralelamente el Gobierno implementa medidas tendientes a ir restringiendo los planes para reemplazarlos por trabajo genuino. Cuando la situación de emergencia queda sepultada por la pantomima, estamos ante un Estado benefactor que ha asumido la emergencia como norma: organiza y utiliza un método en su propio beneficio en lugar de hacerlo en beneficio de la población. Y cuando el método pierde el sentido de la urgencia que le dio lugar, degenera en un sistema: «un conjunto de expectativas recíprocas que convierten los comportamientos en una rutina esperable» (Botana, art. cit.). Lo que en principio debía servir para paliar la emergencia, de pronto se constituye en una forma de vida. De lo coyuntural se pasó a lo habitual.

El promedio de voto cautivo en las provincias argentinas es del 17,4 %. Por esto el Estado perverso mantiene el statu quo. Argentina vive sumida en una emergencia perpetua, independientemente de los gobiernos y partidos políticos. Independientemente, incluso, de períodos democráticos o de facto. Los dos partidos mayoritarios, que son corporativos, funcionan, en este aspecto, de forma similar. De la Rúa incrementó los planes que había iniciado Menem. Luego Duhalde haría otro tanto, y ahora Kirchner es chantajeado por los grupos piqueteros que, bien mirado, no son culpables de sus peticiones (sí lo son de sus métodos), sino víctimas de un Estado corruptor. Es el Estado quien durante años ha fomentado la idea de que se puede vivir sin trabajar. A cambio sólo se le sugiere al beneficiado una “colaboración” asistiendo a mítines o manifestaciones a favor de tal o cual candidato (cfr. Javier Auyero. Clientelismo político: las caras ocultas. Capital Intelectual, Buenos Aires, 2004. p. 45 y subs.). Este sistema sólo puede conducir a una cada vez mayor dependencia de la sociedad para con el Estado.

Además, la “impericia” estatal ha permitido que unos siete mil planes sean cobrados por personas que ya poseen otros ingresos, según se decanta de la investigación del fiscal Guillermo Marijuán (La Nación, 17/10/04, p. 09). Es impensable que en este “desorden” no haya existido un amparo del poder político.

Deuda del Estado

Se llega a la paradoja de que el Estado implementó los planes sociales para contener a la sociedad, pero la permanencia de dichos planes termina provocando un estallido peor, porque ningún Estado puede mantener una estructura de entrega y dilapidación por mucho tiempo. El asistencialismo tiene su propio límite, pero los gobiernos se empecinan en no reconocerlo. El boomerang está regresando.

En la misma forma el voluntarismo conlleva su propio límite: el de no poder llegar más allá de sí mismo, el de no poder reemplazar al profesionalismo. Una vez que se arribaron a las soluciones pretendidas a través del voluntarismo, es deber de todo Gobierno responsable abocarse a una solución de fondo. Esto supone la participación de profesionales en las distintas áreas, que elaboren un plan a largo plazo. Este es el “milagro” de tantos países que, aún después de haber sufrido la guerra, surgieron de sus cenizas como el Fénix y hoy son potencias envidiadas.

En una entrevista que Raquel San Martín le hace al rector del colegio Pellegrini de Buenos Aires, Abraham Gak, éste hace notar que el Gobierno carece de un proyecto productivo, y que «la provisión insuficiente de bienes públicos, es decir, de educación, salud, seguridad y justicia, es la raíz estructural de nuestras crisis. No basta el discurso de que el conocimiento y la educación son las herramientas para el crecimiento y la valorización de los países en este siglo. Hay que invertir en eso» («No existe un proyecto productivo». La Nación, 16/10/04, p. 16). La palabra «inversión» es la clave del proceso. ¿Pero cómo puede modificarse esto si el radical Oscar Shuberoff, ex rector de la UBA, ha sido procesado por enriquecimiento ilícito (en Estados Unidos posee nueve propiedades no declaradas ante la AFIP)? ¿Cómo si el mismo Estado reconoce que sólo el 20 % de sus funcionarios tiene título universitario? Si el Gobierno no da el ejemplo difícilmente pueda conseguir que la población se eduque. Es el caso patético de un Maradona ya declinante haciendo la campaña antidrogas del «Operativo Sol» durante el Gobierno de Menem. El discurso que se le dio a la juventud desde la inteligentzia oficial fue que pese a las drogas uno podía ser como Maradona.

Esta carencia fue dada a conocer en una nota de Lucas Colonna publicada en La Nación del 16/10/04, p. 08. La investigación de la Subsecretaría de la Gestión Pública abarcó los once ministerios nacionales. Las cifras son resultado del voluntarismo: «en las dependencias de la Presidencia de la Nación sólo el 24,9 % tiene estudios universitarios cursados, mientras que el 34 % sólo pasó por el colegio secundario y el 28,7 % completó la primaria». Estos valores, que «constituyen un hecho recurrente en el Estado», son los que están dando la pauta del tipo de Gobierno que tenemos y del tipo de exigencia que se requiere para los cargos públicos. El porcentaje, de todas formas, no es privativo de la gestión Kirchner, sino que viene desde hace años. El filósofo Eliseo Verón señala que «uno se encuentra con graduados que empiezan un posgrado y que no saben escribir. Ese es el resultado de fallas que comenzaron hace tiempo. Uno se encuentra con gente inteligente que no sabe redactar» («Ser peronista tiene cada vez menos significado». Entrevista de Jesús A. Cornejo. La Nación, 30/10/04. p. 16).

Es deber del Gobierno terminar con el voluntarismo y las prebendas y comenzar a gobernar en serio con profesionales. «Voluntarismo» implica engaño, decadencia y corrupción. Sólo los capacitados pueden ocupar cargos relevantes. Del amiguismo y la dedocracia ya sabemos qué esperar.

Santo Tomé, octubre de 2004.

© Carlos O. Antognazzi.
Escritor.

Publicado en el diario “Castellanos” (Rafaela, Santa Fe, República Argentina) el 05/11/2004, y en periódico “El Santotomesino” Nº 78 (Santo Tomé, Santa Fe, Argentina), de noviembre de 2004. Copyright: Carlos O. Antognazzi, 2004.

Este artículo tiene © del autor.

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