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EL NIÑO

Marie Rojas Tamayo

Cuba



 El sonido insistente del despertador, marcando las siete en punto de la mañana, obligó al niño a terminar de desperezarse.

- Buenos días - dijo al cuarto contiguo y siguió rumbo a la cocina.

Tomó el cartón de leche de la nevera, sirvió hasta llenar un jarro. Abrió la alacena, cogió el paquete de cereales de colores con formas de pelotitas, llenó con ellos un plato donde derramó un poco de leche. Luego de meditar un rato mientras se deleitaba con los sabores indefinidos de las pelotas infladas, decidió dejar el resto de la leche.

De regreso al cuarto, abrió el closet donde lo esperaban alineados los uniformes en sus perchas. Tras pasear la vista por las camisas blancas a juego con las corbatas oscuras, tomó una camiseta deportiva y un jean gastado, se calzó los zapatos sin medias y decidió que bien podía darse el lujo de hacer novillos.

Salió al garaje, donde lo esperaba su bicicleta. Silbando una tonada cabalgó toda la mañana en su lomo, circunvalando las calles. Podía, si ese hubiera sido su deseo, haber entrado en una cafetería a consumir lo que se le antojase, incluso pudo haber ido a algún gran almacén a renovar su ropero, a buscar baterías para su nueva reproductora portátil; pero una llamada desde su interior lo devolvi al hogar, a las bandejas de comida congelada para microondas que le dejaban sus padres por si llegaban tarde del trabajo - cosa que siempre sucedía -. Mastic lentamente mientras escuchaba el CD de cantos gregorianos, sabiendo que a su madre le molestaría que lo hubiese tomado de su oficina.

No saltaría el turno de la tarde. Era bueno mantener ciertas rutinas. Demasiada libertad puede hacer daño. Cambió el atuendo de juegos por un uniforme y camin las escasas cuadras que lo separaban de la escuela. Subió los escalones de granito, pasó junto al busto de Palas Atenea y cruzó la puerta. Se sentó en el pupitre, mirando el pizarrón, llenando una vez más el espacio que le correspondía en el aula.

Aula vacía desde que una extraña epidemia había arrasado con la especie humana, exceptuándolo a él, único sobreviviente, poseedor de alguna misteriosa inmunidad genética, producto quién sabe si de tantos cereales con colorantes artificiales y tantas bandejas de comida para microondas.

Sólo le preocupaba el momento en que llegara el corte de electricidad. Aunque, pensándolo bien, quedaban aún las conservas, y cuando estas arribaran a su fecha de vencimiento, habría millones de árboles con frutos a su disposición. Incluso, si tomaba aquel arco que había visto en la vidriera antes de Navidad, podría vivir de la caza... Quién sabe si hasta entrar en la tienda de armas y regalarse una escopeta de perdigones, de esas que salen en las películas y sólo se pueden tener cuando se es mayor de edad.

El niño sonrió.

Texto y fotografía: Marié Rojas
Ciudad Habana, Cuba
tgrafica@cubarte.cult.cu

Este artículo tiene © del autor.

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