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Cultura en Argentina (IX): ¿Un as en la manga?

Carlos O. Antognazzi

Argentina



No sólo la Subsecretaria de Cultura Magdalena Faillace sufre de incontinencia verbal. Ahora el Gobierno argentino ha efectuado un nuevo papelón internacional, iniciado con las palabras (más propias de tahúres que de un Jefe de Estado) de Kirchner: «Tengo un as en la manga. Si me sale bien, tendrán que poner mi foto arriba de la de San Martín». También dijo (al parecer, subido a una silla) «Si sale esto, soy Gardel». La adolescencia suele ser larga y complicada. Definitivamente, y mal que le pese, Kirchner no tendrá su cuadro junto al de San Martín ni será Gardel. La ordinariez del anhelo señala el (mal) gusto de lo cursi, enrolado con aquella pizza con champán que Menem supo deglutir a costa de todos a lo jíbaro, con principios de antropoide.

¿Un as en la manga?

No sólo la Subsecretaria de Cultura Magdalena Faillace sufre de incontinencia verbal. Ahora el Gobierno argentino ha efectuado un nuevo papelón internacional, iniciado con las palabras (más propias de tahúres que de un Jefe de Estado) de Kirchner: «Tengo un as en la manga. Si me sale bien, tendrán que poner mi foto arriba de la de San Martín». También dijo (al parecer, subido a una silla) «Si sale esto, soy Gardel». La adolescencia suele ser larga y complicada. Definitivamente, y mal que le pese, Kirchner no tendrá su cuadro junto al de San Martín ni será Gardel. La ordinariez del anhelo señala el (mal) gusto de lo cursi, enrolado con aquella pizza con champán que Menem supo deglutir a costa de todos a lo jíbaro, con principios de antropoide.

Millones chinos

El sábado 06/11/04 se mencionó un acuerdo con China por un monto descomunal. El Gobierno no diluyó la expectativa; lo hicieron los chinos. En tapa de los principales diarios el martes 09/11/04 se anunció que China relativizaba el alcance del futuro acuerdo. Recién entonces el jefe de Gabinete, Alberto Fernández, manifestó «sólo vamos a decir que se puede lograr un buen acuerdo» (La Nación, 09/11/04, p. 05). Algo sustancialmente diferente a lo que había trascendido el sábado. El director de la Oficina de Información china, Yang Yang, sostuvo que la firma «de documentos» que hará el Presidente Hu Hintao con Kirchner no supone «una inversión de 20.000 millones de dólares, como leí, sorprendido, en la prensa argentina». Al día siguiente fueron otros dos funcionarios chinos que incluso rieron ante nuestras perspectivas. La vergüenza estaba instalada. Y del ridículo no se vuelve.

De una posibilidad el Gobierno argentino armó una noticia. Sólo cuatro personas sabían del tema, además del Presidente: Cristina Fernández de Kirchner, Julio De Vido, Alberto Fernández y Roberto Lavagna. Éste está descartado; su personalidad no da el perfil del alcahuete. También la esposa del Presidente. ¿De Vido, Fernández, o Kirchner, entonces? Según la revista Noticias del 13/11/04 (p. 39), fue el mismo Kirchner. Pero también Fernández dio información falsa a los medios, según consigna la misma revista en p. 30. Bielsa fue el fusible y recibió un reto inmerecido.

Kirchner dijo que el periodismo inventó «una novela» (en un insospechado homenaje a César Aira, autor de Una novela china). Desvergonzado, instó a que el periodismo diera los nombres de quienes mintieron, para echarlos «en cinco minutos». Felipe Gustavo Sandler resumió el disparate en una carta de lectores (La Nación, 21/11/04): «“Si alguno miente, lo echo en cinco minutos”. Yo sé quién dijo 20.000 millones, pero no mintió, porque lo que hizo fue repetir algo que escuchó. Entonces, no tengo razones para echarlo. Y como no quiero echarlo, le pido al periodismo que revele sus fuentes, sabiendo que no lo va a hacer para no sentar un peligroso antecedente. Novela terminada».

El país que nos merecemos

Borges solía decir que los militares tienen «la mente chica»; la sentencia puede extenderse a ciertos políticos. La pequeñez intelectual nos lleva a otro fino humorista, Jonathan Swift, quien parodió la sociedad de su tiempo desde Los viajes de Gulliver. La dirigencia argentina adolece de algo que Swift describió bien: el síndrome liliputiense. Kirchner y su corte se mueven con una lógica enana, falta de roce con los países civilizados de occidente. Qué decir de oriente, con quien nos separan milenios de cultura.

Cuando tenemos “un as en la manga”, lo amplificamos y quemamos a fuerza de anunciarlo. Cuando no tenemos nada, inventamos alguna cortina de humo para distraer. Probar las cañitas voladoras para ver si funcionan es idiota, pero nosotros seguimos encendiendo mechas cuando no corresponde. En tanto, el resto del mundo trabaja en silencio, sin petardismos ni chauvinismos. Aquí basta con que surja una posibilidad para que brote, prístina, la jactancia (que rima con ignorancia), y la creencia de que por un pase mágico (en este caso, magia china) dejaremos de estar donde estamos para insertarnos en el mundo. El azar antes que el esfuerzo. Pero la realidad establece otra cosa: el mundo sigue siendo ancho y ajeno, y nos ignora (salvo cuando necesita materia prima). Y sumamos otro bochorno al del III Congreso de la Lengua.

En ocasiones nuestra lengua parece animada de vida propia, escindida del cerebro, y dice lo que se le ocurre. Suerte que los chinos tienen paciencia oriental y no el apasionamiento latino. Podrían habernos dado un portazo. Pero vinieron, auque sólo a firmar una “carta de intención”. No hay nada claro, entonces, salvo el reconocimiento argentino de que China «es una economía de mercado». Hu Hintao consiguió lo que quiso; Argentina, ni siquiera una palabra de aliento sobre el canje de la deuda. Perdimos en toda la línea.

Tenemos los gobiernos que se nos parecen. No se trata de que la clase dirigente viva perdida entre los cerros de Úbeda mientras el resto del país dicta cátedra, sino que esos dirigentes han salido del seno de una sociedad con más aliento y ánimo para el delito y la chapucería que para el trabajo y el estudio. Hay excepciones, pero responden a la voluntad de minorías. Perón fue un continuador, no un inventor. Su verba nace con Rosas y la Mazorca, y su frase de cabecera es «Viva la Santa Federación y mueran los salvajes unitarios», luego remedada por «Perón o muerte», «Cuando uno de los nuestros caiga, caerán cinco de los de ellos», y «Alpargatas sí, libros no», en una disyuntiva falsa y excluyente.

Con elocuencia mesiánica Menem arrasó con una consigna irracional, «Síganme que no los voy a defraudar». Alfonsín al menos repetía el preámbulo de la Constitución Nacional. Quienes siguieron a Menem son los ciudadanos, no solamente los políticos. La anomia, el desinterés, la irracionalidad cívica capaz de embanderarse con la irracionalidad suicida de Menem, es nuestra. Nos reímos azorados de Estados Unidos, que votó otra vez por George W. Bush. ¿Acaso no repetimos la farsa con Menem? Si el estadounidense medio puede ser equiparado a Homero Simpson (lo que justificaría su voto reincidente por Bush), ¿qué decir de nosotros?

Aquí el ideario colectivo está representado por Minguito, un chanta pícaro que «no hace la plata trabajando» y para el que todo es «segual». El otro ideario está encarnado por Marcelo Tinelli, un empresario exitoso de ideas mediocres para quien la diversión pasa por humillar a las personas con la ayuda de una cámara oculta, ya que él mismo sólo da la cara en su programa. Fiel émulo de Bernardo Neustadt y Gerardo Sofovich, Tinelli aprendió el ejercicio del poder desde temprano. Y como sus precursores, provoca repulsión sólo en una minoría. Del resto del país mejor no hablar: son los que siguieron los espejitos de colores de Menem, y hoy se ocultan diciendo «yo no lo voté».

Puerta de servicio

De haber tenido pudor, Kirchner y Alberto Fernández ya no ocuparían sus cargos. Pero estamos en Argentina y gobierna el peronismo. Jorge Busti, gobernador de Entre Ríos, anunció que votará la reelección (La Nación, 08/11/04, p. 08). Así se expresaron también Chiche Duhalde y su esposo (Clarín, 14/11/04, p. 13), entre otros. Kirchner aún no llegó a la mitad de su mandato, pero seguimos de juerga como si nada ocurriera, ciegos ante la realidad y la Historia: a Menem tampoco le alcanzaba su primer período (y algunos exaltados consideraban que tampoco el segundo).

Curioso destino el de los seguidores de Perón: condenados voluntariamente al yugo de repetir e interpretar hasta el hartazgo los balbuceos del líder, ni siquiera son capaces de leerlo con atención. «Mejor que decir es hacer», aseguraba Perón, como crítica a los que se la pasan hablando en lugar de gobernar y cumplir con la función para la que están en el cargo. Hoy, en el cambalache contemporáneo, todo parece lo mismo. Descentrados, huérfanos, perdido el norte (dudoso) con la muerte de su líder, hoy los peronistas sólo atinan a perpetuarse. Como vampiros, tejen sus contubernios privados en las sombras, con la sociedad como conejillo de indias.

La megalomanía de Kirchner equiparando su retrato al de San Martín o a sí mismo con Gardel es más elocuente que todas las bravatas de Quebracho o los piqueteros. En esa fantasía, que da la vuelta al mundo y nos vulnera, está el pensamiento profundo del Presidente, su ansiedad de reconocimiento, su deseo dorado de entrar en la Historia por la puerta grande, cuando en realidad sólo le está permitida la de servicio. Y ni siquiera sabemos si la encontrará. Qué triste papel que le asigna a la Argentina a costa de sus ciudadanos.

Esta capacidad de fantasear es propia de nuestra idiosincrasia, y Kirchner es, en definitiva, un argentino más. Vivimos esperando soluciones de afuera, el pase mágico que nos saque de donde estamos y, paradojalmente, atribuimos nuestros males al extranjero, así como Kirchner atribuyó culpas fuera del ámbito de la Casa Rosada: una vez más los sospechosos de siempre fueron los periodistas. Y una vez más el Presidente se equivocó. En beneficio de la sociedad, ya es hora de que abandone la prolongada adolescencia y comience a gobernar en serio.

© Carlos O. Antognazzi.
Escritor.

Publicado en el diario “Castellanos” (Rafaela, Santa Fe, República Argentina) el 26/11/2004. Copyright: Carlos O. Antognazzi, 2004.

Este artículo tiene © del autor.

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