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EL SEÑOR DE PALPA (1)

Frank Otero Luque

Perú



CAPÍTULO I: EL AGUJERO NEGRO DEL UNIVERSO
 
 
 Palpa es uno de esos pueblos que se resiste a morir, como un paciente terminal a quien los medicamentos ya no le hacen efecto, pero que continúa siendo más fuerte que Átropos, quien intenta infructuosamente cortarle el hilo de la vida. Palpa se alterna siempre entre la agónica aridez del desierto y el mar diluviano bajo el cual éste queda sumergido cada cuatro años. Porque en Palpa la sequía suele durar exactamente ese tiempo y, cuando ya los agricultores están a punto de flaquear y perder la esperanza, los dioses escuchan todos sus ruegos juntos y les mandan cuarenta días y cuarenta noches de precipitaciones pluviales que convierten al Palpa, al Viscas y al Río Grande en un solo lago, y éste, a su vez, en un gran océano, el cual, al desbordarse, arrasa con los pocos campos que han logrado sobrevivir a la sed. Allí, entonces, no se salva ni Noé.
 Pero luego, al decimoséptimo día del séptimo mes, una paloma trae en su pico una rama de olivo hasta lo más alto del cerro Pinchango, y la tierra empieza nuevamente a sonreír. No en vano los antiguos paracas y nascas decoraron el paisaje palpeño con figuras kilométricas representando a la familia feliz -conformada por el padre, la madre y el hijo-, y honraron a los 4 elementos con una ballena en el agua, un zorro en la tierra, un pelícano en el aire, y un reloj solar de fuego; en ofrenda de astronómicas proporciones a la fertilidad que, en el caso de Palpa, se resume a la palabra "agua".
 Es por eso que los palpeños se empecinan en seguir sembrando la tierra, porque saben con antelación que, a pesar de la prolongada sequía, sus dioses finalmente harán que la Pachamama produzca las naranjas y las sandías más dulces del mundo.
 En Palpa nacieron mamá y la mitad de mi familia materna. De niño visité el pueblo en una ocasión, lo hice en otra oportunidad de adolescente, y de adulto pasé allí un par de días, nada menos que durante mi luna de miel (¡Ah!, el aroma del lugar.). Las dos primeras veces me alojé en casa de tía Orfa, prima hermana de mamá, y la tercera en un hotel.
 En la primera ocasión, cuando fui con mis padres y mi hermanita Rochi, me causaron una terrible impresión la pobreza extrema de sus gentes y la sequía. Afortunadamente, tía Orfa y tío Gerardo, su esposo, tenían una economía bastante holgada y vivían en una casa muy confortable donde nunca faltaba el agua. Después supe que sus apellidos -Buendía y Luján, respectivamente- eran signo de status social tanto dentro de Palpa como en varias comunidades aledañas.
 Pero ni la pobreza ni la sequía lograron impresionarme tanto como lo hizo tío Gerardo, quien era treinta años mayor que tía Orfa, y quien, además de viejo, era cetrino, bajito, cuadrado, abocardado y, de rato en rato, se quedaba pegado tartamudeando una palabra a la par que blanqueaba los ojos como hacen los pavos. Tío Gerardo era, en realidad, muy feo. Sin embargo, tan pronto uno intercambiaba un par de palabras con él, su vasta cultura y un aura mágica de sabiduría y filosofía, además de su excelente sentido del humor, le imprimían un sello único y particular, haciendo que su personalidad refulgiese como el sol y que cualquier mácula física pasara inadvertida.
 Pero todo eso lo descubrí recién de adolescente, porque en mi primera visita, cuando fui a Palpa de niño, no tuve ocasión de conversar con tío Gerardo, cuya atención acapararon mis padres durante toda nuestra estadía.
 Por el contrario, sí alterné con tía Orfa y con sus dos hijos -mi prima Pelusa, dos años mayor que yo; y mi primo Coco, dos años menor-, quienes resultaron ser de lo más simpáticos. Ellos nos llevaron a mi hermanita y a mí a conocer al resto de la familia. Primero, fuimos donde tía Anita -la madre de tía Orfa, una amorosa mujer de cabello cano, muy parecida a mi abuela Faustina-, quien vivía con un hijo cojo llamado Rumildo, y con otro sordomudo de nombre Armando. Después, fuimos donde tía Ercilia y donde tía Irene, dos viejas solteronas, y visitamos a muchos otros parientes cuyos nombres no recuerdo; y las casas se iban haciendo cada vez más pobres a lo largo del recorrido. Sin embargo, todos se esmeraron en colmarnos de atenciones: tía Irene nos invitó tejas, tía Anita ordenó matar un chancho y tía Orfa personalmente nos preparó un delicioso ceviche de camarones con naranja agria. Pero nada de eso fue suficiente para borrar el impacto inicial que me había producido la fealdad de mi tío.
 Por otra parte, ninguna de las historias de aventuras que solía relatarme mamá en torno a su niñez y juventud encajaba en absoluto dentro de mi percepción de ese pueblo tan pobre, tan seco y polvoriento: Los Picus de la plaza, de los cuales mamá me había hablado tanto, estaban mutilados y ya no daban sombra; los magníficos carnavales, las retretas y comparsas, acompañadas de fulgurantes castillos y "toros locos" , jamás hubiesen podido haberse materializado en aquella ágora, donde hormigueaban mendigos y orates zarrapastrosos, así como mercachifles ofreciendo chullos y chalinas de lana en pleno sol estival. Pero lo que más me impactó fue ver pasar a una niña comiéndose una naranja, acostada impávida sobre la carga de basura que llevaba una destartalada carreta, la cual era jalada por una vieja y sarnosa mula, y escoltada por un ejército de moscas. Di gracias a Dios por haber sacado a mamá de ese agujero negro del universo que, en ese momento, consideraba yo a Palpa.

Este artículo tiene © del autor.

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2 Mensajes

  • > EL SEÑOR DE PALPA (1) 15 de mayo de 2006 19:51, por gonzalo rojas

    He leído una versión más larga de este cuento en otra página, acaba con lo de los zancudos. Me ha parecido bien escrito, inteligente, entretenido y divertido. Felicito al autor. Me gustaría acceder a otros materiales escritos por él.
    Gonzalo

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    • > EL SEÑOR DE PALPA (1) 16 de mayo de 2006 13:25, por Webmaster

      Hola Gonzalo,

      Todos los textos que tenemos, en M.C.H., de Frank Otero Luque (117 en total) están disponibles en esta página.

      Saludos cordiales.

      Denis Roland

      repondre message

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