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EL SEÑOR DE PALPA (2)

Frank Otero Luque

Perú



CAPÍTULO II: LOS FUNERALES DE TÍA IRENE
 
 Algunos años después, tía Irene falleció y tía Orfa telefoneó a mamá para avisarle. Mamá sentía especial cariño por la difunta y se puso muy triste con la mala noticia. La razón de su particular afecto, me contaba mamá, obedecía a que ella, cuando niña, había sido su engreída. Tía Irene había sido su maestra en la escuelita del pueblo y, como cachuelo -ya que el exiguo salario que recibía por el magisterio no le alcanzaba para vivir-, también fabricaba tejas de naranja, en cuya preparación y venta mamá la asistía; por lo cual, en recompensa, la tía solía regalarle estos manjares por docenas.
 Como papá se encontraba en Caracas por razones de negocios, mamá me pidió que la acompañase a Palpa para los funerales de tía Irene. Intenté persuadirla de que fuera con Rochi y no conmigo, pero rápidamente comprendí que no era prudente exponer a mi hermanita, quien era sumamente sensible, a una situación tan dramática como puede serlo la muerte. Accedí, entonces, más por solidaridad a mamá que por un deseo real de visitar el pueblo o de ver a mis parientes maternos. Todavía mantenía grabada en mi memoria la estampa de tío Gerardo y hasta pesadillas había tenido con el blanqueo de sus ojos. Tampoco sentía congoja alguna por el fallecimiento de tía Irene, a quien había visto apenas unos minutos hacía ya varios años.
 Nos demoramos como 10 horas -en vez de 6- en llegar a Palpa desde Lima, debido a que el carro de plaza que habíamos contratado exclusivamente para mamá y para mí se malogró casi al llegar a Ica, y nos vimos obligados a transbordarnos a un autobús que tuvo a bien detenerse para recogernos en plena carretera. Sólo había un asiento disponible y, por supuesto, se lo cedí a mamá, a pesar de sus constantes objeciones.
 Cuando arribamos a Palpa, ya era avanzada la noche, pero la hora no importaba debido a que toda la familia permanecería en vela hasta el día siguiente, según me había advertido mamá. Fuimos recibidos en la estación del autobús por Jacinto, el mayordomo de tía Orfa, quien ya se había enterado del percance que habíamos sufrido en la carretera, porque el chofer del carro de plaza en el que veníamos originalmente había logrado reparar su vehículo y había llegado a Palpa mucho antes que nosotros. Por eso, ella había mandado a su mayordomo a esperarnos.
 Jacinto nos condujo hasta la casa de mi tía -lugar que ahora ya no se veía tan bien, sino un tanto descuidado; venido a menos- y se ocupó de nuestro equipaje. Antes de que él tuviese oportunidad de avisarle de nuestra llegada, tía Orfa ya se había salido del velorio -que se llevaba a cabo en la casa de la propia difunta- para darnos el encuentro en la suya.
 "En Palpa, las cosas se saben inclusive antes de que ocurran", solía decía mamá y esa noche pude confirmarlo.
 Mamá y tía Orfa se saludaron sin palabras, con un fuerte y prolongado abrazo. Tía Orfa también me apachurró y yo dejé que lo hiciera sin devolverle el apretón. Una vez aseados y mudados de ropas, mamá y yo -guiados por tía Orfa- nos dirigimos hacia la casa de tía Irene.
 Caminamos tres largas cuadras, totalmente desiertas; nuestros pasos retumbaban como una marcha de soldados en una parada militar, y el eco de nuestras voces parecía rebotar en el cielo abovedado, donde daba la impresión que las estrellas estaban al alcance de la mano. "Es por la hora", pensaba yo, pero al doblar la esquina e iniciar la cuarta cuadra, descubrí que todo el pueblo se hallaba congregado en la puerta de la casa de tía Irene. Mamá saludaba a la concurrencia con una venia, quienes le habrían paso como si se tratase de una reina y ellos sus súbditos. En mi papel de paje, me sentía azorado e importante a la vez.
 Noté que todos vestían de negro cerrado, menos yo, pues mamá, quien me había hecho la maleta, no había conseguido ninguna prenda de ese color en mi guardarropa, y la premura en llegar a Palpa no nos había permitido ir de compras. Únicamente, halló una camisa azul marino y un pantalón del mismo color, aunque de distinto tono, y pensó que, tratándose de mí, apenas un púber, seguramente la parentela pasaría por alto que no vistiese de luto riguroso. Sin embargo, yo hubiese preferido tener hasta los dientes de negro, porque suponía que me observaban con tanta acuciosidad precisamente por el desacato a la costumbre.
 Finalmente llegamos a la sala, donde se encontraban tía Anita, tía Ercilia y otros parientes allegados, quienes rezaban el rosario a viva voz, dirigidos por una señora a quien luego me presentaron como "La Mamita".
 La letanía cesó en cuanto nos divisaron y nuevamente se produjo el ritual del largo y silente abrazo entre los familiares y mamá, pero esta vez, para mi horror, sin preguntarnos siquiera, nos condujeron hacia el féretro para que viéramos con nuestros propios ojos a la tía muerta. Volteé hacia mamá en busca de auxilio, pero no pude encontrar el refugio de su mirada, porque ella tenía la vista posada sobre el ataúd y, al seguirla, me encontré cara a cara con tía Irene, a quien se le habían entreabierto los párpados, lo cual me evocó de inmediato a tío Gerardo cuando blanqueaba los ojos como pavo.
 Nunca antes había visto a un muerto, pero me lo imaginaba con los ojos bien cerrados y no así. Viré instintivamente la cabeza en señal de rechazo, como para evitar que la escena se grabara en mi mente y, al hacerlo, me di de lleno con el rostro de tío Gerardo, quien, muy de cerca, me sonreía simpatético.
 Mientras mamá, sus tías y primas intercambiaban palabras de consuelo y rememoraban anécdotas relacionadas con tía Irene, yo pasé toda esa noche conversando amenamente con tío Gerardo, quien me relataba historias fabulosas sobre la Ciudad Perdida de Huayurí , construida con increíble sentido urbanístico y no con barro sino con piedra, lo cual es inusual en esa región del Perú. También me contaba sobre un guarango milenario ubicado en el camino, donde Pachacútec solía guarecerse del inclemente sol del desierto cuando venía a la costa; sobre los petroglifos de Chichictara -con caras de aves, monos, venados, felinos y serpientes-; sobre el manantial de Santo Domingo, donde las solteras se bañan desnudas en noche de luna llena para conseguir novio o esposo; sobre la molienda de oro en los quimbaletes; y sobre mil cosas más. Yo escuchaba atentamente sus relatos, con las pupilas muy dilatadas, a pesar del cansancio del viaje y de las horas que había permanecido de pie por haberle cedido el asiento a mamá. La capacidad narrativa de mi tío era extraordinaria, porque hacía que uno viviera lo que él relataba. Ya me imaginaba a mí mismo siendo Pachacútec echado bajo la asombra del guarango, o bien podía visualizarme cazando culebras de dos cabezas en lo más alto del cerro Pinchango.
 Estaba totalmente absorto escuchando a mi tío, cuando de pronto tía Ercilia me tocó un hombro para que volteara hacia ella y me entregó un plato de aguadito de pollo, que empecé a devorar de inmediato.
 -Esto es un levanta muertos -me dijo.
 Su comentario me pareció de mal gusto, dadas las circunstancias. No obstante, igualmente se lo agradecí de corazón, porque me "moría" de hambre y pensé que se trataba de una gentileza hacia mamá y hacia mí, porque acabábamos de llegar de un largo viaje. Sin embargo, al cabo de un rato, me di cuenta de que todos los presentes comían lo mismo y noté que la presa que me había tocado en suerte era enorme en comparación con las de los demás.
La excepción era mi tío, a quien le sirvieron sólo caldo y arroz.
 -Yo no creo en la muerte -sentenció tío Gerardo repentinamente, en respuesta al ofrecimiento comestible de tía Irene-, pero no alcancé a comprender a qué venía ese comentario. Luego reflexioné en que debían haber matado a todos los pollos del pueblo para poder alimentar a tanto comensal, pero eso tampoco me ayudó a encontrarle sentido a lo afirmado por mi tío.
 Como no lo consideré un tema de gran importancia, me abstuve de preguntar y profundizar en el asunto, y luego lo olvidé.
 Ni bien reanudamos la conversión mi tío y yo, unos señores empezaron a rotar un vaso y una botella con un preparado de aguardiente que olía fuertísimo, al que llamaban "el calientito". Tanto con admiración como con asco, vi cómo el tío, luego de haberse bebido el contenido, lanzaba con fuerza hacia el piso el concho de licor espumoso que había quedado en el recipiente, y se lo pasaba a otro señor al que previamente le había cedido la botella, quien luego hizo exactamente lo mismo, y así sucesivamente lo hicieron otras personas, ¡incluida mamá! ¡¿Mamá.?! Afortunadamente, mi corta edad me salvaba de participar en ese intercambio de microbios, aunque no faltó alguien que intentase cederme la botella. Luego mamá me explicó que se consideraba un terrible desplante rechazar la invitación a beber un trago colectivo, y que era peor aun pretender beber en vaso propio.
 Al aguadito y al calientito le siguieron humeantes tazas de café, cancha, cancha serrana, caramelos y hasta chicles. Pero nada de esto lograba distraer mi atención y que me perdiera una sola palabra de las que pronunciaba tío Gerardo. Sin embargo, sí lo hizo un grupo de mujeres desconocidas, quienes, ni bien llegaron, rompieron en llantos y lamentos desgarradores. Ignoraba que tía Irene tuviese parientes más próximos que tía Orfa, tía Anita y tía Ercilia, y me sorprendió que estas señoras sintieran su muerte con un pesar mucho mayor que el de aquéllas. Tío Gerardo se sonrió al ver mi desconcertado rostro y me explicó que se trataba de plañideras.
 Empezó por definirme qué era una "plañidera", ya que nunca antes yo había oído esa palabra. Pero no quedé del todo conforme con la ilustración que me hizo el tío, porque yo no podía creer que se pudiera contratar a personas para que lloren en el velorio de un extraño y, mucho menos, que pudiesen hacerlo de una forma tan, pero tan convincente. Por eso, inicialmente pensé que tío Gerardo me estaba tomando el pelo, pero luego no sólo me aprendí la palabrita, sino que -ya de vuelta en Lima- la usaba constantemente para "insultar" a mi hermanita cuando le daba uno de sus acostumbrados berrinches. Lo gracioso es que ella desconocía el significado del término, pero debía suponer que se trataba de un calificativo gravísimo, porque iba corriendo donde mamá para acusarme de haberla llamado "¡plañidera!".
 -Estas viejas pendejas han venido a malograrnos la conversación -me dijo tío Gerardo textualmente. Te sugiero que vayamos a descansar, porque ha sido un largo día y se nos espera uno más largo aun, dentro de unas pocas horas.
 Y así lo hicimos. Detrás de nosotros nos siguió una comitiva que fue dispersándose a lo largo del recorrido. Ni bien llegamos a casa de tío Gerardo (bueno, también de tía Orfa), me eché en la cama y me quedé dormido instantáneamente, con ropa y todo. Como a mamá le dio pena despertarme, por la mañana me vi obligado a asistir a los funerales vestido ya no de azul marino, sino de verde y blanco, pero ahora no me importaba así hubiese tenido que llevar puesto el traje de luces de un torero, porque estaba más que familiarizado con todo el pueblo y habían dejado de mirarme con descaro. Además, conocían perfectamente mi nombre, aunque yo tuviese dificultad para recordar el de todos ellos. ¡Claro! Yo era sólo uno y ellos más de cien, así que tenían ventaja.
 -¡Buenos días! -me saludó mamá efusivamente ni bien abrí el ojo por la mañana. ¿Cómo ha dormido mi rey? -me preguntó.
 -¡Hola mami! -salté de la cama y le di un beso-. No recordaba haber tenido sueño alguno; ni con la tía muerta ni con tío Gerardo, aunque de haber soñado con él, probablemente ya no hubiese sido una pesadilla, como antes.
 -¡Báñate al toque! -me instó mamá, hablando en jerga para que la orden no sonara tan enérgica-. Porque dice Orfa que van a cortar el agua para hacer una instalación en el centro naturista que está construyendo Gerardo aquí al lado -agregó.
 -Pero si no he jugado fútbol ni he sudado -repliqué.
 -¡Bá-ña-te! Que hueles a mula muerta, Darito.
 Rápidamente, recordé a la mula que jalaba la carreta del aseo, a la niña comiéndose la naranja sobre la carga de basura, y al séquito de moscas; así que me dirigí a la ducha sin chistar.
 A las 10 de la mañana en punto, luego de un largo y refrescante remojón, y de tomar desayuno -con jugo de naranja, por supuesto (lo único que tomó mi tío); leche pura de cabra, sandía con queso serrano (tremenda combinación, ¡créanme!), panecillos recién horneados, mermelada y mantequilla casera-, nos congregamos nuevamente en casa de tía Irene. Pero esta vez no éramos en número ni la cuarta parte de las personas que habíamos sido en la madrugada.
 -Es que ya no sirven comida -me explicó mi prima Pelusa, sorprendida de mi ingenuidad-. Y, además, la gente tiene que ir a trabajar -añadió.
 Y yo que pensaba que tía Irene había sido realmente estimada por todo el pueblo. ¡Qué desengaño!
 La reflexión de Pelusa sobre la comida me hizo recordar que papá solía celebrar mucho el desayuno que le habían servido en casa de tío Gerardo en el viaje anterior, porque incluía un magnífico despliegue de jamones y aceitunas que, en esta ocasión, brillaban por su ausencia. También reparé en el hecho de que Jacinto se había convertido en una suerte de hombre orquesta, porque ya no había cocinera y ahora él ayudaba a mi tía en esos menesteres; tampoco estaba la señora de la limpieza y él había tendido nuestras camas.
 Al poco rato, llegó a casa de tía Irene un cura ataviado como el propio Papa y, luego de una indicación de tío Gerardo, dijo unas palabras en un idioma que supongo era latín (la pronunciación sonaba distinta a la de los curas de mi colegio), a la vez que regaba agua bendita sobre el féretro y también sobre nosotros. Acto seguido, con la venia de mi tío, dos desconocidos de rostro ceñudo cerraron y clavetearon la tapa del ataúd, y lo llevaron en vilo hasta la calle, donde lo depositaron en plena pista, mientras que cuatro cargadores jóvenes, todos de facciones y de tamaño idénticos (parecían cuatrillizos), se organizaban para llevar a la difunta hasta el cementerio. Me llamó la atención la simpleza del ritual, el sentido práctico que mostraban las personas que ejecutaban las diversas tareas, pero, sobre todo, el hecho que no hubiese una carroza fúnebre para transportar el cajón y que hubiese que llevarlo a cuestas hasta el cementerio. Mamá solía decir en broma que Palpa era tan pequeño que, si uno caminaba muy rápido, se salía del pueblo. Pero, ¡cuán equivocado estuve al pensar que el cementerio debía quedar cerca!
 Tres años atrás, había ido a la procesión del Señor de los Milagros, que se realiza en Lima en octubre de todos los años. Fui porque mi hermanita sufría de asma y se ahogaba cada noche, poniéndosele hasta las uñas moradas. Siempre teníamos que llevarla de emergencia a la clínica, y los galenos ni los remedios estaban haciendo mucho por ella. Así que mis padres decidieron recurrir a alguien más poderoso: es decir, al mismísimo Dios. ¡Y funcionó! Pues, de ahí en adelante, Rochi nunca más sufrió un nuevo ataque de asma, y lo único morado que tuvo fue el hábito de esa cofradía que llevó puesto durante todo ese mes de octubre.
 Tío Gerardo dijo "¡Nos vamos!", en voz muy alta, así como hacen los generales cuando ordenan a sus soldados avanzar hacia el campo de batalla. Y todos partimos en cortejo fúnebre hacia el cementerio. De alguna manera, esto me evocó a la procesión del Señor de los Milagros, aunque era muy diferente, empezando por el clima. Octubre en Lima es frío, especialmente por las noches (y lo digo porque fuimos precisamente de noche a acompañar al Señor de Pachacamilla); en tanto que Palpa en febrero es un infierno, sobre todo hacia el medio día, como en esta ocasión. En la ruta al camposanto no vendían turrón de doña Pepa ni había emolienteros como en la procesión, aunque sí nos ofrecieron tejas de naranja (hechas por la propia muerta, supongo), chinguirito, que no probé, y jugo de sandía, que no lograba aplacar totalmente la sed porque era muy dulce y estaba tibio. En lo que sí se asemejaban ambos eventos era en los sahumerios y en los cantos y plegarias, pues el cajón de tía Irene parecía estar suspendido en una nube de incienso, igual que el anda del Señor de los Milagros, y, durante todo el trayecto, las mujeres repetían isócronas letanías, tal como lo hacían las devotas de la morada hermandad.
 El paso era lento y perfectamente acompasado por los rezos de muy alargadas sílabas, quizás por los estragos que, en los trasnochados cuerpos de los acompañantes, debían haber hecho los repetidísimos "calientitos" ingeridos durante la madrugada y los chinguiritos de esa mañana. El calor era insoportable y la respiración se hacía cada vez más dificultosa, tanto por el esfuerzo de la larga caminata como por el polvo que levantaban nuestros pasos a lo largo del camino. Para colmo, a mis primos y a mí nos habían encajado unas pesadas cruces de fierro forjado que debíamos llevar bien en alto, lo cual yo había considerado un honor al principio; pero ahora los brazos ya no me daban más del dolor, debido a la falta de práctica y de ejercicio.
 Cuando finalmente llegamos al cementerio, observé con decepción que éste no era más que una colección de tumbas violadas y de cruces torcidas en medio de un terral, delimitado tan sólo por los cerros -uno de ellos tapizado por una buganvilla escarlata, que refulgía como las llamas del mismísimo infierno- y un pórtico en forma de arco con una inscripción en latín que decía "Resquiescat in Pace", que se me quedó grabada. Otra cosa que me llamó la atención fue la cantidad de perros que salió a nuestro encuentro, ladrando en señal de reclamo por el territorio que estábamos invadiendo y que ellos consideraban propio. Serían no menos de veinte canes, muy flacos todos ellos, y sin nada visible alrededor de lo cual pudiesen alimentarse. Pero los ladridos no eran más que una finta de intimidación, pues cesaron rápidamente, y los perros empezaron a mover la cola y a tratar de arrebatarnos las tejas de naranja que algunos de nosotros aún conservábamos. "He ahí su fuente de sustento", pensé. Pero luego caí en cuenta de que en Palpa no podía haber muertos tan a menudo como para alimentar a semejante jauría.
 Los cargadores finalmente colocaron el ataúd sobre un podio de cemento, no sin antes haber buscado la respectiva autorización en la mirada de tío Gerardo. Acto seguido, deposité sobre el féretro la pesada cruz que me habían confiado, sintiendo gran liberación al hacerlo. Pero como todos me miraron con cara de desaprobación, de inmediato retiré la cruz y la coloqué sobre el piso, pero hubo un "¡Ooooh!" general por mi metida de pata, y tío Gerardo acudió en mi auxilio haciéndose él del artefacto. ¡Qué buena gente era él!
 Nuevamente, el cura dijo palabras en... ¿latín? y esparció al agua bendita sobre los presentes, cuyas gotas apreciamos tanto o más que las matas de naranjo después de cuatro años de sequía. La zanja ya estaba lista, así que los cuatrillizos cargadores levantaron el ataúd con unas correas de cuero, las cuales -recién reparaba yo- habían sido extendidas sobre el podio antes de que el cajón fuese posado sobre éste. Asiéndose fuertemente de los extremos de las tiras, los cargadores deslizaron a tía Irene hasta el fondo del nicho, y finalmente las jalaron hasta recuperarlas.
 Para mi sorpresa, no sé de dónde aparecieron las plañideras y, al punto en que empezaron sus plañidos, los veinte canes se subieron a un montículo de greda que había junto a la fosa y, de espaldas a ella, utilizando sus patas delanteras, deshicieron el mogote rellenando el hueco por completo.
 Habiendo terminado la faena, los cuarenta ojos perrunos se posaron sobre mi tío, quien, de una bolsa plástica -también salida de la nada, como los perros y las plañideras-, les arrojó huesos de pollo -que seguramente provenían de las sobras del aguadito que habíamos comido en la madrugada- como justo salario en compensación a sus eficientes servicios. Después de esto, sin mediar instrucción alguna -de mi tío ni de nadie-, los concurrentes comenzaron a apisonar la tierra para compactarla, y las tres cruces que mis primos y yo habíamos cargado hasta el cementerio fueron clavadas una a una sobre el rectángulo mortuorio. La lápida vendría después, me explicó mi tío.
 Con el rabo del ojo, alcancé a ver a mamá dirigir su mirada al cielo y hacerse la señal de la cruz, como pidiendo perdón a "NuestroSeñorJesucristo" (la palabra ’Dios" le resultaba demasiado corta para todo lo que encerraba su fe) por los sacrilegios que, seguramente en su opinión, debieron haberse cometido durante el funeral de su querida tía.
 En el camino de regreso al pueblo, la solemnidad del luto parecía haberse disipado, porque ya nadie más rezaba el rosario ni cantaba letanías, y los pasos eran más ligeros por lo mismo que íbamos sin tía Irene y cuesta abajo. Así que aproveché para hacerle miles de preguntas a mi tío, quien lo sabía todo y a quien todo el pueblo respetaba y admiraba. Para mí, él era sencillamente "tío Gerardo", pero todos los demás, incluyendo al cura, al alcalde y al comisario, se dirigían a él solemnemente como "Don G". Bueno, yo quería que el tío me explicara muchas cosas sobre el entierro, pero sobre todo por qué no usaban una carroza, si hasta la carga de basura podían jalarla con una mula. Esta observación debió haberle parecido muy graciosa, al juzgar por su expresión, pero no me respondió.
 El día siguiente fue domingo y tuvimos que oír misa. Entonces aprendí otra de las particularidades de Palpa: Que las familias "respetables" tenían bancas y reclinatorios separados en la iglesia, y que cada cual los fabricaba del material que más les acomodada, y los ornamentaba como mejor les placía. De tal suerte que la casa de Dios parecía más un museo o una tienda de bancas y reclinatorios -de los más diversos tamaños, formas y colores-, que un lugar sagrado para alabar al Señor. Al finalizar la ceremonia litúrgica -la cual estuvo plagada de lacónicos "Arrodillaos", "Sentaos", "Paraos"-, comenté a mi tío que me había llamado la atención la cantidad de genuflexiones que nos había obligado a hacer el cura (algo así como una gimnasia), la variedad del mobiliario, y, sobre todo, una virgen que había a la entrada con los brazos extendidos, como si estuviese jugando voleibol.
 -Por pretender llevar a tu tía Irene al cementerio en la carreta de basura, por haber comparado a la Virgen del Tránsito con Lucha Fuentes , y por todas estas cosas que me acabas de decir, tú no deberías llamarte "Darío" sino "Damián" -sentenció.
 -Entonces tú deberías ser "Don J" y no "Don G" -repliqué al instante.
 -Nunca más vuelvas a repetir eso -me advirtió en el tono más grave y severo que haya oído en mi vida.
 De ahí en adelante, "Damián" fue mi apodo en todo Palpa, porque mis comentarios habían llegado a oídos hasta de los sordos de Llipata, Saramarca y de otros pueblos aledaños, pero no me atreví a divulgar lo de "Don J".

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