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EL SEÑOR DE PALPA (3)

Frank Otero Luque

Perú



CAPÍTULO III: LAS LÍNEAS DE PALPA
 
 Tío Gerardo perdonó mi impertinencia y esa misma tarde, después de almuerzo, nos llevó de paseo a mi primo Coco y a mí. Quería mostrarme "Las Líneas de Palpa". Coco ya las conocía de sobra.
 -Las Líneas de Nasca -corregí, dándome de erudito por lo que me habían enseñado en el colegio.
 -No -me respondió enérgica y categóricamente-. Son las Líneas de Palpa. Somos provincia, como Nasca, desde 1963 -agregó con una carga de satisfacción en la voz. Me extrañaba que mi tío, siendo todo un filósofo, algunas veces no se expresara como un ciudadano del mundo: si bien él era palpeño, también era iqueño, peruano y, finalmente, terrícola. Bueno, eso creía.
 Después de esta aclaración sobre el acontecimiento de 1963, en un silencio sepulcral mi tío nos llevó en su camioneta hasta las faldas de un empinadísimo cerro, cerca de San Antonio.
 -¡Bájense y síganme! -nos ordenó.
 Con sus ochenta y pico años, tío Gerardo trepaba la pendiente con la agilidad de una cabra, en tanto que yo, que era un adolescente, y Coco, un tanto menor, estábamos con la lengua afuera a mitad de camino. Al vernos así -especialmente a mí-, mi tío sacó un cuchillo que llevaba colgado del cinturón, partió en dos un cactus que le arrebató a una penca, y nos ofreció una mitad a cada uno.
 -¡Beban! -nos dijo-. Esto es bueno para la sed y mejora la potencia sexual.
 El zumo de aquel cactus era una cosa asquerosa, viscosa, que me rajó la lengua, pero curiosamente no volví a sentir sed durante el resto del recorrido. De las propiedades sexuales no puedo decir mucho, porque yo, a esa edad, tenía las hormonas más alborotadas que un panal de avispas, pero lamentablemente no tenía a quién meterle el aguijón para corroborarlo.
 Cuando llegamos a la cima, se abrió ante mis ojos un espectacular paisaje que, como telón de fondo, tenía la línea del horizonte dividiendo el cielo del mar. Afortunadamente, no discutimos sobre los legítimos propietarios de ésta. Lamenté no haber llevado una cometa, porque el fuerte, constante y parejo viento me hubiese permitido volar hasta un Boeing 747 con el motor apagado. Mi tío me señaló hacia dónde quedaba Nasca y el trazado de algunas líneas que apuntaban hacia Palpa. Observé que Coco "sacaba pecho" con la demostración que acababa de darme su padre.
 -¿Y las teorías de María Reiche? ¿Y las otras sobre campos de aterrizaje de extraterrestres? -le pregunté, esmerándome en pronunciar el apellido de la científica en correcto alemán: "Rai-je".
 -A esa vieja pendeja se la debería tirar un marciano -me respondió.
 Aunque la muletilla preferida de mi tío era la palabra "pendejo", que aplicaba en toda circunstancia, yo no podía creer que mis oídos, realmente, estuviesen escuchando semejante blasfemia.
 -Las Líneas de Palpa no tienen nada que ver con esas pendejadas de calendario astronómico ni con campos de aterrizaje de platillos voladores, sino con la fertilidad de la tierra -dijo alzando la voz-. A esa María Reiche (pronunciando "rei-che"), el sol del desierto le ha tostao la cabeza-concluyó.
 Lo miré con cara de desaprobación por la forma tan irreverente en que se expresaba de la pobre señora Reiche, quien había dedicado toda su vida estudiar aquellas líneas, y quien mercería mi máxima admiración y respeto.
 Bajamos el cerro en menos de la mitad del tiempo que empleamos en subirlo, nos montamos en la camioneta y tío Gerardo nos llevó hasta un lugar cercano llamado Carapo, donde quedaba una de las chacras que aún conservaba, a la que él grandilocuentemente llamaba "hacienda", por las no sé cuántas fanegadas que medía. Mamá ya me había contado que la Reforma Agraria le había expropiado sus tierras y, para asegurarse de que yo comprendiese lo que esto significaba, me aclaró que la palabra "expropiar" era un término que usaba el gobierno como sinónimo y disfraz de la palabra "robar".
 A pesar de hallarse "de capa caída”, el pueblo entero continuaba viendo a Don G con la misma admiración y respeto -e inclusive más- que en os buenos tiempos. Pero esto no era gratuito, porque obedecía a que mi tío hacía esfuerzos extraordinarios para darle trabajo a su gente y garantizarle el sustento cotidiano a sus respectivas familias.
 Ya de grande comprendí que la Reforma Agraria resultó ser un fracaso, primero por la manera delincuencial en que fue arrebatada la propiedad privada y, segundo, porque la mano de obra y la tenencia de la tierra no lo son todo, sino que la prosperidad de los campos de cultivo depende también de una buena administración, que, en este caso, no hubo, y no podía haber, porque los peones -los nuevos dueños- no estaban capacitados.
 Y las tierras repartidas por la Reforma Agraria que, hasta antes de aquel nefasto experimento socioeconómico, habían sido fértiles y productivas, ahora se habían echado a perder por abandono y se habían convertido en un erial. Ya nadie poseía capital para nutrirlas y abonaras, incluyendo a Don G; sin embargo, él debía tener algún tipo de pacto con los dioses (o con el diablo), porque a pesar de no emplear nutrientes ni fertilizantes, allí donde él mandara sembrar, el suelo florecía y daba fruto; en tanto que las tierras que no pudo recuperar permanecían yermas y sin vida.
 En Carapo quedé fascinado con la perfección simétrica en que -casi en formación militar- estaban dispuestos los naranjos y las sementeras de pallares de mi tío, me encantó columpiarme con mi primo Coco en las ramas del mismo árbol de mango que había acunado a mamá en su infancia.
Después, tío Gerardo nos llevó al río (que, en esa época del año, no pasaba de ser una vulgar acequia), donde los tres gozamos hasta el infinito bañándonos calatos, logrando finalmente aplacar el calor. ¡Cuánto calor! Y chafar y enhestar la hierba donde aguardamos hasta secarnos, me hizo sentir en total consonancia con la madre naturaleza y con el universo todo.
 Cuando regresábamos a Lima con mamá, al abandonar el pueblo y culminar el serpentín de carretera cuesta arriba, sentí una vaga congoja de dejar todo aquello. Y antes en entrar al túnel que marcaría inexorablemente el fin de nuestra visita, pedí al chofer que detuviera el auto, nos orillamos, y columbrando, supe que había aprendido a amar a mi Palpa materna.

Este artículo tiene © del autor.

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