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EL SEÑOR DE PALPA (4)

Frank Otero Luque

Perú



CAPÍTULO IV: LUNA DE MIEL
 
 Después de pasar una maravillosa semana de luna de miel en Ica -con toda la comodidad que un hotel 5 estrellas puede ofrecer a dos tórtolos recién casados-, se me ocurrió proponerle a mi esposa hacer una locura e irnos a Palpa para presentarle al resto de mi familia materna, a quienes ella no conocía. Como Paloma tiene un espíritu aventurero tanto o más marcado que el mío, aceptó de inmediato.
 Llegamos a Palpa como a las nueve de la noche y, sin avisar, nos aparecimos sorpresivamente en casa de tía Orfa. Para ese entonces, allí sólo vivían ella y Coco, quien todavía estaba soltero; Pelusa se había casado y se había mudado a Ica con su esposo; habían tenido que prescindir de los servicios de Jacinto, porque ya no podían pagarle un sueldo; y tío Gerardo -todavía se me hace un nudo en la garganta- había fallecido de viejo, al día siguiente de haber cumplido 100 años.
 Recuerdo que él me dijo en una oportunidad que tenía planeado llegar sólo hasta los 100, pero yo no le di crédito a sus palabras. De todos modos, no creo que el día adicional que sobrevivió pudiera considerarse como una mentira suya.
 Yo no era ajeno a ninguno de estos acontecimientos, porque siempre me había mantenido al tanto de todo aquello que ocurría en Palpa. No obstante, en ese momento, parado allí frente a la casa de mi tío, sentí la necesidad de permanecer en silencio por un rato para hacer decantar el pasado, de la misma forma como uno deja respirar un vino añejo antes de empezar a beberlo.
 Sin decírselo, Paloma captó perfectamente a qué obedecía mi mutismo, y aguardó comprensivamente sin interrumpirlo.
 Llamamos a la puerta y salió a recibirnos tía Orfa. Su sorpresa al vernos fue superada ampliamente por su alegría, pero un segundo después un pensamiento detractor se le cruzó en la mente, ensombreciéndole la mirada. En ese momento, llegó Coco de la calle y se repitió en él el mismo patrón de mi tía. Luego de ponernos al día sobre los últimos acontecimientos y de relatarles cómo había sido la boda, mi tía aprovechó un interludio de silencio para comunicarnos, con extremo pesar, que no podía alojarnos.
Nos explicó, con no pocas y accidentadas disculpas, que el último terremoto había dejado la casa prácticamente en ruinas y que su economía, más ruinosa aún debido a la Reforma Agraria, no le había permitido reconstruir. Lo único que había quedado en pie de esa magnífica casa, que alguna vez fue motivo de orgullo para toda mi familia materna, eran la fachada, la sala, el comedor y un estrecho dormitorio que ahora ella se veía obligada a compartir con Coco. Todo lo demás había quedado reducido a escombros, lo cual nos invitó a comprobar. Al confrontar la realidad con lo que yo ya "sabía", no pude evitar que una lágrima salina surcara mi mejilla. Pero de esto, afortunadamente, nadie se dio cuenta, porque era de noche y toda la débil iluminación provenía de una lámpara a kerosene.
 Paloma y yo estábamos de luna de miel y lo último que habíamos tenido en mente era alojarnos donde mi tía. Aparte de que no teníamos intención de incomodarla y habíamos llegado sin avisarle, también queríamos disfrutar de nuestra intimidad. Y así se lo dijimos. Tanto mi tía como Coco se sintieron algo aliviados, pero igualmente sus rostros reflejaban la frustración e impotencia de no poder atendernos como solían hacerlo con sus invitados en los viejos tiempos.
 Esa noche nos quedamos conversando hasta muy tarde. Tío Orfa y Coco nos relataron que, a pesar de la precaria situación económica de la familia, hasta días antes de morir, tío Gerardo había continuado regalándole a sus peones gran parte de la cosecha, para salvarlos de morir de hambre en las épocas de sequía, además de haberse ocupado personalmente de que -tanto ellos como sus familiares- recibieran atención médica adecuada cuando una epidemia de paludismo y, luego, otra de cólera azotaron al pueblo.
 Afortunadamente, esas enfermedades ya habían sido erradicadas en la zona. Repentinamente, tomamos conciencia de lo avanzada que era la hora, y decidimos dejar en casa de mi tía el equipaje más pesado. Cargando sólo un maletín de mano, ella nos condujo en un taxi hacia la casa de Marcela Piccone, quien había abierto un hospedaje campestre. En el trayecto, observé que habían sido plantados nuevos ficus en la plaza, la cual ahora lucía limpia y ordenada, y que, en general, el pueblo se veía muy bonito a pesar de tanta adversidad, sumada a la postergación, la indiferencia y, finalmente, al olvido del gobierno central durante tantísimos años.
 La casa de Marcela era amplia, de estilo colonial, de techos muy altos soportados por columnas y vigas de guarango. Las habitaciones daban a una terraza interior con portales, que, a su vez, rodeaban el jardín con una pileta de mármol en el centro, la cual en algún otro tiempo debió haber ido blanca o crema, pero ahora ostentaba un vetusto gris. Los Piccone eran una de las familias más tradicionales, renombradas y adineradas de Palpa, quienes ahora, arruinados por la crisis económica, se habían visto obligados a renunciar a su privacidad al abrir su vivienda al público para ofrecer alojamiento. Afortunadamente, los forasteros eran ahora cada vez más numerosos, debido al interés que estaba suscitando el reciente descubrimiento de El Señor de Palpa.
 Pero tuvimos mala suerte, porque esta casona colonial, que había sufrido los estragos del terremoto como todas las demás edificaciones de Palpa, se encontraba en plena refacción y restauración. "Don Moisés y Doña Marcela" han viajado a Ica", nos informó un empleado. Sin embargo, como él conocía a tía Orfa, y a solicitud de ella, nos permitió echarle un vistazo a la casa, para que Paloma pudiese apreciar la fastuosidad de remotos tiempos ya casi olvidados por completo en Palpa, después de tanta desgracia junta.
 A pesar de sus paredes despintadas y el descolorido y roto tapiz de algunos de sus muebles, todavía quedaban las reminiscencias de un pasado opulento y glorioso. Aparte de la magnífica arquitectura, los jarrones de azulejos ubicados en el zaguán, los óleos de gran formato con retratos de parientes y escenas campestres que tapizaban las paredes, así como las bellas y complejas arañas de cristal, daban legítima cuenta del refinamiento y buen gusto de los habitantes de aquella casa, a quienes la Reforma Agraria, las sequías, las inundaciones y el terremoto les había arrebatado todo menos su estirpe y clase.
 Debido a la hora avanzada y al hecho que Palpa es un pueblo pequeño donde los pocos hoteles disponibles resultaban insuficientes para alojar a la inusual cantidad de turistas que estaban llegando, Paloma y yo terminamos instalados en una hostería, que era una especie de pensión, a la cual llegamos exhaustos. "Tienen dos occiones”, nos dijo la regenta. "Pueden octar por ésta, desde donde se ve el cerro Pinchango, o por esta otra -señalándonos una del fondo del pasillo- que tiene baño propio, lo cual sería óctimo para ustedes". Por supuesto, elegimos la que contaba con baño "privado", mas éste no tenía puerta y, además, la ducha carecía de una poza.
Al bañarse uno, el agua se regaba por todo el piso, pero la inclinación del mismo hacía que casi todo el líquido se dirigiera hacia un sumidero que terminaba tragándoselo, y el intenso calor se encargaba de secar rápidamente las gotas que quedaban. Para colmo, el techo y las paredes se hallaban cubiertos de un velo negro de zancudos que, al intentar matarlos con un latigueo de toalla, se alborotaron y se constituyeron en una nube densa, que les permitía envolvernos y picarnos sin que fuésemos capaces de identificarlos individualmente para ajustar cuentas.
 Afortunadamente, mi flamante, aventurera y comprensiva esposa no hizo ningún comentario ácido sobre la precariedad de la habitación, o alguna alusión melancólica a los maravillosos días previos que habíamos pasado en el lujoso hotel de Ica. Tampoco se quejó de los enormes cráteres y panes que le habían salido por todo el cuerpo, a causa de las millones de veces que estos demoníacos insectos voladores habían hundido en su piel su urticante aguijón. Uno de los zancudos tuvo la osadía de picarme -o de morderme, dicho con más propiedad- en un párpado y, al cabo de unos minutos, me encontraba con el ojo derecho prácticamente cerrado. Paloma se limitó a sacar del nécessarie unas pastillitas amarillentas y a brindarme dos de ellas junto con una botella de agua mineral, para que pudiera tragármelas.
 "Son somníferos", me dijo. "Cuando salgo de viaje siempre llevo algunos conmigo, por si acaso. Asimila, Amor, porque es la única manera de que podamos sobrevivir esta noche. No tenemos repelente", agregó. Me sentía terriblemente culpable de la "brillante" idea de haberla llevado a Palpa para pasar un par de días de nuestra luna de miel, sin haber hecho arreglos previos para garantizarle una confortable estadía. Así que, a pesar de mi resistencia natural a ingerir fármacos, obedientemente me tomé las pastillitas.
 El cansancio del viaje aunado al somnífero hicieron rápidamente efecto, pero todavía nos concedió algunos minutos de vigilia para hacer algunas bromas sobre un afiche de promoción turística que había sobre una de las paredes, en el cual aparecía la figura de un mono geoglífico, en cuya reseña alguien -ya sabíamos quién- había pegado un papel sobre el nombre "Nasca", para sustituirlo por "Palpa", y había agregado que la excursión incluía almuerzo occional. Inclusive, logramos vencer el sueño durante unos minutos más para leer un poema, enmarcado en un cuadrito, que se hallaba al lado del interruptor de la luz, algunos de cuyos versos copié en una libreta y aún recuerdo:
 
Palpa es la tierra con que sueño,
y del mundo me siento dueño
cuando este orgullo de palpeño
por completo me domina.
Más rica que una mina
es mi Palpa querida,
tierra donde nacida
es mi familia entera...
 
 Finalmente, caímos desmayados en los brazos de Morfeo y dormimos más que bien, porque habíamos quedado con tía Orfa en desayunar con ella y Coco a las diez de la mañana, en su casa, pero nos despertamos recién ¡a un cuarto para la dos de la tarde! Miré al techo instintivamente y observé con agrado que los zancudos habían desaparecido, pero no así las marcas que habían dejado en nuestros cuerpos. En el techo sólo quedaba la huella de los cadáveres de los zanquilargos insectos que habíamos masacrado a toallazos la noche anterior.
 Muy avergonzados, fuimos donde tía Orfa y nos excusamos por no haber llegado a desayunar con ella y mi primo, así que, en compensación, Paloma y yo los invitamos a almorzar a un restaurante. Me dio la impresión que mi tía no creyó del todo el asunto de las pastillas para dormir y, estando nosotros de luna de miel, lo más probable era que el plantón obedeciera a una maratón de lujuria, de esas en las cuales uno pierde la noción del tiempo y del espacio.
 El almuerzo fue delicioso: comimos cebiche de camarones preparado con naranja agria, además de otros platos muy sabrosos. Cuando terminamos, y a pesar de la sensación de llenura, pesadez y somnolencia clásicas que uno siente normalmente durante el proceso digestivo después de haberse Propinado un banquete, mi primo Coco tuvo la gentileza de llevarnos de paseo, sacrificando la imperdonable siesta, que es costumbre en Palpa. Fuimos al distrito de Santa Cruz, para mostrarle a Paloma la Ciudad Perdida de Huayurí, y nos trepamos al guarango milenario al que tanta propaganda le había hecho yo. De allí, Coco nos trasladó hasta Los Molinos, donde observamos un magnífico complejo arquitectónico pre-inca. Coco no era arqueólogo, pero conocía con prolijidad la historia de Palpa y se expresaba con mucha más propiedad que el propio tío Gerardo. Y finalmente, para cerrar con broche de oro, mi primo nos condujo a La Muña, donde se hallaba una enorme necrópolis, y quedamos maravillados con una cámara funeraria; la última morada de quien en vida debió haber sido el máximo gobernante de los pobladores de esa zona. "Es la tumba real del Señor de Palpa; alguien tan o más importante que el Señor de Sipán", nos dijo mostrando gran orgullo.
 "¡Qué lástima que mi padre no alcanzó a ser testigo de esto!", añadió.
 Según me había relatado mamá, los funerales de tío Gerardo -a los que no pude asistir porque me encontraba viviendo en el extranjero cuando él falleció, y no tenía dinero para el viaje- estuvieron revestidos de la majestuosidad propia de un monarca, y el pueblo entero guardó un mes de duelo por Don G, encerrados en sus casas y sin siquiera salir a trabajar.
 Por eso, aunque no lo comenté, resultaba evidente que si mi tío hubiese vivido en la época de los incas -o pre-incas, para ser más preciso- indudablemente hubiese sido enterrado con los mismos honores y con la misma pompa que este importante jerarca llamado "El Señor de Palpa".
 Cuando regresamos al hotel, Paloma y yo nos dimos un rápido duchazo para refrescarnos, y, exhaustos por la caminata, nos tendimos boca arriba en la cama para descansar un momento, aunque ya sin tiempo para tomar una siesta. Al repasar la habitación por última vez -intentando grabar en mi memoria la mayor cantidad de detalles de esta tan particular, inusual y maravillosa experiencia- volví a ver la mancha de zancudos en el techo, y agradecí a Dios por no tener que pasar otra noche allí, ya que en breves minutos nos marcharíamos del pueblo para proseguir nuestro viaje de bodas. De pronto, Paloma señaló hacia arriba y, dibujando imaginariamente con su índice derecho, exclamó: "¡Mira, Amor!: por la manera en que se encuentran dispuestos los zancudos, parecieran formar letras en el techo". Y, al fijarme nuevamente, corroboré -primero con incredulidad, pero luego con una inmensa alegría- que no sólo se trataba de letras, sino que éstas formaban un nombre: "Don J".

Este artículo tiene © del autor.

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