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EN VÍA MUERTA

(Narración breve)

Salvador Enriquez

España



EN VÍA MUERTA
(Narración breve)

A María Susana Spano


 Para aquel hombre, el paisaje que se extendía ante él le era familiar, lo había observado muchas veces, pero hacía tiempo que no se acercaba allí y por eso le pareció más sorprendente que en otras ocasiones. Lo observó de izquierda a derecha, de arriba abajo, como una rosa de los vientos, y sintió un especial afecto por todo lo que allí había. Sin embargo, luchaba en su interior por no ponerse sentimental, prefirió endurecer el rostro con una mueca, presionando las mandíbulas, haciéndose el fuerte.
 Decidió tomar el primer tren al caer la tarde, cuando las luces veraniegas aún restallaban en el cielo con la crueldad de un látigo, y observó cuidadosamente su entorno. La locomotora “Diesel” estaba en vía muerta, pero a los pocos minutos tomó movimiento y, tras un espantoso ruido, se desperezó por las paralelas de la vía maniobrando con lentitud. Parecía un inmenso ciempiés que reptaba camino de no se sabe dónde, a lo mejor le habían asignado una ruta nueva o, quizá, tomaría el camino de siempre, el de todos los días, el cansino y cotidiano: salir de allí para rendir viaje en una ciudad inmensa a muchos kilómetros de distancia de la que estaba. Sus bufidos y pitidos estremecían el espacio; parecía un ingenio poderoso, pero la vida de aquella “Diesel” le pareció al hombre bastante aburrida: siempre el mismo camino, igual paisaje, similar cielo, a los mismos horarios ir y regresar...
 La hilera de vagones de un color plomo metalizado descansaba en otra vía; aún tenían las puertas cerradas y las luces apagadas, “¡claro! -pensó- no se pueden encender hasta que le enganchan la máquina”. Era señal inequívoca de que la hora no había llegado, de que aún faltaba algún tiempo para partir, aunque el momento se acercaba, inexorable. Aquella espera le producía una mezcla de incertidumbre y tristeza: los horarios de los trenes suelen ser inflexibles, pero las esperas resultan largas o cortas según de qué se trate. Para él, en aquel día, resultaba un tiempo corto, un tiempo breve de espera que secaba su boca y le creaba un nudo en la garganta.
 A lo lejos vio el muelle de carga. En él estaban los contenedores de siempre, entreabiertos, como en espera de que su bocaza lateral abierta la fueran llenando de objetos, pero “¿para qué? -se preguntó el hombre- si parece que durante muchos años no han cambiado, si son los mismos de siempre”. Pensó que, quizá, al anochecer pondrían a viajar los que estaban llenos y situarían en su lugar otros vacíos, pero él no veía las diferencias. Las marcas de la compañía de transportes eran las mismas, los colores y la posición perecían inalterables, aunque... ¡qué más le daba a él todo eso! Parecía querer pensar en los contenedores para no hacerlo en otra cosa.
 Junto a los contenedores había unas cajas de madera y algunos fardos de algodón. También esperarían su traslado ¡seguro!; las cosas, como las gentes, parecen destinadas a ir de un sitio para otro hasta que, finalmente, les adjudican uno sin posibilidad de recurso. Pensó que nada allí era estable, todo tenía la provisionalidad de lo ferroviario, siempre en continuo movimiento de gentes y de objetos aunque con una aparente tranquilidad que resultaba desesperante. Quizá, por eso, desde siempre sintió atracción por los trenes aunque ahora, en aquel momento, no le parecieran tan sugestivos.
 El hombre, como buen miope, entornó los ojos para agudizar la vista: a una distancia relativamente corta estaba el paso a nivel con guardabarrera. Algo que siempre le sorprendió fue la precisión con la que bajaban las barreras unos segundos antes de que llegaran los trenes camino de la estación que estaba a escasa distancia. En la vieja estación, remozada con pintura ocre, se mantenía en funcionamiento el reloj de dos caras y junto a él, próxima al despacho del jefe de estación, relucía la campana de bronce que durante años determinó la salida de los trenes. Ella, con su metálico e insistente tintineo, avisaba a los viajeros que el tren estaba a punto de salir, pero ya era solo una reliquia, su función había sido sustituida por un sistema de megafonía, impersonal y gangoso, que casi nunca se entendía. Pero no importaba: todos sabían que si la “Diesel” bufaba y la megafonía parloteaba, el tren estaba próximo a salir.
 Solo cuatro o cinco personas estáticas, estaban en la estación; unas junto al filo del andén como con ansias de emprender el viaje; otras, quizá temiendo partir, se recostaban en algún banco con los brazos cruzados ante el pecho, en instintivo gesto de defensa, como queriéndose proteger de algo, como una manifestación inconsciente de quererse mantener allí y no partir nunca. Las estaciones -pensó el hombre- son un conjunto de ilusiones y miedos, de anhelos y desesperanza.
 Al fondo a la izquierda, ante el muelle de carga, se mantenía impertérrita la vieja máquina de carbón; elegante, negra, con chimenea como un sombrero de copa, pero también como una reliquia del pasado. Estaba allí solo de adorno, su viejo mecanismo no era compatible con las nuevas tecnologías y la dejaron fuera de servicio. Los responsables, quizá para acallar su mala conciencia, decidieron que en lugar de arrumbarla en una nave o de enviarla a desguace podía estar allí de adorno, como testigo de otra época más tranquila y calma, cuando viajar no consistía en ir de un sito a otro con la mayor brevedad, sino recorrer el paisaje palmo a palmo y recrear la vista. Al hombre le pareció aquella máquina como un mensaje subliminal de que lo viejo puede ser decorativo pero no útil ni rentable.
 La línea del cielo, la que cerraba el horizonte, estaba construida por unas montañas leves, de suave pendiente, con alguna vegetación aparentemente inapropiada para el lugar pero que otorgaba al paisaje un encanto especial, casi infantil.
 Todo aquello era el resultado de un viejo sueño hecho realidad a base de algunos ahorros, horas de trabajo, ilusiones, paciencia y algo de habilidad.
 Desde niño había tenido ese sueño, un sueño de los que se gestan en la infancia pero que no llegan a realizarse hasta la edad adulta; hasta que un día, la necesidad de poder palpar la ilusión, hace que demos el paso decisivo. Así, aquel hombre hacía años que había puesto en pie todo el microcosmos que se alzaba ante él con trenes, gente, paso a nivel y hasta una amplia carretera por la que circulaban varios automóviles, una hormigonera y hasta un camión frigorífico; vehículos que se deslizaban con suavidad por el asfalto sintético antes de perderse, como en una cinta sinfín, bajo la ingenuidad de un túnel hecho de corcho.
 Suspiró al tiempo que entornaba los ojos con gesto entre sonriente y melancólico, entre triste y esperanzado; estaba seguro, a su edad, de un final inevitable pero quería creer que alguna vez todo volvería a ser igual.
 Puso junto a él una caja de madera y lentamente, con parsimonia, fue colocando en ella las traviesas, los trozos de vías, los desvíos o cambios de aguja con sus conexiones eléctricas; las farolas de la estación a un lado, los automóviles a otro, junto a ellos los vagones de mercancías y la locomotora “Diesel”, finalmente la de carbón.
 Con la inexorable marcha del reloj, de un reloj real, no el imaginario de la estación, fue desmontando la maqueta de trenes eléctricos hasta que sobre la mesa sólo quedó un amplio tablero con los restos del cableado eléctrico y manchas de arena y césped artificial que, hasta aquella tarde, habían creado la magia de dar vida al juguete.
 ― Adonde vas -le dijeron los hijos- solo permiten llevar lo necesario, pero quizá un día puedas volver a montar todo esto.
El cielo se había encapotado y en un momento se amorató por el golpe de un trueno. Comenzó a diluviar. El rostro del hombre estaba mojado, los hijos al observarle pensaron que era por la lluvia, esa lluvia caliente y pegajosa de la noche veraniega, pero él sabía que no era de eso.
 ― Sólo lo necesario -le insistieron- ya sabes que aquí tendrás todo lo que precises.
Lo necesario, para aquel hombre, era la caja de madera con los restos de su maqueta de trenes por eso, con ella abrazada, pasó la puerta del edificio en cuyo dintel se leía: “Residencia de Ancianos”.

Salvador Enríquez
e-mail: senriquez@portalatino.net
Madrid julio de 2002

Ver en línea : Autor Teatral Salvador Enríquez

Este artículo tiene © del autor.

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