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EL ANGEL GUARDIAN DEL TIO PEPE

(Una historia familiar)

Ricardo Aguilar Pomar

México



En estos tiempos que nos ha tocado vivir, los avances de la tecnología, al sucederse con vertiginosa rapidez y simultaneidad, han acabado con nuestra capacidad de asombro al grado de que, la maravilla tecnológica que hoy vemos en una revista especializada el mes próximo la estaremos usando en nuestra vida diaria, sabiendo de antemano que, en pocos meses será obsoleta, reemplazada por un nuevo modelo aún más sofisticado. Tal es el caso de las computadoras, posicionadores globales por satélite, relojes electrónicos multifunciones, teléfonos celulares, computadoras de mano, etc., etc., sólo por mencionar algunos instrumentos de los más conocidos por su masivo uso cotidiano.

De ahí que nos hemos convertido en una generación de escépticos, deslumbrados por los milagros tecnológicos, y convencidos de que los milagros “a la antigüita” : curación de leprosos, ciegos y paralíticos, la separación de las aguas del mar o el brotar de agua pura y cristalina entre las piedras del desierto, tienen una lógica explicación médica o científica, o, en todo caso, son supercherías de la gente ignorante de los tiempos bíblicos.

Somos incapaces de ver un milagro único e irrepetible en la paleta de colores desplegados en el cielo en un amanecer o en una puesta de Sol, o en la maravilla de un arco iris, o en el nacimiento de un bebé, o en la eclosión de miles de florecillas silvestres en un campo en Primavera.
Llamamos coincidencia, casualidad o buena suerte a todos esos milagros, grandes o pequeños, con que Dios nos regala todos los días, conservando el anonimato.

Pero Dios, con toda su omnipresencia y su omnipotencia, menuda tarea tendría si además tuviera qué cuidar a cada uno de nosotros de los peligros que nos acechan y de los que nos causa nuestra propia estupidez, por lo que, cada vez que envía al mundo uno de sus angelitos -cada niño que nace- lo hace acompañar de un hermano mayor, su ángel guardián, que lo cuidará y protegerá todos los días de su vida.

Yo nunca he visto al mío pero he sentido su presencia muy cercana en varias ocasiones en que mi vida o mi integridad física estuvieron en inminente peligro: tres súbitos estallidos de llanta a velocidades de carretera, dos de ellas en la oscuridad de la noche, y una pérdida de control de mi camioneta al entrar, en un camino muy sinuoso de la sierra, en un derrame de aceite o algo parecido, que me lanzó a un vertiginoso zigzag entre las curvas, que, gracias a mi ángel, terminó con las cuatro ruedas sobre el pavimento, atravesado en la carretera, y con un tremendo susto.

En otras dos ocasiones, fue mi temeridad (o mi estupidez, según se mire) las que me pusieron a punto de morir ahogado o volado por una granada de mortero, (ver “Un enigma para la ciencia” y “Alto riesgo” en mi página web (1), lo que no ocurrió gracias a la providencial intervención de mi ángel guardián.

Pero un cercano pariente mío, hermano de mi madre, mi tío José Pomar -el tío Pepe- pudo ver cara a cara a su ángel guardián, aunque sólo fuera por unos breves segundos, en el que pudo ser el momento más crítico de su vida.

Esta es la historia:


Corría el año de 1936, - cuando yo apenas contaba con unos pocos meses de edad - mis abuelos maternos, que habían llegado de España en los albores del siglo XX, y después de más de tres décadas de duro trabajo, ya con la ayuda de sus dos jóvenes hijos mayores en la empresa familiar, se encontraban en una desahogada situación económica, por lo que no pusieron objeción alguna cuando José, el hijo de en medio, muchacho tranquilo y trabajador, les pidió visitar la tierra de sus mayores y conocer a la numerosa familia de ambas partes que había quedado en Europa.
José -mi tío Pepe- viajó sin contratiempos a Cataluña y las Islas Baleares, solares nativos de mi abuela y mi abuelo, respectivamente, donde tuvo un cálido recibimiento y muchas fiestas y paseos.

La estancia en Palma de Mallorca, con una visa de turista, aprobada en Palma el 13 de Mayo de 1936 “para una estancia menor de 3 meses”, transcurrió felizmente hasta el 17 de Julio de 1936, en que un cuartelazo en la guarnición militar de Mellilla, en el entonces Marruecos Español, desencadenaría esa contienda fratricida, absurda y sangrienta que más tarde se conocería como la Guerra Civil Española, en la que se enfrentarían dos conceptos antagónicos, el fascismo y el comunismo, con la abierta intervención de intereses políticos y fuerzas bélicas extranjeras que hicieron de este conflicto nacional un laboratorio de pruebas de otro conflicto mayor, de alcance mundial, que se conocería como Segunda Guerra Mundial.

Toda España quedó convertida en un gran campo de batalla donde ambos bandos se disputaban a sangre y fuego la posesión de ciudades y regiones, donde los civiles quedaban atrapados entre dos fuegos o reclutados a la fuerza para combatir por alguna de las causas, que las más de las veces les resultaban ajenas. Las comunicaciones interiores quedaron desquiciadas y los salvoconductos sólo tenían validez dentro del territorio controlado por quienes los expedían, con las comunicaciones con el exterior sujetas a requisas de los medios de transporte y al bloqueo de los puertos de salida. La aviación comercial era prácticamente inexistente.

En esas condiciones, el tío Pepe optó por permanecer asilado en casa de los familiares en Palma de Mallorca. Pronto la situación económica y los racionamientos comenzaron a afectar seriamente las condiciones de vida de la familia, por lo que el tío Pepe tuvo qué ponerse a trabajar para no ser una carga para sus anfitriones, algunos de los cuales ya habían sido reclutados para servir en el frente. (Uno de ellos, mi tío abuelo Cayetano Pomar, regresó mutilado de la guerra y posteriormente fue generosamente compensado por el gobierno franquista por su calidad de “héroe de guerra”). No todos corrieron con la misma suerte.

Al menos el tío Pepe se sentía a salvo, amparado por su pasaporte mexicano, hasta que en uno de los trámites que no dejaba de hacer para salir del país, fue advertido de que, de acuerdo con las leyes españolas de naturalización, como hijo de padres españoles, al cumplir un año de residencia en territorio español pasaría automáticamente a ser ciudadano español y sujeto a las leyes españolas, quedando sin efecto su condición y sus prerrogativas de visitante extranjero.

En el momento en que esta ley surtiera efecto, quedaría a merced del bando en pugna que lo “acogiera”, y siendo un muchacho joven y sano, era un candidato idóneo para enviar al frente de batalla. (¡Hombre, tenía qué ganarse la nacionalidad que tan generosamente se le otorgaba!).

Con una visa de turista vencida hacía ya muchos meses, un pasaporte mexicano a pocos días de perder su vigencia y a unas semanas de cumplirse el plazo fatal de un año de residencia en el país, lo único sensato y urgente era huir de aquella trampa antes de que se cerrara definitivamente. Prácticamente sin dinero y sin saber una palabra de francés o italiano, consigue del Consulado Mexicano en Palma de Mallorca un salvoconducto para regresar a México, vía Francia o Italia, el 10 de Febrero de 1937.
Diez días después, La Dirección General de Seguridad de Palma de Mallorca le expide una autorización para viajar al puerto de Génova, Italia, en el vapor “Fracien Tarrio” .
Por alguna razón desconocida, este viaje no pudo llevarse a cabo.

Tuvo qué transcurrir aún mes y medio más de angustiosa espera antes de que la Dirección General de Seguridad de Palma de Mallorca le expidiera nueva autorización de salida, esta vez hacia Marsella, Francia, en el vapor Djelbel Dirá, el 5 de Abril de 1937.

Al día siguiente, 6 de Abril, la Aduana de Palma refrenda la salida a Francia.

Antes de abandonar la casa familiar que había sido su hogar por cerca de un año, con recursos angustiosamente escasos y hacia un destino incierto, la tía Antonia Pomar, hermana de mi abuelo Juan, tomando de entre sus escasas alhajas una moneda de oro, la cosió detrás del forro de la maleta del tío Pepe y le dijo: “Pepito, cuida esta moneda como a tu propia vida y úsala solamente cuando te encuentres en una situación verdaderamente desesperada, no olvides que es tu último recurso”.
 
A su llegada a Marsella un día después, cuando sentía que ya tenía su tabla de salvación al alcance de la mano, un nuevo obstáculo, al parecer insalvable, lo pondría nuevamente a prueba. Las autoridades francesas, agobiadas por los miles de refugiados que huyendo de las penalidades de la guerra desbordaban sus ciudades fronterizas y sus puertos migratorios, habían endurecido las condiciones de ingreso al país tratando de contener aquella marea humana. Tomó su lugar en una larga fila y esperó, con el alma en un hilo, mientras veía regresar, con el cansancio y la angustia reflejados en el rostro, a todos aquellos infelices que habían sido rechazados por falta de documentos en regla o de solvencia económica para permanecer en Francia.

Cuando al fin le llegó su turno, un adusto funcionario francés de migración le espetó: —¡Documentos! - Al ver su pasaporte con la visa española vencida, arqueó las cejas y le preguntó: -quién responde por usted mientras permanece en Francia?- El tío Pepe quedó paralizado. En medio de aquella muchedumbre desesperada no conocía a nadie y de nadie podía esperar ayuda. De pronto, saliendo de la nada, un caballero de edad avanzada y rostro bondadoso, poniéndole una mano sobre el hombro y encarándose al funcionario, le dijo en voz alta: - Vamos hombre, este muchacho viene conmigo!- 
Aturdido y sin poder creer en aquel acto providencial, el tío Pepe volteó hacia el funcionario, que de mala gana le estampaba en el pasaporte el sello del Commissariat Special au Marseille, autorizando su ingreso al puerto francés. 
Todo aquello había transcurrido en cuatro o cinco segundos. Al voltear en busca de su anónimo salvador ¡no había nadie! En vano lo buscó entre la multitud para expresarle su agradecimiento pero parecía haberse esfumado. Nunca más volvió a verlo ni a saber de él.

Pero las tribulaciones del tío Pepe estaban lejos de terminar. En una ciudad desconocida, sin saber una palabra del idioma francés y sin conocer a nadie, deambulaba desolado, con su escaso equipaje y sin saber a dónde dirigir sus pasos, entró casualmente a un restaurante, en el número 3 del Boulevard de la Paix, por un café para confortar su vacío estómago, cuando nuevamente su ángel guardián se hizo presente, esta vez en la persona de un judío francés, dueño del restaurante, quien impresionado por su lastimoso aspecto le preguntó en español qué le sucedía. Informado de su difícil situación este hombre bondadoso le ofreció generosamente de comer gratuitamente en su negocio y ocupar una pequeña pieza en los altos, en tanto pudiera arreglar su salida con destino a México.
Desconfiando de sus intenciones, el tío Pepe le preguntó por qué hacía tanto por un desconocido sin recursos, a lo que le respondió que algún día comprendería sus motivos. (*).

Lo que siguió de la odisea del tío Pepe no está documentada ya que en su pasaporte mexicano (**) no aparece ningún otro asiento oficial. Por lo que pudimos saber, la moneda de oro que la tía Antonia le ocultó entre el forro de su equipaje sirvió para pagar su retorno por mar, en condiciones inciertas, hasta el puerto mexicano de Veracruz, a donde llegó sin un centavo en el bolsillo, pero pudo retornar al fin a su hogar gracias al dinero que le giró la familia desde la ciudad de Mérida.

El tío Pepe, andando el tiempo se casó y procreó a cuatro hijas que a la fecha ignoraban los detalles de esta dramática aventura, ya que su protagonista nunca se mostró accesible a hablar de ella, sólo conocida en fragmentos por algunos miembros muy cercanos de la familia.

Lo que jamás puso en duda durante toda su vida, - falleció el 3 de Enero de 1989, a la edad de 77 años - es que aquel 7 de Abril de 1937, en un lejano puerto francés en el Mediterráneo, tuvo un encuentro cercano y un milagro de su mismísimo ángel guardián.


(*) Muchos años después nos enteramos de que en Europa el apellido Pomar está claramente identificado como de origen judío, lo que explica la actitud benefactora de este desconocido judío francés,. Pocos años más tarde se desataría contra los judíos europeos la campaña de exterminio más terrible de toda su historia, El Holocausto, ordenado por Adolfo Hitler a sus ejércitos de ocupación.

(**) Mi testimonio de agradecimiento a mis primas Gilda, Leticia, Rossana y Lía Josefina que gustosamente accedieron a facilitarme el pasaporte, reliquia familiar, de su padre, mi tío Pepe, con el que me fue posible documentar este relato.

Al abrirlo, de su interior cayó la tarjeta de presentación, ya amarilla por los años, de un bondadoso restaurantero judío, Joseph Simón , del No. 3 del Boulevard de la Paix, en el puerto francés de Marsella.

Mi tío Pepe la conservó toda su vida.

Mérida, Febrero de 2003 

(1) Página web : http://historiasdelviejojefe.8m.com 

Ver también “Tiempos de Guerra”, de Enrique Genovés Guillén, en la sección “Nuestros amigos escritores” de la misma página.

Este artículo tiene © del autor.

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