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El pequeño piano blanco

Frank Otero Luque

Perú



Era la casa de una familia “bien”, económicamente venida a menos. Una casa vieja, de dos plantas, sin mantenimiento, ya fuera de contexto en aquel lugar. Por ejemplo, lo que antes había sido un parque colindante, luego albergó un taller de mecánica que comprendía un improvisado estacionamiento de vehículos, y, posteriormente, un galpón de pollos, al lado de un gran terral donde algunos fumones asiduos se reunían por las noches. Por supuesto, por seguridad, el perímetro de la casa estaba cercado con un muro bastante alto.

-¡Ha desaparecido la granja, mamá! -exclamó Roxana con sorpresa una tarde, al mirar por una de las ventanas del segundo piso.

Alba, su madre, no le respondió, pero se quedó viéndola con una mirada prolongada, lo suficientemente larga como para convencerse de cuan ajena al mundo vivía la niña; pues Roxana se asomaba diariamente por esa misma ventana que daba al jardín posterior, pero recién ahora percibía la ausencia de la “granja” contigua y le llamaba la atención el terral que había en su lugar. Hacía más de tres meses que habían mudado los pollos, la tela metálica y las esteras del galpón habían sido desprendidas de la carcomida estructura de madera, y esta última había cedido al poco tiempo a causa de la fuerte lluvia invernal. Si una única palabra pudiese describir la escena, esa palabra sería “desolación”.

En una salita de la casa, en el segundo piso, había un pequeño piano blanco que, nadie sabe cómo, Roxana había aprendido a tocar. No interpretaba piezas conocidas sino su propia música: grave, reiterativa y extraña. El instrumento, que había sido comprado por su abuela con fines puramente ornamentales, se había convertido en el compañero inseparable de la nieta. Roxana apenas comía y dormía, pero se pasaba horas tocando el piano, absorta en su música. De cuando en cuando, salía repentinamente de su trance melódico y hacía alguna observación que, generalmente, nadie comprendía cabalmente.
Alba sabía que había algo malo en aquel piano, porque cada día aislaba más a su hija del resto del mundo. Pero lo que le producía mayor estupor era el hecho de que la música llegase a sustituir a las palabras, porque a través de la melodía, y cada vez con más frecuencia, Roxana le transmitía si estaba contenta, si se sentía sola, si tenía frío, etc. Al principio, Alba creyó que ella misma estaba volviéndose loca, que su desesperación por la salud de la niña le hacía inventar cosas, pero poco a poco fue convenciéndose de cuan real era este lenguaje musical.

Cierto día, agobiada por la situación, Alba decidió hacerle la consulta a un médico, pero en el momento en que tomó la determinación en su mente, Roxana le leyó el pensamiento, interrumpió lo que estaba tocando, golpeó tres notas más en el piano, y con ellas le hizo saber claramente a Alba que, si divulgaba el secreto, algo terrible ocurriría. Vivieron así, bajo este tácito acuerdo, durante un largo tiempo, hasta cierta tarde en que Alba tuvo que ir al centro de la ciudad para realizar unos trámites relacionados con su herencia. Causalmente, pasó por una puerta que tenía fijada una placa de bronce con la inscripción “Dr. Honorio Hidalgo - Salud Mental”. Como el doctor hidalgo era hijo de una coterránea palpeña, amiga suya, eso le inspiró confianza y se aventuró a entrar. Mientras indagaba con la recepcionista sobre la disponibilidad de una cita y el costo de la misma, la traicionaron sus pensamientos y sentimientos subyacentes, y súbitamente quebró en llanto. Alba había llegado a su límite y no había fuerza terrenal que pudiese detener ese aguacero salino que brotaba de sus ojos. La recepcionista avisó al médico y éste la atendió de inmediato.

Después de calmarla, sosegarla y escuchar atentamente su increíble relato, el doctor Hidalgo le sugirió que le trajera a la niña, porque era imposible para él, o para cualquier otro médico, diagnosticar y, mucho menos, recetar -como pretendía Alba-, basado exclusivamente en la percepción -aparentemente disparatada- de un tercero y, para colmo, emocionalmente involucrado. Alba temía la reacción de su hija, pero intentaría llevársela de todos modos, como se lo pedía el doctor.

Al volver a casa, Roxana la esperaba sentada al piano. Era evidente que ya intuía -no, que sabía- de la visita de su madre al psiquiatra. Estaba con los cabellos revueltos y los ojos desorbitados, apretaba la mandíbula y emitía un extraño ronquido con cada respiración. Alba trató de acercársele, pero la niña reaccionó como un felino acorralado, obligándola a retroceder. La madre trató de hacerle entender que lo había hecho por su bien, pero la explicación sólo hizo enfurecer más a Roxana. Sus ronquidos se convirtieron casi en rugidos, su mirada -cargada de odio- se disparó como un rayo fulminante sobre los ojos de Alba y, al saltar del banco para atacarla, Roxana cayó desmayada sobre el frío piso de mármol, como envenenada por su propia hiel.

La niña fue llevada a su habitación con ayuda de los sirvientes (quienes seguían trabajando para ellas sin percibir ninguna remuneración, salvo por el techo y la comida). Un poco más tarde, llegó el doctor Hidalgo, quien, después de auscultarla y hacerle un fondo ocular, le aplicó un calmante. Como precaución, la amarró de manos y pies a la cama, porque no descartaba la posibilidad de que hiciera una nueva crisis, pudiendo inclusive agredirse a sí misma.

Curiosamente, cuando despertó, después de unas seis horas veladas segundo a segundo por su madre, a Roxana se le veía relajada y hasta contenta, como a la mayoría de niñas de nueve años.
-Tengo mucha hambre -dijo Roxana con dulce y suave voz.

Alba no podía creerlo. Era como re encontrarse con un familiar querido cuyo recuerdo es ya difuso. Lágrimas de felicidad recorrieron su rostro, mientras que Roxana la observaba con una expresión divertida.

-Estoy muy incómoda, mamá -agregó, en el tono más inocente y con diáfana nitidez.

Alba dudó por un instante si era prudente desatarla, pero le partía el corazón ver a su pobre hija en aquella triste escena. Totalmente resuelta, desanudó las cuerdas rápidamente. Acto seguido, ordenó a las criadas calentar sopa de pollo, la que dio a la niña cucharada por cucharada, hasta que ella dejó el plato limpio y volvió a quedarse dormida.

A la mañana siguiente, muy temprano, todos en la casa fueron despertados por la más alta, fatal y tétrica melodía que se haya oído jamás. Pero en el momento en que Alba ingresó a la salita del piano y comprobó que Roxana se hallaba sentada frente al artefacto, la niña dejó de teclear, concluyendo abruptamente su infernal cadencia. Luego, volteó hacia su madre con malévola expresión y enigmática sonrisa, y se viró nuevamente para mirar al infinito por la misma ventana de siempre, sin tomar conciencia de lo inmediato, de lo cercano.

En ese preciso instante, se desencadenó la furia telúrica; un terremoto feroz que sepultó todo y a todos, salvándose únicamente el pequeño piano blanco.

Sucedió en Yungay, un 31 de mayo de 1970.

Ver en línea : El Señor de Palpa

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