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HUMANILANDIA

Día del saludo

Pedro Fuentes-Guío

ESPAÑA



Los hombres, al cabo de dos mil años, seguimos necesitando que nos cuenten la misma parábola. Sí, aquella del niño que hizo un hoyo en la arena de la playa y, trayendo agua con un cubito, quería meter el mar en aquel pequeño pozo de arena. Seguimos empeñados en limitar lo sublime, en encerrar dentro de límites de tiempo y de espacio los actos y comportamientos que son consecuencia de los sentimientos inconmensurables de nuestra alma. Instituimos un día de la madre, como si a esa vigilia constante, a ese no pasar jamás la cuenta de los faroles encendidos en pro del hijo, se le pudiera pagar con la limitada dedicación de un día. ¡Qué tacañería!

Instituimos un año internacional del niño, como si a los niños, que son las flores, la alegría del jardín de la vida, pudiéramos compensarlos con esa limosna de trescientos sesenta y cinco días. Claro que, bien visto, más vale poco que nada. Esto ocurre, supongo, como consecuencia de los mordiscos que cada uno sufrimos en la conciencia, quizá por ese incumplimiento con los mandatos de nuestro espíritu. Hasta que alguien, haciendo suya la llegada de la conciencia colectiva, pone en marcha la idea que pueda justificarnos de alguna manera ante esa incuria que nos remuerde las entrañas.

Ese alguien, en esta ocasión, han sido tres hermanos norteamericanos. Ellos han recogido para sí ese aire viciado, de deshumanización, que respiramos los seres de este planeta. Se han dado cuenta de que el hombre ve al hombre, a su semejante, igual que a un árbol o a una piedra, que le ignora olímpicamente, a no ser que pueda servirse de él para algo. Y han instituido el día del saludo. Estos tres americanos invitan a todos los hombres del Mundo a que lo celebren, al menos ese día, saludando con un simple "buenos días" a diez personas con las que nunca hayan hablado.

Imagina que eres tú, amigo lector, quien va a celebrar mañana mismo ese día, que ya estás a la puerta de tu casa, en la calle, y que empiezas a dar los "buenos días" a diez personas desconocidas. Contarás hasta cinco, pero no más, estoy seguro. A partir de las seis, instintivamente perderás la cuenta, y seguirás dando los "buenos días" a diestro y siniestro, notando que tu alma se libera, expulsa el aire viciado del desprecio, del odio, de la indiferencia ante tus hermanos los hombres. Y luego te preguntarás qué sienten esas personas, que no te conocen de nada, al verse saludadas por un extraño. Pensarán que te has equivocado, que las has confundido con otra persona. ¿Por qué esa sorpresa? Sencillamente, porque hemos perdido la costumbre de sentirnos semejantes, de vernos como hermanos.

Y yo me pregunto: ¿Qué ocurriría si todos los días del año, de todos los años, le diéramos los "buenos días" a todos los seres humanos que se cruzan ante nosotros? Sencillamente, perderíamos el recelo, el miedo a nuestros semejantes. Sencillamente, empezaríamos a amarnos mutuamente.

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