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Cultura en Argentina (XI): Prolongada adolescencia del Sr. Presidente

Carlos O. Antognazzi

Argentina



Antes los dieciocho años de los varones implicaban el fin de la pubertad. Para las niñas eran los dorados quince (de los que actualmente se mantiene un pálido eco de lo que significaban). Hoy los parámetros culturales han cambiado, y así como los hijos demoran más en dejar la casa familiar, la adolescencia suele persistir. No se trata de conservar “un niño en un rincón del corazón”, sino de que algunos mantienen la tilinguería cuando su apariencia física hace pensar que se trata de un adulto.

Prolongada adolescencia del Sr. Presidente

Antes los dieciocho años de los varones implicaban el fin de la pubertad. Para las niñas eran los dorados quince (de los que actualmente se mantiene un pálido eco de lo que significaban). Hoy los parámetros culturales han cambiado, y así como los hijos demoran más en dejar la casa familiar, la adolescencia suele persistir. No se trata de conservar “un niño en un rincón del corazón”, sino de que algunos mantienen la tilinguería cuando su apariencia física hace pensar que se trata de un adulto.

Una cuota de indisciplina es necesaria en toda persona que procure forjar su camino. Pero hay una “rebeldía” que responde a cuestiones de inmadurez y pose.

La casa está en orden

«Pero quedan telarañas», se le podría haber respondido a Raúl Alfonsín. Nadie las quiso ver. No al menos en el entorno del ex Presidente: la “coordinadora” radical con Federico Storani, Enrique Nosiglia y Leopoldo Moreau al frente. El tiempo pasa, las personas siguen: el 28/11/04 Moreau lanzó su propia línea dentro del radicalismo bonaerense, Modeso (“Movimiento para la Democracia Social”, una tautología). En la localidad de San Martín sostuvo que «el aguerrido radicalismo del conurbano se pone en marcha para ganar la batalla electoral del 23 de octubre de 2005 y terminar con 17 años de hegemonía del justicialismo» (La Nación, 29/11/04, p. 06). Puede observarse la retórica gastada, facilista, improductiva fuera del ámbito de la barricada, y con un destinatario igualmente circunscrito: el que lo votará sin importar lo que diga. El líder radical no aclaró qué ocurriría en el hipotético caso de que sea la UCR la que esté 17 años gobernando. Alfonsín no supo terminar su mandato de seis años (no lo dejó Saúl Ubaldini), y a De la Rúa le bastaron apenas dos para lograr el desastre (con la ayuda de su propio partido). ¿Alguien imagina a un radical presidiendo el país una década seguida?

Luego de las «felices pascuas» de Alfonsín el país cayó en manos de Carlos Menem, y con él se apuntalaron los increíbles Gostanian, Kohan y Corach. La literatura, que suele escrutar personajes siniestros, podría abrevar de la realidad argentina. Como Alfonsín, Menem vestía impecablemente y cumplía con los horarios y el protocolo. Tuvo otros problemas, sin embargo: entregó el país con licitaciones en donde Roberto “Opus Dei” Dromi y María Julia Alsogaray redactaron la letra chica a piaccere, robando astutamente para la corona. Y como no le alcanzaba un mandato, y gracias al modesto aporte de Alfonsín en el Pacto de Olivos, Menem tuvo su reelección. Hay que estarle eternamente agradecidos a la UCR por Menem y De la Rúa (recordemos que éste se impuso a Rodolfo Terragno con el voto de los afiliados a la UCR).

Se puede caracterizar a nuestros presidentes con una palabra: Alfonsín, sobrio; Menem, pícaro; De la Rúa, inepto (dudé en calificarlo «monárquico», pero las coronas española, inglesa u holandesa no pueden equipararse a nuestro hombre en Buenos Aires); Kirchner, inmaduro. Moraleja: para hacer crecer al país no bastan la sobriedad, la picardía y, menos aún, la ineptitud. Seguramente tampoco la inmadurez.

Familia S. A.

Algún día habrá que realizar un estudio sobre los presidentes argentinos y el papel de sus esposas e hijos. A la ruptura conyugal de Alfonsín, en voz baja, le siguió el escandalete de Menem, que ordenó sacar de Olivos a su mujer por la fuerza. A la parquedad y sobriedad de los hijos de Alfonsín le seguiría el tilinguismo de los de Menem, dedicados a negocios turbios, carreras de autos y prepotencia, gastando obscenamente la plata que nunca hicieron trabajando. Carlos “junior” falleció, pero Zulemita mantiene viva la tradición familiar: ahora pelea con su esposo y apela a la justicia. Hasta el final De la Rúa confió en sus hijos y el grupo Sushi, y así nos fue. Claro que así también se fue él, por los techos y en helicóptero, luego de hacer público el patético discurso que le escribiera Antonito. El tilinguismo inaugurado con Menem se mantenía; la farándula perduraba en la Casa Rosada con Shakira.

Hay que reconocer que ni Alfonsín ni De la Rúa coquetearon babosamente con las divas que visitaron el país, como sí hizo Menem sin que se le moviera un pelo del entretejido. Pero esta sobriedad de testosterona no se evidenció en lo gubernamental.

Hoy se destaca Cristina Fernández de Kirchner. Es quien mejor secunda a su esposo (considerando el triste papel de otras consortes, y obviando que no votó los superpoderes). No dice todo lo que piensa (como sí hacía Zulema Yoma), lo que en política ya es una virtud. La suya parece más una sociedad anónima que conyugal. Sus hijos ya aparecieron en escena: uno deslizó una crítica a Alberto Fernández por un comentario sobre la cumbia villera, que derivaría en una increíble reunión del Presidente con la Daniel “la Tota” Santillán.

Néstor “Gardel” Kirchner

Muchos lamentan la escasa posibilidad de elección que dejó el espectro político del país: ¿Menem o Kirchner? Por una vez, fue preferible el mal desconocido al ya sufrido. Pero eso no implica sumisión a la (excesiva) autoridad de Kirchner, que con los poderes que le ha otorgado el Congreso no tiene nada que envidiarle a Menem. Sí debemos temer esta escalada de facultades en manos que carecen de la necesaria cuota de madurez. En el artículo Crónica de un revés anunciado (Castellanos, 17/09/04) hacía notar el estilo desmañado del Presidente. Ahora empeoró: se suma la posibilidad de hegemonía. La “emergencia” sigue siendo perpetua.

Puede disculparse la adolescencia en el ciudadano Néstor Kirchner; no en el Presidente Néstor Kirchner. Adolescente implica, ante todo, una categoría (valga el reduccionismo con fines prácticos): la de la irresponsabilidad, el exabrupto y el “qué me importa”. Así actuó con la empresaria Carly Fiorina; con Tran Duc Luong, presidente de Vietnam; con los Reyes de España; con el gobierno italiano y el G7, del que lamentablemente dependemos. No asistió al Foro Mundial Económico en Davos; a la cumbre de América Latina y la Unión Europea en Guadalajara; a la Cumbre del Grupo de Río; a la cita con el Presidente ruso en Moscú ni a la reunión por la III Cumbre Presidencial Sudamericana que se realizó en Perú el 08 y 09/12/04. Se retiró antes de la cumbre Iberoamericana en Costa Rica. A esto se agrega que Argentina habría mencionado que el rey Juan Carlos sería un «emisario» de Kirchner ante el Fondo Monetario Internacional (con la consecuente molestia de los españoles). Las chiquilinadas se repiten.

Podría comprenderse, pero no excusarse, que el Presidente actúe así porque las normas del protocolo le resultan farragosas. Pero cuando Kirchner se explica («No llegué a este gobierno para resignar mis convicciones ni para andar de cóctel en cóctel, sino que llegué aquí para trabajar». La Nación, 27/11/04, p. 10) cae en el absurdo: rubrica con palabras lo que ya forjó con sus actos; es decir, justifica su impericia como si ésta lo enalteciera. Con respecto a la cumbre de Perú, se dijo que el médico le sugirió quedarse por el calor y la altura de Cuzco. Sin embargo el 30/11/04, en San Juan, Kirchner bromeó poniéndose sobre sus hombros la chalina de vicuña que le obsequiaba el gobernador José Luis Gioja. Hacía 40º C y hasta los sanjuaninos estaban sofocados.

Esta peculiaridad selectiva se confirma en otros hechos. Kirchner se equiparó a Gardel y San Martín, y realizó el acuerdo con China con sólo tres personas de su gabinete. La carta de intención señala una obligación a diez o veinte años. A Kirchner sólo le quedan dos y medio como Presidente. Legalmente podría aspirar a otro período (el peronismo ya comenzó a gestionarlo), con lo cual llegaría a su fin recién dentro de seis años y medio. Aún le quedarían al país cuatro y medio de compromiso con los chinos, o catorce y medio, si la obligación es a 20 años. ¿Con qué derecho el Presidente nos endeuda en una maniobra sombría, ya que aún no se sabe qué encierra esa “carta de intención”? ¿No hubiese correspondido, antes de tomar una decisión de tamaña importancia, consultar con el Congreso? Nos beneficie o no el acuerdo, cuando Kirchner ya no sea presidente seguiremos ligados a los chinos durante años.

Cuando el gobierno de Alfonsín planteó, tibiamente, la posibilidad de realizar privatizaciones, hubo un arduo debate en el Congreso. De esa manera se tomó una decisión democrática sobre lo que iba a hacerse, porque los presidentes pasan, pero los acuerdos quedan y la sociedad debe responder por ellos. Vale recordar que en ese debate el peronismo, con Eduardo Menem a la cabeza, se opuso a toda privatización. Poco después su hermano Carlos procedía a la entrega del país.

Este hacer las cosas en secreto es un rasgo esencialmente púber: «los laureles serán para mí solo», piensa quien así actúa, y se restriega las manos. Pero encierra, además, cinismo y «lógica perversa». Kirchner mantuvo en vilo a la población con un presunto “súper anuncio” que tuvo que ser enmendado por los chinos. A la incertidumbre del país se le sumó el papelón. Y la vergüenza no fue para el gobierno, sino para los ciudadanos, ya que, maquiavélico, Kirchner echó culpas fuera del gabinete y hasta pretendió exigirle a la prensa que diera el nombre del mentiroso. ¿Ignora la responsabilidad del cargo o se trata de algo peor? Mantener sus criterios “provincianos” como si fuera lo mismo tratar con gobernadores e intendentes que con Jefes de Estado es un error que se paga. Y al precio lo establecen en el extranjero.

Los desplantes, las humillaciones y los exabruptos presidenciales, tolerados y hasta celebrados bochornosamente por el peronismo, constituyen un síntoma de que la Argentina aún debe recorrer un largo camino. No se llega a la madurez cívica y política por decreto, sino con planificación y trabajo. Y, pese a Roberto Lavagna, lejos estamos de ambas cosas.

© Carlos O. Antognazzi.
Escritor.

Publicado en el diario “Castellanos” (Rafaela, Santa Fe, República Argentina) el 17/12/2004. Copyright: Carlos O. Antognazzi, 2004.

Este artículo tiene © del autor.

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