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Premio Gordo

Testimonio de un "macho" machista, al res-cate en vaca-ciones

Frank Otero Luque

Perú



PREMIO GORDO
(Testimonio de un “macho” machista, al res-cate en vaca-ciones)

Si yo soy obeso, mi amigo Dick –“tremendo” maestro de ceremonias que vive en USA- es un ropero de tres cuerpos. Sin embargo, él detesta a las gordas. Bueno; es decir, como pareja.

Dicky solía ser muy querido por todos nosotros, se mantenía soltero y sin compromiso, y cada vez que venía al Perú, le organizábamos outings y reuniones que él apreciaba mucho.

Años de años que nos visitaba cada diciembre e, invariablemente, lo emparejábamos por anticipado con alguna “chica” -inveterada costumbre limeña-, sin darle la más mínima oportunidad de elegir.

El diciembre pasado, a diferencia de los anteriores, ni bien bajó del avión, Dicky me sorprendió con un pedido; casi una súplica: “Hermano, por favor, esta vez NO me involucren en blind dates , porque siempre me toca una gorda en suerte, y ¡no me gustan las gordas!”.

No sé de dónde habíamos sacado que todos los gordos se sienten atraídos por las gorditas, y viceversa. Quizás porque Dicky nunca antes se había quejado y ellas comentaban que era un “pata estupendo”.

A la mañana siguiente, Dicky y yo nos reunimos con el Pato y Luis Fernando –un par de amigos- para comernos un cebichito y tomarnos unas chelas , y el tema de las gordas salió nuevamente a relucir. Prefiero citarlo textualmente para no tener responsabilidad ni solidarizarme con lo que les voy a relatar:

Todas las “peso pesados” –afirmaba Dicky- suelen ser muy simpáticas: “Carlotita es una linda chica”, te dicen sus amigas; “Deborita tiene un corazón de oro”. ¡Claro! Gorda y chinchosa sería una terrible combinación.

Invariablemente, las gorditas son amenas conversadoras, tienen voz suavecita; al gesticular, mueven sus muñecas y sus rechonchos deditos con mucha gracia, y adoptan un aire de fragilidad que no encaja en la escena. Además, es cierto que las gordas son las que menos comen en los restaurantes. Ellas ordenan poquito, casi como faquires, y pueden pasarse toda la velada con un aguadísimo “Daikiri”.

(Aquí empieza lo realmente malo)

Creo que estos comportamientos y amaneramientos –prosigue Dicky, con tono de erudito- obedecen a una suerte de camuflaje psicológico, como para dar a entender que no tienen ninguna responsabilidad por el cuerpo de elefante que se manejan.

-Ejem, ejem… -Luis Fernando se aclara la garganta.

-Compadre, ellas engordan por el aire que respiran –dice Dicky sarcásticamente-, mas no por los dulces y demás chucherías que engullen desde el amanecer hasta el ocaso, y desde éste hasta la mañana siguiente, en constantes asaltos al refrigerador. Yo soy gordo –confiesa- y sé perfectamente de qué pie cojean.
A veces, me dan pena las pobres gorditas –continúa Dicky, simpatético- cuando, por ejemplo, alguna anoréxica impertinente que está en el grupo se pone a hablar sobre la nueva dieta que está siguiendo, de su rutina de aeróbicos, de las tallas que ha bajado, de la fuerza de voluntad, etcétera; y la pobre “papeadita” quisiera fulminar a su amiga con la mirada, y me mira de reojo para ver si la secundo. Peor aun, cuando la top model se da cuenta de que ha metido la pata , porque somos dos los incómodos, y concluye con el peruanísimo “creo que estoy agarrando carne” , se ríe nerviosamente y, al comentario, le sucede un perturbador mutismo general, con miradas y expresiones más burlonas que una franca carcajada.

(Al hurgar en nuestra memoria, nos sentimos un poco culpables con el comentario de Dicky)

Bailar con una gorda es, literalmente, todo un “rollo” . Primero, porque uno no sabe de dónde sujetarse. Donde uno toque, se encuentra con una masa gelatinosa. Esto también es muy incómodo para ellas, porque saben que han sido desnudadas por sentido del tacto, a pesar de la carpa (ellas no se visten; sólo se cubren –nos aclara Dicky) que se han puesto encima para engañar a los ojos. Además, las gordas suelen poseer una tetamenta considerable, que se les perla de sudor con el ejercicio de un ritmo movido, y esto impone, definitivamente, un aislante de contacto para una pieza lenta. Hay algunas, sin embargo, que no tienen el más mínimo reparo de aplastar contra uno su sudada pechuga, como si les fuéramos a sacar una mamografía.

-No te pases, Dicky. Tú tampoco eres precisamente un Adonis. -le aclaró Luis Fernando.

-Sí, cuñao , pero yo soy hombre.

-¿Y no crees que ellas sientan lo mismo al agarrarte?

-Mira, huevón ¡yo no tengo tetas!

(Dicky corta los comentarios al reanudar su relato)

-Y nada peor que llevarse una gorda a la cama –Afirma Dicky con conocimiento de causa. Son las mujeres más delicadas del mundo hasta que pisan la habitación del hotel. Una vez allí, la gorda se transforma: conoce a la perfección dónde queda el interruptor de la luz, al que le pone automáticamente la mano encima para evitar que uno la encienda. “Más romántico es a oscuras”, te dice al oído, pero ahora ya no tiene voz suavecita, sino ronca y grave. Acto seguido, la gorda se mete al baño, hace una cantidad bárbara de extrañísimos ruidos y se demora centurias en salir. Cuando llega tu turno, ella ya ha transformado el cuarto de baño en una sauna, porque las gordas suelen utilizar el agua muy caliente, como si quisieran disolverse toda la grasa en una sola sesión de vapor. Para colmo, nunca te dejan una toalla seca –corrijo, ni siquiera una toalla-, porque es un milagro sino salen envueltas también ¡con la cortina de la ducha!

-¿Y a ti no te da roche que te vean calato ? –Le pregunta el pato.

-Yo soy hombre, huevón.

Todos nos miramos un tanto desconcertados.

Lo más difícil –continúa Dicky- es cuando la suerte está echada –“desparramada”, diría yo. Fornicar en la oscuridad puede ser un placer indescriptible, cuando uno adivina y dibuja mentalmente una fisonomía femenina estándar. Pero en el caso de una gorda, uno no sabe ni por dónde empezar: ¡se le confunde la papada con el busto y la barriga! Uno puede pasarse media hora tratando de encontrarle el pezón a una teta, para descubrir finalmente que ha estado baboseando ¡un vulgar rollo de su estómago! Y nunca se tiene la certeza si se le está acariciando un brazo o una pierna. En fin…

(Carcajada general)

Pero cuando la gorda se cansa de tanta confusión y decide tomar la iniciativa, no hay mujer más inspirada en cuanto a variedad de posiciones. ¡Se las sabe todas! ¡Y quiere ponerlas en práctica! El 69 se convierte alternativamente en un “669” o en un “699”. “Pareciera que voy a alzar en vuelo”, te confiesa descaradamente cuando está encima de ti, mientras sientes cómo te destroza los riñones con cada uno de sus “altibajos”.

- ¿Tú eres ciego, Dicky? ¿No sería más justo decir que el 69 se convierte en el “6699”? ¿Y has pensado, también, en sus pobres riñones? -le pregunto.

- ¡Bueno, ya! Está bien -Dicky se incomoda. El repertorio sonoro de una gorda –afirma, alzando la voz para acallar la del resto- también es cosa seria: jadeos, gemidos y hasta alaridos, con registros de soprano ¡y de tenor! En cierta ocasión, llegaron a telefonearme de la administración de un hotel, preguntando si ocurría algún problema. Es que las gordas son multiorgásmicas y “multi-todo”.

(Otra carcajada del grupo, pero nerviosa).

Después de la lucha cuerpo a cuerpo –“algo así como una pelea de Sumo”, aclara el Pato, con voz burlona, sin obtener eco de parte de Dicky-, las sábanas quedan totalmente mojadas, pero la gorda quiere quedarse echada un rato más para hablar, y manipula la conversación para que le propongas matrimonio y le jures amor eterno. Saltas de la cama como un resorte, pides a la administración que te traigan toallas adicionales y rápidamente te metes al baño, pero ahora la gorda ¡quiere ducharse contigo! Por supuesto, le tiras la puerta en la cara.

-¡Eres una mierda! –le dice el Pato, quien ya balbucea las palabras por la cantidad de chelas ingeridas.

-No existe gorda que permita ser dejada en su casa sin desayuno –continúa Dicky, como si no hubiese escuchado el comentario del Pato. “Algo ligero en el camino”, te dicen hipócritamente. Les encanta parar en un hotel de lujo –no en uno similar al que acaban de pasar la noche, lo cual desconcierta al taxista; y la gorda se venga del mal trato recibido, ordenando huevos fritos con tocino, panecillos con mantequilla y mermelada, jugo de naranja y café con leche. Y una gorda desairada come en silencio, en estado de trance, como si estuviese cumpliendo una misión para la que ha sido biológicamente programada.

(Más risas)

Habiendo hecho justicia con la tragazón matutina al desplante en la ducha, la gorda se relaja un poco, pero sólo pronuncia monosílabos durante el trayecto. Ella sigue mirando por la ventana, como si no existieras, aunque ya no mece inquietamente la pierna derecha ni tamborilea con sus dedos sobre el asiento. Pero cuando llega a su destino, que no te sorprenda un in promptu , en el que se te lanza encima para darte un beso y decirte que eres lindo…

Ver en línea : Libro de cuentos y relatos El Señor de Palpa

Este artículo tiene © del autor.

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