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A Marie Rojas Tamayo

César Rubio Aracil

España



Si alguna persona merece un mensaje de gratitud por su abnegación en favor de la cultura, ésa es Marie.

Cuba, para mí, es todo un símbolo. Pese a que detesto todo símbolo, por ser disgregador, el de Cuba, hija hispana y, más allá de paternidades, madre caribeña, no sé por qué, me conmueve. Quizá sea porque, como romántico que me considero, el ideal de la pureza me hace vibrar. O porque Marie Rojas (que representa en espíritu la abnegación y la lucha por la libertad) me obliga a soñar en un mundo solidario, amable, digno y más humano. Ella, asida a la argolla opresora -para reducirla a óxido- de quienes no conocen otro lenguaje que el de la sumisión al poder (en mi opinión y en mi convencimiento, Fidel Castro es un paladín de la dignidad humana), batalla día y noche -sin apenas recursos a su alcance para difundir su verdad y la de su pueblo- en pro de la cultura. ¡Qué mujer, qué criatura, qué madre, qué maravilloso espécimen de la creación!

Con una mujer como Marie se puede hacer patria, mundo, fértil tierra de creaciones; internacionalismo del bueno, alejado de toda intención globalizadora en sentido unidireccional: uniformidad ideológica al servicio de la rapiña. Por eso Marie, sin pretenderlo (porque ella sólo anhela la salvación del hombre, creo que al margen de credos religiosos), me arruga con las ataduras de mis temores, de mi cobardía ante las perspectivas de una lucha sin cuartel en pos de la libertad. Y me siento humillado por ser quien soy: un hombre que, desde su jubilación, únicamente colabora en esta Página para salvar al mínimo su conciencia: la que le dicta obligaciones que no se atreve a cumplir ... por cobarde. Pero Marie, y su hijo (que a su escasa edad ha alcanzado honrosos premios literarios sin apenas posibilidades para difundir su obra) perdonan mi timorata actitud, y la de tantos otros y otras que, como yo, sólo sabemos abrir la boca para disimular nuestro desarraigo a la razón y a la justicia.

Algún día, cuando me sea posible, iré a Cuba para abrazar a Marie y a su hijo, y a todos aquellos que han luchado y luchan por lo que yo, con ganas de luchar, no sé cómo hacerlo, si es que me quedan algunas de las fuerzas que antaño me hicieron vibrar. “Vibrar”, qué palabra. Y, sin embargo, cuando leo a Marie y a su hijo, tiemblo de júbilo: por lo que me enseñan. Por su grandeza de seres creadores y amigos de la libertad.

Un abrazo desde España.

César Rubio (Augustus).

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