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El tío "Figot"

César Rubio Aracil

España



El cuento premiado en el I Concurso de Literatura Gatronómica aquí citado puede leerse en: http://www.poudelaneu.com (se trata de un cuento interesante que recomiendo leer).

- Aixó que demanes, ¿per a qué es?

- Eu non sei o que falas ...

- ¡Orden, señores, por favor! Yo soy alemán y, aunque siendo médico me dedico a enseñar español en una escuela de Berlín, desconozco en gran medida tanto el gallego como el valenciano. ¿Seríais tan amables de hablarme en castellano?

Hans -que así se llamaba el bávaro- estaba muy atento a la controversia que ambos amigos (el alcoiá Toni ,"Figot" y el coruñés Marcelo) mantenían sobre las gastronomías levantina y galaica, aunque había muchas ocasiones en que la inercia lingüística los obligaba a conducirse de acuerdo con sus respectivas lenguas vernáculas.

El debate no era cualquier cosa, digamos una bagatela. Aunque amigos entrañables, cuando se trataba de argumentar en favor del habla materna -y no digamos de las diferencias culinarias entre territorios tan distantes uno del otro como en el caso de Galicia y Valencia-, ya la tenían liada. ¡Que sí, amables lectores! Os lo juro por mi José: ¡a muerte!

- ¡En ma vida he vist cosa igual! Jo no m’espante de les teues paraules ...

- ¿Cantas veces tes que lle dicir unha cousa para que a entenda? -cortó en seco Marcelo al tío "Figot", dirigiéndose al alemán con la clara intención de que éste le hiciese comprender al anciano anfitrión (porque los tres hombres estaban desayunando en casa del senyor Toni y de su consorte, la senyora Frasquita, ausente la dama para fortuna de los contertulios) que no habría manera de entenderse si cada uno de los presentes mantenía una postura chovinista.

- Bueno, Marcelo -matizó Hans-, vosotros no debéis hablar de chovinismo porque, como españoles que sois, esa palabra no la considero la más adecuada para defender vuestros respectivos pueblos. Y no me jodáis, porque si yo la emprendo con mis germanismos ni Dios se va a enterar de nuestra conversación. Conque, ¡hale!, a por la pierna de cordero.

Aquella mañana (hace ya de esto un par de años), Hans no pudo ni con el gallego ni con el alcoià. Sin embargo, se divirtió. Mientras los dos antagonistas discutían sin casi entenderse, el galeno y profesor dio buena cuenta de la sabrosa carne que había preparado el tío "Figot". Únicamente dejó en las viandas una mínima parte de la inevitable ensalada, aliñada con las más finas hierbas del Comtat y el rico aceite de oliva de Cocentaina, y los restos de un suculento moje capaz de transformar en pecaminosa gula el místico apetito de un anacoreta. Lo que sucedió después, es cosa de risa.

Imaginemos la cara que puso el tío "Figot" (enjuto de carnes, negra cabellera, ojos saltones y nariz aguileña) cuando, después de haber estado largando por su fina boca ( en valenciano, ¡faltaría más!) los agudos reniegos, juramentos y tacos peculiares de un arriero medieval, se encontró con la humeante barbacoa ... vacía de chicha. Se ensució en sus propias mulas, maldijo a los alemanes, arremetió contra el Santoral y, porque no sabía cómo pronunciar en su lengua natal, sin tartajear, la frase eufemística por antonomasia, no mentó a la madre del gallego, que contenía la carcajada tapándose la boca con una de sus manazas.

- S’a menjat tot el pa y tota la carn. ¿Serà cabró ...? ¡Així, bonament! - y se dirigió a la despensa, de donde sacó un boniato que le entregó con sorna a Marcelo puesto que no se atrevía a descargar su ira en el médico -. Pren aquest moniato i porta-lo a sa mare - se refería a la madre de Hans, a quien el tío "Figot" le regalaba el tubérculo, grueso y alargado para que, supuestamente, se lo metiese donde le cupiera.

El facultativo, que sin saber valenciano no dejaba en el olvido ciertas similitudes lingüísticas de los idiomas latinos, se guardó la respuesta para cuando el gallego, que parecía estar decidido a intervenir de inmediato, concluyese con sus comentarios. Y así fue que Marcelo, sintiendo que su querida madre quedaba aludida, y perdonando el ofensivo simbolismo del anfitrión, medió en el conflicto con el mejor tono gallego, dulce y cadencioso, que podía dar a sus palabras.

- Dámo a min lo moniato, non llelo deas a ela - y después de hacer una breve pausa, creyendo que el tío "Figot" estaba afectado por haber ofendido a su madre y no a la de Hans, concluyó, triste-: É necesario pensalo todo dúas veces.

"Dame a mí el moniato, no se lo des a ella". "Es necesario pensarlo todo dos veces". Bellas palabras éstas que en boca de un ilustrado hombre maduro hicieron reflexionar al médico, y al tío "Figot" agachar la cabeza.

Hans tardó unos segundos en contestar a sus dos amigos con una filípica que nunca podrían olvidar. Se le notaba molesto y afligido. ¿Por qué tanta tozudez en expresarse a contracorriente de la lógica y de la mínima, buena educación? ¿Para que ambos amigos sólo pudieran entenderse a sí mismos, ensartando toda clase de malevolencias -en ocasiones insultos- con el fin de regodearse a costa de los demás y sin ni siquiera respetar a quien les había rogado que hablaran de manera que él pudiera entenderles? Pues no. Hans no estaba dispuesto a seguir soportando semejante desconsideración y falta de respeto hacia su persona. Nada podía atarlo a esa casa, donde dos hombres descerebrados hacían caso omiso de las buenas maneras.

- Podía daros un largo discurso en alemán para que sintierais el peso de la afrenta que me habéis estado haciendo durante este almuerzo; pero no lo voy a hacer, porque ello supondría ponerme a vuestra altura.

"He comido yo solo por no haceros el feo de marcharme sin deciros adiós. La respuesta de Marcelo me ha gustado. Su contribución al sostenimiento de la relativa paz entre nosotros al perdonar la ofensa del señor Antonio hacia su madre, que en realidad iba dirigida a la mía, lo ensalza ante mis ojos. Pero no ha tenido en cuenta que, como extranjero y amigo suyo, merezco un trato más considerado.

"¿Qué deseaba el señor Antonio? ¿Que esperase hasta la conclusión de su verborrea en valenciano para desayunar, cuando ya son las once de la mañana? ¡Por Dios y por la Virgen!"

Durante unos segundos de apretada espera reinó el silencio en la cocina, donde el chisporroteo de las brasas que se consumían en la barbacoa iba dejando en el ambiente un denso aire de vergüenza. El tío "Figot", cabizbajo, no acertaba a excusarse ante su invitado, y el coruñés, visiblemente abatido por las andanadas del médico le rezaba en gallego a la Virgen de los Ojos Grandes para que el galimatías de lenguas y de intenciones terminara sin mayores consecuencias.

Fue el tío "Figot" quien rompió el hielo, dirigiéndose al alemán:

- Tin en comte ... ¡Ay ...! Es que yo ... Les raons ... Bueno, amic, te pido perdón ...

Hans no pudo evitar reír. Los esfuerzos del señor Antonio por expresarse en castellano merecían la dispensa de tan singular farfulla.

- Tranquilízate, hombre. Si no te es posible hablar de otra manera, con tal de que podamos entendernos todos ... Lo mismo te digo, Marcelo. Pero, por favor, tened compasión de mí. Al fin y al cabo, cuando me marche a mi tierra habré aprendido algo de vuestros excelentes idiomas. Que haya paz. ¡Ah! Si me he comido casi toda la pierna de cordero, no os preocupéis: tenía pensado invitaros a comer hoy la mejor olleta alcoiana (¿se dice así: alcoiana? ¿O es alcoyana?) que hayáis probado nunca.

- ¿A on?

- En Cocentaina. ¿Os lo cuento?

- Sí.

- Me la sé de memoria. Ya veréis. Costillas de cerdo, tocino, ternera, pimiento rojo, arroz, harina de maíz, perejil, judías blancas, pencas, morcilla, nabos, cebolla, tomillo, romero y sal. ¿Qué os parece?

- "Pos" que yo me sé otra, pero ésa no se la nomene ni a la Mare de Deu.

Marcelo, por su parte, pensaba en el pote gallego, pero no dijo nada. ¿Iba él a liarla de nuevo?

Hans, considerando que su aportación médica podría servirles a sus dos buenos amigos, al principio en plan jocoso (expresándose en términos profesionales para conocer la reacción de sus contertulios y reírse un poco para sus adentros), y después simplificando su discurso bromatológico, les habló sobre la equilibrada dieta mediterránea:

- Prestad atención a lo que voy a deciros. La dieta mediterránea es excelente por las siguientes razones: guarda un perfecto equilibrio entre los glúcidos, los lípidos y los aminoácidos esenciales -el tío "Figot, quitándose la boina, se rascaba la cabeza-. En cuanto a los oligoelementos, que hacen de catalizadores fisiológicos en los procesos biológicos, son, en general, metales o metaloides de máxima eficacia para nuestra fisiología, y que se prodigan en estas soleadas tierras para bien de la alimentación humana y, no menos, de la animal. Pero una de las razones fundamentales de esta dieta radica en el maravilloso aceite de oliva que se da por estos pagos. Se trata de una grasa monoinsaturada que el científico español Grande Covián recomendaba con ahínco, lo mismo que la carne de cerdo que aquí se consume y de la cual dijo: "El cerdo es un olivo con patas". ¿Comprendéis?

- "Pos" no.

- Y tú, Marcelo, ¿me has entendido?

- Eu non sei ... -Y Marcelo, emulando en sentido inverso al tío "Figot", se rascaba inocentemente sus partes pudendas, y, por tanto, sin ningún pudor.

Claro que Hans, como acabamos de decir, les explicó a sus dos desavisados amigos, en términos comprensibles, que los glúcidos son hidratos de carbono, que los lípidos son grasas, y que los aminoácidos esenciales son proteínas que el organismo humano no puede sintetizar y, por tal motivo, hay que buscarlos en las saludables carnes del Comtat, en los huevos y en los productos lácteos, principalmente.

- Vosotros, amigos míos -continuó el médico-, no debéis abusar de las proteínas, ni de las grasas saturadas como son los aceites de coco y de palma, ni debéis probar tan siquiera los dulces industriales. Endulzad el café y la leche con la miel de estas espléndidas montañas; saturad vuestro organismo de frutas y hortalizas, y los fines de semana, para solaz del espíritu, solead vuestra alma y vuestro cuerpo en las terrazas de los buenos restaurantes que por aquí tenéis, desde donde podréis contemplar la maravillosa desnudez telúrica de estas benditas tierras.

Gallego y valenciano quedaron complacidos; pero el tío "Figot" tenía clavada una espina en el corazón. Sus dos hijas, señoritas educadas en un colegio de monjas de Alicante capital, se negaban rotundamente a hablar en valenciano -que lo dominaban- y a nutrirse con la ayuda de la dieta que sus padres habían llevado hasta que ellas lograron hacerse con el poder del hogar. Deu haver plogut prquè el carrer és mullat, pensó el tío "Figot" cuando vio a través de la ventana, poco antes de salir de casa para ir a comer con sus dos amigos al restaurante de Cocentaina, que el asfalto de la calle estaba mojado.

¿Qué hacer?, ¿qué pensar de sus hijas, cuando tanto él como Frasquita (su mujer) habían llegado hasta la esfera de lo imposible por educarlas de acuerdo con las ancestrales tradiciones de su pueblo? ¿Fueron las monjas las que determinaron el gran cambio experimentado en las dos mujeres? ¿Fue el clima social de Alicante, plagado de un turismo internacional impetuoso, el causante de semejante comportamiento? Porque Lola y Virtudes, después de terminar sus estudios superiores (la primera era licenciada en filología románica y su hermana, abogada), renegaron de sus costumbres cuando, desde niñas, correteaban con su padre (Bon día, tío Figot i la compaña) por la sierra Mariola en busca de tomillo y otras hierbas aromáticas con que aliñar los guisos de su madre. Ahora ya, hamburguesas y patatas congeladas para freír, ketchup y, cómo no, salchichas holandesas. ¿Y Teixereta, y la Mola Alta de Serelles, y el Cavall de Bernat y ...? Sacros lugares donde las dos hermanas disfrutaban con la oración a la Naturaleza y las caminatas para después, a la sombra de un frondoso olivo, o de una encina, saborear la excitante pericana, el allioli del tío "Figot" y el blst fressat o els bajoques farcides de la mare, la sennyora Frasquita, que calentaba en los hogares más naturales que encontraba a su paso por la montaña, junto a cualquier desnuda peña, desde donde, en lontananza, se divisaban los blancos predios dispersos por el valle y los trinos de las aves canoras dejaban en el rústico ambiente montañés la impronta de la más variada y mística avemaría.

No. El tío "Figot", después de que su amigo el médico le hablara sobre las virtudes nutritivas y curativas de la dieta mediterránea, de las protinas y de los ... ¿Es diu gulúcidos?, ya no estaba dispuesto a comer merda. Cómo lo iba a disponer, era algo que aún lo ignoraba. Pero sí había llegado al convencimiento de que en adelante sus hijas no le iban a tomar el pelo. Si a ellas les gustaba comer mal, ¿qué podía hacer él para evitarlo? Nada. Por lo tanto ...

Comoquiera que Hans estaba en Alemania y no volvería a España hasta el próximo verano, y de igual manera Marcelo estaba en A Coruña, donde se había desplazado por una temporada, el bueno del tío "Figot", aturdido por el insospechado despertar de sus viejas tradiciones, pensó en irse a la montaña para meditar en la resolución que estaba a punto de tomar. Decisión ésta que precisaba madurar. Él era un campesino que apenas sabía escribir, aunque no un ignorante como tantos otros que después de roturar la tierra empleaban su tiempo de ocio en jugar al dominó, y además se dejaban los cuartos en la taberna. No en vano había dedicado su vida, desde que tenía nueve años, a prestar auxilio a su padre y a su abuelo en las tareas propias del campo. Desde enjaezar las mulas hasta limpiar la gorrinera, sembrar el surco, arrancar abrojos en las paratas y ajustar mojones en el cortinal de la familia, lo había hecho todo. Quería que sus hijas fuesen auténticas señoritas que después de estudiar gozaran del sudor de sus progenitores. Pero gozar como Dios manda y no, yendo los fines de semana a la discoteca a fumar y beber como unas descosidas; no, alimentando el cuerpo con bazofia. El cuerpo/templo que él tanto había amado cuando eran niñas lavándolas en la tina, incluso peinándolas a veces, o haciéndoles cosquillas en las axilas mientras las risas llenaban de júbilo el hogar.

Abatido, y en sus lagrimales el agua añil de la tristeza, el tío "Figot", sin prisa alguna que pudiese impedir las reflexiones que necesitaba hacer, buscó en la montaña la paz espiritual que lo acompañase. Largo camino el suyo que, desde la sillada donde se encontraba y aspirando con la fuerza de un búfalo el frescor de la mañana, iba a emprender por breñas y coteros, por sendas de cabras y cebreros hasta llegar a la cima desde donde poder contemplar con ojos históricos su pretérita vida, trabajando y correteando por el valle.

- Aquesta és la muntanya! - exclamó el anciano, apoyado en su cayado.

Desde el inhóspito lugar donde se encontraba, rememorando tiempos pasados, contempló ahijaderos y prados, barbechos y longueras. Vio - y sintió en lo más hondo de su ser- la tierra cultivada desde tiempos inmemoriales; la misma tierra de la que él y los suyos se habían nutrido. Y lloró.

- Hi ha molts valencians ... -pero no pudo terminar la frase, porque de haberla concluido habría tildado a sus hijas de renegadas. En lugar de pensar en negativo, recitó en voz alta un párrafo de Jeroni de Moragas que su Lola le había leído infinidad de veces cuando estudiaba letras y estaba entusiasmada con su tierra, con su habla y con su gastronomía, que no cambiaba por los más sofisticados manjares -: Silenci de la mar quan està quieta, silenci de l’abre quan es para el vent, silenci de l’aire quan el cel posa a l’horitzó els set colors pàllids de l’aurora. ¡Quantes coses deixaríem de sentir si no fossin aquests silencis!

Si al tío "Figot" le costó ascender por la sierra que había elegido para meditar sobre la decisión que, por fin, iba a poner en práctica de inmediato (Sens esperar a demà. ¡Ja!), bastante más tuvo que padecer cuando se encontró con el inevitable cotero por donde, al subir, tuvo que valerse de la garrota. Sus setenta años, aun sintiéndose vigoroso, no daban para más.

Haig d’anar xano-xano per aquesta pendent -pensó el labriego con no poca cautela, puesto que la inclinación del terreno le aconsejaba prudencia. De vez en cuando, eso sí, detenía sus pasos para admirar una vez más -¿cuántas ya en su vida?- la ondulante serranía que ante su mirada iba adquiriendo valores de inconcebible belleza. Hermosura rebosante de matices que jamás, aunque su vida se prolongase hasta el día del Juicio Final, podría aprehender para morir satisfecho de haber conocido en su totalidad tan extraordinario paraje.

En una de sus paradas contemplativas, cuando ya el cansancio iba convirtiéndose en fatiga, decidió tumbarse a la sombra de una carrasca. Semejante agotamiento ¿era causa exclusiva de la caminata? Él sabía que no. Si estaba a punto de echar los bofes, no sólo era debido al exceso físico realizado. ¿Y la pesadumbre? ¿Y la conciencia? ¿Acaso tales movimientos anímicos no eran motivos suficientes para que su psiquismo contribuyese a la extenuación que sentía? Iba a tener que enfrentarse a su mujer y a sus hijas, por primera vez en su vida de un modo serio y determinante. No le quedaba otra alternativa. Hans tenía razón: "Cuídate de las malas comidas. En esta comarca se hallan los nutrientes necesarios para alcanzar la envidiable longevidad que todos deseamos. Con una alimentación sana y una vida serena entre estas montañas, a vivir más años que Matusalén".

Un vistazo más a los montes, a los valles y a las masas arbóreas de su amado Alcoi. Y arrancando una margarita, pensó en voz alta: Aquesta flor, per a Frasquita.

Al regresar Marcelo de Galicia se apresuró a visitar a su amigo "Figot". Fue a mediodía, pero no lo encontró en su casa.

- Ay, Marcelo, qué disgusto tenemos - dijo Frasquita, acongojada -. Hace más de medio mes que Antonio no come en casa. Se va a media mañana y regresa a la hora de dormir la siesta. Por más que le preguntamos mis hijas y yo qué le pasa, por qué está tanto tiempo fuera de casa, si le hemos hecho algo que lo haya podido enfadar ... En fin, que nos interesamos por él y no hay manera de sacarle otras palabras que no sean estoy bien, no me pasa nada, no os preocupéis por mí. A ver si tú puedes ayudarnos. Supondría para nosotras la tranquilidad que necesitamos.

Non o poido creer, pensó el gallego, pero nada dijo a la señora Frasquita de su extrañeza. Hablaría con él, claro que sí, aunque sabía por anticipado que no iba a valer de nada su intervención. Quedaron en que volvería por la tarde a una hora prudencial por ver si lograba convencerlo de que fuese con él a dar un paseo y a tomar unos vinos. En efecto, al atardecer se personó en casa de sus amigos.

Marcelo fue recibido con alegría por las tres mujeres de la casa; pero el tío Figot estaba de mal humor y, aunque lo recibió con amabilidad, se le notaba en el semblante como una clase de hastío que el gallego atribuyó a su presencia en el hogar. Quizá, llevado por su afán de ayudar a sus amigos, había precipitado los acontecimientos, pero, como se verá, no sucedió así.

Una vez adentrados en la animada conversación, que tanto Lola como Virtudes propiciaron con sus chanzas, Lola, inoportunamente, le pidió a Marcelo que les hablase en gallego sobre lo que éste quisiera. El tío "Figot" no opuso la menor resistencia a la demanda de su hija, aunque se retorció en la silla.

- Me encanta oírte hablar en tu lengua. El gallego es tan cadencioso y dulce ... - Era lo que faltaba para que al señor Antonio se le arrugase el ombligo.

Marcelo dudó por unos instantes. ¿Y si metía la pata? Pero deseaba complacer a la chica, y también notaba en sus interioridades un cierto regustillo a melaza al pensar que podía brotar en su amigo el deseo de competición dialéctica. ¡Menuda fiesta iban a tener si, uno hablando en gallego y el otro haciendo lo propio en valenciano, montaban el circo! Por lo tanto se arriesgó, con cierto éxito:

- Bueno, para complacer a Lola, vaya por ella mi parrafada: ¡Oh, miña nai, miña naisiña! Hei visto o tren; 0toca ferro contra ferro e corre como o demo.

Sempre hi ha algún imbécil ... i animals domèstics, sobretot ací - masculló el tío "Figot" en voz baja, sin que nadie le entendiera. Pero sonrió, tratando de mostrarse indiferente. Si creían los contertulios que con gaitas lo iban a llevar al redil, estaban equivocados. Luego, mirando a su hija Lola con cierto resquemor, volvió a pensar: El dia de demà fugiràs de casa: ha crescut molt aquesta parra. Se refería, como quedaba plasmado en su pensamiento, a que su hija Lola abandonaría el hogar algún día y que su casa había crecido bastante, no porque lo compusieran muchas personas sino porque dos de ellas dominaban la vida familiar. Fuera de esto, nada significativo sucedió. Sus dos chicas festejaron con aplausos la parrafada de Marcelo, y Frasquita, que hubiese dado diez duros por un rincón, se había limitado a sonreír. Luego, con singular simpatía, las dos hermanas sirvieron una merienda "moderna" a base de hamburguesas y fondue de queso en vino blanco, sin que el "hombre de la casa" probase bocado.

- Menja molt, filla, i escriu després - le dijo con sorna a su hija Lola. Come mucho y escribe después: tus prosas y poemas; tus cantos a la vida sin sentido después de haberte hartado de mierda, mientras en las verdes huertas, en los olivares y en los viñedos intentan hincar sus emponzoñadas raíces, como cizaña que espera su triunfo, la salchicha ahumada y el aceite de palma, la hamburguesa, el fondue y la Coca-Cola. Menja molt, filla, i escriu després.

Marcelo, como puede suponerse, se vio imposibilitado para invitar a su amigo a dar una vuelta por la ciudad. Tiempo habría para charlar. Al despedirse, viendo que llovía, murmuró: Para poder saír polas rúas sen paraguas hai que esperar ós veráns, y el tío "Figot", después de haberle abrazado, le regaló un paraguas. Luego, para sorpresa de todos, le respondió al gallego en castellano, sin balbucir: "Ya vendrá el verano".

Pasaron los días sin que Marcelo se entrevistara con su amigo, el tío "Figot". Cuando podía localizarlo ("Tal vez mañana podamos vernos, tengo que ir a Xixona"), al día siguiente no lo encontraba en su casa ("Che me leva do cul"). Era verdad: el señor Antonio lo llevaba de culo, le huía, y su propia mujer lo acusaba de intolerante; pero Marcelo, que consideraba a su amigo de manera positiva, pensaba: "Ata que se demostre a súa culpabilidade é inocente".

Cierta tarde, cuando la familia del tío "Figot" esperaba el regreso, ya retardado, del cabeza de familia (Lola pensaba con asco sobre la predominancia masculina), apareció él -el rebelde campesino, hijo contestatario de la tradición-, borracho de vino y de melancolía. No podía tenerse en pie (Caigué del ruc, duent-lo tot seguid al`hospital). Se refería a un amigo suyo, viejo campesino que había tenido un accidente con su burro y se había roto una pierna. Anava a casa de sa germana. Desitjaba estar prop ... Mas no pudo concluir su relato porque, ayudado por su mujer y su hija Lola, se dejó caer de bruces en la cama.

- ¡Mamá! -exclamó Lola, determinada con energía a poner fin fuere como fuere, con buenas palabras o por la brava, al comportamiento provocativo, insolente e irracional de su progenitor-. O se arregla este asunto o mi hermana y yo procederemos en consecuencia. No estamos dispuestas a consentir que en esta casa impere el desorden. Papá no sólo actúa de por libre, sin tener cuenta para nada nuestra opinión, sino que además se emborracha. Ayúdanos o, por el contrario, nos vamos de casa.

La madre -que sabía lo que sabía y no quería ir en contra de su marido, porque era consciente de que él tenía razones sobradas para rebelarse contra toda su familia-, desafiando a su hija con el mismo ímpetu que ella empleaba para salirse con la suya, le espetó con valentía:

- Vuestro padre siempre ha sabido comportarse con decencia. Si hoy se ha emborrachado, pensad en los motivos que ha tenido para hacerlo. ¿Qué queréis de él, que sea un monigote en vuestras manos? A partir de ahora mismo voy a estar de su parte. Si de verdad aspiráis a marcharos de casa, la puerta del piso está abierta. Y si no queréis salir por la puerta grande, hacedlo por la otra: por la de la cuadra. Os hemos dado cultura y carrera para que podáis defenderos en la vida, y ya sois mayores. Insisto: tenéis dos puertas abiertas.

Lola y Virtudes quedaron anonadadas. No esperaban de su madre una reacción tan opuesta a sus expectativas.

- Ah, ¿sí? - respondió Virtudes. ¿Sabías que se está gastando el dinero de la familia en ir a comer a buenos restaurantes de Onil, de Jijona, de Alicante, de Cocentaina ... y que no se desplaza a esos sitios precisamente en burro, sino en taxi? -y le enseñó a su madre unas cuantas facturas que había encontrado en los bolsillos del pantalón de pana de su padre cuando se disponía a lavar su ropa.

- Es su dinero; el que ha ganado con su sudor. Desde hace años, por mi propia voluntad, tenemos la legal separación de bienes que nos hace económicamente libres. Lo que a vosotras os duele no es el estado de salud mental de vuestro padre ni la mía, sino la herencia que esperáis recibir cuando él y yo nos vayamos.

El silencio, en la mayoría de las ocasiones, no tiene relación alguna con la necesaria soledad humana para contemplar la vida desde los arcanos más profundos del ser. Pero a veces, cuando los límites de la sorpresa y de la frustración rebasan la capacidad humana para mantener una postura egoísta, brota de la oscuridad anímica la luz del entendimiento. Virtudes y Lola, después de unos largos y densos instantes de reflexión, cuando la sorpresa puso fin a la soberbia, se encontraron de improviso con la voz de su conciencia.

Sin excusas y sin decir adiós, Virtudes y Lola salieron de casa por la puerta de la cuadra.

- No ploriquejes mes, que ja vindràn -trataba el tío "Figot" de calmar a su mujer cuando, a la semana de haber abandonado sus hijas la casa, su madre estaba desesperada por no saber nada de ellas. ¿Estarán viviendo en Alicante? ¿Ellas solas? ... Preguntas sin respuestas y llantos sin remedios, mientras el viejo campesino (no ploriquejes mes, que ja vindràn) sorbía pausadamente de su taza de café. Pero entrada la noche, cuando ya iban a acostarse, sonó el timbre de la puerta. Un profundo suspiro de la señora Frasquita acabó con el momentáneo silencio que se produjo tras la llamada, e inmediatamente abandonó el comedor para recluirse en el baño con el fin de lavarse la cara y borrar las huellas de su prolongado llanto.

Cuando el tío "Figot" abrió la puerta, se encontró con sus hijas.

- Bona nit, pare - saludó Lola, expresando lo mismo Virtudes.

- Bona nit, filles - respondió el padre, quien, sin demostrar la inmensa alegría que estaba sintiendo (como si nada hubiera sucedido desde que las dos mujeres abandonaron su hogar), les preguntó si es que habían extraviado las llaves de la casa. La respuesta, tímida, fue negativa; y cuando, aparentando extrañeza de que sus propias hijas no se decidieran a tomar asiento les preguntó por qué seguían de pie, Lola respondió:

- Nosaltres, pare, volem ...

Relatar la actitud humilde de Lola y Virtudes, sus nerviosos gestos y ademanes; referir con fidelidad lo acontecido cuando su madre salió del aseo y pormenorizar cuanto las hermanas arrepentidas expresaron con lágrimas en los ojos, supondría el riesgo de rozar el sentimentalismo. Baste con significar que, después de haber pedido perdón a sus padres por la conducta insolidaria que habían tenido con ellos, el comprensivo anciano (que cuando sus hijas le hablaron en valenciano supo con certeza que ya estaban ganadas para su causa), a su manera, mezclando términos valencianos con otros, castellanos, les abrió el corazón con la sapiencia de un socrático.

Si el discurso del tío "Figot" fue algo enrevesado por la antedicha causa y por querer transmitir a su progenie los conocimientos médicos que le había legado Hans, en el fondo de cada una de sus palabras brillaba con intenso fulgor el don de la sabiduría.

¿Qué sería de sus hijas si abandonaban decididamente la lengua madre y dejaban en el olvido sus orígenes? El vacío y la disposición de ánimo para emprender la miserable vida por la que camina la juventud, sin más Dios que el sexo y el dinero, la insolidaridad y el miedo, la ansiedad y la desesperanza. También, con la sencillez del campesino y el conocimiento de un filósofo, las exhortó a que comprendieran que una acertada dieta (la mediterránea sobre todo) posee la virtud no sólo de prevenir y curar, sino también la de rechazar para el espíritu lo que el cuerpo sano repudia. Sin dejar de lado el progreso ni enclaustrarse en el conservadurismo pernicioso. Se puede una divertir en la discoteca y tomarse un par de güisquis llegado el caso; amar sin vanos impedimentos morales; mantener siempre vivo el necesario egoísmo, para que los codazos de la vida social se estrellen contra el mullido acolchado de la individualidad. Tomando la alimentación como una filosofía no habrá fuerza negativa capaz de derrumbar el templo del amor.

- Lola, estudia molt, passeja prou i menja poc i be.
¿Qué más podía decir el señor Antonio, hombre ilustrado en la vida rural, que pudiera servirles a sus hijas como antídoto contra la insalubridad del cuerpo y del alma? Sólo y únicamente lo que sus dos hijas, a coro, le recitaban cuando aún llevaban trenzas: un bello poema de Josep Carner:

Per una vela en el mar blau
daría un ceptre;
per una vela en el mar blau,
ceptre i palau.
Per l’ala lleu d’una virtud
mon goig daría
y el tros romput que mresta,
de joventud.
Per una flor de romaní
l’amor daría;
per una flor de romaní
l’amor doní.

Por favor, que nadie se asombre. No pasa nada. Nada sucede en vano. Cualquier circunstancia adversa tiene su porqué, y el origen de la riña que tuvieron Lola y Virtudes con sus padres no fue gratuita sino, como casi siempre sucede en las buenas familias, por dinero.

El tío "Figot", a la semana de ir en casa todo sobre ruedas y de pedir consejo a Marcelo (que, dicho sea de paso, tenía sobrada experiencia en la clase de conflictos que su amigo le presentaba), consideró oportuno liar un poco la madeja en su hogar. Era inevitable dar el paso, y nunca mejor que en aquellos momentos. No obstante él era consciente de que, si bien la situación le era más o menos favorable, al tratarse de testar a favor de sus hijas se iba a generar un serio problema, puesto que había decidido dejar en manos honestas una parte sustancial de sus bienes para crear una escuela de gastronomía. No un establecimiento cualquiera, sino una fundación especializada en la enseñanza de la cocina mediterránea. ¡Qué me dices!

Al principio sucedió lo normal en estos casos: caras de extrañeza, gestos agrios, rubor de mejillas; a Lola que se le cae un plato de las manos, la abogada, que piensa sobre jurisprudencia; la señora Frasquita -conocedora del asunto- mirando aquí y allá, menos a los ojos de sus queridas hijas ... En fin, todo un poema. Pero el señor Antonio, chito mondongo.

La segunda parte comenzó con razonamientos de todo tipo: la unidad familiar, la casi imposibilidad de encontrar manos honestas, el porvenir de tus hijas, la ineficacia -por lo incómoda y lenta- de la cocina antigua ... Pero el señor Antonio, chito mondongo.

Respecto al final del monólogo -porque eran las hermanas las únicas que hablaban-, digamos que fue un estallido de amenazas, mientras el tío "Figot", chito mondongo, no dejaba de sonreír con tristeza.

- ¿Has olvidado que soy abogada?
- ¿Y tú ...? ¿Has olvidado que tu padre - terció la señora Frasquita- puede gastarse en picapleitos el doble de lo que piensa dejar para crear la escuela que ha dicho?

- L’abre no deixa vore el bosc - habló por fin el señor Toni, y luego, palpando su garrota como quien distraídamente acaricia a un gato, le dijo a Virtudes que la más efectiva amenaza que ella podía hacerle era callar.
- Pues callaré, pero actuaré en silencio.

- I jo també. -Acto seguido, y sin mediar más palabras, arremetió a garrotazos contra la mesa a la que estaban todos sentados, rompió una silla lanzándola al suelo con todas sus fuerzas y, encendido de coraje, dijo: Bona nit.

El tiempo, nadie debería dudarlo, es el más activo quitapenas que, como el vino, mitiga, si no borra, las amarguras. Del mismo modo las de el tío "Figot" y la senyora Frasquita, creados por la Naturaleza con los ingredientes del amor.

¿Venció el anciano matrimonio en la disputa originada por sus dos hijas? ¿Perdieron ellas la guerra declarada a sus padres? Ni lo uno ni lo otro. Veamos, pues, lo que aconteció.

Transcurrieron varios meses sin que padres e hijas se hablaran, pese a los intentos del matrimonio por hacerlas reflexionar. No había manera de arrancarles una sola palabra, hasta que los dos ancianos, aburridos y apenados, recurrieron a la ayuda del coruñés.

Déstelles todo canto pediron e agora non vos falan, pensó Marcelo sobre el injusto comportamiento de Lola y Virtudes para con sus padres. Toda su vida dándoles cuanto pidieron y ahora sin hablarles, pero tampoco sin abandonar la casa donde habían nacido. Penso que vos convén cambiar de actitude. De estas reflexiones, y de otras que fueron fructificando en la mente del amigo, surgió, transcurridos otros tantos meses, la solución.

En efecto, siguiendo los consejos del gallego sabio, el tío "Figot" y su mujer cerraron filas y despacharon a sus hijas de casa. Sobre todo a la madre, le costó terribles noches de insomnio y largos días de llanto; pero ganaron la partida cuando Lola y Virtudes supieron que sus padres pensaban desheredarlas gastándose los cuartos en el proyecto del viejo campesino. Se quedarían con lo indispensable para vivir el restos de sus días, sin estrecheces, y ... "que Dios reparta suertes".

Fin de una etapa, de dos modelos de vida diametralmente opuestos, pero que, engendrada la crisis por la magnanimidad de dos ancianos y el egoísmo de dos mujeres, hijas de la fortuna y diablesas al servicio de su ambición, fructificó para estimular y favorecer la solidaridad humana.

Xixona estaba de fiesta. Fue en un domingo abrileño, cuando la primavera emplea sus portentosas fuerzas para vestir de gala los campos y engalanar la vida con el fruto de los besos. Don Antonio Ripoll Galiana y doña Frasquita Aracil Sirvent, ante el altar mayor, rezaban el paternóster. También sus hijas, junto a ellos, con mantilla y breviario, bisbiseaban no sabemos si oraciones o lamentos; pero allí estaban, junto a sus padres, al pie del presbiterio y al lado de Marcelo.

- La pau ens somriu i Dèu tremola -pensaba el señor Galiana, vestido con traje oscuro y corbata, mientras al lado de sus hijas Marcelo, mirando de soslayo a Lola, cavilaba en su idioma acerca de ella: Aínda que pareza parva non o é. Claro, ¿cómo iba a ser boba una mujer que había llevado a sus padres de cabeza desde que nació, en todo momento y circunstancia clavada en su apetencias y sin considerar para nada el sufrimiento de sus progenitores? Esto lo tenía muy en cuenta Marcelo. Como también sabía que la familia del tío "Figot" hacía aguas por todas las cuadernas de la nave familiar y no habría de ser posible calafatear las abiertas juntas que el tiempo había dilatado. Pero estaban en misa y pronto iba a celebrarse el acontecimiento del año.

Terminado el oficio religioso, la comitiva se dirigió al descampado donde iba a dar comienzo las obras de la "Escuela de Gastronomía Mediterránea". Las grandes paelleras humeaban y el gentío, más atento a los aromas culinarios que a los rituales socio/políticos, soñaba en espiral de caracolas con hundir la cuchara en el plato de plástico.

(Se nos ha olvidado apuntar que fue Virtudes, por indicación de Marcelo, la que le sugirió a su padre que una empresa de tal envergadura debería estar avalada por las autoridades y el pueblo en general. El tío "Figot", que no tenía ambiciones personales ni le agradaba salir en los papeles ni que le hicieran la foto, aceptó la propuesta, siendo la abogada la que removió cielo y tierra para que el señor alcalde asumiera la propuesta de su padre como principal mecenas de un hecho beneficioso para el incremento del acervo cultural, no sólo de la provincia alicantina sino de toda España, y, quién podía saber si, por extensión del mundo entero.)

El final fue esplendoroso por la terneza del tío "Figot" y la altura humana de la primera autoridad municipal. El señor alcalde de Xixona no quería ser, de ninguna manera, el que colocase la primera piedra. Magnífico gesto de un político sabio que, sin hacer alardes dialécticos, dio un breve discurso magistral recomendando a su pueblo la unidad. Y el tío "Figot, cargando sobre su alma la humildad del campesino, se vio obligado a ser el protagonista del acto. No obstante, cuando se dispuso a coger en sus manos la laja simbólica para la edificación del templo gastronómico, mirando tiernamente a su mujer, le suplicó:

- Frasquita, per favor ..., jo sols no puc ...

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