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El tren de la muerte

Ricardo Aguilar Pomar

México



Cuando se tienen 14 años de edad, 6 meses de scout y se es un patrullero de la Patrulla Aguilas del Grupo 2, de la Parroquia de San Cristóbal, barrio bravo de la Ciudad de Mérida, no hay hazaña imposible ni enemigo invencible.

Por eso, cuando Wilbert, nuestro Jefe de Tropa, nos anunció una próxima excursión a las grutas de Loltún (en maya, Flor de Piedra), la desbordada imaginación de los Aguiluchos comenzó a funcionar a ritmo vertiginoso para maquinar una audaz hazaña digna de ser contada en las fogatas de campamento del Grupo durante los siguientes 50 años, ...........por lo menos. (1)

El plan de la Tropa era muy sencillo : salir el sábado por la mañana, por autobús, hacia Oxkutzcab, ciudad cabecera del municipio, situada al pie de la somera serranía que cruza el Estado de Yucatán, de Oriente a Poniente, a unos 60 kilómetros al Sur de Mérida. Allí pernoctaríamos donde se pudiera - al fin resultó ser la casa parroquial - para salir en la mañana del domingo, cerro arriba, por empinadas veredas, hasta llegar a la boca principal de las imponentes grutas, “explorarlas”, y retornar por la tarde al pueblo para tomar el autobús de regreso a Mérida, distante unos 100 kilómetros de buena carretera.

El de los Aguiluchos era mucho más elaborado: saldríamos desde el miércoles por la noche, sin más equipo que el que pudiéramos cargar durante la travesía. Para evitar el sofocante calor del día, pese a que estábamos a mediados de Diciembre, acordamos caminar sólo después de ponerse el Sol, aprovechando el fresco nocturno, y descansar durante el día en algún poblado, donde podríamos conseguir de comer y beber y, además, explorar lugares que no conocíamos. (Así había leído el cerebrito de la patrulla que se hacía en el desierto, pues aunque Yucatán no es precisamente el Sahara, estábamos ya en tiempo seco, y sus días soleados son muy calurosos, sus noches frescas, y sus madrugadas, de un frío húmedo que cala los huesos).

La ruta sería el angosto y polvoriento camino que, por aquellos tiempos, finales de 1949, discurría siguiendo a trechos la línea del tren, uniendo las cabeceras municipales de Kanasín, Acanceh, Tecoh, Ticul, Oxkutzcab, Tekax, Tzucacab y Peto, en la larga ruta suroriental de los entonces Ferrocarriles Unidos de Yucatán, únicos en la Península, que años más tarde se fusionarían con los Ferrocarriles Nacionales de México, al llegar a Yucatán el ya legendario Ferrocarril del Sureste, en 1957, rompiendo el aislamiento terrestre que por siglos separó a Yucatán del resto de la República

Después de una semana de febriles preparativos y largas discusiones para afinar hasta el último detalle, al fin llegó el esperado día, o mejor dicho, noche de la partida.
Abordamos un autobús urbano que nos dejaría en los límites de la ciudad, rumbo a Kanasín, primera etapa de nuestro viaje. Los 4 aguiluchos que sobrevivimos al riguroso escrutinio de nuestros padres y conseguimos el ansiado permiso, inspeccionamos mutuamente nuestro recortadísimo equipaje e iniciamos la primera jornada de nuestra Gran Aventura.

Por increíble que ahora nos parezca, no contábamos con un mapa de la ruta, ni teníamos idea de los pueblos que serían nuestra referencia. Contábamos en cambio con una gran confianza en nosotros mismos, un gran ingenio que dejaría chiquito al legendario Ulises, y un optimismo a prueba de crisis sexenales (aún no se inventaban). Al cabo, ¿no éramos scouts y Aguilas del 2 ?. En caso de atorarnos, preguntaríamos, o en todo caso, seguiríamos la vía del ferrocarril que nos conduciría infaliblemente a nuestro destino, así que, ¿por qué preocuparnos por detalles sin importancia?.

A eso de las 11 de la noche, cruzamos un Kanasín desierto y en tinieblas, ya que en esos tiempos sólo las poblaciones más importantes, como las cabeceras municipales, contaban con plantas generadoras de electricidad que daban servicio doméstico y alumbrado público, hasta las 10 de la noche. Después de un mini-apagoncito de aviso 15 minutos antes, en que el parque y las calles se despejaban en un dos por tres, todo el mundo se iba a su casa a hacer sus últimos preparativos para dormir, a la luz de la vela o el quinqué de petróleo.

Atravesamos el poblado por el centro de la calle (por si las dudas) y en medio de un impresionante silencio, roto solamente por resonar de nuestra botas en la oscura calle y por el ladrido de decenas de perros que nos acompañaba desde más de un kilómetro antes y después de pasar por el poblado (según los lugareños, pueden oler a los forasteros desde lejos). Al principio esto nos atemorizaba un tanto, pero pronto nos acostumbramos a considerar este concierto perruno como una bienvenida local.

Continuamos la marcha, interrumpida solamente por breves descansos para reacomodarnos la carga y echarnos un trago de agua. Atravesamos un par de “haciendas”, pequeños poblados formados en torno a lo que fueran prósperas haciendas henequeneras, de las que hoy sólo se conservan los vestigios, más o menos conservados, de las construcciones principales: la capilla, la sala de máquinas, donde se raspaban las pencas del henequén para extraerles la fibra, y la “casa principal”, donde se alojaban los patrones y sus familias, generalmente residentes en Mérida, cuando decidían visitar o vacacionar en sus fincas.

El cansancio se nos hacía cada vez mayor. La temperatura había descendido sensiblemente y nos enfriaba las camisolas húmedas de sudor. La creciente neblina nos calaba hasta los huesos y, contra el sueño y la fatiga que nos exigían al menos un par de horas de descanso, nos mantenía en marcha la necesidad de encontrar un lugar resguardado de la intemperie para hacerlo. Ya podíamos oír los consabidos ladridos que nos avisaban que estábamos cuando más a un par de kilómetros del próximo poblado, seguramente Acanceh, la cabecera municipal, donde podríamos dormir, de perdido en el piso de los corredores del Palacio Municipal. Pero el cuerpo ya no nos respondía. Los músculos de muslos y pantorrillas nos dolían terriblemente, al igual que los de los hombros, donde las correas de las mochilas se nos clavaban. Sentíamos que no podíamos dar ni un paso más.

Decidimos descansar ahí mismo, pero ¿dónde?. En medio del camino, pedregoso y cubierto con una fina capa de polvo fino como talco, aparte de incómodo, podía resultar muy peligroso. Aunque en toda la noche no habíamos visto un solo vehículo por aquellos solitarios caminos, transitables tan sólo por camiones de carga, no descartábamos que al amanecer algún camionero madrugador pudiera darnos un susto, o peor aún, pasarnos encima.

Desde rato antes habíamos notado que la línea del ferrocarril se desviaba a la derecha y se internaba en el monte, apartándose del camino, aunque el terraplén, ya sin rieles, continuaba su trazo original a un lado del camino. También habíamos observado en tramos anteriores que el tren se apartaba del camino para más adelante reencontrarse y continuar nuevamente por su lado derecho.

Este providencial terraplén sin vías, cubierto por algunos arbustos secos (estábamos ya en plena época de secas), aunque a cielo abierto, nos ofrecía la mejor y más segura opción para descansar. Nos deshicimos de las mochilas y desempacando las cobijas, nos acostamos, nos envolvimos hasta la cabeza con ellas, y un instante después caímos en un profundo sueño.

En un estado de total inconsciencia, perdimos toda noción del tiempo y del lugar, por lo que no sé si habían transcurrido 20 minutos o 2 horas, cuando comencé a escuchar un ruido indefinible que a cada momento crecía en intensidad. Saqué la cabeza de la cobija para oír mejor y me vi envuelto en una espesa neblina que me impedía la visión a una distancia mayor de los 30 o 40 metros, en tanto que aquel estrépito infernal se acercaba segundo a segundo.

Incorporándome a medias, lo primero que vi fue una intensa luz, difusa por la espesa niebla, que a dos y medio o tres metros de altura sobre el suelo se dirigía directamente hacia mi, deslumbrándome. Apenas un segundo después, apareció entre aquella bruma espectral un enorme monstruo metálico que al fin pude discernir con la forma de una vieja locomotora de vapor, que con un ruido ensordecedor se precipitaba sobre nosotros.

Por una fracción de segundo pensé que, imprudentemente, nos habíamos acostado sobre la vía del tren y que aquella máquina infernal estaba a punto de destrozarnos. De un salto me puse de pie, y antes de hacer algún movimiento para intentar ponerme a salvo, aquella horrible aparición dio un inesperado giro y, desviándose de nosotros, se internó, como flotando a ras del suelo, entre la brumosa espesura del monte. El horrible ruido que la acompañaba decreció rápidamente y, pocos segundos después, un sepulcral silencio nos envolvía.

Sólo entonces me acordé de mis compañeros, que habían quedado a mis espaldas, y me los encontré inmóviles, como clavados en el piso, pálidos como cadáveres y con los ojos desmesuradamente abiertos. Apenas pudimos balbucear en voz baja un -¿viste eso?-, a lo que todos asentimos en silencio. Sin decir palabra, recogimos nuestras cosas y reemprendimos la marcha, con suficiente adrenalina en la sangre como para olvidarnos del sueño, el hambre y el cansancio.

A una media hora de marcha, clareando ya el nuevo día, entramos al pueblo de Acanceh, cabecera del municipio del mismo nombre. Poco antes de llegar al parque central encontramos una tienda abierta, y sintiendo ya el apremio del hambre, entramos a ver qué conseguíamos para comer. Desayunamos, como después lo haríamos en los días siguientes, con pan dulce y refresco embotellado. Confortados por nuestro parco alimento, y ya de otro talante, nos decidimos al fin a comentar nuestra reciente terrible experiencia, tratando de encontrarle alguna explicación posible, sin llegar a ponernos de acuerdo.

Sentado en el extremo de la larga banca de tablón, sin respaldo, infaltable en cualquier tienda de pueblo, donde estábamos “desayunando” y haciendo conjeturas, se encontraba un anciano campesino maya, con su indumentaria característica. Después de escucharnos en silencio durante un largo rato, al fin se decidió a intervenir, diciéndonos : -“niños, lo que ustedes vieron fue un mal viento”- forma autóctona de decir que lo que habíamos visto era un mal espíritu o una aparición.

¿Un qué? preguntamos a coro -“eso mismo, un espanto”- nos repitió, y no se mostró dispuesto a decirnos más.

Ante nuestro insistente acoso para que nos explicara la espeluznante revelación que acababa de hacernos, y comprendiendo que ya no lo dejaríamos en paz, al fin se decidió a hacernos la narración que ahora vamos a contarles:

“Hace muchos años, siendo todavía un muchacho, ocurrió una terrible desgracia aquí como a media legua del cabo de pueblo. Fue por estas fechas, en que todavía se celebran en Peto las fiestas religiosas de la Virgen de la Estrella, santa patrona de la villa, cuando un tren cargado de peregrinos procedentes de Mérida y de los pueblos de la ruta, se descarriló en la madrugada, poco antes de llegar aquí a Acanceh.
Hubieron muchos muertos, y los heridos daban terribles alaridos entre los hierros retorcidos de los vagones.
Aún me acuerdo de un pobre hombre herido y con una pierna atrapada bajo los restos de un vagón volteado que, incapaz de resistir más el sufrimiento, pedía a gritos que lo salvaran o que le quitaran la vida. Un campesino que pasaba por el lugar, seguramente en camino a su milpa, al ver el sufrimiento de este hombre, sacó del sabucán que portaba su afilada coa de trabajo, y sin decir palabra, de un solo tajo le cercenó la pierna atrapada. El hombre dio un grito horrible y se desmayó. Sin perder la calma, el improvisado cirujano, tomando un pedazo de cuerda de henequén que hacía las veces de correa de su sabucán, le amarró fuertemente el muñón para evitar que se desangrara, y así le salvó la vida.
De este hombre de increíble sangre fría, nunca volvimos a saber. El accidentado, vecino del pueblo, anduvo en muletas durante muchos años, hasta que dejamos de verlo. Seguramente se murió de viejo.

A los muertos, que fueron muchos, los alinearon en el piso de los corredores del Palacio Municipal para que sus deudos los identificaran y se los fueran llevando. Los heridos fueron concentrados en la Sacristía para recibir los primeros auxilios o los últimos sacramentos.
El tren de Peto se hizo conocido como “el tren de la muerte” durante muchos años. Al principio, la gente, temerosa, evitaba abordarlo, pero no habiendo otro medio de transporte, siguió haciéndolo, y al correr del tiempo, se fue olvidando del maleficio.

Hoy en día, sólo la “gente antigua” del pueblo se acuerda de esta desgracia, pero durante las festividades de la Virgen de la Estrella, en Peto, nadie se arriesga a pasar de noche por el lugar del accidente, ya que cuentan que cada año, por estas fechas, vuelve a aparecerse el tren de la muerte y se oyen de nuevo los gritos de agonía de sus víctimas.

Niños, -nos aconsejó- tengan mucho cuidado cuando salga de noche, ya que los caminos del Mayab guardan muchos secretos que ustedes no conocen. Esta vez sólo se llevaron un gran susto por estar en el lugar y la hora equivocados, Fue mala suerte para ustedes, pero pudo haberles ido mucho peor”.

Nuestro amigo, el anciano campesino ya no dijo más, y nosotros, mudos de espanto, tampoco.
Más tarde, esa misma mañana, en improvisado consejo decidimos modificar radicalmente nuestros planes. En primer lugar, no volveríamos a caminar de noche. Como el sol y el calor eran insoportables, además de que estábamos agotados por la caminata y las emociones de la víspera, tampoco lo haríamos de día, por lo que el resto de la ruta lo hicimos “de botada” en camiones de carga, o en autobuses destartalados, por caminos intransitables.
Nos encontramos con gente amabilísima que, sin conocernos, a la sola vista de nuestros maltrechos uniformes scouts nos invitaban a comer y a conocer sitios interesantes sólo conocidos por los lugareños: cenotes, ruinas y grutas con vestigios mayas, e incluso nos conseguían caballos para ir sin cansarnos (bueno, esto es un decir, ya que con nuestra nula habilidad ecuestre, pasábamos más tiempo debajo del caballo que encima de él y de todos modos acabábamos molidos) pero nos divertimos como enanos, y cada día fue de inesperadas e inolvidables aventuras.

En lo personal, fue la más grande aventura de mi ya larga vida scout.

Como lo habíamos programado, llegamos puntualmente a Oxkutzcab el sábado por la mañana, algunas horas antes que nuestros compañeros procedentes de Mérida, con quienes compartimos al día siguiente una inolvidable visita a las bellas e imponentes grutas de Loltún.

Han pasado más de 50 años desde los acontecimientos aquí narrados. Quienes los vivimos aún sentimos un estremecimiento de terror al evocarlos, pero también recordamos con nostalgia aquellos despreocupados años de hermandad y aventura que pasamos en la Tropa.

Algún día les contaremos algo más sobre ellos, pero esa,..........bueno, esa ya es otra historia.

FIN

(1) El Grupo 2 de Mérida cumplió 50 de vida ininterrumpida el 28 de Junio de 1999......y ahí sigue. Cuando ocurrieron los hechos aquí narrados, el 2 era un Grupo nuevecito, de apenas 2 años de fundado.

Ver en línea : "Historias del Viejo Jefe"

Este artículo tiene © del autor.

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