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Cultura en Argentina (XVI): El límite de la iniquidad

Carlos O. Antognazzi

Argentina



La realidad se encarga de corroer eslóganes y errancias políticas. Para darle posibilidades a una buena idea hay que diseñar previamente una estructura que la contenga. La historia de los fracasos argentinos es la de ideas que se han desvanecido porque no hay nada sobre las que desarrollarlas. Por eso fallaron los controles que el Gobierno implementó hace 11 años con el incendio de la confitería Kheyvis. Y porque fallaron logramos los 191 muertos de República Cromagnon.

Salvo para las estadísticas, estos números no son importantes. Con sólo un muerto el Gobierno ya debería sentirse preocupado y trabajar para evitar otro en el futuro. Pero aquí los números mandan. Sin llegar al patológico Duhalde, que gobernaba exclusivamente sobre la base de encuestas, Kirchner sigue un derrotero similar: en medio del dolor de los familiares de las víctimas encargó un sondeo para saber dónde estaba parado. Esta actitud, quizás sin ser buscada, ha identificado el «límite inamovible» que proponía en mi artículo Del Homo Sapiens al Cromagnon (Castellanos, 14/01/05): el de la iniquidad.

Cultura en Argentina (XVI):

El límite de la iniquidad

La realidad se encarga de corroer eslóganes y errancias políticas. Para darle posibilidades a una buena idea hay que diseñar previamente una estructura que la contenga. La historia de los fracasos argentinos es la de ideas que se han desvanecido porque no hay nada sobre las que desarrollarlas. Por eso fallaron los controles que el Gobierno implementó hace 11 años con el incendio de la confitería Kheyvis. Y porque fallaron logramos los 191 muertos de República Cromagnon.

Salvo para las estadísticas, estos números no son importantes. Con sólo un muerto el Gobierno ya debería sentirse preocupado y trabajar para evitar otro en el futuro. Pero aquí los números mandan. Sin llegar al patológico Duhalde, que gobernaba exclusivamente sobre la base de encuestas, Kirchner sigue un derrotero similar: en medio del dolor de los familiares de las víctimas encargó un sondeo para saber dónde estaba parado. Esta actitud, quizás sin ser buscada, ha identificado el «límite inamovible» que proponía en mi artículo Del Homo Sapiens al Cromagnon (Castellanos, 14/01/05): el de la iniquidad.

Rigor aleatorio

La demora de Kirchner en terminar sus vacaciones y dar la cara tiene lógica: ninguna encuesta le había avisado lo que iba a ocurrir en República Cromagnon. Debió sentirse como Reutemann frente a la inundación: según él, tampoco “le avisaron” que el río acostumbra a crecer. Claro que, como al ex corredor, le cabe idéntica refutación: no hay respuestas a preguntas inexistentes. Es el Gobierno quien debe preguntar y obtener respuestas. Al Gobierno le compete generar las condiciones adecuadas para ello. Pero en Argentina, sumergida en el interés corporativo de facinerosos que lucran con el desinterés ciudadano, el Gobierno es cada día más inoperante. De nada sirven las purgas policiales o de funcionarios si previamente no se asume una postura ética que canalice el resultado de esas purgas.

Como antítesis, la corrupción se enseñorea en los pasillos, desde tribunales a las cámaras. Pero para que la corrupción avance se requieren dos partes: corruptor y corrupto. Si la ciudadanía (empresarios y contribuyentes en general) se ubica en el primer grupo, al Gobierno, con sus inspectores y funcionarios que inclinan sus principios al mejor postor, le cabe el segundo. Aunque en ocasiones son los funcionarios “piolas” los que corrompen a algún ciudadano de principio lábil.

En una encuesta organizada por La Nación (11/01705, p. 11) el 71,88 % de los consultados declaró estar de acuerdo con que Aníbal Ibarra sea interpelado en la Legislatura, frente al 23,44 % en contra. Pero el poder político decidió salvarlo. Fue respaldado por Néstor “Avestruz” Kirchner, Felipe Solá y Duhalde, por lo que se intuye una virtual intervención de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Duhalde (que nunca ha pensando seriamente en abandonar la política, como quiso hacer creer) puso a uno de sus hombres en un puesto clave: Juan José Álvarez. Resta averiguar el costo de la ayuda.

Ibarra generó un golpe de efecto y expulsó al secretario de Justicia y Seguridad Urbana, ubicando en su reemplazo a Álvarez. Éste expulsó a los 27 funcionarios que quedaban en el área. Y sufrió el sarcasmo: en la quinta marcha (13/01/05) hubo carteles alusivos a los muertos del Puente Pueyrredón, los piqueteros Darío Santillán y Maximiliano Kosteki, cuando Álvarez se desempeñaba como Ministro de Justicia y Seguridad de la Nación. Corría junio de 2002, y Duhalde era Presidente. La desfachatez del Gobierno es portentosa. Enlodando su carrera en la justicia y la política, Ibarra no tuvo coraje para presentarse espontáneamente en la legislatura; se escudó en lo que siempre denunció: la vieja política corporativa. Las solicitadas que publicó incrementan la vergüenza.

Una ayudita de mis amigos

El PJ y sus discípulos de otros partidos consiguieron que Ibarra no sea interpelado. La maniobra tiene antecedentes (el ex diputado Luis Barrinuevo, Luis D’ Elía), y demuestra, una vez más, que para ciertos políticos es más importante el negocio que la transparencia.

Se necesitaban 40 votos para interpelarlo; se consiguieron 37. Votaron en disidencia 5 legisladores, y hubo 10 abstenciones. Pero lo más importante es que 8 legisladores no concurrieron al recinto; vale recordar sus nombres: Helio Rebot y Ricardo Bussaca, del macrismo (paradójicamente, Macri fue el promotor de la interpelación); María Eugenia Estensoro, del Bloque Plural; Mirta Onega, de Compromiso Social; Marta Talotti y Claudio Ferreño, que responden a Kirchner; Noemí Olivetto y Daniel Vega, del grupo de Zamora. Dada la magnitud del tema a tratar, estos ocho personajes se vuelven cómplices del desastre. Sin aviso ni vergüenza, los 8 permitieron que Ibarra zafe. La maniobra ejemplifica la «lógica perversa» del peronismo. Estos 8 legisladores, como los que se abstuvieron y los que votaron en contra, han ampliado la ignominia de cierto sector de la política argentina.

No son los únicos (ir) responsables. Las cuatro primeras marchas que realizaron los familiares y allegados de las víctimas carecieron de una línea consensuada, y agredieron a la policía y a Juan Carlos Blumberg. De haber sumado el número que consiguió Blumberg en sus marchas el Gobierno habría reaccionado diferente. Como fueron pocos, el Gobierno respiró aliviado: su número era inocuo y, además, se boicoteaban solos por las agresiones. En el recuento final no importa que hubiera infiltrados de Quebracho (que aprovechan toda coyuntura para mostrar su aversión a la democracia). Sí importa la carencia de conducta. No bastan el objetivo común ni la bronca ni el dolor para llevar adelante y con éxito un reclamo. Se requieren otras cosas. Blumberg lo sabe. Los que lo agredieron en las marchas por los muertos de República Cromagnon, no. Debería aprenderse la lección: la única manera de obligar al Gobierno a responder como corresponde es con un gran número de personas pacíficas y con ideas y objetivos claros, o con un control exhaustivo por parte de la ciudadanía. Ambas metodologías son asignaturas pendientes en argentina. Recién la quinta marcha fue pacífica.

En una carta de lectores (La Nación, 16/01/05) Carlos March sugiere la connivencia delictiva entre el sindicato de los municipales y los inspectores, que habrían convertido a República Cromagnon en «una caja de recaudación de financiamiento político-sindical a cambio de ignorar infracciones». La gravedad del planteo exige una investigación. Pero difícilmente el Gobierno se halle culpable a sí mismo. Hay responsables del sector privado y público, y la defensa orquestada en torno de Ibarra hace pensar que el Gobierno busca un chivo expiatorio sólo entre los privados. Con sus antecedentes de la noche y el rock, Chabán da el perfil adecuado. Pero condenarlo sólo a él sería un error, pues nada cambiará y más tarde o más temprano habrá otro desastre.

Dentro del mismo argumento entran otros culpables: los asistentes al recital. ¿Condenará la justicia a los padres que llevaron a sus hijos y a los que arrojaron las candelas? ¿Cómo determinará quién arrojó la candela decisiva entre las 40 que se dispararon esa noche fatídica? La imposibilidad de una identificación segura, más allá del vago identikit, hará que estos protagonistas queden libres. El germen seguirá impune. Además, como se sospechaba y como manifestó Ana Sandoval, empleada de República Cromagnon, a Página/12, es probable que las mismas bandas entregaran pirotecnia a sus seguidores dentro del local, porque en la puerta el público era requisado. ¿Entonces no sería culpable también el grupo Callejeros?

Se hunde el barco

Que se expulse a funcionarios mientras sus jefes directos son premiados por la aquiescencia del poder es una afrenta que debería enervar a los contribuyentes. ¿Qué ha quedado de aquel «¡que se vayan todos!» de 2001? Buscando recuperar su imagen, Ibarra anunció que República Cromagnon nunca más será un boliche, y que se convertirá en un «museo para recordar la tragedia». El facilismo de la consigna es pura demagogia. ¿Acaso Ibarra piensa erigir un museo en cada lugar donde la ineficacia de los controles provoca una muerte? Podríamos proponer las calles donde se hacen picadas de autos, por ejemplo. Imaginemos el desquicio.

Nuestro problema es cívico. Carecemos de cultura cívica, y esa ausencia cobra cada vez más peso y ocasiona cada vez más víctimas. Por ello el Secretario de Cultura de la Nación proyecta entregar un compendio de leyes a los ciudadanos, para que las conozcan. La idea de Nun no es nueva, pero deberá ser acompañada con una amplia campaña educativa. Cambiar de hábitos no será fácil, pero es imprescindible. El dilema es que los jóvenes son víctimas y victimarios simultáneamente. Necesitan ayuda y educación, pero también límites. La «trasgresión» debe volver a ser denunciada, no alentada.

La escuela de Kirchner, que es la del peronismo ortodoxo, continúa errando. Su silencio durante los cuatro primeros días luego del desastre, y su reacción frente a las críticas del periodismo (la prensa española fue lapidaria) minaron su representatividad. Debió cambiar de estrategia sobre la marcha. Quedó claro que Kirchner temía que la ola pudiera alcanzarlo, y que sus palabras tardías a los familiares de las víctimas fueron de ocasión. El argumento fue un dislate. Si la sociedad argentina no estuviera tan adormecida habría habido marchas multitudinarias para exigirle que dé la cara. En cualquier país civilizado Ibarra ya no estaría en su cargo y respondería, junto con Chabán, a la requisitoria judicial. Sólo en Argentina la iniquidad política es equiparable a la hipocresía de la población: los mismos que marcharon pidiendo la renuncia de Kirchner e Ibarra son los que cometieron el delito de las candelas y el ingreso de menores en República Cromagnon.

Empleados del boliche promueven la creación de una Fundación para luchar por «todos los jóvenes en situación de riesgo». Es una argucia bajo la que se huele la desesperación por no quedar “pegados” a Chabán, porque en declaraciones periodísticas reconocieron anomalías (La Nación, 14/01/05. p. 15). Y sabiéndolo eligieron callar. El silencio de esos empleados también favoreció el desastre. Urge recordarlo: la sociedad es responsable. Y hasta que no lo asumamos seguiremos lamentando muertos.

© Carlos O. Antognazzi.
Escritor.

Publicado en el diario “Castellanos” (Rafaela, Santa Fe, República Argentina) el 21/01/2005. Copyright: Carlos O. Antognazzi, 2005.

Este artículo tiene © del autor.

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