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ANA, CON MIRADA SOÑADORA

Salvador Enriquez

España



ANA, CON MIRADA SOÑADORA

(Cuento)

Por la mañana, todos los domingos, mi padre subió el periódico. Mientras él leía las paginas de política, de economía y cosas de esas, yo fui a las hojas de los cómics; en ellas siempre publicaban historietas y dibujos que me gustaban y también cartas de otros lectores, otros chicos y chicas que deseaban tener amigos, organizar pandillas, escribirse, cambiar discos, pegatinas...

Aquel domingo leí una carta que me ilusionó, decía: Me llamo Ana, si buscáis una amiga de 10 años, si os gusta la música, la poesía y la canción, no lo penséis más y escribidme, y debajo su dirección.

Decidí escribirle. Aunque tenía poca práctica en eso de escribir cartas, seguro que sería capaz de hacerlo: También me gusta la música -le escribí- y oír canciones, pero no las canto... para eso hay que aprender. Yo de poesía no sé nada, solo he leído algunas que vienen en los libros del "cole", pero... no las entiendo bien. Quizá tú me las puedas explicar. Me gustaría mucho recibir una carta tuya.

Durante días estuve mirando, con verdadera ilusión, la montaña de cartas que mi padre subía desde el buzón del correo, buscando un sobre con letra de niña, una carta de Ana, pero... ¡nada! solamente había sobres de bancos, propaganda, revista, algún periódico... y entonces sentía una gran preocupación: ¿habría escrito bien la dirección? ¿me habría confundido en el código postal? Intentaba recordar una a una las líneas que escribí y pensaba que todo estaba bien, que la carta debió llegar a su destino.

Un día mi madre me dijo con una sonrisa: Ahí ha subido papá el correo, entre tanto papel hay una carta para ti... ¡qué importante eres! El corazón me dio un vuelco, creo que me ruboricé e incluso me puse nervioso. Cogí el sobre con avidez y me fui a mi cuarto.

Querido amigo: -empezaba la carta- tardé en mandarte esta carta por haber tenido que contestar muchas; me escribieron bastantes chicos y algunas chicas, a todos he tenido que escribirles, pero tu carta ha sido la que más me ha gustado... y terminaba con un Contéstame pronto, Ana.

No sabía porqué le habría gustado mi carta, en realidad le decía poco... ¡a lo mejor fue por eso!

Durante tiempo nos estuvimos cruzando cartas; yo le contaba mis asuntos del colegio, los líos con la pandilla, las discusiones con algunos amigos, los problemas con algún que otro profesor y también le hablaba de los discos que había en mi casa: todos con la música preferida de mis padres, pues ellos los compraban, y que a mí, sin proponérmelo, también me empezaba a gustar: orquestas, cantantes, y algunos que servían para bailar. Ana me decía que le gustaba soñar. Yo no en tendía bien aquello. Ella me dijo un día, en una carta, que le gustaba soñar pero despierta, lo que me costaba entender. Yo creo que lo que quería decir era que le gustaba imaginar cosas. ¡Claro! seguro que le gustaba imaginar que salía con la pandilla y que un chico le guiñaba un ojo... y le preguntaba si quería ser su novia. ¡Y me daba rabia! O a lo mejor se imaginaba que estaba en un castillo encantado, secuestrada, y que yo iba a salvarla, partiendo en dos de un golpe de espada al malvado dragón que la vigilaba.

Le puse una carta diciéndole que me gustaría conocerla. Ya que vivíamos relativamente cerca, podíamos quedar un día para vernos. Y no es que yo quisiera tener novia, pero sí me gustaría hablar directamente con ella y no solo por carta.

Ana me dio calabazas. Me escribió diciendo que de momento no, que ella no podía salir sola, que no la dejaban, y que no era cosa de vernos con sus padres por medio. Lo que me propuso fue que le diera mi teléfono; ella me llamaría un día a una hora convenida, y que yo le hablara. Ana no diría nada, no quería que sus padres supieran que hablábamos, se limitaría a contestar a las preguntas que yo le hiciera: Sí con un golpecito en el teléfono, y No con dos golpecitos.

Así lo hicimos. La tarde convenida, a una hora en que mis padres salían, sonó el teléfono. Yo casi no podía hablar, estaba nervioso y tenía la boca seca; así estuvimos unos minutos, manteniendo una extraña, emocionante y curiosa conversación.

Aquella tarde, después de colgar el teléfono, envié otra carta a Ana. Le propuse una cosa: Mi padre tiene -le escribí- un ordenador en casa y con él y el teléfono puede conectar por "Internet"; yo lo he visto que a veces se escribe breves notas en directo con otras personas. Le llaman -le explicaba yo a Ana- "chat"... o "diálogos en directo" y debe ser divertido ya que, en ocasiones, mi madre participa y veo que los dos se lo pasan muy bien. Alguna vez me dejaron jugar con el ordenador y casi lo sé manejar. Si tú tuvieras este sistema podríamos probar.

A los pocos días llegó una carta que me llenó de alegría. El hermano mayor de Ana también tenía un ordenador con posibilidades de conectarse por "Internet". Ana me indicó un día y una hora: El primero que conecte espera al otro -me dijo- no podré estar mucho tiempo, pero... podremos decirnos o, mejor dicho escribirnos, algo en directo.

Me costó mucho convencer a mis padres. Primero se resistían a dejarme pero aceptaron siempre que -me advirtieron-no estuviera ocupado el teléfono más de diez minutos.

Y un día, aquel día que habíamos convenido, nos encontramos ante la pantalla del ordenador. Sólo se podían escribir frases de unas cuantas líneas o yo, al menos, no lo sabía hacer mejor, pero cada uno en nuestra casa leeríamos lo que el otro escribía desde la suya. Resultaría emocionante sentir, de este modo, la cercanía de la persona con la que hablaba... la cercanía de Ana; percibir que ella estaba allí, muy cerca, como si dijéramos al otro lado de la pantalla. Entonces aproveché para preguntarle otra vez cuándo nos íbamos a ver; le dije que me gustaría hablar de verdad con ella y contarle en persona todas las cosas que por carta me resultaba difícil.

Me contestó: Otra vez será, ahora no es posible, mañana me marcho; me voy interna a un colegio, a un colegio especial, y allí no me dejarán recibir cartas de chicos.

Sentí pena y rabia... ¡no quería perder a mi amiga! No te preocupes -trató de animarme- el curso terminará pronto y volveré; entonces, con suerte, es posible que podamos hablar... que yo pueda hablar contigo. Y cortó la conexión desapareciendo de la pantalla del ordenador.

— ooOoo—

Ojalá -pensó Ana mientras subía al tren con sus padres- que en este colegio consigan hacerme hablar, que yo recupere la voz que perdí por aquella operación de garganta. Haré todo lo posible por conseguirlo.

— ooOoo—

Yo nunca supe aquello, yo nunca llegué a saber que Ana no podía hablar y que ese era el motivo de su negativa a que nos viéramos. Siempre guardé un grato recuerdo de ella, como de una niña delgada, morena, con el pelo corto, rizado, con mirada soñadora, con muchas ilusiones y deseos de ser feliz.
A lo mejor con mis cartas lo conseguí.

Salvador Enríquez
e-mail: senriquez@portalatino.net

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