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Cultura en Argentina (XVII): Estrategia medular de la Iglesia

Carlos O. Antognazzi

Argentina



La solicitada que la agrupación Cristo Sacerdote publicó en La Nación del 30/12/04, p. 03, referida a la retrospectiva de León Ferrari, anunció que desiste de la vía judicial porque «ha quedado acreditada, en ese ámbito y frente a la opinión pública, la existencia de una ofensa a los mencionados sentimientos religiosos» (sic). El mismo día en la página en Internet de la arquidiócesis de Buenos Aires se publicó la homilía que el cardenal primado Jorge Bergoglio había leído en la misa de Nochebuena. No deja de ser una coincidencia llamativa, porque mientras la solicitada insiste en el tono disonante con el que se expresó su cara visible, el sacerdote Xavier Ryckeboer, Bergoglio pareció más inclinado a tomar distancia del hecho.

Cultura en Argentina (XVII):

Estrategia medular de la Iglesia

La solicitada que la agrupación Cristo Sacerdote publicó en La Nación del 30/12/04, p. 03, referida a la retrospectiva de León Ferrari, anunció que desiste de la vía judicial porque «ha quedado acreditada, en ese ámbito y frente a la opinión pública, la existencia de una ofensa a los mencionados sentimientos religiosos» (sic). El mismo día en la página en Internet de la arquidiócesis de Buenos Aires se publicó la homilía que el cardenal primado Jorge Bergoglio había leído en la misa de Nochebuena. No deja de ser una coincidencia llamativa, porque mientras la solicitada insiste en el tono disonante con el que se expresó su cara visible, el sacerdote Xavier Ryckeboer, Bergoglio pareció más inclinado a tomar distancia del hecho.

Lo que yo digo

Días antes Bergoglio había solicitado a la feligresía «un día de ayuno como acto de reparación» por la “ofensa”. El pedido puede considerarse la primera piedra que personas vinculadas a la iglesia arrojarían sobre Ferrari y su obra. Habría otras: Ryckeboer presentó la denuncia, y la jueza Elena Liberatori hizo lugar a la medida cautelar y cerró la muestra. Pero el juez Horacio Corti ordenó abrirla. Fue reabierta el 04/01/05, y se la puede visitar hasta mañana 29/01 (el análisis de la muestra se publicará el próximo viernes en este mismo espacio).

Cuando la muestra fue censurada Ryckeboer se expresó en forma inusual para un religioso: «Me parece que ahora los responsables de esta afrenta deben reflexionar, dar un paso al costado y asumir las responsabilidades que les caben. Por su parte, Ibarra debería disculparse públicamente, ya que es el máximo responsable de este agravio» (La Nación, 18/12/04, p. 21). Por más que Bergoglio en apariencia apuntó a una oratoria más calma, la estrategia de la Iglesia aparece en las palabras del cardenal Jorge Mejía. En una entrevista de Sebastián A. Murena (La Nación, 12/01/05. p. 08), y aunque no trate de Ferrari, Mejía manipula el discurso. Cuando Murena le pregunta si no cree que la Iglesia se aleja del mundo real y va a perder influencia sobre las personas, Mejía responde «¿Por qué no lo decimos al revés: que es el mundo real el que se aleja de la verdad que la Iglesia representa, que eso aleja a las personas?» (sic).

Es decir que para Mejía, y por ende para la Iglesia (difícilmente un cardenal hable a título personal sin tener autorización de su superior directo), el mundo real puede oponerse a la verdad, que es la Iglesia y lo que ella representa. Contraviniendo el sentido común de Aristóteles, verdad y realidad no es lo mismo. En otras palabras: la Iglesia posee una verdad que es más real que la realidad cotidiana. Mejía adujo que «o se es cristiano o no se es. Ese es el primer principio. Si se es cristiano, se aceptan una fe, una disciplina y unos sacramentos determinados, no porque sean una imposición, sino porque esto pertenece a la propia decisión interior». ¿Cómo trasladar este argumento a la posición adoptada por la Iglesia frente a la retrospectiva de Ferrari? Con su pedido de prohibición, la Iglesia confundió a toda la población con la feligresía católica. ¿Qué ocurre con los que no son cristianos? ¿Con qué derecho la Iglesia les exige una obediencia o acto de fe? ¿No está avasallando la fe, disciplina e incluso sacramentos de personas que no adhieren al catolicismo?

Mejía sostiene, además, con respecto a la eutanasia, que «a nadie le corresponde decidir la muerte de las personas, porque la vida de las personas depende de Dios y de la persona misma, conforme a la ley de Dios, no conforme a su propio gusto y decisión». La frase esconde un retruécano: la vida depende de Dios y de la persona misma, pero conforme a la ley de Dios. Es decir que la vida depende solamente de Dios. Leído con rapidez uno puede pensar que Mejía reconoce el libre albedrío. Leído con atención, se comprende que el libre albedrío no está contemplado, pues todo depende de Dios. No es poco viniendo de un cardenal y de una institución que pregona el libre albedrío para negarlo en la práctica.

La «furia anticatólica»

En otra solicitada (La Nación, 03/01/05) la agrupación Fundación Argentina del Mañana da su parecer sobre la «reapertura de la muestra blasfema», advirtiendo «sobre el peligro de que los católicos nos acostumbremos, entre avergonzados e inertes, a la vejación de todo cuanto tenemos de más sagrado». Menciona a continuación «las raíces cristianas de nuestra Patria» (sic), para aludir luego al peligro que corre la paz social y a la «furia anticatólica». Abunda diciendo que este anticatolicismo se manifiesta «también en el retiro de imágenes de la Virgen María de edificios públicos; las pintadas sacrílegas en la Catedral de Buenos Aires; las injurias a María Santísima en programas de televisión y afiches en la vía pública; exposiciones “artísticas” como la de Córdoba y en proyectos de ley que pretenden imponer la educación sexual obligatoria en los colegios, socavando la sagrada institución de la familia» (sic).

Es lícito preguntarse si “la furia” no se corresponde con estos planteos. Las palabras de Ryckeboer son un buen ejemplo: nada del espíritu cristiano y sí mucho de jactancia, soberbia y desprecio por el que piensa diferente. Esto es, casualmente, lo que denuncia Ferrari. Ryckeboer y sus adherentes insisten en que poseen la verdad y que los que piensan de otra forma están equivocados. Sus argumentos nacen de una dualidad que no se condice ni con el espíritu cristiano que pregonan ni con el sentido común, porque nadie es poseedor absoluto de la verdad. Pero ningún prelado salió a desmentir la invectiva de Ryckeboer, aunque podría interpretarse que la homilía de Begoglio fue una contrapartida sutil. André Gide, humanista y escritor, sostenía que había que creer «en aquellos que buscan la verdad» y dudar «de los que la han encontrado». Para Gide la verdad no era algo estático a descubrirse, sino una preocupación diaria, un gerundio. Algo que, como la utopía, siempre está un paso adelante del explorador, y que lo incita para alcanzarla aunque nunca lo consiga.

Más allá de que toda Iglesia se estructura en la fe y el dogma, Gide sugiere que la verdad es inasible y mutable. Mientras la Iglesia se aferra a una verdad revelada inamovible, de una vez y para siempre, para Gide la verdad responde a los deseos del que la busca y construye en esa misma búsqueda: la verdad es la realidad, como aseguraba Aristóteles. Así adquiere especial relevancia el tema del preservativo, que la Iglesia insiste en prohibir. Si bien no reditúa una seguridad del cien por cien, es la herramienta más efectiva (fuera de la precaria abstención que ni siquiera asumen muchos eclesiásticos, como Edgardo Storni) contra el Sida y otras pestes. La postura de la Iglesia sólo es comprensible desde un obstinado negar la realidad. De tanto declamar sobre el otro mundo, la Iglesia propicia, por negligencia y tozudez, miles de muertes en este mundo.

Inserción política

La Iglesia avanza hasta donde la justicia se lo permite. El fallo del juez Corti es normativo, y con suerte el primer mojón para redefinir el papel del culto en la política. Como sostiene Solari en Libelo contra natura (Emecé, 1988), «Tanto se culpó a la Iglesia su preocupación por darle al hombre individual respuesta al problema del sentido último de la vida y de la muerte y de no ocuparse de los problemas socio-políticos, que el contexto histórico y la coyuntura fueron gestando la Doctrina Social. Caímos en la trampa y entramos a hablar y a discutir de economía, sociología, derecho laboral, administrativo, político, etcétera; de la misma manera que antes habíamos entrado a equivocarnos sobre astronomía, geografía, antropología, historia, evolución, sexo» (p. 77). Luego especifica que «las normas cristianas no son aplicables a las estructuras colectivas, no sirven para administrar ni gobernar a la sociedad. No son consejos para mejorar este mundo» (p. 103), para centrarse finalmente en el meollo de la cuestión: «hace dos mil años que se está fracasando en el intento de llevar el cristianismo a la práctica como propuesta política. El que fracasa, claro está, no es el cristianismo sino el que quiere hacer cristianismo con la política, y viceversa» (p. 104).

La Iglesia debe ocuparse exclusivamente del ámbito sobrenatural. Cuando se aventura en este mundo, que es el de los hombres y por lo tanto el de la política, comete un error. La Iglesia pregona el más allá. Los hombres, el aquí y ahora. Son dos esferas que aparecen relacionadas, pero que no pueden mezclarse sin confundir los tantos.

Las solicitadas mencionadas dejan traslucir que la Iglesia avanza fuera de su terreno en tanto la sociedad lo permita. Poco importa si en ese avance quedan de lado las libertades cívicas. Ferrari representa un paradigma: la Iglesia solicitó la censura, una jueza la otorgó, pero recién cuando la ciudadanía ejerció su derecho a elegir la justicia ordenó la reapertura. De no haber actuado el juez Corti la muestra seguiría cerrada y la ciudadanía habría sido avasallada. El dogma no necesariamente es contrario al derecho, pero sí, por fuerza, pertenece a otro ámbito. Si la ciudadanía no establece los límites, lo hace la Iglesia. Los alcances de este dejar hacer pueden ser nefastos. No importa que el tema sea una muestra artística o el uso del preservativo: en el reino de este mundo son los hombres los que mandan.

En terreno ajeno la Iglesia sólo puede opinar, no exigir. Si se deja en sus manos la solución de problemas de la política, la economía o el arte, que le son filosóficamente impropios, no deberíamos asustarnos de que luego los políticos no requieran capacidad para los puestos, sino el elemental amiguismo y la dedocracia.

© Carlos O. Antognazzi.
Escritor.

Publicado en el diario “Castellanos” (Rafaela, Santa Fe, República Argentina) el 28/01/2005. Copyright: Carlos O. Antognazzi, 2005.

Este artículo tiene © del autor.

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