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EL MISTERIO DE LA ISLA DEL BARÓN

FRAGMENTO

Valentín Justel Tejedor

España



Los muchachos desembarcaron en el lignario pantalán. Aquel vetusto muelle, tenía resquebrajados bastantes de sus enmohecidos tablones. Así decidieron atravesarlo a la carrera. Mientras zancajeaban el atracadero, los maderos crujían quejumbrosamente, como si la débil estructura fuera a derrumbarse de un momento a otro.

Al llegar a tierra firme, instintivamente, volvieron sus miradas hacia detrás, columbrando los desperfectos que había ocasionado su paso a través del amarradero.

Desde aquel lugar se podía distinguir con claridad, una elevada torre, que sobresalía en el perfil orográfico más agudo de la isla.

En común, decidieron seguir un estrecho sendero polvoriento, que zigzagueaba entre un bosque de palmitos.

No habían recorrido ni cincuenta metros, cuando se apareció ante ellos un pequeño cono volcánico, que escondía en su interior un cráter achatado y algo nivelado.

Desde la pequeña cresta se divisaba, el perímetro orbicular de la isla. Entre la escasa vegetación, se columbraba un camino que la circuía, también se advertían varios atajuelos, que parecían conducir a otras construcciones menores, situadas en la zona central del islote.

En el extremo de la zona Sureste se vislumbraba otro volcán, con el cráter semienterrado, y con su escasa y declinada ladera propendida hacia el mar. 

La principal construcción de la isla era visible desde cualquier punto.  No obstante, pronto se dieron cuenta de que no se hallaban solos en aquel lugar. Unos disparos hechos con una escopeta de caza del calibre veinte, retumbaron quebrando el afásico silencio de la calurosa mañana.

Los muchachos al escuchar las detonaciones, emprendieron la huida hacia el embarcadero, pero los disparos cada vez sonaban más cercanos. Desde un montículo cercano al muelle, una imperativa voz les dijo:

-Muchachos, no sabéis leer los carteles. Esta isla es propiedad privada y está prohibido desembarcar en ella.

-Disculpe, Señor, no lo sabíamos, contestó asustado uno de los muchachos.

-No quiero volver a veros por aquí otra vez, ¿entendido?

- No se preocupe Señor, nos vamos enseguida, replicó otro de los amigos al guardés.

Al subir a la embarcación, uno de los chicos dijo:

- ¿Donde están Stefano y Máximo?

- Estaban con nosotros hace un momento, justo antes de los disparos.

- Creéis que les ha podido alcanzar, comentó uno de los chicos.

- Pues no lo sabemos, igual se han escondido, al escuchar los disparos.

Entonces ¿que hacemos?, nos vamos, o nos dirigimos en su busca.

- ¿Que os parece si ahora nos alejamos de la isla, y cuando caiga la noche, volvemos para ver donde están?

- Me parece buena idea, pues ese hombre nos estará vigilando, y no se irá hasta que nos haya visto alejarnos.

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