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LA TÍA CARAMELO

Semblanza de Olivia Ojeda de Pardón

Frank Otero Luque

Perú



Hay personas con quienes solemos encontrarnos en los diversos eventos culturales que ofrece nuestra ciudad. Esto da pie a que, casi como un estribillo, algunos presumidos comenten que “Lima es una aldea”, queriendo dar a entender que “todo el mundo” se conoce. Esta afirmación es evidentemente falsa, considerando que la capital peruana tiene alrededor de 9 millones de habitantes y mantener una relación personal entre todos sería imposible. Sin embargo, sí es real que existen círculos de conocidos que coinciden determinados lugares debido a los intereses que comparten.

Pero en el caso de la señora Olivia, más que una coincidencia incidental, su presencia en los referidos eventos culturales era una constante, sobre todo cuando se trataba de los recitales de su hija, pues no se perdía uno solo. Ya la había visto en varias ocasiones, pero no sabía que ella era la madre de Marcela Pardón. “Es la bajita de pelo blanco”, me dijo cierta vez Ani Young, señalándola desde lejos para satisfacer mi curiosidad.

Fue a través de Adrián Núñez -el novio de Ani en aquel entonces y actualmente su esposo- que conocí a Marcela. Él se encarga de la iluminación en todas sus presentaciones, pero además, ella es una entrañable amiga suya y de su familia. Y en esta cadena humana, mi esposa -Roxana de la Jara- y yo también nos convertimos en buenos amigos de la señora Olivia.

Al cabo de un corto tiempo y con pleno derecho adquirido, ella empezó a aconsejarme sobre cómo mejorar mis hábitos alimenticios. Sin llegar a mencionar palabras como “dieta” o “sobrepeso”, cuando nos veíamos se las agenciaba para recordarme que las verduras y el pescado son buenos para la salud, a diferencia del cerdo, de los embutidos y enlatados. Siempre preocupada por el bienestar de los demás, delicada, sencilla y muy franca; así era la señora Olivia. Por eso, no me sorprendió enterarme de que ella fuese la crítica más severa de Marcela. No se trataba de que su hija recibiera sólo halagos -todos muy merecidos, por cierto- sino también otras apreciaciones genuinas que la obligaban a mejorar cada vez.

En lo personal, valoro mucho este tipo de crítica constructiva, porque Eva Lewitus también es así de implacable conmigo en cuanto a fotografía se refiere y creo haber aprendido de mis errores más que de mis aciertos. Y ¡qué curioso! En su infancia, Eva fue alumna de educación física -nada menos que- de la señora Olivia. Aunque Eva es también una asidua concurrente de los eventos culturales, el destino había querido que ellas no se vieran durante muchos años y, cuando nos enteramos de este vínculo, Roxana y yo las invitamos a casa para propiciar un reencuentro. Tuvimos el privilegio de atestiguar un episodio sumamente emotivo.

Después de esa ocasión, la señora Olivia asistió a la presentación de mi libro de cuentos y relatos titulado “El Señor de Palpa”, que coincidentemente está ilustrado con fotografías de Eva. Aquella noche de febrero de 2003, en el salón de actos del ICPNA de Miraflores, nos manifestó que se sentía doblemente feliz de acompañarnos y del hecho que Eva y yo estuviésemos reunidos en una misma obra. Sin lugar a dudas, tuvimos una invitada de lujo.

Recuerdo que cada vez que la llamé por teléfono o recalé en su casa, la señora Olivia siempre tuvo palabras amables hacia mí y también hacia otras personas que no estaban presentes, como era el caso reiterativo de Poupée, la mamá de Adrián. “¡Qué buena mujer!”, solía decirme refiriéndose a ella. Y observé que empleaba el diminutivo para dirigirse a sus sobrinos: “Hernancito”, “Josecito”, quienes la llamaban “tía Caramelo”, porque en su cartera siempre llevaba dulces para convidar.

Era todo un placer conversar con la señora Olivia porque -aparte de su sencillez y benevolencia-, como bibliotecaria (no le agradaba el término “bibliotecóloga”) y al lado del historiador Jorge Basadre, había sido uno de los pilares en la reconstrucción de la Biblioteca Nacional, después del incendio en 1943, y su conocimiento de autores y obras era, por decir lo menos, erudito. Además, se mantenía al tanto del acontecer cultural y deportivo, pues leía diariamente varios periódicos y revistas. Por esta razón, me parecía peculiar que un empleado al servicio de su casa, a quien ella presentaba como su asistente, se apellidara “Chocano”, igual que nuestro gran poeta americanista. Luego descubrí que su nombre real es Alfredo Lemos, que su apodo es “Chocán” y que yo, influenciado por el ambiente culto que se respiraba, inconscientemente le había aumentado una “o”, atribuyéndole dotes literarios también al mayordomo.

La señora Olivia fue siempre una mujer de convicciones profundas y luchadora incansable. No en vano se hizo acreedora a las Palmas Magisteriales y una de las salas de la Biblioteca Nacional lleva su nombre. Estuvo casada con Raúl Pardón durante 46 años, hasta que enviudó en 1994. Con él, tuvo dos hijos, Mauricio y Marcela, a quienes criaron alentándolos en la educación y en el arte. Vivía orgullosa de ambos y subrayaba sus logros con natural sencillez.

Y le gustaba jugar con las palabras. Por ejemplo, cierta vez me contó que Mauricio invitó a su fiesta de promoción del colegio a una estimada vecina llamada Blanca Stella, quien esa noche lució un precioso vestido verde limón en vez de uno tradicional, de color blanco. Así que, desde entonces, fue rebautizada por ella como “Verde Stella”...

La señora Olivia era la mayor de siete hermanos -4 hombres y 3 mujeres- y, según me relató Mabel -la tercera y más cercana-, la pequeña Olivia era algo así como “la cola” de su papá, a quien siempre seguía adonde él fuere, especialmente a los campeonatos deportivos. Esto explicaría por qué el fútbol le gustaba más que las muñecas. También, como detalle anecdótico, Mabel me contó que cierta Navidad, cuando todavía eran niños, su hermana Olivia acompañó a su papá a comprar los regalos y lo convenció de que éstos fuesen libros en vez de juguetes, granjeándose más de un reproche de parte de los obsequiados.

Me refieren que, aparte de ser un gran aficionado a los deportes, el padre de la señora Olivia -abuelo de Marcela- era un gran lector, declamaba poesía muy bonito y tenía una discoteca admirable, que comprendía tanto música clásica como popular. “Lo que se hereda, no se hurta”...

A fines del año 2004, la señora Olivia enfermó y tuvo que ser intervenida quirúrgicamente. Fui a visitarla a la clínica el 17 de noviembre -recuerdo la fecha exacta porque era cumpleaños de Marcela- y la encontré tan feliz, rodeada de familiares y amigos, que la paciente parecía ser otra. Ahí conocí a la señora Carmen Checa, su colega y amiga de toda la vida, quien me ofreció regalarme un libro editado póstumamente sobre la obra de Enrique Silva, su hijo escultor.

Después de la operación, la señora Olivia continuó asistiendo a los diversos eventos culturales en cartelera. Por ejemplo, fue a la primera fecha de la zarzuela, el 05 de junio de 2004. Lamentablemente, luego las fuerzas la abandonaron y se vio obligada a permanecer en cama. Sin embargo, cuando fui a verla, también la hallé animada; tanto así que me puso al tanto de los resultados de la Copa América hasta ese momento y, al despedirme, se acordó de entregarme el libro que Carmen Checa había dejado para mí.

La señora Olivia falleció el sábado 31 de julio de 2004, a los tres días de haber cumplido 86 años (su cumpleaños era el 28, coincidiendo con la fecha de nuestro aniversario patrio). El viernes 30, yo le había hecho unas fotos a Marcela y a Bruno Odar para la temporada de Jacques Brel que estaban preparando. El mismo día del velorio, revisamos las fotos con Marcela y el sábado siguiente hice otras tomas en la función inaugural. Una de las canciones del repertorio era “Les vieux" (Los viejos) y Marcela la cantó con tanto sentimiento que fue, de lejos, la más aplaudida.

Mucha gente del público ignoraba la reciente partida de la señora Olivia, pero estoy seguro de que, quienes lo sabíamos, comulgamos con ella a través de esa canción y pudimos compartir el enorme y sano orgullo que sentía hacia la calidad y profesionalismo de Marcela.

En el fondo del Satchmo, cerca a la barra, hay una mesa donde solía sentarse una señora bajita, de pelo blanco, que todavía estoy viendo...

Ver en línea : Amigos de Marcela

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