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LOS EMBRUJOS DEL MIÑO

FRAGMENTO

Valentín Justel Tejedor

España



 

Al despertar la mañana, las frías aguas garzas y azulencas del Miño, permanecían serenas y encalmadas. Sobre la ácuea superficie de satén, se dibujaban caprichosas celosías, formadas por inopinadas y discontinuas ráfagas de viento. Sus efímeras cuadrículas aparecían súbitamente, desplazándose con celeridad, a merced del céfiro caricioso y almibarado, que recorría el curso fluvial, en dirección al Océano Atlántico. En el anchuroso cauce se sucedían los cintilantes destellos, los cuales, brillaban esplendorosos, refulgiendo caprichosamente acá y allá.   

 

Las glebas y veredas ribereñas besaban la corriente fluvial, exhibiendo un saturado color verdeceledón, impregnado de lienta humedad. Muy próximas a la orilla portuguesa, destacaban dos islas. La mayor de ellas, tenía en su perímetro enhiestados alisos, sauces y acacias, que ensombrecían con sus orbiculares copas, las aguas adyacentes. Un atramentoso y fuliginoso halo de misterio circundaba la isla, como si se tratara de una protección maléfica y  perniciosa.

 

Ancladas en el fondo del río, cerca de la isla menor, había varias embarcaciones. Unas vetustas y antañonas, otras modernas. Las primeras mostraban pinturas decoloradas, maderizos roidos y filtraciones de agua. Esta falta de estanqueidad, hacía que algunas de ellas, estuvieran agonizantes y semihundidas. Las barquichuelas más veteranas eran de escasa eslora, y sólo contaban como más destacado avance tecnológico, con una luz blanca todo horizonte. Este era un foco indispensable en los días de uruna1 niebla. Por el contrario, las embarcaciones deportivas exhibían cascos albares, con proas de violín, y barandillas de inoxidable acero.

 

En época de aguas bajas, no era extraño encontrar estas embarcaciones varadas, sobre algún bajío arenoso y anastomosado. En el canal existente entre ambas islas, algunas jarguas y sabogas2, dejaban entrever sus reflejos plateados e iridescentes, a flor de agua.

 

En la isla más grande, prácticamente todo su contorno aparecía amurallado por una tupida y espesa barda arbórea. La excepción venía marcada por una franja de la isla cercana al eje del río, que mostraba una tierra inculta y llena de maleza, integrada por numerosas galvanas3.

 

El lienzo vegetal, protegía con su jarba de enramados y fronda, la isla de la fresca brisa Nordestada. Sin embargo, en su íntimo interior, padadójicamente, no había huertos de alineados frutales de meilas4, meitas5 y monjeras6; ni ictéricas eras, con jaldes y quebradizos bálagos; ni cuadros sembrados de rosales, de aduncos y punzantes tallos, y flores abiertas; ni embarbechas campas de albazana y broncínea tonalidad.

 

Por el contrario, lo único que había en su interior era un amplio cuadro de pastizal; una cespedera de vivaces hierbas glaucas, lozanas y encumbradas, salpicada por dehiscentes y fragantes melilotos. Sin lugar a dudas, aquel parecía el lugar más apropiado para la celebración de un aquelarre de meigas. La tradición más ancestral, atribuye la falta de boscaje en el área central de la isla, a que era el erial donde se encendía una gran hoguera. Las llamaradas incandescentes eran vistas desde el Monte de Santa Tecla, iluminándose  todo el curso bajo del río Miño.  

 

En el extremo de la isla más próximo a tierra, había una casona de níveos y albayaldes careados, con una techumbre a dos aguas, de imbricadas tejas rojizas. En el interior del solitario caserón, destacaba una estructura y decoración rústica, con vigas perpiñas7 de madera de roble, y rugosas paredes de piedra natural. Las puertas eran recias de pino flandes, con un obscuro barniz de poro abierto. En uno de los ángulos de la habitación principal de la vivienda, había un chinero con puertas vitrina, que dejaba vislumbrar una primorosa vajilla ebúrnea con cenefa de oro. En el centro de la misma sala, había una mesa de castaño, con enmarcado de abedul, y patas de pino macizo en forma de lira, unidas con fiadores de forja maciza. Sobre la apaisada entablonada había un gran florero de vidrio con melilotos limonados, que con su vibrante color, exornaban la casona de vivacidad y energía.

 

Según cuenta la leyenda, en aquel casón vivió una feiticeira. Todavía hoy, se escucha en las calles de Vilanova de Cerbeira, que la hechicera enjoyaba sus brazos y pies, con valiosas ajorcas. La vocinglería popular comentaba, que eran dádivas de adinerados enfermos, en agradecimiento a sus taumatúrgicas pócimas, brebajes y conjuros curativos.

 

También se murmuraba, que en la isla de Ínsua, localizada en la desembocadura del río Miño, vivía un hombre pez. En la exigua isla portuguesa se conservan los restos de una fortaleza militar, en cuyo interior hay un pozo de agua dulce. En las profundidades de esta poza, era donde habitaba el hombre pez. Un monstruo marino, mitad hombre mitad selacio, con dermis escamosa, áspera y cartilagínea (…)

 

1.- Uruna. Húmeda

2.- Parguas y sabogas. Fauna fluvial

3.- Galvanas. Plantas de río

4.- Meila. Manzana silvestre

5.- Meita. Fresa silvestre

6.- Monjera. Ciruela silvestre

7.- Perpiña. Viga resaltada

Este artículo tiene © del autor.

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