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HEMINGWAY EN LA CAYERIA DE ROMANO

Lázaro David Najarro Pujol

Cuba



A la amplia obra del escritor nuevitero Enrique Cirules, se agrega ahora el ensayo histórico y literario: Hemingway en la Cayería de Romano, mención del Premio Casa de las América 1999, un interesante texto de más 120 páginas, que acaba de publicar la editorial Ánaca de la provincia de Camagüey.

En este libro el autor de El Imperio de La Habana, aborda un conjunto de aspectos que permanecían ignorados, desconocidos, no estudiados hasta hoy, y que tienen una relación con la obra y la vida de Ernest Hemingway en Cuba, a lo largo de más de tres décadas.

Durante varios años, el autor se ha dedicado a estudiar el iceberg de la presencia de Hemingway en la mayor de las Antillas; sus aventuras y experiencias en el remoto y paradisíaco archipiélago de la zona norte de Camagüey, escenario de su última novela, publicada por la Editorial Scribnr's de Nueva York, en 1970. Cirules demuestra que Hemingway se aficionó a la fabulosa Habana desde 1929, cuando realizó su segunda escala en la capital cubana, esta vez por espacio de casi dos meses. Por esos días Hemingway conoció a una de las mujeres más esplendorosas e imprevisibles de la época, con las que sostuvo intensos y escandalosos amores.

Estas experiencias le permitieron a Hemingway conformar algunos personajes femeninos, en obras como La breve vida feliz de Francis Macomber, y en la novela Tener o no tener, editada en 1937.

El libro de Cirules nos revela además que el mito Hemingway en Cuba no sólo se inició cuando el autor de Adiós a las armas comenzó a adueñarse de calles, plazas, bares, cantinas y restaurantes, hoteles, portetes y embarcaderos de la capital cubana; sino a partir de 1930, cuando empezó a realizar expediciones marinas cuyos destinos eran la mítica cayería de Romano; primero con el yate Anita, y su compinche, el contrabandista Joe Rusell, dueño del Slopy Joe de Key West; después en una goleta de dos palos, propiedad de una familia adinerada de La Habana; y a partir de 1934, con el yate Pilar.

Estas continuas navegaciones (desconocidas navegaciones hasta hoy) hacia la cayería de Romano, durante la década del treinta, le permitieron a Hemingway relacionarse con aquella extensa región costera desde una época muy temprana.

Fueron parajes que Hemingway comenzó a visitar una y otra vez. Eran sitios de encanto, con miles de flamencos y grandes dunas arenosas en los ribazos, llenos de cocoteros y uvas caletas.

Luego Hemingway dejaba las ensenadas y caletas de Romano y penetraba en la espaciosa bahía de Nuevitas, y echaba el ancla en el embarcadero de El Guincho y se alojaba en alguno de los hospedajes que se encontraban a la orilla del mar.

Eran edificaciones construidas con maderas preciosas, que poseían balcones y terrazas, y pisos encerados, y sus habitaciones y ventanales daban a los rumores de la mar, a sotavento de la afamada taberna de Agustín el Tuerto. Allí podía beber y comer de todas las exquisiteces marinas, antes de partir en el tren del alba en busca de la mítica Santa Maria del Puerto del Príncipe; ciudad de calles torcidas, adoquinadas, con tantas iglesias y plazas y antiguos conventos.

Era usual, por entonces, que Hemingway y sus compinches recorrieran muy de mañana aquella vieja villa tan señorial, con sus caserones coloniales, de variadas columnatas interiores, aleros de tejas francesas, y enormes tinajones en los acogedores patios floridos.

Después volvían de nuevo al embarcadero de El Guincho, a los viejos muelles de madera, a las calles de piedras que comenzaban sobre el mismo ribazo, a la sombra de los cocoteros y uvas caletas, a la vista de los almacenes coloniales del puerto, construidos con cales y rocas coralinas, y la pequeña ciudad de San Fernando de Nuevitas que ascendía por la colina, entre los verdores de la vegetación, hasta coronar esa elevación donde se encontraba una antigua iglesia amarilla; iglesia de dos torres, construida a retazos por un maestro catalán.

Fue en el puerto de Nuevitas, en el embarcadero de El Guincho, sobre los ribazos de cayo Sabinal (en aquellos acogedores hospedajes, pesqueros, cantinas, tabernas, hoteles y sitios de mundo) que el escritor entró en contacto con uno de los sitios más fascinantes del Caribe.

Allí, en aquella comarca marina, cuando se inició la Segunda Guerra Mundial, con un grupo de amigos y compinches, Hemingway emprendió una de las más insólitas aventuras que escritor alguno haya realizado en el siglo XX: perseguir submarinos alemanes a bordo de un yate de recreo, sobre los cantiles de Romano, por espacio de casi dos años, entre 1942 y 1943.

En sus afanes investigativos, el autor de El iceberg de Ernest Hemingway en la cayería de Romano (mención Casa de las Américas 1999) ha reconstruido los antecedentes en los que se inspiró Hemingway para escribir en Islas en el golfo esa apasionada persecución de un grupo de submarinistas alemanes por entre cayos, islas, bajos, canales y canalizos de la región central de Cuba.

En las narraciones que Cirules nos hace sobre las operaciones de guerra en el canal de las Bahamas, nos revela la existencia de un tercer submarino alemán (este acontecimiento, aunque desconocido hasta ahora por los estudiosos del tema, permanece en la memoria histórica de la comarca) hundido en aguas de América durante la Segunda Guerra Mundial.

El combate con este submarino, a tres millas de Faro Maternillos, le sirvió de inspiración a Hemingway para escribir la parte final de su magnifica novela. Todos estos nuevos elementos convierten al libro de Cirules en uno de los textos más reveladores de los últimos tiempos, alrededor de la obra y la vida de Hemingway, y contribuyen a una comprensión más profunda de la personalidad del más universal de los escritores norteamericanos.

Además de estos aspectos, que nunca antes fueron tratados ni estudiados, en el libro de Cirules aparecen los mitos y leyendas que rodeaban a la villa de Versalles (ciudad costera fundada a fines del siglo XIX por emigrantes franceses) en la zona más oriental de cayo Romano, sitio que tanto Hemingway conocía; y están los pescadores de la comarca, incluso los que trataron de negociar con el novelista un antiguo mapa pirata, para inducir a Hemingway a la búsqueda de tesoros perdidos.

En estas historias, nunca antes rastreadas, se encuentran aspectos esenciales que Ernest Hemingway retomó años más tarde para escribir la más autobiográfica de sus novelas: Islas en el golfo.

Enrique Cirules nació y creció en estos parajes, y antes de convertirse en un escritor conoció a los míticos personajes que tuvieron continuas relaciones con Hemingway desde la década del treinta.

Es por eso que el libro de Cirules contiene la visión que sobre Hemingway poseían los pescadores, tortugueros, emigrantes, rufianes, viajeros y navegantes, y sobre todo los taberneros de la ensenada de El Guincho, que durante muchos años entraron en contacto con el autor de El viejo y el mar.

Están presentes en el libro: la famosa taberna de Agustín el Tuerto, a la que Hemingway a menudo recalaba; las evocaciones que se realizaban en un extraño y fascinante hospedaje que extendía sus balcones y terrazas hacia el mar; posada regenteada por una mujer a la que todos conocían por la "colombiana"; el esplendor de El Gato Negro, el más exquisito restaurante marino de la comarca y los trasuntos del hotel de Filgueras, sitio de festines y jolgorios, al paso de capitanes de navíos, marineros de la Armada, jugadores y fulleros, aventureros y navegantes.

No escapa en El iceberg de Ernest Hemingway en la cayería de Romano, el misterio y encanto de La Gloria City y Palm City, ciudades de norteamericanos y alemanes, que fueron fundadas a principio de siglo en el norte de la llanura camagüeyana, en los días en que Hemingway realizaba sus operaciones de guerra en las costas de este fabuloso archipiélago, con el mayor coto de caza y pesca del Caribe, caballos salvajes, jíbaros , venados, y enormes bandadas de flamencos y garzas, y la siempre cercana y feroz presencia de los tiburones.

A través de una hermosa y cautivante narración, en el libro de Cirules aparecen barcos torpedeados, submarinos hundidos, entre pasiones y aventuras, con el perfil mítico del más universal de los escritores estadounidenses; y todo lo que hasta hoy resultaba un misterio, en las relaciones que sostuvo Hemingway, mientras realizaba los viajes hacia la cayería de Romano.

Estos nuevos elementos, presentes en la vida y la obra del gran escritor norteamericano, revelados ahora en El iceberg de Ernest Hemingway en la cayería de Romano, constituyen el más amplio enriquecimiento al universo narrativo que Hemingway abordó en la más espléndida de sus novelas: Island in the Stream; novela que ya estaba escrita en 1947, y que nunca entregó a sus editores: Novela de la segunda guerra mundial. Novela que se publicó (revisada, corregida, quizá mutilada) diez años después de su muerte.

Foto 1: Yate El Pilar
Foto 2 y 3 Finca Vigia, en La Habana, residencia del autor de El Viejo y el mar.
Foto 90 y 91: Enrique Cirules habla sobre el libro Hemingway en la Cayería de Romano

Texto y fotos Lázaro David Najarro Pujol

Este artículo tiene © del autor.

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