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Cultura en Argentina (XIX): Seguimos sin aprender la lección

Carlos O. Antognazzi

Argentina



La ley se cumple o se infringe. Si comienza a discutirse, se corre el riesgo de quebrarla «por única vez», como suele ocurrir en nuestro país, creyendo que el fin justifica los medios. Pero es al revés, como sostenía Albert Camus: los medios justifican el fin. Si comenzamos por delinquir, terminamos sufriendo el bochorno del contubernio que se critica. La política corporativa se origina en la población, no en la estratosfera. Son los ciudadanos los que delinquen como tales y los que luego, una vez en el cargo que el amiguismo o la dedocracia les endilga, continúan haciéndolo. ¿Por qué cambiar, si el poder es un obsequio por una conducta arraigada y exhibida desde siempre?

Cultura en Argentina (XIX):

Seguimos sin aprender la lección

La ley se cumple o se infringe. Si comienza a discutirse, se corre el riesgo de quebrarla «por única vez», como suele ocurrir en nuestro país, creyendo que el fin justifica los medios. Pero es al revés, como sostenía Albert Camus: los medios justifican el fin. Si comenzamos por delinquir, terminamos sufriendo el bochorno del contubernio que se critica. La política corporativa se origina en la población, no en la estratosfera. Son los ciudadanos los que delinquen como tales y los que luego, una vez en el cargo que el amiguismo o la dedocracia les endilga, continúan haciéndolo. ¿Por qué cambiar, si el poder es un obsequio por una conducta arraigada y exhibida desde siempre?

Re (in) ventando el idioma

El «idiotismo eufemista», al decir de Abel Posse, está vinculado con el delito. Se comienza por forzar el idioma, y se termina por aceptar significados y usos diferentes, lo que a su vez conlleva abusos mayores. En un artículo anterior (Del Homo Sapiens al Cromagnon. Castellanos, 14/01/05; El Santotomesino, enero de 2005) hice notar que el vocablo «trasgresión» mudó de carácter: lo que originalmente estaba asociado al delito pasó a ser una conducta digna. Así, cuando Kirchner felicitó a Nacha Guevara por el cargo (que nunca llegó a ocupar) de presidenta del Fondo Nacional de las Artes, la estimuló sonriendo: «¡Ahora a transgredir!». Como si la trasgresión fuera una causa noble, y como si una repartición pública nacional fuera el ámbito propicio para dejar volar la imaginación en favor del delito. Naturalmente que a ningún presidente argentino de las últimas décadas se le puede demandar conocimiento del idioma (muchos ni siquiera conocieron de ciencias políticas), pero no deja de ser un síntoma elocuente y aciago. Además, si el mismo Presidente equivoca un significado, ¿qué se puede esperar de los funcionarios que responden a sus órdenes?

No comprender que desvirtuar un término es, en pequeña escala, comenzar a recorrer el camino de la barbarie (no sólo lingüística, sino política y social), es ver el mundo con anteojeras, parcialmente. El ser humano creó el lenguaje no sólo para comunicarse, sino para posicionarse dentro del universo. La forma es nombrar el mundo, incorporarlo desde el lenguaje, hacerlo propio. Nombrar es una forma de conocer. Si nombramos mal, no podemos conocer bien. El léxico de la juventud, que utiliza tanto positiva como negativamente, y en múltiples registros, la palabra «boludo», es un ejemplo. Basta escuchar una “conversación” entre adolescentes para comprender que las tribus urbanas se empecinan en pauperizarse a sí mismas y que de poco valen los esfuerzos educativos para revertir la situación porque el deseo de los hablantes no es, justamente, ese.

El bochorno de los exámenes de ingreso a las universidades debería ser alarma suficiente. Y la argucia de insertar la materia «Compresión de textos» durante uno o dos meses, como paso previo al examen, es inoperante. Nadie que no haya aprendido los rudimentos de la lectura y la escritura, y del proceso de abstracción necesario para poder expresarse por escrito con un mínimo de nivel argumentativo, puede aprender a hacerlo en tan poco tiempo. Lectura y escritura suponen un aprendizaje que conlleva esfuerzo, y que se da paulatinamente mientras las neuronas se ejercitan en sinapsis cada vez más complejas. Pedirle a un alumno de dieciocho años que aprenda a leer (en el sentido profundo del vocablo) en dos meses es ridículo. Y la petición, además, implica que ese alumno pasó por la EGB y el Polimodal sin que dejaran huella en sus circunvoluciones. Así las autoridades, universitarias y gubernamentales, están reconociendo que estos dos ciclos no cumplen con su cometido básico: preparar alumnos para la universidad.

Las reglas

Si quebrantar las reglas está bien visto, es natural que los funcionarios lo hagan a menudo. En el ideario colectivo nacional el personaje de Juan Carlos Calabró, «El Contra» (un inepto para todo servicio), y el de Juan Carlos Altavista, «Minguito» (un “buen” salvaje), gozan de regocijante aceptación. De la misma manera, cuando Maradona hizo un gol con la mano en el Mundial de México (1986), la ciudadanía aplaudió la picardía en lugar de criticarlo, y elaboró la sentencia «la mano de Dios». Ahora (re) surge el tema del bidón con alguna sustancia extraña en el Mundial de Italia (1990), y se pide la cabeza de Bilardo. Pero cuando el hecho fue denunciado (aunque no oficialmente) nadie hizo nada. Y la respuesta jactanciosa de Julio Grondona («que le pregunten al bidón»), que desde hace veinte años se enriquece a costa del fútbol y los negociados, es vergonzante. Este dejar hacer es propio del argentino medio, y motor de nuestras desgracias. En Argentina el delito es connatural al ideario colectivo. Se dice «pícaro» o «canchero» en lugar de «delincuente» o «caradura». El eufemismo se vuelve razón de Estado y prototipo de incivilidad.

Cuando se realizó el entierro del violador serial de Córdoba, quienes concurrieron al cementerio lo aplaudieron. Su esposa duda del análisis de ADN, y la mayoría insiste en que era un buen vecino. A ninguno se le ha ocurrido que se trata de esferas diferentes, y que el mundo real, no el de Dick Tracy, está lleno de criminales amables y bien vestidos. Para los que lo aplaudieron, el violador es un héroe. El delito pasó a ser motivo de júbilo e inocultable envidia. Esos aplausos evidencian que más de uno desearía ocupar su lugar. En realidad, al festejarlo ya lo está ocupando. No hace falta cometer un delito para implicarse e identificarse con él (no para la filosofía y la sicología). Los émulos del violador potenciaron el delito. Ahora son muchos más los violadores (¿en potencia?). Pero lo más grave es el silencio del resto de la sociedad. Que en el mundo hay gente con patologías no detectadas es sabido; que la sociedad no reaccione cuando esas patologías se evidencian públicamente, es una barbaridad. «Alegrarse de un delito puede ser, a veces, peor, más vil y más gratuito que cometerlo», señala Claudio Magris (El mal absoluto. La Nación, 05/02/05, p. 25).

Romper las reglas y ufanarse de ello se ha convertido en un juego perverso. Sea disparar una candela en un ámbito cerrado cuando se pide que no lo hagan, sea cerrar las puertas de emergencia cuando deben abrirse, sea correr picadas en las calles cuando no sólo la ley, sino el sentido común, establecen que no debe hacerse. Pero hay una diferencia entre ciudadanos y funcionarios: si todos están bajo el imperio de las generales de la ley, los segundos, además, están contemplados en el deber del funcionario público. Son muchos los que incumplen ese deber sin rendir cuentas al electorado.

Alentar el delito

A un año de la inundación de 2003 un grupo de damnificados acampó en la costanera de Santo Tomé; el camping municipal está a sólo cuatro cuadras. Los acampantes se servían ostensiblemente del alumbrado público, cometían además un delito contemplado por el municipio, y el municipio y la EPE permitían las carpas y el robo de energía a escasos cincuenta metros. Los vecinos presentaron dos notas al intendente Piaggio sin obtener respuesta. En esos días se pudo ver a Carlos Tepp y Daniela Qüesta, actual diputada provincial, vinculados laboral e ideológicamente con el concejal Fabián Palo Oliver (UCR), entregando comida a esos inundados. Es decir que al delito de éstos se le sumaba el del municipio y la EPE, que elegían no controlar, y a éste a su vez se le agregó el de personas ligadas al “honorable” concejo municipal. Por suerte no llegó a prosperar un dislate mayor, fruto de la presentación de una concejala, para brindarles a los acampantes un baño químico.

Pero otros toman la posta. Hace pocos días se (re) descubrió que en el terreno de la Reserva Ecológica en la Costanera Sur, en Buenos Aires, prospera la villa «Rodrigo Bueno». Son unas dos mil personas. El gobierno la había abastecido hasta hace un año, cuando “decidió que había que erradicarla”. Pero no avanzó en ello. Como ocurre con otras cosas, las villas no surgen por generación espontánea, y requieren de la voluntad de los que la crean y de la desidia de quienes deben controlar los espacios públicos. Ahora, con los aires todavía candentes de República Cromagnon y la necesidad de Aníbal Ibarra de salvar su cargo, las autoridades amenazaron con trasladar el asentamiento.

Hubo una reunión entre el vicejefe de gobierno (también secretario de Desarrollo Social de la ciudad), Jorge Telerman, con los representantes de los vecinos y los legisladores Daniel Betty y Sergio Molina (del Bloque del Sur). Cuando Telerman les advirtió que «la villa será erradicada y todos sus habitantes serán reubicados», éstos lo pararon: «Antes de hablar de eso, hoy necesitamos condiciones dignas de vida» (sic. La Nación, 26/01/05, p. 16). E insistieron: «Nuestra prioridad, hoy, es tener alimentos, agua potable, trabajo y salud para los chicos y las madres embarazadas». La sorpresa la dio Telerman, que olvidando el motivo de la reunión prometió que «van a recibir cajas de alimentos tres veces por semana», para argumentar increíblemente luego, off the record, que «lo principal, ahora, es ganarnos la confianza de ellos, que vean que los queremos ayudar. Después, negociaremos y decidiremos los siguientes pasos» (sic). Nadie habló más del traslado. Nadie recordó que de la misma forma comenzó la hoy inamovible Villa 31.

En esta concepción el fin justifica los medios: delinquimos ahora para en un futuro hacer las cosas bien. Es un doble yerro: se alienta el delito, y lo hace justamente quien debe velar por su control. La desidia es completa. La ignominia también.

Ibarra sigue protegiendo a sus funcionarios corruptos por no dar los nombres de los responsables de controlar la zona de República Cromagnon. Todavía no aprendió que la dignidad es como la vida: cuando se pierde jamás se recupera.

© Carlos O. Antognazzi.
Escritor.

Publicado en el diario “Castellanos” (Rafaela, Santa Fe, República Argentina) el 11/02/2005, y en el periódico “El Santotomesino” (Santo Tomé, Santa Fe, Argentina) de febrero de 2005. Copyright: Carlos O. Antognazzi, 2005.

Este artículo tiene © del autor.

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