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Cultura en Argentina (XXII): Un dilema que debe terminar

Carlos O. Antognazzi

Argentina



La educación argentina no pasa por su mejor momento. Al lamento de cada año cuando los ingresantes a la facultad rinden mal, se lo debe enfocar dentro del ámbito más amplio de la política cultural. Si el gobierno nacional reconoce que sólo el 20% de sus empleados posee título universitario, y quienes estudiaron diplomacia aguardan a que los convoquen sólo cuando el Gobierno no tiene a algún político para nombrar a dedo como embajador, mal se puede esperar que los estudiantes hagan lo único que se espera que hagan: estudiar. Por otra parte la reforma del sistema educativo, que desde un principio fue puesta en duda, ha resultado un fracaso.

Cultura en Argentina (XXII):

Un dilema que debe terminar

La educación argentina no pasa por su mejor momento. Al lamento de cada año cuando los ingresantes a la facultad rinden mal, se lo debe enfocar dentro del ámbito más amplio de la política cultural. Si el gobierno nacional reconoce que sólo el 20% de sus empleados posee título universitario, y quienes estudiaron diplomacia aguardan a que los convoquen sólo cuando el Gobierno no tiene a algún político para nombrar a dedo como embajador, mal se puede esperar que los estudiantes hagan lo único que se espera que hagan: estudiar. Por otra parte la reforma del sistema educativo, que desde un principio fue puesta en duda, ha resultado un fracaso.

El canon del Estado es inversamente proporcional a lo que se debería propender. En Rosario el gobernador Obeid solicitó «que el día de la bandera vuelva a ser feriado nacional. No queremos que el 20 de junio sea un día laborable. Queremos que se honre a la bandera más allá de cualquier interés económico que pueda haber para tener un fin de semana largo de miniturismo» (El Litoral, 20/06/04). Como señalé oportunamente, Obeid elige desconocer que para prosperar hace falta trabajo y estudio, y no feriados. Pero si el mismo gobernador cae en este absurdo seudo patriótico, ¿qué se puede esperar de los alumnos y profesores? ¿Cómo seducirlos? La educación es un tema cultural, pero su resolución es política. Si los políticos argentinos ocupan el segundo lugar en corrupción (según el Barómetro de Transparencia Internacional, que incluye a partidos políticos, el Congreso y el poder judicial; cfr. La Nación, 10/12/04, p. 06) es poco lo que se podrá hacer para revertir la situación. Y “comenzar” el ciclo lectivo 2005 en la provincia con un paro ayuda menos todavía: desde un principio sabemos que no se cumplirán los anhelados 180 días de clase.

Educación vs. turismo

Llama la atención la coincidencia de las ponencias en el III Congreso de la Lengua en lo referente a la necesidad de lectura y capacitación. No deja de ser significativo, también, que las palabras de Obeid hayan sido proferidas cinco meses antes del Congreso y a escasas cinco cuadras del lugar donde éste se realizaría. ¿Se adelantaba perversamente a las conclusiones del evento, dejando constancia del (des) interés del Estado por la cultura? Un mes antes el entonces Secretario de Cultura de la Nación, Torcuato Di Tella, había sostenido que ni a él ni al Gobierno le importaban la cultura. ¿Ha cambiado algo desde entonces? Quizás: ahora José Nun ocupa el cargo de Di Tella, y aseguró que «viola la Constitución nacional quien dice que la cultura no es una prioridad» (La Nación, 08/12/04, p. 13). Habrá que constatar en la práctica si sus palabras son algo más que una expresión de deseo. Cabe recordar que Nun también sostuvo, refiriéndose al tema de la seguridad y justificando la inoperancia del Gobierno, que las autoridades «asumieron hace 15 meses y se encontraron con la necesidad de enfrentar el desastre» (La Nación, Enfoques, 22/08/04. p. 4). Ahora Nun procura tomar distancia de su predecesor, pero durante su gestión guardó silencio ante las barbaridades que decía Di Tella. En la práctica Nun defendió la pantomima de seguridad y de cultura del Gobierno de Kirchner durante el primer año y medio. Es amigo del Presidente y asesor del Gobierno; nada garantiza que ahora cambie.

Por otra parte, si bien Obeid negó cualquier interés espurio por el miniturismo, fue ese rubro, justamente, quien más se benefició con el III Congreso. El aporte que el evento dejó para la cultura argentina aún está por verse. Sólo han quedado fotos y libros firmados por los escritores que vinieron. El III Congreso era el ámbito apropiado para anunciar oficialmente cambios en la política cultural y educativa, pero el Gobierno, que respaldaba a Di Tella y Magdalena Faillace, guardó silencio.

Ahora el Ministerio de Educación decidió ordenar exámenes a los alumnos de los tres últimos años del Polimodal (La Nación, 11/02/05, tapa). Nadie explicó todavía porqué hace tres décadas se dejó de lado una medida similar, y porqué la nueva implementación quedará en manos «de cada jurisdicción» en lugar de ser obligatoria.

Porcentajes

Mientras en Argentina el Gobierno sigue aportando para cultura el 0,17 % del presupuesto, en lugar del 1 % que sugiere la UNESCO como “piso”, en España Zapatero ha llegado al 9,4 %. Y Aznar invertía aproximadamente el 5 %. No hay posibilidades de crecimiento si el Gobierno no asume a la cultura, y por ende a la educación, como una razón de Estado. No hay milagros, sino planificación. Esto es lo que falta en Argentina. Gobierno tras Gobierno se realizan parches, marchas y contramarchas, se propugnan ideas que no dieron resultado en otros países, se actúa con una lógica fugaz, parkinsoniana, que nos sigue dirigiendo hacia la necrosis. Cada acto que el Gobierno realiza sin un programa de largo plazo no es más que dilapidar dinero y perder tiempo.

El 0,17 % no es el único porcentaje que desluce cualquier oratoria oficial rimbombante. La ley federal de educación estipula que, a escala nacional, se debe invertir en educación el 6 % del presupuesto. Sin embargo, el Gobierno sólo aporta el 3,5 %. Esta diferencia es mucho más grave que la referida a cultura, porque mientras en aquel caso se trata de una sugerencia de la UNESCO, esto es una ley. Con razón Diego Valenzuela se pregunta si «¿los jueces pueden mirar hacia otro lado cuando el Estado no invierte lo estipulado por ley? ¿Pueden desconocer que el Estado no está garantizando el derecho constitucional a aprender, y que está brindando una educación que en buena medida perpetúa la desigualdad?» (Déficit educacional: que hable la Justicia. La Nación, 15/12/04, p. 21). Esta anomalía, por usar un eufemismo, señala lisa y llanamente el incumplimiento de los deberes de funcionario público, algo que también está legislado en el código penal.

Si quienes deben velar porque se cumplan las leyes no lo hacen, ¿qué queda de la estructura democrática de un país? La democracia no es algo que surja por decreto, sino una manifestación cultural que nace de las bases de la sociedad, pero para poder desarrollarse y mantener su vitalidad requiere de decisiones políticas. Pareciera que políticos y funcionarios, que son quienes deben tomar las decisiones de fondo, no aprendieron que la democracia es mejor que el totalitarismo de los setenta.

Invertir en educación

Como en otros aspectos, Argentina marcha a la cola de los países más pujantes. En 2004 ni siquiera se pudo cumplir con el tibio deseo de los 180 días de clase. Pero no debe engañar el número de días. Hay que compararlo, también, con el número de horas. En los países más avanzados es norma la jornada de doble turno, que incluye el almuerzo. No como un paliativo a la barbarie vernácula, en donde las escuelas se han ido convirtiendo paulatinamente en comedores para suplir el vergonzante repliegue del Estado, sino porque los alumnos siguen estudiando y haciendo deportes en el otro turno. El resultado de esta insistencia es elocuente.

Aquí hay un buen número de estudiantes universitarios, pero según el Indec (Instituto Nacional de Estadística y Censo) sólo se gradúa el equivalente al 3,14 % de la población total del país. El porcentaje, curiosamente, es similar al de los analfabetos. De esos graduados, muchos emigran. España es, por lejos, el destino de la mayoría. Se cumple una doble perversión: malos planes de estudios (que incluyen alumnos y maestros sin motivación, pocos días de clase y pocas horas por día) y la emigración de los más capacitados. ¿Qué se espera que ocurra? No es casual que nuestros políticos y funcionarios sean considerados líderes de corrupción a escala mundial. Cabe consignar, además, el costo de preparar un profesional para que luego ejerza en otro país. Esa inversión nunca se recupera. Es decir que constantemente hay una sangría de materia gris, para usar la metáfora de Silvia Pisani (La Nación, 13/12/04, p. 03).

En una serie de notas que La Nación publicó a comienzos de diciembre de 2004, los columnistas coincidieron en que debe exigirse más a los alumnos, que en los últimos años han sido sobreprotegidos por cuestiones extrínsecas al colegio, y a los mismos maestros y profesores, que se han “achanchado”. Es incomprensible que las jornadas de perfeccionamiento docente, por ejemplo, sirvan, paralelamente, para que los alumnos no tengan clase. Si a esto se le agregan los paros, es difícil que se pueda cumplir con el límite de días fijados por el Gobierno. Igualmente incomprensible es el traslado de los feriados que caen en sábado o domingo a un día laborable. La línea general, con argumentos discutibles y dudosos, es evidente: se busca favorecer al turismo, no a la educación. Cuando se procuró que el ciclo lectivo 2005 comenzara antes, para así garantizar los días de clase planificados, se opuso la cámara de turismo, temerosa de que se perdieran unos días de alquileres en las zonas turísticas. Lo grave es que el Estado no intervino, como si la cámara tuviera competencia en la educación. En un extremo, se le podría pedir a la cámara que elabore los planes de estudio, y, como contrapartida, a los maestros y autoridades del Ministerio de Educación que planifiquen el turismo.

Los exámenes para los alumnos del Polimodal pueden constituir un primer paso para cambiar, pero no es el único. Argentina no es el paraíso de la planificación y la selección de prioridades. De estas dos cosas depende comenzar a ser un país serio o seguir en el dilema bizantino y las contradicciones entre las apetencias y los resultados. La mejor reforma educativa es la que comienza y se apuntala en cada hogar, pero de nada servirá si los maestros y profesores no se superan, si los gremialistas, funcionarios y políticos no dan el ejemplo, y si la sociedad toda, en general, no comprende que invertir en educación es el reaseguro más efectivo para las nuevas generaciones.

© Carlos O. Antognazzi.
Escritor.

Publicado en el diario “Castellanos” (Rafaela, Santa Fe, República Argentina) el 04/03/2005. Copyright: Carlos O. Antognazzi, 2005.

Este artículo tiene © del autor.

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