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ANÉCDOTAS DE LA PRINCESA MAJADERA

Marie Rojas Tamayo

Cuba




 
         Cerca de las Navidades, fui con mi hija de cinco años a una tienda de velas decorativas y ella preguntó el precio de todas. La dependienta, en un derroche de amabilidad, le explicó con calma, incluso consultó los catálogos de las que habían llegado nuevas.

En vista de que aquello era "la historia interminable", le dije:

- Sarah, vamos, si de todos modos no tienes dinero para comprarlas.

Mirándome muy seria, con expresión ofendida, me respondió:

- ¿Quién te dijo que no? ¡Si yo en la casa tengo 1000 dólares!

Por suerte, nadie le creyó... Si la alcancía infantil alcanzaba esa cifra, ¿qué se diría de las finanzas familiares? Con una hija tan "billetuda", es seguro que nos secuestran a las dos.

No hace mucho, para amenizar el camino de regreso, le pregunté qué había hecho en el preescolar:

- Estuve cazando dragones y unicornios... ¡Ah, qué cansancio! - me respondió, suspirando y haciendo ademán de secarse la frente - Había un vampiro encaramado en un árbol, pero se hizo mi amiguito.

- Sarah - le pregunto de nuevo -, ¿que hiciste... de verdad?

- ¿De verdad? - con una mezcla de enfado y aburrimiento -, ¡Jugar con plastilina y colorear!

Cuando estaba en el aula de “quinto año”, regalé a la escuela una terrible montaña de muñecos de peluche que ella ya no miraba, pues decía eran “de bebés”. Aceptó llevarlos en una gran maleta y estuvo muy de acuerdo en que ahora serían propiedad de la escuela. Nos sentimos muy felices, la maestra, que vio llegar aquellos juguetes para adornar el salón de clases y servir de entretenimiento en el recreo, y yo, que me vi libre de los monstruitos de diversos colores y tamaños que amenazaban constantemente el orden familiar, esparciéndose por el piso casi con voluntad propia, apareciendo sobre el sofá en el momento en que recibíamos visitas, ocupando closets, cestas y armarios, ocasionando tropezones nocturnos, soltando relleno por algún descosido... Mi esposo, mi hijo, mi madre y yo somos alérgicos a ese relleno, nos da coriza al momento.

A fines del pasado año, mi querida princesa majadera me preguntó:

- Mamá, ¿dónde se ha metido mi marcianito?

Cabe aclarar que el “marcianito” es una cosa enorme y verde, con la cabeza terminada en dos cuernitos, que al momento de ser regalado, llevaba más de doce meses sufriendo la indiferencia de la dueña. Le dije que no sabía, que tal vez había regresado a Marte donde era muy feliz, y me miró con expresión de “a otra con esa historia, aquí quien las inventa soy yo”.

Al día siguiente, regresó triunfal con el monstruito verdoso, ahora bastante más estropeado, despeinado, descosido y feúcho que en el momento que supuse sería el último adiós.

- No te preocupes, mamá - me dijo sosteniendo al bicho en alto con orgullo -. Ya sé a dónde se fueron mis juguetes.

Vi regresar, uno a uno, al gato, al toro, al perro Richy, a otro perro sin nombre, a los osos - toda una familia -, al mono grande y al pequeño - el grande es impresionante, ocupa medio armario -, al coyote, al león, al conejo Flosy, al pollito, al dinosaurio, al elefante futbolista y a la rana vestida de marinero. Tanto la maestra como yo comprendimos que  estaba en todo su derecho de recuperarlos, pero la familia cayó en una lógica crisis, de vuelta a la falta de espacio, el reguero, los estornudos y los tropezones.

El día que trajo al último de los peluches, algo indefinible que ella llama “El señor Gongo” y que a mí me recuerda ciertas películas de vudú, los reunió en medio de la sala y les dijo:

- ¡Los he salvado! ¿Ahora sí están felices? ¡Viva Sarah! ¡Vivan los juguetes!

No escuché las vivas y salvas de los muñecos, debe haber sido porque en ese momento estaba distraída, demasiado ocupada recogiendo cientos de bloques plásticos de construcción y seis pelotas que pienso regalar a la escuela, en cuanto la princesa me dé su autorización.

Marié Rojas

Este artículo tiene © del autor.

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