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EL BUITRE

Capítulo 22 de la novela "Crónica de los infiernos", en busca de editor...

Bernardo Jiménez de Aristizábal

España - Colombia



           Los acontecimientos que habían de precipitar al descalabro total la exigua economía de Berlín empezaron con la muerte de El Buitre. Ningún berlinés podía intuir que su fallecimiento iba a suponer la ruina de los gallineros.
Todo empezó por una de sus altanerías un uno de julio en que llegó borracho al amanecer y gritando en la calle:
    - ¡Aunque amaneció opaco el día, sigue trabajando el año!
    - ¡Virgen Santísima! Tu padre -saltó de la cama su mujer.
    Los del vecindario sintieron su respiración de mastodonte cansado dentro del horario de su trabajo en la fábrica de aspirinas como guarda nocturno, y supieron que había ocurrido lo que ya se temía. El Buitre había perdido su empleo. Con las manos en los bolsillos del pantalón, El Buitre pegó la espalda contra la puerta de la única tienda que había en toda la barriada, y arremetió a talonazo limpio gritándole a su mujer:
    - ¡Te vengo a enterrar! - ¡Te vengo a enterrar!
    - Tumbará la puerta si no le abrimos -se  quejó  la mujer abrazada a su hija- ¡No viene sino a traernos disgustos!
    - Paciencia, mamá -bostezó Angelines. La muchacha se levantó de la cama y, de mala gana, le abrió la puerta.  Su papá traía la  aurora triste en su rostro de negro cansado y bebido. 
    - No haga tanta bulla, que mamá está enferma -le suplicó la muchacha.
    - ¡A esta hora ya debía estar lavando las tazas del desayuno! - dijo. Sacó un montón de billetes arrugados, como si los acabara de manotear en una mesa de garito, los golpeó contra el mostrador y ordenó a su hija:        
    - ¡Sírvame una cerveza, que no vengo a pedir, que vengo a pagar!
    Tratando de evitar el escándalo, la muchacha se apresuró a destapar la cerveza. El Buitre, con la espalda pegada a la pared, se dejó caer sobre un tercio de leña, se empinó la botella y la mitad del líquido se lo echó por la chorrera de su camisa abierta. Acechó la mañana, que se podía untar en el pan de lo cerrada que estaba y, dejando escapar un resuello de bestia cansada, masculló:  “Me gusta el día para un entierro”. 
    Mientras tanto, en el cuarto trastienda, evitando llamar la atención, su mujer contenía la tos. Como pidiendo clemencia para ella, su hija le decía a su padre lo mal que se encontraba, que a la pobre le dolía la cabeza, que estaba cansada de tantos disgustos, que por favor la dejara tranquila.
    - ¡Vengo a enterrarla!   ¡A eso he venido!  ¡A enterrarla!
    Con la segunda botella de cerveza en la mano, El Buitre se asomó a la aurora tardía, vio que el cielo plomizo descansaba sobre una corona de luz y, dándose la vuelta, comentó:
    - Éste sí que es un sombrero de ala ancha. Lo difícil es saber la hora.
    Era la hora en la que los Aspirina salían a cumplir como mensajeros del laboratorio y no les extrañó ver la tienda abierta, porque con sus gritos El Buitre ya se había anunciado.
- ¡Me gusta este día para un entierro! -repitió para ellos al pasar en sus bicicletas.
      Angelines entraba y salía del cuarto trastienda donde dormía pegada a su madre desde que el padre las abandonó. Viendo aclararse el día, entró a la cocina, desenterró de las cenizas brasas encendidas, juntó los tizones apagados del fogón y abrió la puerta que daba al gallinero. Las gallinas pasaron dentro a picotear salvado al pie del mostrador. Desde donde había  vuelto a sentarse, El Buitre les arrojó una astilla de leña y las gallinas, cacareando, salieron espantadas, menos la saraviada, que se quedó tendida. La remiró con el ojo torcido y sigiloso, se acercó, le echó mano por las patas y salió con la gallina, que goteaba sangre por el pico, para arrojarla detrás de una palmera. Y nunca más volvió.

    A esa misma hora, la señora Cucurucero caminaba deprisa hacía la iglesia y se cruzó con él en las palmeras. Al ver la tienda abierta, ella mandó a su pequeño Serafín, y el negrito entró en la tienda a preguntarle a Angelines si le podía cambiar un carrete de hilo, porque no era del mismo color de sus remiendos. Desvelado desde los primeros gritos de El Buitre borracho, Santo Pascual soplaba un tazón de café que Matilde le acababa de traer. Desde la ventana, la vio entrar por la puerta de la iglesia sin puerta.
     -¡Venga, Santo, venga por favor! -le pidió la mujer muy preocupada-. ¡Venga, que ese niño que me trajeron para cuidar se me está muriendo!  ¡Venga corriendo!
    Ya no lloraba cuando llegaron. En el silencio, invadido por la débil llovizna desatada, se había roto el hilito de vida del negrito que no llegó a llamarse nada, pero que, sin haber tenido nombre, dejó su historia, corta o larga o como cada uno la quiera interpretar. La negra Rosalía, que no dejó su dirección cuando lo trajo, lo parió mientras trabajaba. Había nacido a destiempo, porque estorbaba. Cuando aparecía la patrona en el cuarto donde Rosalía planchaba, la pobre muchacha tenía que disimular su embarazo poniéndose la plancha por delante. Consiguió que naciera y que se lo retuvieran en una incubadora. Ocho semanas después se hacía pública su custodia por la radio local. La primera mujer que se comprometió a cuidarlo empapaba un pañuelo en el gas de la cocina y se lo daba a oler para que no llorara, teniendo que insistir después para que despertara golpeando en las plantitas de sus pies. Colgado de los tobillos lo tenía el día en que Rosalía, porque era su día libre, pudo pasar a verlo. Lo trasladó a la barriada de Berlín, donde la gente era buena y, no se sabía por qué, no volvió más.
    Depositaron el cuerpo del negrito dentro de una cajita de cartón y  esa misma mañana lo remitieron al Limbo. Al regreso del cementerio, abrieron su testamento, que decía: “Repartan la oscuridad que dejo, ahora que el dolor los hace iguales y nadie pedirá más”.

    A esa misma hora, en el Barrio Obrero, una cola de más de doce enfermos esperaba a El señor de los milagros en su puesto de siempre. Los dedos de sus devotos se retorcían esperando en la calle. Llegados desde distintos barrios marginales, los artríticos sostenían con dificultad un frasco en la mano. Desde su humilde puesto en el suelo, El señor de los milagros veía al rico en la cola del pobre dispuesto a recibir en su mano engarabatada el agua bendita. Una garrafa y un embudo sobre la acera eran su botica. Abierta en el suelo una maleta de cartón en la que algunas manos temblorosas echaban monedas. El que podía escondía la cara del dinero tirando el billete arrugado. Ante El señor de los milagros  pasaron muchos pobres dando sólo las gracias, mientras él con el embudo les llenaba el frasco. Lo hacía muy de mañana y antes de que el policía de turno llegara a darle con la punta de la bota en el culo para que se levantara y no estorbara el paso.
    Como tantos otros días, El señor de los milagros había estado ayer por la tarde en la Industria Licorera del Valle, comprando alcohol de caña de azúcar de noventa grados para macerar la hoja de la marihuana, con la que preparaba su agua bendita. De regreso al Barrio Obrero con el alcohol comprado, echó un trago. El segundo lo desvió del camino, y al amanecer había llegado a Berlín borracho y gritando en la plaza: "Aunque amaneció opaco el día, sigue trabajando el año".
    El día había aclarado. Los que lo esperaban en el Barrio Obrero se habían ido con el frasco vacío y con la esperanza de volver mañana y encontrarlo en su sitio de siempre. No lo verían nunca más.

    Cuatro negros de Terrón Colorado, la madre y la hija vestidas de luto caminaban detrás de Santo Pascual hacia el cementerio. En un cajón de cuatro tablas mal pintadas llevan los negros los restos de El Buitre. El solecito triste, que apareció sin prisa cuando cesó la lluvia, les enseñó el cadáver al pie de una palmera y junto al de una gallina saraviada. Los dos estaban duros y húmedos. Cuando levantaron a El Buitre del suelo, su cuerpo se descoyuntó por donde se había roto al caer desde arriba de la palmera de su juventud. Todo por olvidar que no debía trepar a la palmera cuando ésta estuviera mojada, como le había advertido de niño su padre Lucumí. El mismo solecito triste que los acompañaba camino al cementerio  ilumina, por sobre las cabezas de los negros del Puesto Oficial, el cajón con los restos de El Buitre.
    Al día siguiente el pueblo despertó sobresaltado, porque ningún gallo había cantado al amanecer. Se juntaron para ver lo que ocurría. Sólo cuando las gallinas empezaron a abandonar sus comederos y bebederos, saltando por encima de su gallo muerto, se extendió la certeza, a causa de la gallina saraviada que apareció junto a su cadáver, de que El Buitre había echado el mal de ojo sobre los gallineros.
Los que no se dignaron rezarle un Padrenuestro, los que no se dignaron llevarle una flor o golpear un tambor en su entierro y mucho menos acompañarlo al cementerio, desearon sacarlo de la tumba, llevarlo hasta Buenaventura, meterlo en una barcaza, remar hasta más allá de los límites nacionales del Pacífico y hundirlo en sus profundidades con la misma rabia en el corazón que amor había en los corazones de sus enfermos del Barrio Obrero, tristes por su   desaparición.

Capítulo 22 de la novela Crónica de los infiernos, en busca de editor...

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