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ESTATUTOS DEL CLUB DE LOS BICHOS RAROS

Marie Rojas Tamayo

Cuba



Para ser miembros de este honorable club, es imprescindible:

Tener entre 5 y 150 años, medir entre 20 y 2000 centímetros, pesar lo suficiente para que no nos arrastre el viento.

A pesar de ser muy sociables, de tener muchos amigos, de sonreír a menudo, de ser buenos trabajando en equipo, sentir “que no encajamos del todo”... algo así como si acabásemos de llegar de un asteroide.

Tener a menudo la impresión de que hablamos otro idioma, que por más que gastamos palabras, nadie las escucha.

Sentirnos muy solos a veces, muchas veces, o la mayor parte del tiempo y, por absurdo que parezca, amar la soledad.

Tener la extraña sensación de que equivocamos el momento o el lugar que elegimos para nacer.

No entender “por qué nadie parece entender”.

Amar la música, los niños, los atardeceres, las tertulias en voz baja, los recuerdos ajenos, pero sobre todo y por encima de todo, la poesía.

Haber hablado solos, en voz alta, al menos una vez en la vida, y no por eso considerarnos locos.

Haber adoptado, aunque sea en un pasado remoto, algún animalito no precisamente “de raza, o agraciado” - se incluye adoptar amigos -, solo por el hecho de salvarlo de la soledad.

Que los demás, en algún momento, nos hayan considerado raros.

Preferir un día de lluvia, metidos entre las sábanas, escuchando a Chopin, con un libro entre las manos, a un partido de tenis bajo el sol.

Saber que es bueno querer a los amigos, que nos gusta que nos quieran, que cuando nos hacen un regalo hay que saltar de alegría, dar las gracias y no decir aquella frase de “¿por qué te has tomado la molestia?”

Creer en los milagros, en los duendes, en los ángeles, en las hadas, aunque vengan disfrazados de seres humanos.

Haber detenido el paso en alguna ocasión, para contemplar un ave, una nube o una flor y luego olvidar hacia dónde nos dirigíamos.

Desear a menudo que venga un platillo volador a “abducirnos”... comprender después que hay que quedarse para ayudar a cambiar el mundo. Creer que podemos cambiarlo, incluso desde una mesilla llena de papeles emborronados con una taza a medio beber al lado.

Tener fe... en lo que sea.

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