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PINTURAS NEGRAS De Goya

Gustavo A. Vaca Narvaja

Argentina



La madre  ignora a su hijo que desparrama  su cuerpo contra  las  rodillas de ella que mira  al costado buscando el hijastro que despertó el amor lascivo. Él está tapando su torso con un paño blanco de  hilo grueso cruzado de cinturones anchos que llevan la espada filosa del guerrero, sabe de su madrastra en la tragedia de  Fedra y no hace nada, solo caminar en el sendero que encuentra más guerreros y mujeres que  ya no ocultan sus cuerpos  y caminan al lado de sus caballos cuidados de anchas crines. Las riendas  son buscadas por los perros que  acompañan al cortejo que lleva  el féretro de una muerte más  que la peste puso en  el camino del sufrimiento. Pensaba en los muros que separan  las vidas de esas aldeas pequeñas y llenas de gente que cruza  las calles angostas  empedradas y deseosas de ser pisadas  y escuchar los secretos del pueblo dormido. Pasan soldados buscando al pintor que lleva al demonio en cada paleta, Pintor que se duerme  en el respaldo del tronco seco  que alguna vez ha caído en ese lugar y nadie se atrevió a cambiar o transformarlo en leña. Su mano sostiene  la cabeza y sus párpados  cerrados dejan que su imaginación este vagando por los sueños que no desean despertar La tinaja de madera cae  cerca de sus píes, con el resto de vino  tinto tan fresco como la brisa que cruza ahora ese  sitio lleno de paz. Se eleva la figura de ella, la mujer que trajo  sus energías a la superficie y dejó que se convierta en fuego, mujer que  está exhausta. Con su desnudez perfecta  llena de curvas que apenas son tapadas por un delicado  tul rojo que supo  estar en algún lugar de su vestido que está  desparramado  cerca del árbol caído, Lleva en cada mano  los anillos de piedras tan hermosas como sus ojos  lleno de cristales  y brillantes diamantes  y deja que su pelo ensortijado  acompañe a la brisa  sin ofrecer resistencia  alguna. Su pie derecho asoma en las hierbas  con la blancura de una flor, es tan delicado como  su carácter  tierno que ahora duerme junto al artista. El Trueno sacude  las ramas  y los pájaros que habitan el lugar, pero no pueden despertar los amantes que siguen soñando. Solo que el artista  sufre el temblor de una convulsión, de una fiebre infernal de un estado  diabólico que lo lleva  por un túnel de grandes círculos  acompañado de sonidos sin poder reproducir uno solo, son gritos m música y lamentos, alegrías y risas, todos se mezcla  en ese  cilindro que lo va llevando a la oscuridad que desea  ver para poder pintar. Tinieblas que comienza a visualizar al llegar  al medio de ese peñasco en donde está la noche  cerrada  con truenos y relámpagos  rodeado de imágenes  fantasmales  todos cubiertos y hasta escondidos en  túnicas harapientas de colores oscuros y secos   de tiempos pasados. Aparece en su frente  la gigantesca imagen  de esa cara descompuesta de horror  con los ojos desorbitados, blancos de luz  e inyectado por finos  vasos  rojos que  llevan hasta  la pupila  el gesto del horror,  su nariz, se abre  acompañando su boca gigante que  mastica la cabeza de esa mujer  que cuelga desnuda  con la sangre  que cae por los delicados hombros  que han perdido ya la vida, El cuello del monstruo carnívoro  se articula con dos enormes brazos que terminan en manos  llena de huesos y uñas  largas y negras  que calan en la espalda de esa mujer  sus filos. Solo sus  glúteos están intactos  y las piernas de ellas  hacen sin las sombras de ese demonio el réquiem de una mujer que fue hermosa Nada se ve más que el negro telón de la vida que envuelve la imagen  macabra  cuando Saturno devora a su hija, hija de él y su hermana  Rea. Sobreviviente del baño de sangre cuando  Gea  castra a su padre con una guadaña y de la sangre que corre a torrentes nacen  las erìneas,, los gigantes y las ninfas. El pintor convulsiona nuevamente sudando, dejando que su cuerpo se contorsiones espontáneamente golpeando la desnudez de su compañera que  solo atina a mirar  los gestos y los gritos de quién toma nuevamente el pincel y llorando  el dolor reprimido de sus pesadillas  dibuja la mujer con el cuchillo filoso en la mano  que corta la cabeza de  Holofernes, Caen las joyas de las mujeres que rodean la fiesta  del festejo, caen los cuerpos en una sala vacía de muebles pero llena de  figuras que se contorsionan en las sombras   y se ríen, se ríen de todas las maldades que se  encuentran  de atrapar el  largo y delgado viejo que descansa sobre el bastón de caña  con sus dos manos que atrapan la curva del apoyo. Ríen del amorfo personaje que en medio de esas tinieblas se acerca a la oreja del viejo para blasfemar y enviarles los malditos sonidos del infierno.Comen las  ánimas  de calaveras  que muestran restos de carnes  descompuestas pegoteadas en sus órbitas, la sopa  de  ratas que mataron para alimentar alimañas. Hay una rara mueca de satisfacción en el comensal  harapiento que levanta la cuchara para llevar el brebaje que es envidiado por su acompañante más miserable que su propia miseriaToma la primera cucharada y aparecen  cientos de ánimas entre  los restos de  maderas que tapan las ventanas del salòn. Gimen, gritan, blasfeman, cantan canciones de cuna siniestras  donde los  niños han desaparecido  de las sábanas y se convirtieron en parte del festín de los caníbales vagabundos de la tela pintadaHay quienes  son provocados, por tanta maldad y tantas mujeres entregadas al placer que hacen que sus miembros entren en el placer del sexo y los que nò llevan sus manos a la masturbación implacable de la que fue desplazado de la orgía. Luchan algunos con sus rodillas enterradas  en la ciénaga  putrefacta, se golpean con  piedras  y palos de espinas  llenas de sangre. Palidecen las ánimas  que caminan pegados al muro  del monte  llevando la peste   en sus cuerpos que revientan liberando sus pústulas  del pus maloliente y dejando que también sus huesos se vean en algunos que ya tienen la  lepra que pudre las carnes y que hacen  olvidar sus nombres, sus formas y sus historias Van los  harapientos  llevando sus bolsos con la poca ropa que pudieron sacar de sus  casas quemadas  para purificar el pueblo, rumbo a las cavernas en donde quedarán sepultados, mientras las Parcas, sobrevuelan la muchedumbre que escapa de la venganza de los sanos esperando condenar  a quién cometió el delito de estar cerca del peñasco extrañamente iluminado  que se levanta desafiando a cuanto mortal quiera destruirlo.

Este artículo tiene © del autor.

1968

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