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Violencia en Argentina (XX): Un año sin Axel Blumberg

Carlos O. Antognazzi

Argentina



Las conductas sociales cambian con un gran desastre o con una gran meditación. No son formas excluyentes y, de hecho, ambas se dan en una misma sociedad. La primera forma es perentoria; demanda una repuesta política acorde al hecho. Es la sociedad quien exige una solución pronta y satisfactoria. Ocurrió en Argentina en diciembre de 2001, cuando la población salió a la calle con el arma más efectiva: su presencia y las cacerolas como emblema. La segunda forma es propia de la razón, y supone una lenta maduración que equilibra los pro y los contra. En una ida y vuelta, la política construye un tipo de sociedad, y ésta, a su vez, construye un cierto tipo de político. En Argentina se vio hacia 1880, cuando se definió una tipología de país y, consecuentemente, una acción política para arribar a él. Luego de ese momento, y en especial después del golpe militar de 1930, Argentina entró en el cono de sombra de la irracionalidad, la demagogia y la chapucería.

Violencia en Argentina (XX):

Un año sin Axel Blumberg

Las conductas sociales cambian con un gran desastre o con una gran meditación. No son formas excluyentes y, de hecho, ambas se dan en una misma sociedad. La primera forma es perentoria; demanda una repuesta política acorde al hecho. Es la sociedad quien exige una solución pronta y satisfactoria. Ocurrió en Argentina en diciembre de 2001, cuando la población salió a la calle con el arma más efectiva: su presencia y las cacerolas como emblema. La segunda forma es propia de la razón, y supone una lenta maduración que equilibra los pro y los contra. En una ida y vuelta, la política construye un tipo de sociedad, y ésta, a su vez, construye un cierto tipo de político. En Argentina se vio hacia 1880, cuando se definió una tipología de país y, consecuentemente, una acción política para arribar a él. Luego de ese momento, y en especial después del golpe militar de 1930, Argentina entró en el cono de sombra de la irracionalidad, la demagogia y la chapucería.

Colapso del sistema

También es ejemplo de la primera forma el asesinato de Axel Blumberg. Si toda muerte nos disminuye porque «nadie es una isla, encerrado en sí mismo», como aleccionó poéticamente John Donne, la muerte de una persona joven nos choca más. Y si es un crimen, más todavía. Axel Blumberg fue secuestrado el 17/03/04 y asesinado «como un perro», como diría Kafka, el 22/03/04, cuando intentaba escapar de sus captores en una zona liberada por la policía de la provincia de Buenos Aires: la bonaerense, la «mejor policía del mundo» según el ex presidente Eduardo Duhalde, plagada de casos no resueltos de gatillo fácil, encubrimiento, mafias, narcotráfico, prostitución y juego clandestino.

Con Blumberg el Gobierno descubrió que la sociedad está harta de violencia, desprotección y charamusca, que estas características tienen su origen en los funcionarios corruptos, y que ya no tolerará más estupideces ni bravuconadas. Pero la violencia venía de antes: cuando asesinaron a Axel el Gobierno exhumó un proyecto de Gustavo Béliz que había cajoneado durante meses. En el artículo Perros que ladran no muerden (Castellanos, 10/09/04) hacía notar las frases rimbombantes y demagógicas de Kirchner sobre las medidas adoptadas a partir del asesinato, las cuales quedaron en la nada pues la inseguridad continuó hacia la eclosión de la legislatura porteña el 16/07/04. Este escándalo le costó el puesto al ministro de Justicia, Béliz, y al secretario de Seguridad, Norberto Quantín.

Fueron fusibles gratuitos, porque el problema no es tanto del funcionario como del sistema. Con el destrozo de la legislatura Kirchner entendió que debía frenar a los piqueteros y delincuentes en general. Podría haberlo sabido antes, no apoyar públicamente a los piqueteros en Parque Norte el 21/06/04, y así evitarse el bochorno. Pero si hay que reconocerle algo al Presidente es su tesonera capacidad para llegar tarde, no sólo a los actos, sino a la Historia: mientras yerra de desastre en desastre (legislatura, entrevistas con mandatarios y empresarios extranjeros, SIDE, República Cromagnon, Ezeiza, Shell) insiste en criticar al periodismo no complaciente. Por no aprender la lección con Blumberg ni con la Legislatura, por más que en las palabras de ocasión sí parecía haberse aprendido algo, se llegó a República Cromagnon, luego a la odisea de Fabián Morello y familia frente a los piqueteros el 16/02/05, y ahora al patoterismo oficialista contra Shell.

Esta postura adolescente y elusiva de la realidad es la que impide un cambio real en materia de seguridad. Si bien el Gobierno acusó el impacto de las marchas de Juan Carlos Blumberg (especialmente de la primera, con 150.000 personas), y si bien lo recibe en la Casa Rosada, lo hace por temor a esas miles de personas en la calle. Y el Gobierno sigue sin dar la respuesta coyuntural que se le está reclamando desde hace tiempo.

Axel Blumberg fue una bisagra; no por él, sino por su padre. Si Axel se volvió símbolo de una sociedad hastiada, es su padre quien se erige en el luchador que, ley en mano, procura enderezar el rumbo de un Gobierno errante. La bandera es Axel, pero el abanderado es Juan Carlos.

Hechos concretos

Juan Carlos Blumberg representa el repudio ante la corrupción generalizada de jueces, policías y funcionarios que delinquen por adhesión u omisión. Su sentido cívico ejemplifica lo que debería ser una sociedad madura: una ciudadanía responsable, que exige y controla al Gobierno. Pero Blumberg es también una víctima. La cruzada que inició cuando mataron a su hijo lo perfila como un hombre comprometido y desafiante de un orden viciado, pero también como reflejo de la desesperación. Ha sabido moverse, no obstante, en el lodazal de la política argentina. Una primera marcha lo presentó en sociedad; dos más, cuidadosamente esparcidas en este año transcurrido, lo refrendaron como mártir y escudo. Blumberg mide sus intervenciones; sabe que el exceso acostumbra y hace perder efectividad. No es poco para alguien sin experiencia en el ámbito político; sin embargo, tampoco es suficiente.

Se lo ha criticado machaconamente aduciendo que «está apoyado por la derecha», y se lo ha vinculado con la «mano dura» que propicia Carlos Ruckauf (cuya sonrisa equina viene desde los tiempos de María Estela Martínez de Perón y su desgobierno con el siniestro López Rega cuando comandaba esa mazorca de energúmenos que fue la Triple A). Pero Ruckauf desapareció pronto de la escena al no encontrar en Blumberg un aliado, sino un crítico. O un padre que no concibe que la muerte de su hijo deba pervertirse en pro de funcionarios que auscultan el temor social para erigirse en hechiceros hasta que el viento del “cambio” los haga mutar.

Ninguno de sus detractores señaló esto, sin embargo, y tampoco que detrás de él no hay una estructura partidaria, sino una voluntad política de hacer lo que el Estado no cumple. Los que callaron éste y otros hechos son los que, desorientados, no saben cómo reaccionar ante alguien que puede convocar más personas que cualquier partido tradicional de izquierda. Y ese desconcierto es lo que conduce a la crítica: «¿cómo vamos a apoyarlo si no hacemos la convocatoria nosotros?», parecen decirse. Pero Blumberg consiguió lo que ningún partido hasta ahora: la regulación sobre las armas y los teléfonos celulares, y poner en primer plano el tema de la seguridad. La izquierda argentina, tradicionalmente resentida e hipócrita, salvo honrosas excepciones, debería replantearse su papel ante logros como éste antes de cuestionar sin pensar. La sociedad no quiere ideologías de éste o aquel sector, sino hechos concretos que sirvan para vivir mejor. Es simple, pero difícil de asumir desde la esclerosis partidaria.

El lugar del Estado

En distintas oportunidades Blumberg se ha equivocado en dichos o actitudes. Es lógico que así sea porque no es político (en el sentido de pertenencia activa a un partido; en el sentido peyorativo del funcionario), ni sociólogo ni psicólogo, sino ingeniero textil. No es político pero actúa políticamente porque no tiene nada que perder y sí, por el contrario, esperanza en conseguir algún cambio de conducta en la cúpula dirigente. Su actitud es digna de emulación, porque sabe que no regresará a su hijo, pero también que puede evitar otros asesinatos similares. Su acción no es egoísta. Es bueno recordarlo para no caer en el lugar común de ver en sus actos alguna estrategia espuria de vanagloria o rédito personal. No al menos en este primer año.

Blumberg ocupa un lugar que no es para él, pero que sin él estaría peor. Lo ocupa porque el Estado, esa entelequia que día a día se diluye un poco más, lo dejó vacante. Si el Estado deja de ocupar los lugares que le competen, es la ciudadanía quien debe ocuparlos. No puede quedar un espacio vacío. Cuando el Estado deja de velar por la salud de la población, son las escuelas quienes avanzan y dan de comer a los alumnos. No es lo ideal, no es lo que se ha establecido en el contrato social, pero es la realidad argentina de los últimos años. Cuando el Estado deja de velar por la seguridad de sus ciudadanos, y permite barbaridades como la de Axel ó Fabián Morello, alguien debe procurar corregir el dislate. Al no estar capacitado para esa función, irremediablemente cometerá errores. Pero cada error es un cachetazo al Gobierno, porque cada error de un particular que ocupa el lugar que el Estado deja vacío está mostrando la inoperancia de ese Estado, la vulgaridad de la política corporativa y la enquistada venalidad de un sistema hipócrita.

Cada yerro de Blumberg es una acusación directa al Gobierno. Para que Blumberg y los que lo siguen no cometan errores, el Gobierno debe ejercer su función específica y recuperar su lugar, que no es ni más ni menos que el que debe ocupar y ejercer por ley, sentido común y honor. Para eso es Gobierno. Para eso estos señores se han postulado a elecciones. Y si no cumplen con su función, que la patria se los demande, como reza una muletilla que, por conocida y repetida, en la Argentina actual funciona como un mantra: anestesia, y salvo contados casos, es inocuo.

Desde el dolor, Blumberg salió a la palestra con dos armas: una voluntad a toda prueba y la memoria de su hijo. Lo que para muchos habría sido motivo suficiente para deprimirse, en él fue motivo de orgullo, valentía y decisión política. Se seguirá equivocando, seguramente, y sus detractores aprovecharán la coyuntura. Blumberg no es exactamente lo que corresponde, pero en tanto el Estado no recupere el lugar que le compete, bienvenido sea. Es lo que hoy requiere esta sociedad lábil, farsante y en general cómplice con delincuentes de saco y corbata como Carlos Saúl Menem, que fue apuntalado y festejado por el 52 % de la población en sus diez años de califato y ahora, curiosamente, todos niegan haber votado.

© Carlos O. Antognazzi.
Escritor.

Publicado en el diario “Castellanos” (Rafaela, Santa Fe, República Argentina) el 18/03/2005. Copyright: Carlos O. Antognazzi, 2005.

Este artículo tiene © del autor.

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