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UN GALLO AFORTUNADO

Marie Rojas Tamayo

Cuba - España




 

A mis nietos Daniel, Celia y Raquel
 

         Pues señor, habéis de saber que hace poco tiempo, en un corral anexo a una caseta que hay en la barriada de El Secanet, a las afueras de Villajoyosa, vivía un magnífico gallo, de nombre Colorines, quien era la admiración de todos.

Tenía un porte magnífico, un plumaje con colorido excepcional y por su tamaño, valentía y fantástica voz hacía ya muchos meses que había sido reconocido por todos como el amo del corral; todas las gallinas se afanaban por estar junto a él y que fuera el padre de sus pollitos.

Los demás gallos del corral también le querían y respetaban, pues no se trataba de un gallo fanfarrón y presuntuoso de los que van atropellando a todo el mundo, sino que siempre procuraba ser amigo de todos y estaba siempre dispuesto a hacer un favor a quien lo necesitase.

Era una gloria el magnífico quiquiriquí de Colorines cuando al amanecer cantaba en su saludo al sol de la mañana, pues realizaba un cántico muy fuerte y prolongado que se oía perfectamente a varios kilómetros a la redonda.

Los demás pollitos y gallos jóvenes, lo tenían siempre como ejemplo y estudiaban la forma en que modulaba sus quiquiriquís, fijándose en las distintas notas que salían de aquella prodigiosa garganta y procuraban imitarle tímidamente, pero no había forma de igualar aquella maravillosa voz.

También era amigo de los pájaros que por allí vivían y también le gustaba charlar con los pájaros que pasaban por El Secanet en sus emigraciones (hacia el norte en primavera y hacia el sur en otoño) y que pasaban por la zona alegrando el campo con sus revoloteos y trinos.

Pues bien, a nuestro amigo Colorines le ocurrió de repente una importante desgracia; además, le sucedió sin esperarlo de ninguna manera, lo que le produjo un gran desaliento.

Una mañana, cuando se disponía a saludar al sol con su acostumbrado quiquiriquí, se dio cuenta de que, en vez del maravilloso canto que hasta entonces le había proporcionado tanta fama, le salió un pequeño crujido de voz que no valía para nada.

Lo intentó repetidas veces y no había forma de conseguirlo, así es que se retiró a un rincón del corral y dejó a otro de los gallos compañeros que hiciera su saludo al sol en aquel momento.

Al día siguiente le volvió a ocurrir lo mismo y ya fue la comidilla de todos, pues la voz del que le sustituyó en estos menesteres no era ni  parecida a la de nuestro buen Colorines. Vinieron otros pajarillos del entorno a ver que sucedía con aquel cambio y fueron a contar lo que ocurría para informar a todo el mundo y tratar de dar una solución a aquel gravísimo problema.

Se comentaba que a lo mejor aquella pérdida de voz había ocurrido por haber comido algún gusano en malas condiciones; había otros que decían que aquello a lo mejor le sucedía por haberse enfriado su garganta con el relente de una mañana de invierno que había sido excepcionalmente fría.

En fin, más que buscar la causa de aquel mal, lo importante en aquellos momentos era buscarle una solución a aquella ronquera de Colorines y todos se empeñaban en aportar el remedio que consideraban mas adecuado al caso.

Hubo quien propuso que debía de hacer gargarismos con agua cogida del rocío de la mañana en los rosales cercanos. Otro propuso que lo mejor sería ponerse tendido en el suelo con el cuello mirando al sol para ver si así se curaba con el calorcito.

Nuestro pobre Colorines estuvo probando todos los remedios que le iban sugiriendo, pero como si nada: seguía afónico todos los días y no podía efectuar sus maravillosos quiquiriquís.

Desesperados estaban todos cuando acertó a pasar por allí un pinzón (que es un pájaro silvestre muy bonito que canta muy bien) y, al enterarse del problema, sugirió a nuestro amigo que probase a tomar agua mezclada con miel de romero, del que fabrican las abejas en unas colmenas que hay cerca de Guadalest.

Aunque la distancia es algo considerable para un gallo, Colorines se puso en camino inmediatamente hacia el pueblo indicado, siempre acompañado de su amigo el pinzón, que le serviría de guía para conseguir llegar a su objetivo.

Tardaron unos cuantos días en llegar a su destino y, aunque se encontraron con no pocos problemas para llegar, (sobre todo lo pasaron muy mal al tener que cruzar la autopista A-7), al final lograron llegar a Guadalest y a las colmenas que conocía el pinzón, situadas en una ladera muy soleada de una montaña.

Las abejas no pusieron impedimentos en que Colorines tomara la miel que le hiciese falta para curar su garganta y allí estuvo unos cuantos días con este tratamiento, que de verdad fue milagroso. Notaba que la garganta se le iba suavizando poco a poco y el resultado final de todo esto es que cuando probó a cantar su célebre quiquiriquí, le volvió a salir tan magnífico y potente como en sus mejores días.

Entusiasmado con el resultado y, sin olvidar dar las gracias a las abejas por las facilidades que le habían dado, emprendió viaje de regreso a su corral, siempre acompañado por su amigo el pinzón, quien, gracias a su facilidad para volar alto y rápido, fue un maravilloso guía para el necesitado gallo.

Os podéis figurar la alegría de todos sus compañeros de corral al llegar a su destino y comunicarles el resultado. Organizaron una gran fiesta y celebraron su curación y regreso con gran alborozo.

Allí sigue nuestro Colorines hasta la fecha, alegrando a todo el contorno con su magnífico saludo al sol de la mañana.

 

 

Rafael Masedo Martínez
Madrid, ESPAÑA
Ramamar1939@yahoo.es

 

Ilustración: Sarah Graziella Respall
5 años, preescolar
Cuba 

Este artículo tiene © del autor.

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