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Violencia en Argentina (XXI): Ezeiza, un secreto a voces

Carlos O. Antognazzi

Argentina



El default que aplaudió Rodríguez Sáa en diciembre de 2001 terminó el 01º/03/05, cuando Kirchner anunció en el Congreso que nuevamente pagábamos la deuda. Si bien es cierto que esto supone entrar en un rango mínimo de seriedad como país, al menos frente al contexto internacional, no es menos cierto que desde el Gobierno se amplificó en exceso el anuncio para “tapar” la vergüenza, o connivencia, de Ezeiza.

Violencia en Argentina (XXI):

Ezeiza, un secreto a voces

El default que aplaudió Rodríguez Sáa en diciembre de 2001 terminó el 01º/03/05, cuando Kirchner anunció en el Congreso que nuevamente pagábamos la deuda. Si bien es cierto que esto supone entrar en un rango mínimo de seriedad como país, al menos frente al contexto internacional, no es menos cierto que desde el Gobierno se amplificó en exceso el anuncio para “tapar” la vergüenza, o connivencia, de Ezeiza.

Con Alfonsín se decía que había el equivalente a un avión Boing 747 por día que aterrizaba o despegaba de Ezeiza sin que nadie supiera qué llevaba o traía. ¿Cambió algo Alfonsín? No. Tampoco lo hizo Menem, que puso al frente de la aduana a Ibrahim al Ibrahim (ex marido de Amira Yoma y corresponsable del famoso Yomagate con las valijas Sansonite), que sólo hablaba árabe. Tampoco lo hicieron De La Rúa o Duhalde.

Ahora son treinta mil valijas diarias que no se controlan. Son mucho más de lo que pueden llevar los pasajeros de un 747. Es bastante probable que antes de 1983 Ezeiza haya sido, también, un agujero negro con entradas y salidas descontroladas, pero como de esa época nadie se hace cargo no podemos asegurarlo. Por lo pronto, Ezeiza es incongruente con la imagen oficial que se le quiere dar al país: un colador por donde grupos mafiosos, con sólidas vinculaciones con el poder político, delinquen sin que nadie controle.

Y Ezeiza, dentro de todo, es relativamente fácil de controlar pues, aunque obsoletos, al menos hay scanners. ¿Qué queda para los miles de contenedores del puerto de Buenos Aires? La DEA, que asegura que es por el puerto donde entra y sale la mayor cantidad de droga del país, se ha ofrecido para intervenir en el control, pero lo que ya ha salido o entrado es un misterio. Atentados como la AMIA o la Embajada de Israel pueden haberse originado allí.

Gritos y susurros

Como se hizo notar en el editorial de Castellanos del 25/02/05, cuando alguien se intenta «despegar» es porque, evidentemente, se encuentra «pegado». El lenguaje no es inocuo, y muchas veces dice más de lo que el hablante imagina. Cuando el Gobierno insistió en que no tenía relación alguna con la empresa Southern Winds, sólo evidenció su vinculación con ella: dime de qué te jactas y te diré de qué adoleces. Asegurar que no se tiene relación con una empresa a la que se subsidia con ocho millones de pesos por mes es, por lo menos, llamativo.

El despegue del Gobierno no fue limpio, sino un accidentado carreteo que fue dejando en el camino contradicciones, cabezas, hipocresías varias, mentiras vergonzantes. Todas inmanencias de las que Kirchner y su séquito de alcahuetes “desinformados” ya no pueden desvincularse. La paradoja es cruel: pretendiendo distanciarse de SW, el Gobierno sólo consiguió quedar irremediablemente relacionado con el narcotráfico. Y, aunque el Presidente se irrite con otros, la responsabilidad es sólo de su gabinete.

Durante diez días el Gobierno insistió en su inocencia. Pero el 24/02/05 Aníbal Fernández reconoció que conocían el hecho desde octubre. Durante cinco meses el Gobierno guardó silencio y no controló. Además, continuó subsidiando a SW con la pactada mensualidad de ocho millones pesos. Si anteriormente Kirchner expulsó a otros funcionarios por haber actuado según las órdenes que él mismo dio, ¿qué debería ocurrir con Fernández? Lo más lógico, si el Presidente se atiene a la coherencia, sería que lo expulse por inútil o algo peor, pues habría ocultado una información importantísima. Al no expulsarlo, sin embargo, cabe otra posibilidad, tanto o más oscura que la anterior: que también Kirchner haya estado al tanto de las valijas, y que su silencio se deba a inextricables razones de Estado.

La maniobra especulativa del Presidente de descabezar a la cúpula de brigadieres fue una fantochada más de su accionar parkinsoniano y adolescente, incapaz de controlar sus berrinches. Los gritos de uno de sus últimos discursos evidencian un escaso nivel intelectual, o lisa y llanamente la imposibilidad de razonar. Impecable, lo hizo notar Santiago Kovadloff: «Gobernar no es cosa de machos. Es oficio de madurez. Ya es tarde para tapar lo que todos hemos visto» (Sobre un presidente que grita. La Nación, Enfoques, 06/03/05). ¿Acaso Kirchner procuró, desde los gritos, alejar el fantasma de la inestabilidad institucional que supone vincular las drogas con hombres de su gabinete? ¿Desconoce que para terminar con el descontrol debe controlar, y que la única manera de hacerlo es terminar con los intereses corporativos en juego, de los cuales la clase política argentina, y en especial el partido justicialista, son un ejemplo histórico e insoslayable?

El periodismo

Una vez más el Presidente cargó las tintas contra el periodismo, como si éste fuera culpable de la realidad política argentina. El informe de la SIP (Sociedad Interamericana de Prensa) fue condenatorio: el Gobierno presiona al periodismo con la pauta discrecional de publicidad y otros métodos igualmente deleznables. El 06/03/05 el diario uruguayo El País elaboró un editorial que pocas veces se ha visto sobre un mandatario extranjero. Dijo de Kirchner: «este presidente argentino que es contumaz en la inobservancia de la circunspección y el respeto inherente a los deberes de su alto cargo. Alta magistratura que llegó a ocupar -por los azares electorales- sin la debida preparación para ejercerla con altura y seriedad» (reproducido por La Nación, 07/03/05, p. 10).

En el artículo Prolongada adolescencia del Sr. Presidente (Castellanos, 17/12/04) hacía notar lo mismo: no es propio de un mandatario serio, y menos de un país serio, manejarse con emotividades más a tono con un culebrón sudamericano que con los deberes del Gobierno. Esta diferencia es la que nos ubica donde estamos: un país que anhela al desarrollo, pero que persiste en la miseria. Es cierto: hay países que están peor. Pero eso no puede servir como paliativo, sino como presión para no seguir cayendo. Se han logrado cosas en estos dos años, también hay que reconocerlo: se terminó el default. Pero la actitud argentina sigue siendo la de prueba y error en lugar de la de evaluar, racionalmente, qué se debe hacer.

Los histerismos de Kirchner frente a las críticas de la prensa, y la precaria argumentación de que no necesita de ella para comunicarse con el pueblo, son una errada concepción del puesto que ocupa y de lo que es el periodismo. Es un yerro medular. Ignorar que el periodismo es, junto con las cámaras y la ciudadanía en sí, el elemento de control de los actos de Gobierno, es ignorar una de las reglas básicas de la vida democrática. Este desconocimiento es lo que produce hechos como Ezeiza. No hay malignidad extranjera; no es culpa de gobiernos foráneos, sino de nosotros mismos que no hacemos lo único que debemos hacer: controlar. La corrupción de Ezeiza, y la que presumiblemente hay en el puerto de Buenos Aires, es exclusivamente nuestra.

Ezeiza por dos

La actitud del canciller argentino Rafael Bielsa de minimizar el bochorno delictivo de Ezeiza diciendo que «la oposición también debió saber» (La Nación, Enfoques, 06/03/05) es ridícula. Se encuadra en la misma postura de aquel que se alegra porque al vecino también le va mal: a mí me va mal, pero a él le va peor. Si bien es cierto que la oposición (que es más bien nominal que real en la argentina actual) pudo haber sabido algo, o debió haberlo sabido, no es menos cierto que la responsabilidad, primera y última, le compete al Gobierno de turno y la tropa de funcionarios que le rinden pleitesía. Negarlo es negar su facultad intrínseca, su deber irrenunciable y moral.

En el editorial de La Nación del 21/03/05 se hace notar que el presupuesto de la Sedronar (Secretaría de Programación para la Prevención de la Drogadicción y la Lucha contra el Narcotráfico) ha venido reduciéndose en los últimos años: de 25 millones de pesos en 1994 a los $ 10.422.000 de 2005. Recién luego del escándalo de SW el presupuesto fue aumentado. Lo que el Estado destinaba anualmente a Sedronar equivalía a un mes y medio del subsidio mensual a SW. La injusticia de los números es elocuente. Hoy Argentina está más cerca de Bolivia y Venezuela que de Chile, México o Brasil. Los amigos y socios se eligen, no se imponen. Somos por nuestros amigos, no sólo por nosotros mismos. La estrategia selectiva debería ser una razón de Estado y no un mero capricho emocional del Presidente.

La demora del juez Carlos Liporace en allanar las oficinas de SW es llamativa. En un artículo publicado dos semanas antes Morales Solá hacía notar que esta demora podía implicar la pérdida de valiosa información. ¿Qué encontrará Liporace ahora, tantos meses después de cometido el delito, y tanto después de que éste saliera a la luz? Si nuestra justicia peca por lenta, y muchas veces por venal y acomodaticia, estas demoras no hacen más que confirmar las sospechas de la población. No comprender que para enviar cuatro valijas de la manera en que se enviaron supone la participación de un grupo de personas con intereses compartidos tanto en la esfera empresarial como gubernamental es ridículo. Nadie puede pasar tantos controles y salir indemne, salvo que exista una voluntad consensuada entre las partes. Esas partes son el Gobierno y SW. No hay muchas más opciones o variables, porque los scanners de Ezeiza son controlados por ambas partes.

No deja de ser curiosa la coincidencia de lugar y partido gobernante. En 1973, cuando Cámpora traía a Perón de su exilio, Ezeiza fue el espacio elegido por el peronismo para consumar la masacre entre las alas derechista e izquierdista del partido. Ahora, en el mismo espacio el mismo partido es nuevamente protagonista, no de una masacre, pero sí de un escándalo que lo vincula directamente con el narcotráfico. Aníbal Fernández reconoció públicamente que sabían lo que pasaba pero no hicieron nada por evitarlo. ¿Necesita algo más el juez Liporace para procesarlo por encubridor?

© Carlos O. Antognazzi.
Escritor.

Publicado en el diario “Castellanos” (Rafaela, Santa Fe, República Argentina) el 25/03/2005. Copyright: Carlos O. Antognazzi, 2005.

Este artículo tiene © del autor.

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