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palabras de Antonio López

José María Alfaro Roca




"Si tuviera que precisar los primeros estímulos que despiertan en mí el interés por situar dos o más personas juntas en el mismo espacio pictórico o escultórico, me referiría primero a los ejercicios que realicé en la clase de pintura durante mi último curso en la Escuela de Bellas Artes de Madrid (1953-54), donde los alumnos trabajábamos en una composición formada por una figura humana y un maniquí articulado.


En aquel curso la figura utilizada fue siempre una mujer desnuda, y el contraste que se producía entre ella y el maniquí del mismo tamaño, vestido, con la cabeza policromada, con ojos de vidrio, era sorprendente.

Por entonces tenía entre mis cosas una fotografía de mis abuelos maternos que me parecía preciosa por lo que representaba y por la impresión que me producía la combinación de las figuras frontales de aquellas dos personas que había conocido ya ancianas.
Volví a mirar la fotografía y tenían tanta presencia que era como si mis abuelos me acompañaran en aquella habitación alquilada. Deseaba pintarlos, pero durante aquellos primeros años siempre había trabajado del natural y dudaba que esa pequeña fotografía en blanco y negro me diera los datos que necesitaba para elaborar una pintura.
A pesar de mis vacilaciones, el verano del año 1955, acabados los estudios de pintura y ya en Tomelloso, empecé a pintarlos aproximadamente a tamaño natural, y lo hice de un tirón, con gran entusiasmo, intentando descifrar a través del lenguaje de la pintura el carácter de estas dos personas: las cabezas, el carácter tan distinto de cada una expresado por la luz y las sombras, las dos bocas, las dos narices, los ojos, el asiento del cuello sobre los hombros.


Fue apasionante retratarlos unidos, mirando al espectador con la misma actitud, con tanto en común y a la vez tan diferentes. Al mismo tiempo trabajaba sobre otras dos o tres pinturas también con dos figuras agrupadas, pero eran figuras genéricas; y fue unos meses después, del 55 al 56, cuando volví sobre el retrato doble: mis abuelos paternos en un retrato de boda y mis padres, pintados del natural. Ya en ese momento percibí de manera confusa y a la vez intensa, como se perciben siempre estas cosas, el hallazgo de esta forma de agrupar dos seres humanos.

Yo conocía, sobre todo a través de libros y reproducciones, esa forma de representación que de un modo intermitente aparecía en el arte de la escultura o de la pintura: el matrimonio Arnolfini de Jan van Eyck, una pintura que vi por entonces en Nápoles, esculturas de parejas sentadas del arte egipcio... Esas imágenes me ayudaron a definir y a concretar el tema.



En esos años seguí pintando y dibujando grupos de figuras (cuatro mujeres, una pareja de novios...), siempre vestidas, de tamaño cercano al real. Sobre el año 1961 pensé en lo interesante que podía ser desnudar la pareja. En un principio quise pintarla, y realicé unos dibujos de tamaño natural; pero la aventura se detuvo aquí porque no encontré modelos a mi gusto y pensaba que no podía continuar sin un hombre y una mujer concretos como punto de partida. Seguía con el deseo de hacer la pareja de desnudos.




Después de unos años modelando relieves, habiendo realizado alguna figura exenta, me decidí por la escultura para materializar los desnudos, pensando que la forma escultórica en cierto sentido, me permitiría mayor capacidad de transformación que la pintura. Localicé un modelo de hombre en la antigua Escuela de Bellas Artes, donde yo entonces enseñaba, y un modelo de mujer en el Círculo de Bellas Artes. A finales del año 1965 empecé a trabajar el grupo sin imaginar el recorrido tan laberíntico, complicado y largo que comenzaba en ese momento. Con la espera de esos años sentía urgencia por ver en pie las dos figuras y empecé montándolas en cera a partir de vaciados del natural que hice sobre los dos modelos. Y de momento me pareció extraordinario verlas materializadas. A partir de ese instante empecé a trabajar sobre las figuras, a modelar, a cambiar partes de ellas que no acababan de satisfacerme. A pesar de los desajustes de movimiento o de proporción me parecían interesantes.

Con motivo de mi segunda exposición en Nueva York, en 1968, pensé en mostrarlas y las pasé a madera. Cuando las vi así, sin el encanto de la superficie de la cera, me parecieron toscas y elementales; pero creía en las figuras y me decidí a elaborarlas ya en este nuevo material. Después de trabajar una temporada en ellas, con una desorientación cada vez mayor, las abandoné hasta que en 1973, cuando se preparaba una exposición de realismo en la galería Marlborough de Londres, decidí continuarlas para mostrarlas allí. Desde comienzos de ese mismo año volví a trabajar en ellas con la ayuda de Francisco López.

A diferencia del mármol o del bronce, la madera permite quitar, poner o cambiar la forma con gran facilidad, y en seguida trabajamos en las cabezas a partir de nuevos modelos. Con estos nuevos modelos y otros cambios las di por terminadas y figuraron en esa muestra, donde fueron vendidas a una coleccionista americana. Cuando vi el grupo en la exposición de Londres, fuera del estudio y a cierta distancia de la lucha por terminarlas para la muestra, tuve la impresión de que la figura del hombre era un poco monstruosa, con unos brazos excesivamente largos, un poco simiesca, y sugerí a la galería que propusiera a la propietaria de las esculturas que éstas volvieran a Madrid para poder hacer algunos cambios.



Y aquí comienza una aventura que se ha prolongado hasta hoy, se puede decir, y que ha consistido en hacer real lo que sólo estaba en mi pensamiento, no en el mundo exterior, en un momento en el que el proceso de mi trabajo era exactamente lo contrario: primero surgía el tema y solamente entonces podía comenzar la tarea de interpretación de aquello que despertaba mi atención tratando de representarlo fielmente. Porque era así justamente, por ser exactamente de esa manera, por lo que me interesaba.




Corté el tórax de la figura del hombre por la cintura y lo alargué. Entonces quedó estrecho y lo fui ensanchando. Las piernas me parecían zambas y fui poco a poco quitando del interior y añadiendo en el exterior encolando tela de saco y añadiendo una mezcla de cola, escayola, serrín y pigmentos. La cabeza quedó terminada y me orientaba hacia dónde debía llevar la figura.
Pero hiciera lo que hiciera nunca estaba seguro de que estuviera bien resuelta. Al no encontrar un único modelo que equivaliera a la escultura, trabajaba con varios, aprovechando de ellos lo que se acercaba más a lo que yo creía que debía ser. Trabajaba intermitentemente, cuando veía con cierta claridad el camino a seguir, asombrado a veces de mis despistes. En algún momento observé que la figura estaba demasiado rígida y que si se apoyaba en la pierna derecha debería inclinarse también hacia la derecha, y eso me llevó a nuevos cambios. Seguía desorientado. Cada nuevo modelo me marcaba una dirección que una vez materializada arreglaba algo y a la vez creaba un nuevo desorden. Decidí entonces realizar dibujos con medidas de diferentes personas y ver cuáles eran las constantes en las proporciones básicas.


Esta tarea interminable y a veces aparentemente obsesiva era motivo de bromas o de preocupación para los que me veían trabajar sin una dirección definida. Pero no podía abandonar. Y tengo que decir que en ningún momento me pesó ni consideré inútil ni perdido el tiempo que le dedicaba. Acepté que así tenía que ser. De vez en cuando pensaba que también debía continuar la figura de la mujer para incorporarla al nuevo carácter del hombre. Pero siempre esperaba tenerlo resuelto para ver cuáles debían ser esos cambios. Por ese tiempo tenía sueños en los que la figura del hombre me seguía en la calle. Sobre la gente, veía asomar su cabeza. También en la casa me seguía en actitud no exactamente de amenaza, pero que me intimidaba, como si me pidiera algo que no entendía bien. La figura ha terminado siendo un compendio, un resumen de muchas figuras que al ser más o menos elegidas por mí han acabado siendo una forma de autorretrato interior. La unidad de carácter que en un principio tenían el hombre y la mujer ha podido quedar debilitada, como si la figura de la mujer, terminada antes del año 73 expresara una forma de inhibición y de temor, y la del hombre hubiera ido recuperando un espacio de mayor luminosidad y nobleza.


Al final pienso en mi convivencia con esas dos figuras, en la cantidad de tiempo que me han acompañado en el estudio: más o menos treinta y seis años. Pienso también que ha merecido la pena toda esta aventura, tan desmesurada, pero para no repetirla. Por otro lado, creo que así son a veces las aventuras en el mundo del arte, así de irracionales y poco confortables, aun con el riesgo de una solución posiblemente imperfecta."


Antonio Lopez García
Madrid, septiembre de 2001


Ver en línea : http://antoniolopezgarcia.blogspot....

Este artículo tiene © del autor.

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