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Cultura en Argentina (XXV): Ir no es la cuestión

Carlos O. Antognazzi

Argentina



Hace años Quiñones se negó a lo que ahora está reconsiderando: viajar con su familia a Cuba, en lugar de que su madre y abuela viajen a la Argentina. Ahora al parecer confía en una carta firmada por Fidel Castro. Es extraño: si desde hace más de cuarenta años Castro viola una carta muy superior, a la que su Gobierno incluso adhiere, como es la Declaración Universal de los Derechos Humanos, ¿qué garantía hay de que cumplirá con una carta personal? Quiñones se equivoca doblemente; si su familia viaja, se le da un argumento de oro a Castro: ¿para qué dejar salir a Hilda Molina si ya ha conocido a sus nietos? Por otro lado, Quiñones alienta que los derechos humanos se sigan violando con su madre, los presos políticos y los demás cubanos, que sufren en silencio y sin posibilidades de cambio, por ser menos conocidos, los atropellos del régimen.

Cultura en Argentina (XXV):

Ir no es la cuestión

Hace años Quiñones se negó a lo que ahora está reconsiderando: viajar con su familia a Cuba, en lugar de que su madre y abuela viajen a la Argentina. Ahora al parecer confía en una carta firmada por Fidel Castro. Es extraño: si desde hace más de cuarenta años Castro viola una carta muy superior, a la que su Gobierno incluso adhiere, como es la Declaración Universal de los Derechos Humanos, ¿qué garantía hay de que cumplirá con una carta personal? Quiñones se equivoca doblemente; si su familia viaja, se le da un argumento de oro a Castro: ¿para qué dejar salir a Hilda Molina si ya ha conocido a sus nietos? Por otro lado, Quiñones alienta que los derechos humanos se sigan violando con su madre, los presos políticos y los demás cubanos, que sufren en silencio y sin posibilidades de cambio, por ser menos conocidos, los atropellos del régimen.

En una nota anterior (La dictadura consentida de América. Castellanos, 07/01/05) resaltaba la barbaridad de prohibirle a la doctora Molina salir de la isla. La decisión de hace unos meses de Quiñones de no viajar a Cuba era audaz y consecuente con la Declaración de los Derechos Humanos, porque viajar significaba avalar el avasallamiento de estos Derechos por parte de Castro: era aceptar que Molina no podía dejar la isla y había que ir a visitarla allí. La importancia de la firmeza de Quiñones era fundamentalmente moral y de principios: la dignidad no se discute, se ejerce. Pero ahora lo poco conseguido puede tirarse por la borda: si Quiñones y/o su familia viajan a Cuba, sólo conseguirán hacer más fuerte a Fidel. El argumento esgrimido es irrisorio: pensar que Castro puede “ablandarse” si le hacen caso es desconocer no sólo a Maquiavelo, sino la Historia de la Cuba castrista.

Derechos humanos ya

La reciente votación de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, que anualmente se expide sobre la situación en Cuba, volvió a reflejar el mapa de la iniquidad. Con respecto a 2004 ha habido algunos pases. El año pasado 22 países denunciaron las falencias en la isla, 21 se opusieron y 10 se abstuvieron. En 2005 hubo 21 países que denunciaron, 17 que se opusieron, y 15 abstenciones. Se incrementó el número de indecisos, pero prácticamente se mantuvo el de críticos del régimen, y disminuyó el de países favorables. A todas luces esta última votación favorece a los derechos humanos. Pero no sólo esto es positivo, sino también qué países los apoyan, quiénes prefieren la falsa distancia de la abstención y quienes, categóricamente, avalan la hipocresía, la demagogia y el totalitarismo.

Los derechos humanos son apoyados, entre otros, por Australia, Canadá, Finlandia, Francia, Holanda, Irlanda, Italia y Japón. No menciono en esta lista a los obvios Estados Unidos y Gran Bretaña, pues tienen intereses creados. Pero los otros países son, además de representantes del primer mundo, sociedades cuyo orden, libertad y transparencia los hace dignos de emulación. ¿Alguien ha escuchado hablar sobre la violación de derechos humanos en Australia, Canadá, Finlandia, Holanda o Irlanda? Estos países votan desde la moral del propio ejemplo, desde la dignidad del ejercicio cívico. Parafraseando a un brasileño que aparecía en el programa de Tato Bores: estos países no hacen como que son civilizados, lisa y llanamente lo demuestran.

Los que apoyan a Castro son en cambio, entre otros, China, República Democrática del Congo, Eritrea, Etiopía, Kenya, Malasia, Nigeria, Quatar, Rusia, Zimbabwe. ¿De qué otra manera puede votar China, que avasalló las libertades públicas con la atrocidad de Tiennanmen? ¿Y Rusia, que sojuzga a Chechenia como si todavía estuviera bajo la impostura de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas? La distancia con los países que integran el listado anterior es elocuente. Estos países votan desde el temor y la hipocresía. La mayoría de ellos avala a Castro porque practican similares acciones. No es casual la presión sobre la prensa, la manipulación de la información, las libertades restringidas, además de un odio manifiesto contra los Estados Unidos y cualquier cosa que de ellos emane. Es un voto castigo contra Estados Unidos por su prepotencia frente al mundo, sin recapacitar en que simultáneamente se está castigando al pueblo cubano, que además de sufrir las tropelías estadounidenses, sufre las del propio Castro.

Entre los que se abstienen, por último, tenemos a Bhután, Brasil, República Dominicana, Ecuador, Gabón, Paquistán, Paraguay, Sri Lanka, Togo, Mauritania, y Argentina. Resulta evidente que estos países se encuentran mucho más cerca de los que avalan a Castro que de los que lo critican: situaciones comprometidas con negociados, falta de transparencia, corrupción administrativa, intereses económicos varios y poco claros, son las formas que relacionan a estos países entre sí, y que los distancian astronómicamente del primer listado. En otras palabras: salvo excepciones, a Castro lo apoya un tercer mundo inculto y pauperizado, mientras que los derechos humanos son apuntalados por el primer mundo.

Otro viaje

El Presidente procuró diluir la tensión con el Vaticano, provocada por el aún irresuelto episodio con monseñor Antonio Baseotto, viajando a Roma para la asunción del nuevo papa el domingo 24/04/05. Pocos días antes el ministro de Defensa, José Pampuro, había informado a la prensa que el tema estaba «solucionado porque (Baseotto) no es más el obispo castrense, sino sólo obispo de la Iglesia de Roma». Aludía al decreto presidencial por el cual se dejó sin efecto la aceptación que le diera Duhalde. Sin embargo, la Iglesia salió al cruce y el arzobispo de Paraná respondió impecablemente: «la única autoridad competente para quitarle el gobierno (a Baseotto) tiene que venir de quien le ha dado esa autoridad, que ha sido la Santa Sede» (cfr. La Nación, 23/04/05, p. 06). El mecanismo está establecido en el Código del Derecho Canónico. En el mismo sentido se expidió el cardenal Jorge Bergoglio. Es sabido: la Iglesia actúa en forma corporativa, y defiende a los suyos. Los funcionarios del Gobierno deberían informarse antes de hablar. Si no para evitar yerros, al menos para no cometer el bochorno mediático de entrar en un laberinto cuya salida cada día aparece más oscura y compleja.

Siendo cardenal, el 30/03/05 Joseph Ratzinger le envió una carta de apoyo a Baseotto, en respuesta a la documentación que le enviara el obispo. Una vez elegido papa, Ratzinger confirmó como secretario de Estado del Vaticano al cardenal Ángelo Sodano, allegado, junto al ex secretario de Culto Esteban Caselli, a Menem y Duhalde.

Cuando lo criticaron por no ir al sepelio del papa, Kirchner dijo sin ambages que era hora de terminar con la hipocresía de hacer lo que no se siente. Se rebelaba contra los dictados de la política vernácula, en donde los presidentes deben concurrir a misa y comulgar los domingos aunque delincan abiertamente de lunes a sábado. ¿Qué ha cambiado en dos semanas? ¿La hipocresía de asistir al sepelio deja de serlo cuando se trata de una asunción? La reacción del Presidente confirma que permanece sujeto a la adolescencia o que está mal asesorado. Los tiempos de la Iglesia no son los de la política partidaria de un país, pero son, de todas maneras, políticos. Si hay que reconocerle algo al Vaticano es su cauta y meticulosa dilucidación de cada tema. Cuando se expide, es porque la decisión es del conjunto de cardenales, no de una única persona. Cada gesto exasperado del Gobierno contrasta más con la mesura cardenalicia. El Vaticano no tiene nada que perder: dos mil años lo respaldan, además de millones de fieles. En especial en Argentina. Kirchner debió saberlo cuando actuó sin medir el alcance ni las posibles derivaciones de su gesto.

El desaire no pesará para el Vaticano tanto como para la Argentina. Es poco probable que Ratzinger, hábil político con mayor experiencia que Kirchner, se deje seducir por un viaje organizado sólo para caerle en gracia. La vulgaridad del planteo, la abierta simulación que encierra, y lo que esa condescendencia sugiere es algo que, una vez más, el Presidente podría haberse ahorrado. Esa anuencia muestra su debilidad, un error que ningún político puede permitirse.

Zanco Panco

No se trata de ir a Cuba o al Vaticano. Se trata de adoptar una conducta de política exterior argentina ecuánime, no tendenciosa o lábil. El Vaticano tiene sus reglas y sus tiempos. No se puede pretender cambiarlos por decretos presidenciales. El primer paso sería comenzar a delinear la estrategia más adecuada para separar la Iglesia del Estado. Lo demás vendrá por añadidura. Baseotto se equivocó, pero el Gobierno pretende ponerse la media después del zapato.

Cuba debe sumarse al tren de las naciones que hacen de la dignidad su bandera, y contribuir al fortalecimiento de los derechos humanos. Criticar a Estados Unidos no puede implicar apoyar la dictadura castrista. Son esferas diferentes. Decir que Cuba no respeta los derechos humanos no es avalar a Estados Unidos, que tampoco los respeta en Irak ni en la base de Guantánamo. Es hora de dividir las aguas y terminar con una ambigüedad perniciosa que confunde los alcances y los límites, y sólo consigue, en la práctica, avalar regímenes abusivos. Los que apoyan a Castro aún no han comprendido que la forma más efectiva de ayudar a Cuba es alentar el respeto por los derechos humanos. Los derechos humanos no son de un país, un color o un credo: son del hombre. Elegir confundirse en esto no sólo es tendencioso, sino, además, de un descaro canallesco.

La carta de Derechos Humanos es universal, no para algunos sí y otros no. Pensar (y, peor, justificar y avalar) lo contrario es el equivalente de Zanco Panco en Alicia a través del espejo: lo importante no es lo que la palabra significa, sino lo que yo determino que signifique. Si el ejercicio del poder no se controla desde la ética, se cae en el totalitarismo.

© Carlos O. Antognazzi
Escritor.
Santo Tomé, abril de 2005.

Publicado en el diario “Castellanos” (Rafaela, Santa Fe, República Argentina) el 29/04/2005. Copyright: Carlos O. Antognazzi, 2005.

Este artículo tiene © del autor.

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