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Cultura en Argentina (XXVI): La ley del menor esfuerzo

Carlos O. Antognazzi

Argentina



En varios artículos he planteado que la política es una resultante de la cultura y no su progenitora. El matiz es difuso, pero esencial: la idiosincrasia cultural de un país aparece reflejada en las decisiones políticas que toman sus gobernantes. Cuando durante el Proceso de Reconstrucción Nacional el Gobierno de facto elaboró el lema propagandístico «Los argentinos somos derechos y humanos», o se acuñó la frase «Por algo será», que sería repetida por millones de personas que no comprendían que, ciertamente, todas las cosas son por algo, con lo cual repetían una tautología absurda, no se hacía más que apelar al cinismo y la negligencia perniciosa del ideario colectivo.

Cultura en Argentina (XXVI):

La ley del menor esfuerzo

En varios artículos he planteado que la política es una resultante de la cultura y no su progenitora. El matiz es difuso, pero esencial: la idiosincrasia cultural de un país aparece reflejada en las decisiones políticas que toman sus gobernantes. Cuando durante el Proceso de Reconstrucción Nacional el Gobierno de facto elaboró el lema propagandístico «Los argentinos somos derechos y humanos», o se acuñó la frase «Por algo será», que sería repetida por millones de personas que no comprendían que, ciertamente, todas las cosas son por algo, con lo cual repetían una tautología absurda, no se hacía más que apelar al cinismo y la negligencia perniciosa del ideario colectivo.

Esas sentencias son la muestra de una patología cultural donde la política abreva y saca jugosas ventajas. ¿Quién podía preguntarse por la verdad si todo se resumía (y reducía) en el sentencioso «por algo será», esgrimido siempre con sentido ejemplificador al atribuir a la víctima su condición de culpable?

El matadero

Fuera del período negro del último gobierno militar, los argentinos vivimos sumidos en una desculturización que asusta, motivados, en buena medida, por la ley del menor esfuerzo que personajes como Minguito y El Contra llevaron a sus últimas y grotescas consecuencias. Hay algo de cierto en la frase que asegura que la televisión da lo que el público pide, y que la programación oficial de un país es una radiografía bastante ajustada del ciudadano medio y sus gobernantes. ¿Cuántos funcionarios de relieve coquetearon ante las cámaras con estas caricaturas? No sólo lo que ocurre en televisión “existe” y es visto por millones de personas, sino que hay una identificación entre personaje y audiencia. La media estadounidense es Homero Simpson; el equivalente actual en Argentina, Marcelo Tinelli. Pero hay diferencia: Homero le sirve a Matt Groening para ironizar sobre la medianía de su propio país. Tinelli, en cambio, que sólo recauda para su propio bolsillo, no despierta críticas sino aplausos.

Si la base cultural del país fuera otra, difícilmente Tinelli tendría tanta audiencia. La ciudadanía exigiría calidad y no charamusca. Pero para exigir hace falta contar con la dignidad y la certeza de dónde se está parado, y eso es algo que el argentino medio no termina de elaborar. Políticas de estado anodinas o directamente perniciosas han vulnerado la capacidad cívica y han cimentado esta especie de ciudadano lelo, superficial, que disfruta con la grosería y no se preocupa ni por la escuela de sus hijos ni por cultivarse. ¿Cómo pueden sorprender entonces los continuos fracasos en los exámenes de ingreso en las universidades?

En El matadero Esteban Echeverría sienta las bases del “ser nacional” con diáfana crueldad: la puja entre la cultura y el resentimiento, su inevitable choque, la voz única que rechaza toda divergencia, y el símbolo del ámbito donde las reses son ajusticiadas dan la pintura más cabal de lo que somos como ciudadanos y como país. El matadero terminaría haciéndose cosa diaria con los años, y no porque Echeverría haya sido un vidente, sino porque ese es el destino y el costo de la incultura. Las decisiones políticas que sucesivos gobiernos fueron tomando derivaron de ese matadero inicial, que no por literario resultó menos real.

Leer o fotocopiar

Como parte del circo criollo está la industria, primero oficializada desde la cátedra universitaria, y hoy con firmes seguidores en el Polimodal y la EGB, de la fotocopia. Ya no se debate sobre la vulneración del derecho de autor y el delito. Se asiste a la ley del menor esfuerzo, con el agravante de que quienes leen fotocopias creen que han leído un libro, y sólo conocen una parte. El conocimiento fragmentario es norma en los estudiantes, y es lo que los anula. Así como una media verdad no es una parte de la verdad sino una mentira completa, el “conocimiento” parcial es también un completo desconocimiento. Hay cosas que no se pueden “atar con alambre”.

El Centro de Administración de Derechos reprográficos (Cadra) hizo un «Estudio sobre la fotocopia de libros en las universidades», que dio como resultado que entre los estudiantes que aseguran leer el 37 % lo hace en fotocopias, el 93,6 % sólo lee capítulos sueltos de libros y el 10 % no ha leído un solo libro completo el último año (cfr. nota de Susana Reinoso en La Nación, 27/04/05, p. 13). Contra el remanido y falso axioma que no se compran libros porque son caros, Carlos De Santos, de la Cámara Argentina del Libro, hace notar en la nota mencionada que el estudiante universitario que no compra libros por el costo no vacila en otros gastos: «compra CD, veranea, compra zapatillas de marca, asiste a conciertos de rock y al cine. Es una cuestión cultural. Nadie se tomaría un yogurt vencido, pero sí fotocopia un libro». Es decir que se trata de una idiosincrasia cultural, y no de un impedimento. De una elección y no una obligación. De allí a pensar que los libros no son formativos o no son una forma del saber hay un paso. Lo grave es que de la misma manera piensan y argumentan muchos profesores universitarios.

En 2003 tuve una experiencia acorde en la Universidad Católica de Santa Fe. Invitado a un panel sobre «El oficio de escritor en la narración de cuentos», los organizadores solicitaban a cada autor un cuento de su autoría para ser fotocopiado e incluido en un cuadernillo que sería distribuido entre los asistentes. Al ser el único que se negó por una cuestión de principios y para dignificar el oficio, quedé como la oveja negra del grupo. Fue inútil argumentar que era siniestro, además de delictivo, querer fotocopiar un cuento que figuraba en el libro que estaba ofreciendo a la venta en el mismo salón donde se realizaba el panel. La idiosincrasia general entiende que los autores, para ser leídos, deben obsequiar sus textos en fotocopias, cuando no directamente el libro.

Como un síntoma más, sólo 75 estudiantes de casi 900 aprobaron el recuperatorio de Medicina en Universidad Nacional de La Plata. Pese a este problema el Consejo Superior eliminó las restricciones al ingreso, de manera que los estudiantes no tengan que pasar por el “filtro” del examen. La ley del menor esfuerzo campea a sus anchas. Así se consigue una ciudadanía acomodaticia e irresponsable, carne de cañón para cualquiera que sí se exigió cuando correspondía: recordemos que los hijos del ex gobernador Reviglio estudiaron en Inglaterra, no en Argentina.

Los exilios

Si lo anterior es grave, más lo es que se formen en el país personas que luego emigran. En un artículo anterior (Un dilema que debe terminar. Castellanos, 04/03/05) hacía notar lo que provocan los paros en las escuelas (de cuya culpabilidad no hay que descartar al Gobierno provincial, que nada hizo desde noviembre de 2004, cuando fue claramente advertido por los gremios docentes de que se requerían soluciones concretas) juntamente con un ínfimo aporte estatal para cultura.

La idea se refuerza ahora gracias a un estudio de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). Su director, el economista Andrés Solimano, afirmó que en la última medición que realizó el organismo, en 2000, «de cada 1000 argentinos que emigraron en los noventa a los Estados Unidos, 191 era personal especializado». Otros países de la región se mostraron ligeramente mejor: de Chile emigraron 156 especialistas, de Perú 100 y de México 26, «lo que demuestra que la Argentina cuenta con la más alta oferta de recursos humanos calificados del continente» (cfr. La Argentina, exportadora de talentos. La Nación, 27/04/05, p. 08).

Sin entrar a dilucidar si realmente se trata de una mejor preparación en Argentina o si en realidad en otros países hay mejores opciones para el ciudadano calificado, que evitan la emigración masiva, es evidente que esta sangría de materia gris tiene dos resultados simultáneos y fatídicos: desalienta a los que quedan, y pauperiza todavía más el acervo cultural del país. Aquiles Roncoroni hizo notar en 1991 que «el desinterés crónico del Estado por la suerte de su recurso humano provoca el éxodo, sobre todo del más capaz y eficiente» (cfr. La Nación, Editorial, 03/05/05). Nada ha cambiado en estos años.

Lo que relaciona estas situaciones entre sí es una común desidia, un dejar hacer que Gobierno tras Gobierno se repite como si se fuera pasando la posta de la iniquidad y la ignorancia. Con la colaboración estatal y los planes de ayuda a los desocupados (parches que sólo postergan un poco más un desenlace caótico y anunciado), Gobiernos de distinto signo pero similar conceptualización demogógica han estado fortaleciendo la idea de que el trabajo es un lujo y el no trabajar da buenos resultados. En Santo Tomé, con la administración anterior, se llegó al extremo de que en muchos casos convenía no pagar los impuestos municipales porque costaba menos sumarse a las generosas moratorias. El dislate fue corregido con la actual gestión (ahora se premia al contribuyente), pero es una muestra de la tergiversación dominante.

Desde hace tiempo impera en el país la idea de que trabajar está mal visto, y de que es mejor chantear y no ocuparse de ciertas cosas de la comunidad. Ese ideario colectivo que encuentra “graciosas” las groserías de las cámaras ocultas de Tinelli es el que prefiere criticar a gobiernos foráneos antes que a sus compatriotas, o a sí mismo como partícipe necesario del orden desquiciado de las cosas. Es absolutista y disfruta de la rigidez dogmática; por eso la mayoría siempre ha apuntalado a los gobiernos totalitarios, sean democráticos o de facto.

No asumir las culpas que nos caben y la propia responsabilidad en el desarrollo cívico es un mal endémico. Hasta que no lo superemos seguiremos al garete, rumbo a donde los vientos, no siempre benéficos, nos quieran arrastrar.

© Carlos O. Antognazzi
Escritor.

Publicado en el diario “Castellanos” (Rafaela, Santa Fe, República Argentina) el 06/05/2005, y en periódico “El Santotomesino” (Santo Tomé, Santa Fe) de mayo de 2005. Copyright: Carlos O. Antognazzi, 2005.

Este artículo tiene © del autor.

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