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Cultura en Argentina (XXVII): El Poder y la Gloria

Carlos O. Antognazzi

Argentina



Si la gloria supone la capacidad de nexo entre lo terreno y lo sobrenatural para convocar a los espíritus o representar a los dioses entre los hombres, esa capacidad pronto se embebe del poder que una facultad así le otorga a los sacerdotes. Desde la antigüedad éstos han sabido utilizar el miedo y el desconocimiento de la población mendicante que los veneraba. ¿La religión no ha basado su prédica en el «temor a Dios»? La frase, acuñada por la misma Iglesia, no deja de ser sugestiva: se debe temer a Dios, no amarlo. Una religión que basa su doctrina en el temor no tiene sustento moral para predicar el amor. Algo no funciona.

Cultura en Argentina (XXVII):

El Poder y la Gloria

Si la gloria supone la capacidad de nexo entre lo terreno y lo sobrenatural para convocar a los espíritus o representar a los dioses entre los hombres, esa capacidad pronto se embebe del poder que una facultad así le otorga a los sacerdotes. Desde la antigüedad éstos han sabido utilizar el miedo y el desconocimiento de la población mendicante que los veneraba. ¿La religión no ha basado su prédica en el «temor a Dios»? La frase, acuñada por la misma Iglesia, no deja de ser sugestiva: se debe temer a Dios, no amarlo. Una religión que basa su doctrina en el temor no tiene sustento moral para predicar el amor. Algo no funciona.

Las manipulaciones del Vaticano han puesto en evidencia el progresivo distanciamiento entre la gloria que supondría abocarse a una causa sobrenatural y el poder que supone dirimir los hechos de los hombres. Es decir, abocarse a la política.

Funciones diferentes

La Iglesia decidió endulzarse con la Gloria, pero actuar con el Poder. La maniobra le debe más a Maquiavelo que a las escrituras: para mejor ejercer el Poder, y mantenerlo, es necesario instaurar el temor. Y la mejor forma de hacerlo es manteniendo en la ignorancia a la plebe. Mientras el conocimiento y la Verdad estén del lado de la Iglesia, la población no tiene más remedio que acatar órdenes y sufrir los castigos que los dioses, a través de sus acólitos humanos, los sacerdotes, deciden infligirles: sea por brujería, sea por afirmar que la Tierra no es el centro del universo. Si se expande la base de conocimiento, se disminuye la posibilidad de sojuzgamiento. El conocimiento es poder; por eso la Iglesia decidió conservarlo sólo en los claustros.

El problema se origina cuando la Iglesia no sabe o no quiere separar lo sobrenatural de lo terreno, y vincula dos cosas que se excluyen. La tensión, así, está garantizada. En parte porque la población de hoy ya no es la de antaño, inculta, crédula y fácilmente manipulable en un mundo en donde el temor a Dios, al Diablo y al brazo armado de la Iglesia, el Santo Oficio, eran una sola mélange. No hay súcubo o íncubo más potente que la propia conciencia, y una vez que la población comenzó a tener acceso a la información, que hasta entonces había estado en manos de unos pocos esclarerecidos que no casualmente eran los señores feudales y el clero, el temor fue desapareciendo.

El dilema se repite hoy, cuando haciendo gala de su mejor intolerancia la Iglesia pretende decidir sobre cosas que no le competen. O sobre cosas que le competen en primer lugar al Estado. El plan de salud reproductiva es un buen ejemplo. El Estado está obligado, moral y legalmente, a garantizar la salud de la población. Se entiende que se habla de salud en un sentido amplio, en donde lo más elemental es la salud física y mental de la población. A la Iglesia le compete bregar por la salud moral. No necesariamente ambas se oponen, pero la terquedad eclesiástica hace que los roces se agraven. El Estado no impide el trabajo de la Iglesia, sin embargo la Iglesia procura impedir el del Estado. El Estado no obliga a que se utilice el preservativo, el diafragma, el espiral o la píldora; simplemente informa a las personas con menores recursos que esos métodos existen y pueden ayudarlos en la planificación familiar. La Iglesia, por su parte, informa a quien se acerque que el método adecuado es la abstinencia, salvo cuando se ha formado una familia.

Si cada parte se atuviera a informar, nada ocurriría. Pero la Iglesia pretende que el Estado informe lo mismo que ella, o que de lo contrario guarde silencio. Eso supone que el Estado debe dejar de hacer su trabajo. Nadie, sin embargo, pretende que la Iglesia deje de hacer el suyo. Las disímiles actitudes de las partes muestran dónde anida la intolerancia. La Iglesia debería dedicarse a cumplir su misión. Los creyentes que deseen acatar sus sugerencias lo harán, como de hecho lo han venido haciendo desde hace siglos. Pero no se puede avasallar el derecho a estar informado del resto de la población. Lo que la Iglesia está haciendo es, lisa y llanamente, manipular la información y el conocimiento como hizo durante el medioevo, y eso es un despropósito.

El retroceso en el número de fieles de la Iglesia Católica en los países más avanzados (Alemania, por ejemplo) es una señal de que ciertos métodos y/o discursos no son bien recibidos. Donde la Iglesia ha incrementado el número de fieles es en África, por la sencilla razón de que su llegada ha sido un bálsamo en muchos países en donde las atrocidades de las guerras étnicas diezmaron a la población.

Objeción de conciencia

No deja de ser sugerente el mapa de este crecimiento: la Iglesia avanza en lugares del tercer mundo pauperizados cultural y económicamente, países pobrísimos donde el analfabetismo es norma y la educación un lujo. Observando este mapa uno está tentado de pensar que la relación entre ignorancia y fe es directamente proporcional, y que en otras costas se repite el proceso de conversión de infieles que se iniciara con las cruzadas y se continuara en América con Colón y sus sucesivos adictos. Los espejitos de colores de antaño han vuelto a cruzar el océano, pero no para retornar a sus fuentes europeas, sino para seguir la campaña evangelizadora en nuevas tierras impías. ¿Serán las últimas?

El cardenal Alfonso López Trujillo, director del Pontificio Consejo para la Familia, del Vaticano, denunció al gobierno español de «totalitarista» porque niega las eventuales objeciones de conciencia al matrimonio entre homosexuales, recientemente aprobado en España. No deja de ser una acusación curiosa, que lo equipara a Fidel Castro (conocido defensor de las buenas costumbres y perseguidor encarnizado de homosexuales, entre otras cosas). Al aludir al totalitarismo, el cardenal está señalando un concepto de dirección única, verticalista. Totalitario es el poder que subyuga sin dar posibilidad a la plebe para que dé su punto de vista o decida por sí sola. Izquierda y derecha han brindado buenos ejemplos de totalitarismos a lo largo de la Historia. Lo que llama la atención es que la denuncia sea proferida por alguien perteneciente al Vaticano, que si en algo se ha caracterizado desde hace siglos es justamente en interpretar las escrituras, en dar una versión oficial de las mismas, y en establecer con rigidez los alcances de la normativa. Y cuando no bastó la palabra empleó el hierro y el fuego con el siniestro Torquemada. Es decir que si totalitario es el Gobierno español, que niega la objeción de conciencia en algo que ha normado, ¿qué decir del dogma, entonces?

La objeción de conciencia que hoy pregona y exige la Iglesia nunca fue aceptada por esta misma Iglesia en el pasado, cuando a quienes pensaban diferente se los torturaba y quemaba vivos. En realidad, la Iglesia tampoco la tolera hoy en un sentido amplio, pues sólo considera como objetor de conciencia a quienes se nieguen a amparar el matrimonio gay, pero no a quienes denuncian y/o critican arbitrariedades eclesiásticas, como a los sacerdotes pedófilos y otras barbaridades que están claramente indicadas en la Biblia. Para la Iglesia Sodoma y Gomorra están siempre en otra parte, demostrando en la práctica que la sentencia «no hay mejor sordo que quien no quiere oír» es correcta. Es decir que la objeción de conciencia, que nunca puede desvincularse de la libertad de conciencia, es restringida a una sola dirección. Esto es coercitivo y, para usar una palabra que la Iglesia utiliza en estos días, totalitario.

Sueldos

La doctora Argibay volvió a manifestarse a favor de un debate sobre el aborto, diciendo que hay que atender a casos particulares, y aclarando que ella «no manda a nadie a abortar». El punto es crucial y puede llegar a suponer que un cambio de mentalidad llega a estas costas. De ser así, habrá que reconocerle a Kirchner, en tanto alma pater de la renovación de la Corte Suprema de Justicia, el espaldarazo brindado a una amplitud mental que es esencial para la Argentina.

Monseñor Antonio Baseotto viajó a Roma para entrevistarse con el papa Benedicto XVI, con quien, dice, no lo une una «amistad», pero sí una relación previa a su elección como papa. La carta que Joseph Ratzinger le envió el 30/03/05, como apoyo por su diatriba con el Gobierno argentino, lo confirma. Es inevitable una lectura política del viaje y del momento en que tiene lugar. Pueden argumentarse muchas cosas para diluir esta lectura, pero en definitiva toda acción es política, y cuando se trata de personalidades que nada tienen de ingenuas la sospecha se clarifica. Así como Baseotto generó un hecho político con su carta al ministro de Salud de la Nación, ahora genera otro hecho acorde con su visita al papa, cuando aún no se ha resuelto su situación y cuando el Vaticano insiste, auque con mesura, que sólo la Iglesia puede removerlo de su puesto como obispo castrense.

El gobierno de Kirchner se encuentra en un dilema. Por un lado alentó la configuración de una Corte Suprema progresista, con mayor independencia de criterio que la que estableciera Menem. Por el otro, procura sacar de en medio a Baseotto, cuya incontinencia verbal es evidente. Quizás corresponda que esta Corte comience a delinear la forma más racional y ética para separar la Iglesia del Estado. Sería un paso importante, que además de vincular a la Argentina con los países más avanzados, allanaría el camino futuro al sentar las bases de independencia que tanto se pregonan y tan poco se cumplen.

El 08/05/05 monseñor Carmelo Giaquinta, presidente de la Comisión Episcopal de la Pastoral Social, sostuvo que «la diferencia de sueldos en la Argentina es grosera, abismal, y muchas veces fomentada por leyes, cuando no por casos de corrupción». Tiene razón: Baseotto cobraba 5000 pesos mensuales para dar misa en los cuarteles.

© Carlos O. Antognazzi

Escritor.

Publicado en el diario “Castellanos” (Rafaela, Santa Fe, República Argentina) el 13/05/2005. Copyright: Carlos O. Antognazzi, 2005.

Este artículo tiene © del autor.

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