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La unidad de los pueblos...

César Rubio Aracil

España



La unidad de los pueblos no tiene el porqué estar reñida con la diversidad.

Yo también bebo, fumo y, de vez en cuando, cabalgo. El ejercicio ecuestre me rebaja ciertas tensiones, difíciles de superar en estado de vigilia. (Únicamente en los sueños, y no siempre, descanso de tanto despropósito.) Sin embargo, cabalgar a lomos de jacas tan viejas como yo, compréndelo amigo Ramón, me crea un estado de ansiedad tal que me empuja hacia la aventura verbal contra la política, y eso no es bueno.

Lejos ya de mi actividad sindical más o menos juvenil, contemplo la política desde otro ángulo. Como viejo comunista que aún me considero, y adscrito al PCE, detesto el discurso demagógico (no lo digo por tu artículo, entiéndeme). Mis mayores trifulcas, siempre desde la tribuna, las he sostenido por no querer ajustarme a dictados de ningún tipo, ni consignas de ninguna clase. Siempre he votado lo que me ha parecido más conveniente en cada momento, y lo que no me ha convencido lo he desechado. Considero el independentismo político como posición propensa al populismo. Tenemos lo que tenemos, y no hay más. Llegado a esta conclusión, elijo. Pero vayamos a lo tuyo, al fondo de tu artículo: España unida.

He dicho mil veces, incluso en esta Página en más de una ocasión, que la fragmentación ofrece resultados caóticos. Las auténticas izquierdas reivindican la unidad de los pueblos: fuera banderas, fuera fronteras, libertad religiosa sin la mediación sacerdotal. Estos tres símbolos, materializados por los hábitos impuestos a las masas desde la minoría dirigente, son los principales culpables de que la humanidad navegue a la deriva. Dios, patria y poder nos han hundido. Pero debemos matizar.

La unidad, por lo que se puede colegir de lo recién expresado, es imprescindible para que el mundo funcione con alegría. Internacionalismo y nada más. De acuerdo; mas no olvidemos la diversidad enriquecedora, de lo contrario caeremos inexorablemente en la uniformidad más perniciosa.

España ¿es un país plurinacional? No lo creo, al menos desde mi apreciación de la Historia. Pero sí un espacio territorial distinguido por su variedad. Cataluña, Euskadi, Galicia y Castilla se diferencian y no sólo por lo que al folclore y a la gastronomía se refiere. Hay algo más profundo que no podemos analizar aquí. Somos un conglomerado cultural muy interesante que no debemos obviar. ¿Entonces? Se hace necesario pensar y dejar de lado los apasionamientos inducidos.

¿Por qué no una sana convivencia plural basada en la solidaridad, el trabajo y el respeto a las características propias de cada etnia, territorio e idiosincrasia de los pueblos? Sé que es difícil en estos momentos de apasionado nacionalismo conjugar en la unidad auténtica las distintas formas de pensar y de sentir, todo ello amasado con la harina negra de las ansias de poder; pero creo que no está nada mal comenzar a dar los primeros, complicados pasos tendentes al encuentro con un sólido federalismo.

Fue el PSOE, después de la transición, el partido que tuvo que apechugar con lo más sucio del cambio: depuración del Ejército, regulación industrial, reelaboración del Estatuto del Trabajador, saneamiento de la economía, etc. Es cierto que sucedieron cosas abominables durante el mandato socialista; pero la situación quedó un poco más clara, para luego volver a enturbiarla el PP. Ahora nos toca unir España respetando la diversidad. Luego, como siempre ha sucedido y sucederá, el PP se encontrará con las manos limpias para modelar a su gusto el sacrificio de unos primeros pasos terribles: los que está dando Zapatero en estos momentos, teniendo que soportar las sandeces de Carod Rovira y los falsos giros de Maragall, amén de los despropósitos de la dirigencia vasca y de las seniles ambiciones del dinosaurio gallego.

Mi conciencia política, amigo Ramón, la tengo limpia. He luchado y todavía, sin callejear pancartas ni liderar encierros como antaño hacía, defiendo la unidad internacional, principiando por reconocer las multifacetas culturales y de toda clase de un mundo diverso. Por eso estoy con los inmigrantes que otros, acomodados en la explotación de la miseria extranjera, censuran hipócritamente. Quiero una España unida y un mundo libre y solidario con el dolor de los pueblos, pero respetando la pluralidad y no, como hacen Julio Iglesias, la Sánchez Vicario y otras marcas registradas, llorando ante la presencia de la banderita española mientras tienen a buen recaudo sus millones de euros, o de dólares, en arcas extranjeras para evitar contribuir, como tú y como yo, amigo Ramón, a la Hacienda pública. Eso, sin referirme a los ediles alicantinos que se han subido el sueldo un cuarenta por ciento para defender mejor a España.

Ante el espejo, desnudo de ansiedades, me contemplo. Y sonrío. Ramón Fernández lucha; sigue batallando, pero ahonda un poco más en tu reflexión.

Este artículo tiene © del autor.

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