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Cultura en Argentina (XXXI): Para escribir hace falta valor

Carlos O. Antognazzi

Argentina



Una nueva conmemoración del Día del Periodista (07/06) y del Día del Escritor (13/06) es una oportunidad para dialogar sobre el oficio. «Un escritor es una persona que escribe», definió Abelardo Castillo en una entrevista que le hice (cfr. Apuntes de literatura, Fundación Bica, Santa Fe, 1995. p. 305). La sencillez de la respuesta no debe llevar a engaño.

Cultura en Argentina (XXXI):

Para escribir hace falta valor

Una nueva conmemoración del Día del Periodista (07/06) y del Día del Escritor (13/06) es una oportunidad para dialogar sobre el oficio. «Un escritor es una persona que escribe», definió Abelardo Castillo en una entrevista que le hice (cfr. Apuntes de literatura, Fundación Bica, Santa Fe, 1995. p. 305). La sencillez de la respuesta no debe llevar a engaño.

Escribir ante una sociedad de manifiesta anomia, salvo excepciones, exige un esfuerzo superlativo. Para quienes nacimos en los comienzos de la década del sesenta supone, también, una resistencia ante los malos profesores en letras que sufrimos en la escuela, que hicieron lo posible para que no disfrutáramos de la literatura. Vale decir que los de mi edad que hoy escribimos lo hacemos a pesar de haber transitado la escuela argentina.

Oír

Dice Tomás Eloy Martínez que «aunque nadie oiga, el deber del intelectual es pensar y hablar. Para hablar hace falta valor, y para tener valor hace falta tener valores». Martínez apunta al compromiso donde el intelectual señala y denuncia. El «aunque nadie oiga» da a entender que el que escribe puede estar solo; es una voz en la multitud, o un radar en la tormenta, como metaforizó Alfredo Veiravé desde el título de uno de sus poemarios. Así el escritor es tomado como centro y anclaje, como aquella voz que, en medio del caos, es capaz de iluminar y, si no apaciguar, al menos señalar el camino.

Esta tesitura del escritor como vigía responde a una época en donde el intelectual se dedicaba a pensar y escribía en consecuencia, y donde la sociedad estaba dispuesta a colaborar escuchando y respetando su oficio. Hoy no es así, y si por un lado la sociedad hace oídos sordos ante el múltiple fragor de gritos destemplados, por el otro la generalidad de los intelectuales ha sucumbido a un vedetismo de folletín en pos de las lucecitas de colores de las marquesinas mediáticas. Si lo uno es lamentable, lo otro es imperdonable. No es casual que el término «intelectual» haya caído en desgracia, y hoy se utilice, en general, en forma peyorativa. El desplante es propio de una sociedad mediatizada y animalizada, que no vacila en reinventar el lenguaje no desde el conocimiento, sino desde el barbarismo caníbal. Cosa curiosa, ese lenguaje vilipendiado a diario es la materia prima del escritor, que debe luchar no para fijar, pulir y dar esplendor, como la Academia asegura que hace, sino para lisa y llanamente ser comprendido en un ámbito donde la palabra se desdibuja por el abuso.

Maurice Blanchot, entre poético y críptico, sugiere «que retumbe en el silencio lo que se escribe, para que el silencio retumbe largamente, antes de volver a la paz inmóvil entre la que sigue velando el enigma» (La escritura del desastre. Monte Ávila, 1987. p. 50). Gao Xingjiang, premio Nobel de literatura 2000, y autor de la monumental novela La montaña del alma, sostiene que “escritor” «es sólo un individuo que se expresa a través de la escritura. Los demás pueden escucharlo o no; leerlo o no. El escritor no es un héroe que lucha a favor de un pueblo ni un ídolo a quien se podría adorar. Tampoco es un criminal o un enemigo del pueblo. Y si a veces tiene problemas a causa de sus obras, es sólo por culpa de terceros. Cuando el poder necesita fabricarse enemigos para distraer la atención del pueblo, el escritor se transforma en víctima expiatoria ideal» (entrevista de Luisa Corradini, La Nación, 18/05/05, p. 10). Esta definición abona la teoría de que el escritor debe comprometerse sólo con el arte, no con ideologías partidistas. Es la tesitura que también sustenta Milan Kundera.

Si escribir es un trabajo como cualquier otro, un escritor, en tanto individuo perteneciente a la polis, puede tener simpatías por una ideología, pero en tanto artista su compromiso ineludible es con el arte. Cuando las esferas se mezclan se corre el riesgo de que surja la corrupción artística, pues una obra literaria es portavoz de sí misma, de un sistema complejo resuelto en forma artística, no de una diatriba publicitaria. Una cosa es el individuo comprometido, otra la obra. Resume Xingjiang su postura diciendo que lo importante es «no ser portaestandarte ni lacayo». Esta sentencia sirve también para el periodismo, especialmente en la Argentina actual, en donde se han polarizado las facciones entre los obsecuentes del Gobierno, que han perdido imparcialidad, y los críticos que procuran establecer un control elemental de la cosa pública.

Decir

En Crítica y verdad Roland Barthes sugiere que leer es escribir. Quien lee acepta participar de un juego con el autor, se entrega al texto y se sumerge en la realidad paralela de la ficción. Y, al participar, escribe su propio libro. Lo hace por dentro, para sí mismo y no para los demás. Así cada libro que se lee se multiplica en los lectores que a su vez escriben su propio texto con la lectura. Durante años García Márquez se rehusó a que filmaran sus libros para no quitarle al lector la posibilidad de imaginar a sus personajes. La Lolita de Nabocov sigue estando viva en el papel, no en la pantalla. Mientras el papel alienta la imaginación, la pantalla la cercena. La imagen circunscribe y fija en un tiempo, una época. El papel en cambio, cuando el texto está bien escrito, permanece al margen de los tiempos. Es la condición del clásico, que se lee con el mismo sabor en cualquier época y lugar.

No importa demasiado si se escriben las noticias en un periódico, diariamente, o una novela en el silencio del estudio. El uso común de la herramienta, la palabra, vincula estos discursos que, por lo demás, sólo difieren en la actitud. Octavio Paz hizo notar que «toda palabra implica dos: el que habla y el que oye» (El arco y la lira. Fondo de Cultura Económica, 1983. p. 45). Lo que importa es el acto, el deseo, el anhelo por develar la incógnita que bulle tras la realidad. Fijar el signo en la arcilla, dejar huella de una conciencia en el mundo esquivo. Se profiere la palabra para escuchar el eco en el otro y fijar nuestra posición en el cosmos. El eco nos dice y esculpe y define. Somos en el eco de nuestra propia voz: cuanto más emitimos, más nos perfilamos. Con los años nuestra obra debería ser, como sugería Borges, una imagen de nuestra propia cara.

Construir

Marguerite Duras dice que «no se puede escribir sin la fuerza del cuerpo. Para abordar la escritura hay que ser más fuerte que uno mismo, hay que ser más fuerte que lo que se escribe» (Escribir. Tusquets, 1994. p. 26). No deja de ser una frase con sustancia, más en estos días en que se supo, luego de treinta años de riguroso secreto, la identidad de «Garganta profunda», el misterioso informante del caso Watergate: Mark Felt, el entonces número 2 del FBI. Más fuerte que uno mismo: seguramente Carl Bernstein y Robert Woodward experimentaron esa fortaleza cuando chequeaban las sugerencias de Felt y descubrían, azorados, que estaban construyendo el fin de Richard Nixon y que cambiarían la concepción del periodismo, y que serían capaces de proteger a su fuente.

En ese momento el periodismo comenzó a ser más creíble que los políticos. De allí en más se le comenzó a exigir más al periodismo y a los escritores. Y se los confundió, también. En la Argentina actual esta situación es clara: el poder político agrede a la prensa como si la prensa inventara los yerros de los funcionarios, cuando lo que hace, en realidad, es ponerlos en evidencia para que sean corregidos. El control que falta en el Gobierno lo instala la prensa. Debería ejercerlo también la sociedad. En cierta medida luego de la renuncia de Nixon el periodismo comenzó a vivir, salvo excepciones, en un Watergate perpetuo: se estaba atento a cualquier resquicio que posibilitara otro escándalo. Había nacido el cuarto poder. El diario The Wall Street Journal, al referirse en uno de sus últimos editoriales al desenmascaramiento de Felt, recordó que «la primera obligación del cuarto poder es informar los hechos».

Sin embargo ese poder es frágil. La fuerza, en realidad, anida en el acto puro de la escritura, en la voluntad. Escribir es escribirse, porque no hay acto o gesto vano, y porque al decir nos decimos y, por ende, nos edificamos sobre el páramo. Por eso no importa que la palabra «retumbe en el silencio», porque ese retumbar es suficiente para instaurarse, decir y ser. Es lo que procuré definir en mi novela Señas mortales, con un periodista que sigue un caso policial por cuenta y riesgo propio, al margen de los “silencios” y complicaciones orquestados por diferentes poderes.

No importa la tragicomedia del escritor de los confines, los desfasados del mundo cultural y editorial, los que escriben y sueñan en la periferia, pues la palabra termina por imponerse. La experiencia indica que pese a la falta de apoyo oficial y las críticas se sigue escribiendo, y muchas veces con éxito. El oficio manda, enaltece y establece. Quienes terminan quedando mal parados no son los autores o periodistas, sino los funcionarios que, por lucrar con la cultura y engordar sus bolsillos, creen que hacen cultura. El patetismo del ignorante es lugar común, así como el altruismo del que escribe es causa común. Son dos caras de una misma moneda. Censura y ninguneo no hacen más que fortalecer e iluminar lo prohibido con la luz sesgada del susurro (que suele volverse grito, no del censurado, sino de la sociedad que lo apoya).

Para alimentar debidamente esa causa hace falta valor. Desde la ficción o la crónica periodística, la palabra es símbolo y principio suficiente. No hay pasión más humana, ni oficio más hermoso.

© Carlos O. Antognazzi.

Escritor.

Publicado en el diario “Castellanos” (Rafaela, Santa Fe, República Argentina) el 10/06/2005. Copyright: Carlos O. Antognazzi, 2005.

Este artículo tiene © del autor.

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1 Mensaje

  • Cultura en Argentina (XXXI): Para escribir hace falta valor 13 de junio de 2008 03:15, por Concepción Bertone

    Carlos, sos un ejemplo de lo que decís y que yo aprendí de los maestros, no en las aulas sino en las mesas de café de algún bar rosarino o santafesino donde los
    escuchaba en silencio y después de
    haber leído todo lo que ellos, para
    llegar a ser una interlocutora válida en esas conversaciones, pero
    más para escribir desde ese lugar de
    compromiso y valentía que era el trazo y rigor de sus escrituras.
    Gracias por tu siempre valiosa y necesaria palabra.

    Concepción Bertone

    Ver en línea : La palabra avalada con la vida

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