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La ruca de las cuatro jornadas

Lilí Muñoz

Argentina




                                                         I

Una que otra melosa tardía amarillea,  desperezándose entre los ocres ásperos y duros de la jarilla ¿Dicen que la jarilla es sanadora? ¿de males de amor tal vez? ¿o de los otros? Me gustaría que fuera de todos.  ¿Me quiere, no me quiere? La vieja ilusión de deshojar la flor y conocer los secretos. ¿Alejandro sí, Alejandro no? El rito ingenuo y  mágico crece, se verticaliza,  nace cada vez. Mientras,  el miedo a lo desconocido se diluye, absorto en el juego antiguo,  al ir  cayendo, uno a uno, lentamente,  los pétalos de seda y miel. Ásperos, mezclados con la arcilla, Dania los siente entre sus yemas, apenas. Con ansias, lee el mensaje de las flores.
Ahora cruzaría la entrada.
Un cansancio  desacostumbrado hizo que se sentara. Un poco por pereza. Otro poco para acostumbrarse a la semioscuridad y al silencio.
La agitación iba en aumento. Se sentía y LA sentía. Podía casi oír y oler su cuerpo palpitar dentro de la cavidad umbría de la Cueva.
La percibía perfumada de frescura, pero no estaba  húmeda, no. Sí se la  adivinaba mucho más espaciosa de lo que la había  imaginado en sus sentadas a la hora de la siesta contra la pared de la casa, allá en su barrio al norte de la ciudad.
Aunque aun le faltaba recorrerla en sus recovecos,  Dania la pensaba como una casa, como una ruca, como decía por lo bajo su compañera de banco en el cole, mientras la de Historia daba y daba su lata. ¿Una casita para jugar? No, una casa. ¿Y si la Cueva sólo fuera la fachada de la entrada a una mina, a una de las tantas que escondía su tierra?  Si así fuera, ¿no estaría ella, Dania,  metiéndose donde no la llamaban?.  Su padre le había contado ... las mujeres no  podían entrar así como así en las minas.  Pero ... ¿era  una mujer? ¿era ya una mujer con sus doce años?  Muchas preguntas se hacía Dania. Las mil y una. Muchas. Sin embargo, y aún sin la respuesta,  las  preguntas no le impidieron seguir adelante en su curiosidad por explorar  la Cueva.
- Haré de cuenta que es  una casita. Como la que hicimos arriba del nogal, allá  en la chacra,  con bolsas y ramas el verano pasado. Le habíamos puesto escaleras  y todo.
- O como la otra, la del pozo de trébol, la que poceamos con Negrita, mi perra, hace un montón de veranos, a orillas del Limay. Yo era una nena y quería poner como reina del pozo de la playa  a la mariposa de alas dobles, esa  que nunca se dejó atrapar.

Dania ha ido avanzando en su recorrido. Desde adentro de la Cueva, por una especie de ranura, alcanza a  ver, hacia el lado del este,  cómo va creciendo un remolino en el Rincón Grande. Se ve muy nítida su copa de tierra en círculos. El reverbero acerca los cruces y lomos pelados  de la meseta, con alguna que otra mata. Sin quererlo, se estremeció.  Tembló de un solo temblor, como cuando de noche se cortaba la luz y sus padres aún se hallaban en el trabajo. No, no era el temblor de sus tripas cuando lo veía a Ale. Ése era otro temblor. Y era único:  se parecía, ¿cómo decirlo? a uno de los vientos suaves de abril,  a un círculo en el lago, ¿quizá a la luna llena sobre el bardón azul?.
Afuera, el mediodía tardío de la primavera del sur se abría en transparencias. Prematuros rayos siesteros penetraban la entrada y apaciguaban el temblor en la niña-mujer provocado por la copa del remolino.
Dania, somnolienta, jugaba a las adivinanzas con la algarabía estridente de las guardas de aire. Pirueteaban las sombras, los senderos oblicuos en subida, las “escaleras de polvo”.
- En esta me subo y llego hasta los gansos que avanzan en V.
- En esta no me subo, es de puro iris. Allá va él. Ale...


II


La soledad en la Cueva. Fresca música de olores. Al ingresar la sintió oscura. Algunos rayos avanzaban más allá de la entrada y garabateaban guardas. El juego se jugaba con las sombras y los dedos verdeamarillos de la jarilla.
Lihuel  vuelve a sentir su cuerpo dentro del cuerpo de la Cueva. Han pasado cuatro soles desde que ella espera para que el rito la haga mujer. Su abuela, la gran madre, la anciana mayor, ha querido acompañarla. En cuclillas, paciente como siempre, la madre de su madre parece retejer la manta de los propios sueños.


La había sentido bajar. La sentía todavía Lihuel. Tibia, casi caliente, por momentos  atropellada, a lo largo de sus entrepiernas. La sabía suya, por fin. Y quería su sangre que era toda de vida, toda de fiesta, no de dolor. La quería.
La niña-mujer, sin moverse del centro de la ruca, retejía, ella también  ahora, como la abuela Luisa, sus propias ilusiones.
Hilachas del padre sol tocaban con timidez de octubre los pies cobrizos, ahora desnudos.

- Cierro los ojos y lo puedo ver. Casi hasta puedo oler  su poncho de lana, con la humedad de las primeras nevadas en abril.


Siempre se habían entendido con Ñamcu, el poeta mapuche, el querido nguempin de la comunidad. Sin palabras, simplemente se miraban. Hablaban en silencio,  como era su  costumbre, como todos los días,   con el sol y la luna, con Collipal, los ríos y los lagos, las hualas que se bañan en los  bordes, los pehuenes, las piedras y  montañas.
En las correrías de marzo, envueltos aún en la tibieza del otoño, el bosquecito de araucarias cobijó sus juegos. Lihuel y Ñamcu en el atardecer. El bosquecito fue refugio   de las promesas que desde niños,  se habían hecho  con los ojos en los ojos.
Era por el tiempo de la bajada, recuerda Lihuel. Todos volvían de la veranada. Niños, mujeres y hombres habían celebrado su unión con la tierra, en laderas y valles  durante los meses del verano. Volvían con el color y el  calor de la vida en la piel y en la mirada. Pero Ñamcu, él, más que ninguno ... La cabeza alta, su mirada luminosa se parecía  a Collipal, la estrella que danza al caer la tarde ... la estrella que amanece.  Ahora, como muchos, ya no estaba. Ñamcu no estaba. Lihuel siente el temblor que le recorre el cuerpo  y se asoma  hecho rocío en la mirada.


                                                                III


La abuela Luisa, inmóvil en uno de los rincones de la Cueva, recupera imágenes de otro tiempo. Imágenes que tal vez no incluyan a Lihuel:  más allá de la cordillera, o mejor, detrás de ella, cruzándola. Hace de eso ya tantas lunas, tantas. Fue tan poca la gente nuestra que quedó...
Entonces ... ella también iba naciendo mujer. No recuerda si la cueva que la albergó era parecida a ésta: a la que ocupan Lihuel y ella. Seguramente sí. Todas las cuevas cordilleranas se parecen. Su madre la había acompañado, la caciquesa Rosa.
Él no se llamaba Llanquitur, no.
Ése había sido el otro, el guerrero de la piedra azul. La piedra mágica que lo volvía invisible e invencible.
No. El que ella había amado hace tantísimas lunas, el primero, no se llamaba Llanquitur, aunque sus ojos eran  ¡eso sí lo recuerda!  extrañamente azules. E inmensamente mansos. Sin embargo -la anciana apenas se sonríe-  alumbraba chispas de fuego bajo la superficie azul.
Pero su nombre ...
Ahora lo recordaba.
La abuela retorna a su casi sonrisa. Lihuel -que la ha estado mirando- se sorprende. El rostro de la gran madre parece joven otra vez.
- No te he olvidado, no. ¡ Estás vivo! ¿Quién te podría olvidar?

 

                                                             IV

 

Al dar la vuelta el cuarto día,  se fue cumpliendo para las dos mujeres el tiempo de regresar a la tribu.
Abuela y nieta se encontraban ya listas para celebrar con la comunidad la iniciación de Lihuel como mujer.
Cada vez resultaba más difícil cosechar los piñones suficientes para la provisión del largo y duro invierno del sur. A los montes y a los ríos, a la pampa misma,  otros, los que vinieron después,  les habían plantado postes y alambres.   Sin embargo, el año,  y la vida con él,  estaba dando su vuelta, como siempre, desde siempre. Ellos estaban. Sabían que -pese a los otros-  eran parte de todo, de  la naturaleza y la vida.
Ambas, abuela y nieta, en la ruca de las cuatro jornadas, se habían encontrado doblemente, en el rito ancestral y en el rito de ser mujeres. Habían amamantado nuevos diálogos  entre silencios. En las mutuas miradas, abundosas como piñas apretadas  de piñones maduros, las dos, la joven y la vieja,  comenzaron a reconocerse en sus luchas. Ahora era tiempo de regresar.


V


Primero fue espesa y tibia. Viajaba dentro de su cuerpo. Cálida, buscaba su cauce. Después la sorprendieron las manchas que se dibujaban en las calzas. Dania, no tardó en darse cuenta de qué le estaba sucediendo.
Allí, en la soledad de la Cueva, finalmente había llegado. Muy lejos, amortiguadas, se oían -afuera- las voces de sus compañeros. ¿También Alejandro habría llegado?  Podría, si quisiera, dormir un rato. Total, ellos la buscarían un rato y luego, si no la encontraban, volverían a la esquina de las reuniones.
La Cueva era tan segura y se sentía tan bien ... Un poco floja, pero bien.
Siempre le había gustado observar las escaleras que dibujaba el aire y contarse cuentos  a sí misma. Descubría  historias  ... hablaban de mundos, fantasías de polvo y luz. Dania presentía que ni siquiera ella podía ver esos mundos. Pero podía entrar. De vez en cuando. Mundos diferentes, mundos paralelos, apenas presentidos.
Se dejó estar. Luego se las arreglaría para volver. Usaría el pañuelo que siempre llevaba en el bolsillo. Por suerte, esa mañana al salir para andar en bici, había sacado uno grande de la mesa de luz, aquél  que le había bordado la abuela Antonia.
- Al fin, mamá, al fin ha llegado- quiso gritar. Pero el monologar del silencio la contuvo. Por el momento,  decidió, tendría  su propio secreto.

 

La meseta surera respiraba  sus misterios   a pleno sol.

Este artículo tiene © del autor.

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