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YO ESTUVE EN LA CUEVA DEL TESORO

Ramón Fernández Palmeral

España



YO ESTUVE EN LA CUEVA DEL TESORO.

     Es muy de lamentar que en el libro póstumo de don Manuel Laza Palacio, titulado la Cueva del Higuerón (Diario de Excavaciones) editado por el Ayuntamiento de Rincón de la Victoria /Airon Ediciones, Málaga 2005, en la lista de colaboradores que aparece en las páginas 93 y 94, se hayan omitidos muchos nombres, entre ellos el mío que colaboré altuistamente durante seis meses en la cueva del Tesoro, también llamada del Higuerón o del Suizo, situada en el Cantal, término municipal de Rincón de la Victoria (Málaga). Que era propiedad particular.

     No puedo precisar el año en que estuve allí trabajando, aunque creo recordar que fue sobre 1966, yo tenía 19 años, ya ha llovido, como se suele decir. Mi nombre aparece en la página 24 del libro El Tesoro de los Cinco Reyes, que publicó en vida don Manuel Laza Palacio, auto publicación en los Talleres de Gráficas san Andrés, Málaga, 1967, primera edición. El libro empieza por la historia de la cueva junto a Málaga donde se escondió Marco Craso por ocho meses durante la persecución de Cinna en el años 86. a. C. Ya Plutarco, escritor griego, se ocupó de la cueva en Vidas Paralelas, fue traducido por Fray Antonio Agustín de Milla y Suazo, en el siglo XVII.

     Yo no voy a hablar de la historia de la cueva porque para eso se han reeditado recientemente seis libros, ni de los 3 dinares de oro dentro del candil árabe que confirman el posible enterramiento del gran tesoro de los cinco reyes almorávides que lo enterraron allí porque no se lo pudieron lleva consigo, y como pensaban regresar a Alandalus lo dejaron oculto. Tampoco os voy a hablar de que el ingeniero suizo Antonio de la Nari murió en la cueva. Lo que quiero contaros es mi experiencia personal.

   Sobre el años 1965, un grupo de amigos fundamos el grupo GEMA (Grupo Espeleológico Malagueño), cuya primera sede estuvo en una pequeña habitación de la antigua fonda la Victoria que tenía su entrada por la calle Camas. El jefe del grupo era José Luis Rodríguez, familia de los que tenía la tienda y pensión La Japonesa, un joven que ya había hecho el servico militar, y su novia Loli que era una mujer con la fuerza de un hombre, mas mi amigo del colegio de don Francisco en la plaza de Humilladeros, Francisco Sánchez Bernal, más unos hermanos de Loli, uno de ellos apodado el Wito. Pues bien, José Luis, nos propuso ir a ayudar a don Manuel Laza y su equipo en las excavaciones arqueológicas y desenterramiento del tesoro, allí sólo se trabajaba los domingos, sin cobrar un duro, altruistamente. Además si se encontra el tesoro pasaba a propiedad del propietario con forme al articulo 351 del Código Civil, y el estado tendría derecjo de tanteo en caso de venta de la antiguedades. 

    El trabajo consistía en poner barrenos, explotarlos y al domingo siguiente sacar los escombros, una vez examinados, minuciosamente, siempre salian algún que otro fragmento de cerámica vidrida átabe.  Por la mañana llegábamos sobre las nueve o las diez para primero hacer los huecos en la roca y escombreras solidificadas con cinceles largos y marros, que nos había indicado don Manuel, una persona sumamente educada y amigable con nosotros, a pesar de que él era profesor de Historia. Excavar los huecos podía durar tres o cuatro horas en los que trabajábamos por turnos, Manuel Barranco, Pepe Núñez Barranco era fuertes, tenía unas manos recias de labrador, mientras uno sostenían el cincel, él daba los golpes, luego había que ir girando el cincel poco a poco, y sacar con una cucharilla los fragmentos de roca. Otro grupo, se encargaba de sacar los escombros de las explosiones de la semana anterior y con carritos de manos los llevábamos por el paso estrecho que abrió el Suizo, y que no se podía uno poner de pie hasta la sima de relleno cerca del pozo que abrió el Suizo, una especie de hueco circular y se veía la luz del día. La sima era tan profunda que seis meses echando por allí carritos  de escombros y no se llenó, y no sabíamos de su profundidad. Mi amigo Paco y yo eramos los encargados de llevar los carritos a toda velocidad y verterlos en la sima, nos alumbrabamos con la luz de los carburos en el casco. Algunos días cuando arreciaba el temporal de levante se podía oír como ruidos de oleajes venidos del fondo, a pesar de que el mar está a unos quinientos metros, pero según la morfología de la cueva fue una cueva de formación submarina, y que posiblemente se comunicaba antaño, en época romana y árabe con el mar.

     Cuando llegaban las doce se hacía un alto y comíamos los bocadillos y un trago de la bota de vino, y se hablaba de los avances, ya estábamos en los que se conocia por la tres puertas. La temperatura era de unos 18 grados constantes y se estaba muy bien. Cuando llegaba el medio día, don Manuel que era el artificiero ponía un par de cartucho de dinamita dentro de los huecos con su cebo o detonador y la mencha de fuego, salíamos todos afuera por el trono de la cueva y él encendía la larga mecha y los hacía detonar. Como el humo inundaba toda la cueva, ya no se podía trabajar dentro, tomábamos los vehículos, yo en la Lambreta de mi amigo Paco o en el 4 latas de José Luis y regresábamos a Málaga hasta el domingo siguiente, así durante seis meses, porque llegado el verano se tomaban vacaciones. Había una poza de agua o resumidero en el extremo de la cueva, nos daba miedo ir solos por si se nos aparecía el Suizo o el moro guardián del tesoro, según la leyenda los vecinos algunas noches se oía al moro arrastrar cadenas, la cuestión era que el Cantal, por entonces, era un paraje solitario, cerca estaba la cueva de la Victoria, pro lo general no subía nadie del pueblo porque decían que la zona estaba encantada.

     Algunas veces, bajábamos a la cueva de la Victoria que tenía pinturas rupestres esquematizadas, una especie de pájaros con alas abiertas en rojo, tenía buena bajada. Otras veces, pasábamos algunas tardes entre las playas de la Cala de Moral, practicando rápel en los acantilados de la costa, y casi de noche acampábamos a los alrededores de la cueva con tendas de campaña, buscando algún fragmento de silex, o de cerámica neolítica que había mucha por allí dispersa, no en vano en el Museo Arqueológico de Madrid, hay una vitrina que guarda vasijas neolíticas de esta cueva. Era tal el miedo que teníamos a las leyendas de la cueva que una prueba de valor era bajar solo por el torno hasta el interior de la cueva, llegar a la fuente y traerse unas cantimploras de agua como prueba.

    En la época que yo trabajé en la Cueva del Tesoro, también iban los hijos de don Manuel, y algunas visitas. Antes de salir el libro don Manuel nos pido los nombre para ponerlos en su libro El Tesoro de los Cinco Reyes, por eso mi nombre Ramón Fernández aparece en ese libro, que ha sido para mí muy importante, la primea vez que vi mi nombre escrito en un libro, y ahora olvidado en el Diario de excavaciones, no sé el porqué con lo orgullos que yo estaba, en fin, uno más de tantos olvidos, pero nadie me hará olvidar aquellos tiempos. Luego la cueva se abrió al público, y si no se encontró el tesoro material, es un tesoro para Málaga y el Rincón el tenerla cerca para visitarla.

   

Este artículo tiene © del autor.

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