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CRISTO TRAICIONADO

Sobre la Iglesia y el matrimonio homosexual

César Rubio Aracil

España



A la Iglesia no le importa la familia, sino la célula familiar bajo su control.

La Iglesia, en todo momento y en cualquier circunstancia, ha defendido la integridad familiar. De esto no me cabe la menor duda. Pero no es preciso hacer un examen riguroso del comportamiento eclesiástico para darnos cuenta (quienes queramos percatarnos de la verdad) de que tanto empeño tiene su porqué en el hecho innegable de que la célula social, para el Vaticano, representa el fundamento de su poder y su riqueza. De ahí que siempre haya favorecido el patriarcado como organización tribal primitiva, dejando a la mujer desprovista de poder real en el hogar puesto que, en condiciones normales, el cabeza de familia sigue siéndolo el varón. Incluso hay países muy “adelantados” en que el apellido de la mujer no cuenta. Ésa es la organización familiar que defienden la Iglesia y ciertas plataformas adheridas a la sotana. ¿Cómo, pues, no ha de poner el clero el grito en el cielo cuando los denostados homosexuales han encontrado en el Parlamento, después de muchos años de dura lucha reivindicativa por alcanzar sus legítimos derechos, la normalización particular y social de su vida? Sin embargo, no conozco ni un solo caso de obispos que se hayan sumado -y mucho menos organizado- a manifestaciones contra Pinochet, por no citar a otros dictadores, o simplemente hayan recurrido al auxilio de los Evangelios para condenar -pero de verdad, con la debida contundencia- los desmanes de Bush que tanto afectan a las familias del llamado tercer mundo. Ni tan siquiera han sentido la mínima piedad por los millones de homosexuales condenados a la hoguera, al patíbulo o a la tortura (el mínimo castigo impuesto a estas personas ha sido el desprecio social), incluidas en el despropósito las dictaduras anticapitalistas. Si a la Iglesia le importase la familia como institución amante del progreso no hubiera permitido -o al menos se hubiese opuesto- su paulatina desmembración. Ni consentiría la promiscuidad que aún hoy se aprecia en miles de sacerdotes y religiosas, ni la pederastia que practican ciertos santos varones a espaldas de la más elemental razón.

Que echen cuentas los eclesiásticos del número de familias desarticuladas a causa de las infidelidades propiciadas por el clero para satisfacer sus necesidades sexuales, o de la cantidad de niños y niñas que han quedado sin padre por haber defendido éste la libertad mientras la Iglesia llevaba bajo palio a los autócratas “defensores” de la fe cristiana. Yo comenzaría a tener una visión menos dolorosa de la Iglesia cuando ésta, haciendo uso de la inteligencia, aboliese la horrorosa organización llamada Opus Dei, que, escrito está, entre otras barbaridades mantiene humilladas a las mujeres a su servicio, amén del poder económico que acumula, sostenido por profesionales liberales y jerarcas de las finanzas, militares, juristas y políticos de renombre, poniendo a Dios por testigo de sus fechorías. Pero Dios, como dice Antonio Gala, “tiene mucha paciencia”. Más de la que debiera tener el ente divino que, con su silencio, está protegiendo a quienes se hacen llamar sus servidores en la Tierra.

Una de las razones que esgrimen los obispos y otros mandatarios religiosos es la práctica antinatural de las relaciones carnales entre personas del mismo sexo. Se trata de una falacia. La inteligencia y los sentimientos humanos no son un producto artificial, sino consecuencias biológicas, o psíquicas -como queramos llamarlas-, dependientes de un orden superior. Si a esto convenimos en llamarlo “desviacionismo”, culpemos entonces a la Naturaleza y no al ser programado por Quien sea.

¿De qué se quejan los curas en España, cuando en nuestro territorio pueden contarse por miles los templos, por millones las calles con nombres de santos, y cuando es rara la festividad popular que no desemboque en alguna iglesia, incluidos los terroríficos festejos taurinos (vaquillas incendiadas), o la cabra lanzada contra el asfalto desde cualquier torre? ¿Qué más quieren? Que los Presupuestos les favorezcan cada año más; que la religión sea una asignatura equiparada en importancia a las matemáticas; que sigan lloviendo las subvenciones a la enseñanza privada (la de ellos) en detrimento de las escuelas públicas; que el gobierno que gestione la política sea de derechas (o de izquierdas, da lo mismo, pero siendo ellos los que dirijan el destino de nuestro país). Voracidad, ambigüedad, mentira y sinrazón es lo que desean. Lo único valiosos para sus aspiraciones desmedidas. Y esto no es demagogia, sino pura realidad abierta a quienes quieran ver con los ojos de la cara y no con los del bolsillo.

Demos tiempo al tiempo. Ya se verá si el matrimonio homosexual es tan malo como algunos pronostican. Lo que realmente temen la Iglesia y las plataformas seglares que la secundan es que la experiencia gay demuestre con sus valores lo que no ha podido sostener el Vaticano con sus embustes. ¡Eso es lo que temen y lo que les duele! Porque ¿a qué viene tanta historiada destemplanza, cuando en el seno de la Santa Madre Iglesia se da la homosexualidad, y numerosos políticos (casados como “Dios manda”) mantienen relaciones amorosas con personas de su mismo sexo? ¿No hubiera sido mucho más positivo para muchas familias que los millones de euros empleados en la manifestación de hace unos días en Madrid se hubiesen dedicado a quienes viven a la intemperie? Ésa hubiera sido una actitud cristiana. ¿A qué juegan los señores de la fe? A ganar con las cartas marcadas. Mientras tanto ahí está Jesucristo; en la cruz. ¡Y pobre de aquél que se atreva a desclavarlo!

Este artículo tiene © del autor.

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