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Acerca de la lectura

Norma Segades-Manias



“...no hay peor violencia cultural que el embrutecimiento que se produce cuando no se lee.”
Mempo Giardinelli

El vergonzoso producto cultural reproducido por la televisión a través de sus programas de mayor audiencia expone sin ambigüedades la media cultural argentina a los ojos del mundo. Resulta evidente que, en alguna encrucijada del camino, el país prefirió abandonar su protagonismo lector para aceptar el rol de espectador cómplice sentenciado a legitimar, desde una confortable y mullida platea, toda la ignorancia, la chatura, la vehemente inmediatez por donde transita sus cotidianidades la mayoría de la población. Un tiempo histórico en el que aceptó convertirse en este engendro constituido por altas dosis de impertinencia, desconcierto, ignorancia, descuido, improvisación, oportunismo, inmoralidad, piratería e indiscreciones mediáticas. Y, a la sazón, el que una vez fue el ejemplo latinoamericano, abandonó su actuación de patria entregada a la maravillosa posibilidad del conocimiento, de la evolución, del desarrollo intelectual que aporta la lectura.
Y la lectura es salvífica, bienhechora, libertaria. Muchos escritores de renombre están en condiciones de brindar testimonio sobre su redención intelectual por misericordia de la ilustración, el equilibrio, la espiritualidad, la presencia y permanencia de los clásicos en lejanos rituales de lectura que no solamente los engrandecieron, sino que los dignificaron.
Por eso, basta con prestar atención a la expresión corriente, a los giros habituales, al vocabulario popular, para percibir que el idioma se encuentra en clara situación de riesgo por la ausencia de modelos textuales. Ante cualquier sondeo de opinión, ante cualquier demanda de respuesta precisa, queda al descubierto el desamparo, el aislamiento, la incomunicación en los que ha naufragado la normativa lingüística.
Ocurre que la decadencia engendrada en la falta de paradigmas lectores entorpece, obstaculiza el crecimiento, la evolución, el desarrollo personal y social; favorece las improvisaciones y permite que se extienda la ineficiencia, el oscurantismo, la incapacidad de suscribir a una línea de pensamiento inspirada en idearios claros y estrategias específicas.
Entonces, resulta imperioso priorizar la lectura como bien social; como escenario propicio para batallar por la reconquista de la observancia, el aprecio, el respeto por un idioma prestigiado como el nuestro; como territorio legado donde resulte posible reconstruir las históricas alianzas rubricadas entre los libros y la inteligencia, o como continente renovado donde la población pueda atreverse a asumir la conciencia de sus actos en la modificación de conductas negligentes que consintieron el latrocinio educativo pero, sobre todo, como espacio conveniente para comenzar a tensar la urdimbre de un nuevo tejido social desde los reivindicativos telares del pensamiento.
Y en este punto de ruptura, de desgarramiento social o resquebrajamiento cultural al que se arriba por falta de responsabilidad en el cumplimiento de cada función, representación o mandato, parece imprescindible detenerse a reflexionar, a realizar un profundo examen de conciencia que revele los pecados de despreocupación, imprevisión o negligencia que permitieron la inmovilidad, la irresolución de la crisis educativa que hoy agobia a un país aparentemente sumido en el cansancio y la impotencia, pero obstinadamente aferrado a la esperanza.
Quizás haya llegado la hora del compromiso social, intelectual y político. La hora de un compromiso que comience a distanciarse de los acostumbrados discursos declamatorios para aproximarse a proyectos verdaderos, a empresas conjuntas, a programas pensados, a misiones realizables.
Lo humano no consiste en decir sino en hacer. Del hacer es de donde nace el compromiso. Porque, como dice Albert Camus, “es vano llorar por el espíritu; basta con trabajar con él.”

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