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EL ESCRITOR

Ángeles Charlyne

Argentina



La puerta que...


El escritor


Las piedras grises y desparejas de la calle, estaban húmedas por el rocío de la noche y parecían replicar las luces, que se bamboleaban por efecto del viento, en sus cárceles de vidrio. Por otra parte, gemían por el movimiento que las hacía pendular.
El tiempo lucía desapacible. El olor que desprendía la tierra, en la zona del parque, era una llamada que excedía la intuición. Hacía días que no llovía. La naturaleza era, por momentos, remisa casi egoísta, en esa época del año.
Las nubes desfilaban orgullosas, algo ligeras de equipaje, con un apuro que no se justificaba, pensó Claudio detrás de los anteojos de aro redondo y metal, que aniñaba una mirada gris, algo soberbia, sobre todo cuando agitaba sus cabellos cuidadosamente largos, con organizado desaliño, un castaño en cierta forma sucio, por algunas canas que eran clarinadas anunciantes de los cuarenta que, según él, iniciaban la última recta de la vida.
Apretaba bajo el brazo izquierdo la carpeta azul que ordenaba los originales de su primera novela. En realidad se admitía no haber sido prolífico, como se estila, transitando la poesía y el cuento, muelles alternativos previos para ese viaje que suele ser, para algunos la literatura. No le gustaba trabajar en nada, algo no delictivo, pero en cierta forma incomodo a determinadas alturas de la vida, sobre todo si se había trabajado de hijo a tiempo completo, como era su caso.
“La negrita” así llamaba a su madre, siempre pudo con la vida, para los dos, luego que Adolfo, su marido y padre de Claudio el único fruto, sin considerar la pérdida de Vicky, la primera no nacida, que la fatalidad les arrebatara.
A “La negrita” le costó tiempo reponerse y estuvo a punto de no reincidir, pero Adolfo, previsor,  la persuadió que la vida tiene trampas y una de ellas consistía en el riesgo que él la dejara sola, por esas cosas del destino.
“La negrita” lo miró largamente, como suelen ser de elocuentes los mejores discursos de parejas y volvió a reconocerse en el amor que se tenía con Adolfo, alto, rubio, blanco, ligeramente encorvado, como portando un peso indisoluble casi secreto y estigmático. Fue así que aceptó tiempo después y Claudio tuvo su oportunidad.
Ahora Claudio miraba su casa desde la esquina, dubitativo. Podría pasar primero por el bar de Esteban y beber el penúltimo whisky  para que no quede sin beber; si bien la opción de ir directo a casa lo seducía como una decisión por lo menos confortable. Por otra parte ella no llegaría temprano, nunca lo hacía y esa franquicia del tiempo, le resultaba oportuna para corregir el original de la novela. No le gustaba para nada la sobremesa de la cena, teñida de comentarios sobre la jornada laboral de ella, porque no le interesaban realmente y porque cierta molestia, respecto de las responsabilidades, le rondaba a la hora de pedirle dinero para salir. Era mejor que las distancias por leves que fueran le resultaran útiles. Solía jugar con la buena fe de la gente, empezando con ella, ya que no le asignaba otro rol que el de escudera del servicio que los mantenía limpios y alimentados a los dos. No le concedía otro valor, pese a que se esforzaba en convencerse que no podía ser tan basura. 
Finalmente y seguro de tener JB en la alacena, saludó a Raúl el portero del edificio quien, como todos sus pares, conocía vida y milagros de los vecinos y muchas de sus anécdotas teñidas de chismes mal intencionados, poblaban parte del material que Claudio llevaba bajo el brazo y siete llaves de silencio porque confiaba con ella, ganar el primer premio del concurso que organizaba el “gran diario”, cifra que le permitiría liberarse por un tiempo, supuso, de esta gustosa dependencia.
El piso siete era bíblico a las siete de la tarde de ese invierno ruinoso para los grises que él llevaba puestos en su ropa que recorría toda la gama de ese tono y llevaba a paseo pintando el color de su vida, donde se sentía seguro, por lo menos así lo creía, a la hora de elegir el futuro.
La puerta cedió a la llave y, por primera vez, pensó que no debía haber abierto esa puerta, ese día a esa hora y en ese momento. El año era el último del milenio y las profecías suelen advertir sobre oscuridades que se repiten a lo largo de los siglos, aunque muy bien nunca sospechó si la eternidad estaba a la vuelta de esa esquina del barrio de Almagro, de su vida.
Sin embargo y con embargo del mañana, tras de la apuesta a la puerta y al tras la puerta, esa que nunca su madre quiso abrir. Adolfo supo confiarle que eso quedaría sepultado para bien o para mal, porque aquello que se encuentra y no puede explicarse ni defenderse, merece que nunca trascienda, porque sólo aumenta la confusión.
Claudio pisó la misma alfombra de todos los días, sin embargo tropezó y golpeó contra la puerta prohibida. Su cabeza rebotó y el aturdimiento fue más eficaz que el JB, en su dosis diaria, una cuota de costumbre con la que adormecía la de misterios nacidos de tanto silencio acumulado entre su padre y él. Pensó, como casi todos los días, que nada era lo suficientemente fuerte como para  torcer el acuerdo que él conoció ligeramente explicado por su madre. Ingresó a la sala amplia y acogedora, y sin proponérselo, su mirada quedó fija en la vieja llave que separaba el secreto invaluable, a cambio de la nada diaria.
Se volvió, repentinamente y llave en mano marchó rumbo a la puerta. La introdujo y la violación consentida admitió que la seguridad había quedado atrás. La penumbra hirió sus ojos desde el profundo pozo de la sombras. Parpadeó repetidas veces, para acomodarse a la visibilidad menguada que, supuso,  eran parte del aguardo.
Nada había dado la vuelta al mundo más que su vida. Sobre la  mesa central de la habitación lucía una carpeta tan azul como la que portaba bajo su brazo izquierdo, tan igual que un sólido sobresalto sobrevoló sus entrañas trasegadas de repulsas y cuestiones nacidas de su propia dimensión.
Se acercó temeroso midiendo los tres años desgastados en la construcción de la ficción. Cotejó el titulo: “Mayo y el ocaso” y un frío repentino desgarró el pasado. Cada página era un calco. El final, mayúsculo por el oprobio, refería al mismo nombre de mujer, Julia.
Su pavor quedó calcificado en la dedicatoria: a quien nunca debió abrir este libro, porque el futuro es ayer.                
     

Angeles Charlyne 

Este artículo tiene © del autor.

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